Wednesday, 16th February 2011

Agricultura y poesía en la Roma imperial

Publicado el 03. nov, 2010 por Cuadrivio en Academia

Columela y su poema Acerca del cultivo de los huertos


¿Qué motivó a Columela a escribir el décimo libro de su Rei rusticae en verso, siguiendo la estela de las Geórgicas de Virgilio? Mediante la descripción de la situación económica del Imperio romano y una concentrada síntesis de la esencia de la poesía didáctica, Ilayali Antonio Hernández demuestra cómo la moral, la política y el deseo de dotar de belleza a la expresión escrita confluyeron en la obra magna de Columela.


Ilayali Antonio Hernández

El ascenso de Octaviano al poder inauguró una época de paz, seguridad y prosperidad para la urbe romana, que prometía restaurar la economía mermada por las constantes guerras civiles. Después de su victoria en Accio, Octaviano consolidó su poder personal con la creación de un nuevo régimen que, tras un largo proceso de construcción y maduración, engendrará  «uno de los edificios políticos más duraderos de la historia: el Imperio romano» (Roldan, 1995: 261).

Para los soldados que regresaron a la patria después del intenso periodo de guerras, hubo un masivo reparto de tierras cantado por Virgilio, portavoz oficial del nuevo estado romano y autor de la sublime, liberadora y extraordinaria exhortación que son las Geórgicas.

A pesar de los esfuerzos realizados, la estructura socioeconómica del Alto Imperio no sufrió transformaciones radicales con respecto a los últimos años de la República; al igual que en la República tardía, la agricultura continuó siendo la principal actividad económica, y la tierra, como símbolo de poder y prestigio, continuó concentrándose en las manos de las minorías rectoras.

La naturaleza relativamente estable de la agricultura como fuente de riqueza explica que la jerarquización de la sociedad permaneciera también hasta cierto punto constante. No obstante, la estructura social del Imperio, mediatizada por el sistema económico, estuvo sometida, entre Augusto y Marco Aurelio, a lentos cambios, hasta desembocar en una crisis, donde se crearán las bases de una nueva fundamentación de la sociedad en el Bajo Imperio (Ibídem.: 352).

Para la época del principado de Nerón, la crisis agraria era ya innegable, pero no era en el campo donde estaban las causas de la decadencia, sino en el régimen de la propiedad y en la organización del trabajo (Martino, 1985: 304). El régimen de cultivo directo por parte del propietario estaba poco difundido, y el arrendamiento del suelo resultaba poco remunerativo por ser costoso y porque los campos de labor padecían por el mal cultivo. Al final, la decadencia del campo estuvo motivada por  «…la existencia de masas ingentes, libres o esclavas, con escasísimas posibilidades de consumo y que no constituían por tanto un factor positivo para el desarrollo de la producción. El sistema social operaba, pues, como un freno, y poderoso, a la evolución de la economía» (Roldán, 1995: 364).

Testigo y crítico de esta situación fue Columela, escritor hispano del siglo i, quien abordó los problemas de la actividad agraria en Roma a la luz de las doctrinas filosóficas de su época, pero también con sólidos conocimientos de la materia tratada y de sus implicaciones económicas.

En su Rei rusticae, que en opinión de René Martín es «…la obra más completa e innovadora que la Antigüedad nos ha legado en materia de agronomía», Columela reconoce, con notable clarividencia, la severa crisis agraria de su tiempo y sus causas, y propone, para solucionarla, un modelo de agricultura intensiva que implique gastos fuertes de inversión para elevar el grado de perfección técnica: «Toda la obra de Columela, al menos en su intención, pretende ser una enérgica llamada a la necesidad de una buena agricultura, que tenga un alto nivel técnico e implique un cuidado constante del propietario» (Martino, 1985: 295).

El texto, en su totalidad, es una declaración de principios. Como lo ha señalado García Armendáriz con toda precisión, el Rei rusticae se escribió con el convencimiento de que en la agricultura se conjugan los más altos valores humanos y de que es la vía más recta y honesta para ganarse el sustento; todos los otros medios para aumentar el patrimonio deben evitarse, pues son poco honestos cuando no inmorales. Esto es lo que los estudiosos han llamado «ideología de la tierra»[1], según la cual, la agricultura debe ser considerada como la primera actividad humana por su valor ético, económico y social.

De los doce libros que integran el Rei rusticae, sólo el X está escrito en verso, «en la estela de las Geórgicas virgilianas y del poema didáctico alejandrino» (García Armendáriz, 2004: 22), y en él se expone, a lo largo de 436 hexámetros, el calendario rústico de la siembra y la cosecha, preceptos acerca del terreno apropiado para el cultivo, un extenso catálogo de plantas de hortaliza y alusiones mitológicas eruditas. Este libro es conocido como De cultu hortorum[2].

Antes de hacer cualquier consideración acerca de este poema, conviene esbozar algunas características de la poesía didáctica, su definición, sus orígenes y su interpretación.

La poesía didáctica es, básicamente, un género en que las obras tienen la intención explícita de transmitir un saber teórico y/o práctico; esta definición, insuficiente por general, no alcanza ni siquiera a plantear las dificultades propias de un tipo de escrito cuyos límites oscilan entre la prosa técnica y el verso, entre docere y delectare. La controversia que envuelve la poesía didáctica comienza, pues, con su clasificación.

Frecuentemente, en los manuales de historia de la literatura suele incluirse la poesía didáctica como un subgénero de la épica, ya que comparte con ésta la composición en verso, aunque la finalidad del poema didáctico sea instruir.

El problema de su especificidad genérica se ha discutido desde la Antigüedad; ya Aristóteles, en el comienzo de la Poética (1447b), establece una primera distinción entre poesía épica y poesía didáctica:

Es verdad que los hombres, asociando la utilización de formas métricas a la tarea de los poetas, los llaman hacedores de elegías o hacedores de epopeyas, denominándolos poetas no porque procedan imitativamente, sino porque todos ellos tienen en común la utilización de formas métricas. Incluso llamarían poetas a los que escriben obras de medicina o física si lo hicieran en forma métrica; pero salvo el metro, Homero y Empédocles no tienen nada en común: por eso es justo llamar al primero poeta y al segundo, no poeta, sino más bien investigador de la naturaleza.

Esta declaración ha sido entendida como una negación de la cualidad literaria de la poesía didáctica, indigna por su temática y su finalidad de ser llamada poesía[3]. En realidad, lo que Aristóteles señala es la falta de una terminología precisa para definir los distintos tipos de poemas conocidos en su tiempo.

El primer exponente del género didáctico es Hesíodo, autor de Los trabajos y los días. La elección de componer su obra en versos hexámetros y con la lengua épica tradicional responde a los condicionamientos literarios imperantes en su época: la Grecia arcaica; en ese entonces, cualquier asunto que tuviera una intención educativa estaba indisolublemente ligado al verso, debido a que la prosa, considerada un medio de comunicación informal, no podía investir de prestigio los saberes que se deseaba transmitir. A esto se puede añadir que el verso es un instrumento propicio para la retención de la información y que potencia la eficacia del mensaje, lo cual se refleja positivamente en el proceso de aprendizaje.

El ulterior desarrollo de la prosa dio a los escritores la opción de elegir el medio de expresión que más se acomodara a sus necesidades, por lo que durante los siglos V y IV, la estructura métrica dejó de ser indispensable y la prosa se convirtió en el vehículo de transmisión de materias técnicas y científicas.

Hasta el siglo III a. C., ya en época helenística, este género experimentó un resurgimiento propiciado por el esfuerzo consciente de escritores eruditos, deseosos de probar sus aptitudes y de controlar «la tensión existente entre la forma y el fondo, con la esperanza de que en la versificación del tema más árido e ingrato habrá de alcanzar una clase especial de fama» (Körte, 1973: 224). Así, las materias más prosaicas fueron artificiosamente trabajadas por autores como Menécrates, Arato, Numenio, Nicandro y Hegesianacte, entre otros.

Esa tensión entre forma y fondo motivó una subdivisión del género didáctico en tres grupos, a saber: el directamente instructivo, el instructivo oblicuo o indirecto y el ornamental. En el directamente instructivo, la forma está supeditada al contenido, es decir, únicamente los procedimientos poéticos se convierten en el medio para difundir, de manera elocuente, un mensaje.

En el instructivo oblicuo, el verdadero tema del poema, casi siempre de carácter doctrinario, subyace bajo la exposición de temas técnicos sin que por ello se descuide la expresión ni el contenido de la materia abordada.

Finalmente, en el ornamental, la forma ocupa el primer plano y el tema no es sino un pretexto para la elaboración poética, por lo que sus verdaderas preocupaciones no son didácticas, sino estéticas y literarias. Estas categorías de ningún modo son tajantes e inamovibles, de tal suerte que en un mismo texto pueden encontrarse entremezclados rasgos de uno u otro grupo, tal como sucede con el poema de Columela.

La clasificación anterior es importante porque nos permite valorar apropiadamente este tipo de poemas, juzgados, generalmente, a partir de una total falta de comprensión. Es verdad que esta clase de obras resulta extraña y, en ocasiones, tediosa para la sensibilidad moderna, pero también es cierto que la poesía didáctica arroja datos precisos para el estudioso de la cultura, pues, como toda literatura, es la expresión de una época y una sociedad determinada y, como tal, es solidaria con el sistema de valores de la misma (Pozzi).

Con base en todo lo anterior, nos hallamos en posesión de más elementos para comenzar a esclarecer el sentido del De cultu hortorum.

Es obvio que esta pieza se escribió con una ambición literaria más evidente que el resto de los libros que conforman la obra, tal como lo demuestra su composición en verso, su temática y su ubicación dentro del conjunto.

Según se deduce de la Praefatio general, el plan inicial del autor era escribir diez libros que abarcaran los aspectos fundamentales de la actividad agrícola, desde el conocimiento de los terrenos hasta la cría de abejas, para concluir con el poema dedicado a la horticultura. Al final fueron doce los libros escritos, aunque los últimos dos tienen, para algunos estudiosos, un carácter de apéndices o añadidos.

Con todo, el De cultu hortorum sigue siendo el libro más característico de toda la obra. Componer un poema dedicado al cultivo de los huertos para concluir un tratado agronómico y colocarlo justo después del tema de la apicultura, en vez de agruparlo con los libros I-V, de temática propiamente agrícola, responde, según la opinión unánime de los especialistas, a una clara influencia virgiliana.

El mismo Columela declara, en el prefacio al libro X, que su propósito es completar «en ritmos poéticos, las partes omitidas de las Geórgicas, las cuales Virgilio mismo había indicado que dejaba para que fueran evocadas por la posteridad», y no escatima sus muestras de admiración hacia el mantuano, al que venera como numen inspirador. Como es previsible, las referencias a las Geórgicas son cuantiosas.

Al respecto, hay que decir que Columela, al imitar al que quizá sea el poema didáctico más perfecto (Erren, 2003: 115) para componer su propio canto, legitima su obra y cumple con los presupuestos literarios de su época, pero también se ve forzado a encontrar una expresión artística personal:

Al reivindicar a Virgilio como propulsor de su propia obra (vv. 2-5), Columela está asumiendo un doble compromiso: por una parte se encuadra dentro de un género, no sólo establecido, sino que ha producido ya obras notables, hecho que lo va a obligar a seguir un camino marcado, a utilizar un estilo y unas imágenes propios de ese tipo de obras; por otra parte, al lanzarse a la creación poética, se obliga a dar libertad a su propia inspiración, a convertirse a su vez en «inventor de imágenes» (Picklesimer, 1997: 159).

Sin embargo, la indiscutible relación entre el De cultu hortorum y las Geórgicas virgilianas no es el único motivo de su composición en verso. Es necesario entender qué tenía de particular la horticultura sobre el resto de la temática agrícola como para versificar ese contenido.

En efecto, el cultivo de un pequeño huerto, abarcable para un solo hombre, remite a un tipo de agricultura muy distinta a la que el gaditano propone en el resto del tratado: se trata de una agricultura más personal, más directa y humana, al modo como la ejercieron los antepasados; un tipo de agricultura en la que la relación hombre-naturaleza se plasma más vivamente, y en la que se puede ver, con mayor inmediatez, las implicaciones entre lo moral y lo agrícola. (Luque Moreno, 1997: 117).

Llegados a este punto, resulta evidente que el De cultu hortorum fue escrito por algo más que mero divertimento literario o por simple afición al tema; del mismo modo, el autor trasciende el «simple empeño académico por sistematizar y comunicar unos saberes», y va más allá de los aspectos puramente técnicos.

Entonces, ¿qué perseguía Columela con el De cultu hortorum? Comencemos por aclarar que, por más que su empeño docente sea mayor y más evidente que el del mantuano, Columela no escribe su poema para el pequeño campesino o el mayordomo de la finca; al igual que Virgilio, él también dirige su mensaje a la élite intelectual y política de Roma, la minoría ilustrada capaz de apreciar el refinamiento y la erudición de un poema de tal naturaleza, pero no para instruirla en los preceptos de la agricultura, sino para conseguir un cambio de mentalidad en la única clase social con la capacidad para enderezar el rumbo que había tomado la agricultura en Italia.

Así como las Geórgicas virgilianas contienen una manifiesta intención propagandística en favor de la restauración del nuevo régimen, del mismo modo, la obra de Columela promueve la instauración no de un sistema político, sino de una ética laboral: se busca sacar al campo del letargo en que estaba sumido mediante el retorno a las mores maiorum, entre las que destacan la diligencia y la mesura.

Bajo la consigna «alabad los campos ingentes, cultivad uno exiguo», se exhorta a preferir la finca pequeña, la cantidad justa de terreno que el propietario esté en condiciones de cultivar, para no arrebatarlos, a la manera de los prepotentes, a quien sí puede aprovecharlos. Ésta es, en última instancia, la razón del poema: alentar una eficiente agricultura de autoconsumo, alejada la usura y la rapiña, y protegida contra el absentismo que sufrían las grandes propiedades a fin de aliviar un poco el grave abandono en que se encontraba la producción alimentaria en Roma.

En conclusión, no es exagerado afirmar que Columela tenía una clara conciencia de la importancia de su obra para el bienestar ciudadano y que escribió su obra «como quien tiene asumido un verdadero compromiso con la patria, en la idea de que acomete como hicieron en su día Catón o Varrón o Virgilio, una empresa de interés nacional» (Luque Moreno, 1997: 115-116).

BIBLIOGRAFÍA

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Erren, M., «Para los agricultores inexpertos: nuevos conocimientos sobre las Geórgicas de Virgilio», en Nova Tellus, año 2, número 21, 2003, pp. 113-137.

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Roldán Hervás, Historia de Roma, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1995.

NOTAS


[1] Acerca de esta cuestión, cfr. Cossarini, A., «Columella. Ideologia della terra»; íd. «Columella interprete del suo tempo».

[2] El tratado se encuentra dividido de la siguiente manera: del libro I al V se refieren a los tipos de suelo y los cultivos leñosos, es decir, de la vid y de los árboles frutales; los libros VI y VII tratan de la ganadería mayor, mientras que el VIII está dedicado a los pequeños animales de granja; el IX se refiere a los animales de caza y a las abejas; el X trata, como ya se dijo, de la horticultura. Finalmente, en los últimos dos libros se abordan cuestiones relacionadas con el capataz, el calendario rústico, la granja y las distintas labores de preparación, fabricación y conservación de productos y alimentos.

[3] Situación que, esencialmente, permanece en forma de prejuicios acerca de la utilidad del arte y de lo que puede o no ser representado.

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Ilayali Antonio Hernández es licenciada en Letras Clásicas. Actualmente cursa la Maestría en Letras en la UNAM y es correctora de estilo de la revista cultural Cuadrivio.

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Ilayali Antonio Hernández es Licenciada en Letras Clásicas. Actualmente cursa la Maestría en Letras en la UNAM y es correctora de estilo de la revista cultural Cuadrivio.

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