El despertar rumano

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No son pocos los paralelismos trazados entre México y las «jóvenes democracias» de Europa del este, pero sí son pocas, en cambio, las tentativas de comprender las contradicciones que han minado el proceso de transición de las antiguas repúblicas comunistas. Beatriz Estrada desmenuza la historia contemporánea de Rumania para comprender una revolución que, a veintiún años de su gestación, aún parece sacudirse la sombra de la férrea dictadura que encarnó Nicolae Ceauşescu.


Nu-i judeca pe fraţii mei, ei dorm,
Rar câte unul este trimis în trezire
Şi, dacă nu se întoarce, e semn c-a pierit,
Că încă e noapte şi frig
Şi somnul continuă.

Hibernare, Ana Blandiana[1]

Beatriz Estrada Moreno

En vísperas del vigésimo primer aniversario de la Revolución Rumana, su temporalidad la sigue ennobleciendo como una revolución joven. Si bien es cierto que con el espíritu de la Revolución mexicana a flor de piel, conmemoramos 100 años de aquel suceso que marcó uno de los cismas más importantes en nuestro devenir nacional, es momento también de ver otras latitudes y preguntarnos, ¿qué  ha sucedido con las revoluciones jóvenes?

El año pasado Europa celebró 20 años de la caída del muro de Berlín, momento que en una suerte de efecto dominó detonaría el otoño de las naciones, como se conoce al proceso que vivió Europa del este y que marcó el principio del fin de la era comunista en la región[2], si se me permite conceptualizarlo de esta manera. El  presidente de la Comisión Europea, José Barroso, con motivo de los festejos anteriores y del «Festival de la Libertad» reflexionó:

La caída del muro de Berlín no solo representa el hundimiento del totalitarismo en Europa Central y Oriental, sino que es también un símbolo impresionante de la unificación de Alemania y del conjunto de Europa. El 9 de noviembre de 1989 fue un momento en el que todo parecía posible, marcado por la felicidad, las ansias de libertad y la idea de una revolución pacífica.[3]

El pronunciamiento anterior irremediablemente nos lleva a cuestionarnos: ¿Polonia, la entonces Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumania transitaron a la democracia a través de revoluciones pacíficas?, ¿fue así para todos los casos?

Hoy en día podemos aseverar que la transición de estos países a regímenes democráticos obedece a las particularidades históricas y a los distintos matices de cada una de sus revoluciones. En este contexto, el caso rumano se presenta como el más violento y paradigmático.

Quizás para muchos hablar de Rumania es hablar de un imaginario en construcción, de símbolos alegóricos que no superan la fuerza de sus gimnastas o la atrocidad de sus leyendas como la de Vlad el Empalador. Sin embargo, este país representa una historia de oscurantismo en sus vínculos con la latinidad y en sus relaciones con Europa occidental que es necesario analizar para caracterizar un  complejo proceso al que hemos denominado «el despertar rumano», mismo que alimentó la coyuntura de la Revoluția Română y  sigue dinamizando el devenir de este país y su reinserción en el mundo. En este sentido, es importante resaltar que el objetivo de este ensayo no es conceptualizar este tipo de revoluciones, sino dilucidar los motivos de su juventud, y para lograrlo, a continuación profundizaremos en diversos elementos que nos ayudarán a  entender el contexto rumano.

En primer lugar debemos decir que, a pesar de que su nombre (România) rinde homenaje al antiguo imperio romano, es curioso indagar en su pasado remoto y descubrir que era el dacio, por naturaleza, el idioma que debieron asumir en su conformación como Estado. Sin embargo, este quiebre, simbolizado en una renuncia lingüística que los llevaría a conformar una de las alas más remotas de la latinidad, representa un sacrificio identitario que no parece haberles retribuido en el fortalecimiento de sus vínculos con el mundo en el que convergen las ramas lingüísticas sucedáneas. Precisamente a esto nos referíamos al invocar la noción de oscurantismo, ya que junto con Moldavia, Rumania representa una isla de la latinidad cercada por un contexto eslavo.

En segundo lugar, es importante precisar que si bien los países balcánicos han sufrido un proceso histórico de ajustes y reajustes por ser un territorio de tránsito de Oriente Medio a Occidente[4], así como por la influencia de los imperios otomano y austrohúngaro, amén de su diversidad étnica y cultural, podríamos decir que Rumania se encuentra en una paradoja profunda porque «geográficamente» pertenece a una región[5] que tiende a conceptualizarse políticamente. Esta situación repercute en la forma en que se aprehende el contexto rumano porque al hablar de este país como parte de los Balcanes, no se hace atribuyéndole características meramente limítrofes, sino haciéndolo partícipe de un arquetipo político del que dista enormemente. Precisamente por esta connotación ideológica con la que se le asocia, es que su aproximación a Occidente carga con todas las reticencias con las que se suele relacionar a los países que conformaban a la ex-Yugoslavia[6] y por ende, sus conflictivos procesos históricos.

Aunque no es nuestra intención abordar a profundidad el fenómeno de los Balcanes, sería pertinente rescatar una frase de Slobodan Pajovic para comprender cómo dicha construcción ha incidido en la percepción que tenemos de la región:

Oriente pensaba que éramos Occidente, y Occidente que éramos Oriente. Pero nosotros estábamos predestinados para ser el Oriente en Occidente y  Occidente en Oriente.[7]

Si bien la aseveración parece confusa, la caracterización de Rumania en esta coyuntura lo es más, ya que a pesar de la heterogeneidad cultural de los países balcánicos de la que hablábamos, éstos no han considerado a  Rumania como parte de su universo, lo que pone de manifiesto la insularidad de este país.

Con un breve esbozo de las características que diferencian a Rumania de su entorno europeo, es necesario precisar las cuestiones endógenas que le dieron forma y cariz a su revolución, a partir de dos momentos históricos que forman parte del «despertar rumano».

Un primer momento nos remonta al fin de la Primera Guerra Mundial en el que, recuperados los territorios de Transilvania, Bucovina y Besarabia, se conformaría la Gran Rumania. Este contexto alimentaría el nacionalismo, gestándose la extrema derecha a través de un movimiento mejor conocido como los «Legionarios» con un componente paramilitar llamado «La Guardia de Hierro»[8] que, más allá de su antisemitismo, buscaba conformar la identidad nacional a partir de la diferenciación y el exterminio del extranjero. El mismo poeta nacional Mihai Eminescu fue utilizado como estandarte, aunque temporalmente no fue testigo de la violencia ejercida durante la lucha. Esta fue una coyuntura muy particular en la historia rumana, ya que el nacionalismo se dio a partir del poderío, de la reunificación, y no de la derrota como en el caso de Alemania.

El periodo de entreguerras estaría marcado por una clara desestabilización del país. El reinado de Carol II estaba llevando a Rumania a la fragmentación, por lo que se requería la presencia de un personaje fuerte, encarnado en la figura del general Ion Antonescu, quien había participado en la estrategia del país en la Primera Guerra Mundial y que tenía una fuerte admiración por Occidente, en especial por Gran Bretaña. Antonescu llegaría al poder y obligaría al rey a dimitir; paralelamente los Legionarios cobrarían la suficiente fuerza como para establecer un gobierno de coalición unos años, hasta que en 1941 el general suprimió un intento de golpe de Estado y siguió ejerciendo una dictadura de corte militar.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Rumania quedaría bajo la esfera de influencia soviética. Además de su localización geográfica, la alianza que Antonescu estableció con la Alemania nazi, que prometió devolver los territorios arrebatados por la Unión Soviética durante el reinado de Carol II,  acabaría en una clara derrota, lo que determinaría, en cierta medida, el sistema que adoptó el país como parte de la recomposición de Europa[9].

En 1947 se inauguraría la República Popular de Rumania[10] bajo la dirección del Partido Comunista, en 1965 Nicolae Ceauşescu asumiría el secretariado general del Partido y en 1967 la presidencia del Consejo del Estado[11] (cargo supremo), iniciándose una de las más acérrimas dictaduras del eje soviético.

Ceauşescu provenía de una familia campesina de Oltenia, y en su juventud emigró a Bucarest, donde se sumaría a las filas del Partido Comunista y sería llevado en numerosas ocasiones a prisión. Después de asumir diversos cargos en la dirigencia estatal y del Partido, inició su mandato forjando un estado policial junto con su esposa y brazo derecho, Elena Ceauşescu, para asegurar su permanencia en el poder hasta el estallido de la Revolución en 1989. Ahora bien, ¿qué fue lo que diferenció a Rumania del resto de los países comunistas en Europa? Concretamente, el favor de Occidente. ¿Y cómo logró  Ceauşescu obtenerlo? A raíz del binomio: desestalinización del régimen político al exterior,  y una política autoritaria de corte estalinista al interior.

Para Occidente ya no era un asunto de invocar la pertenencia geográfica o política de Rumania a  los Balcanes, o si su  herencia latina era un imperativo de apoyo por parte del «mundo libre», se trataba de generar vínculos con un país que, aun siendo del bloque comunista, ejercía una política exterior independiente que le restaba poderío a la Unión Soviética, aunque al interior viviera un régimen de persecución de corte orwelliano; podría decirse que éste era tolerado en la medida en que no existía un profundo contacto entre sociedades, sino a nivel de dirigentes gubernamentales, lo que sustentaba la construcción de una relación artificial a partir de intereses coyunturales.

Uno de los primeros desafíos al control soviético sería la negativa de participar en la invasión a Checoslovaquia en 1968, a pesar de su membrecía al Pacto de Varsovia, además de la suscripción de un acuerdo con la Comunidad Europea, la cooperación económica ejercida con Francia y Estados Unidos, el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Federal de Alemania, y la participación en los Juegos Olímpicos de 1984[12] en Los Ángeles, California.  Ceauşescu solía utilizar en sus discursos, como muletilla, la frase: «La sociedad socialista multilateralmente desarrollada», explicando el proyecto que diferenciaba a Rumania del prototipo comunista,  y que la dotaba de autonomía frente al poder que representaba el centro soviético.

Al interior del país, se ejerció un control absoluto sobre la cotidianeidad rumana a través del aparato estatal de la Securitate[13] y de diversos decretos como el de 1966 para aumentar las tasas de natalidad, sancionando el aborto, además de todas las restricciones a la libertad de asociación, de expresión y del ejercicio de la vida privada. Una nube de paranoia marcaría este periodo en la historia rumana, que a la fecha, ha condicionado su manera de aprehender al mundo; ya lo decía Thomas Mann: «La libertad es una cosa más complicada y delicada que el poder».

Pero, ¿qué fue lo que le impidió a la sociedad  rebelarse? Posiblemente una débil tradición democrática, aunada a la falta de una sociedad civil articulada. Norman Manea reflexionaba sobre el problema del individuo (artífice de cualquier lucha social) frente a una colectividad aterrorizada: «Parece difícil creer  que en una sociedad totalitaria el “yo” pueda sobrevivir»[14]. Por otro lado, muchos historiadores consideran que el proceso dictatorial en Rumania inició en 1938 cuando el rey Carol II abolió la Constitución otorgándose plenos poderes, posteriormente con la ascensión del General Ion Antonescu al poder y así sucesivamente hasta la llegada de los comunistas, particularmente con Nicolae Ceauşescu a la directiva de gobierno.

En este sentido, debemos recalcar los periodos históricos mencionados, ya que se manifiestan como polos extremos en el ejercicio del poder. En el caso de la monarquía, el Estado legionario y la dictadura del General Antonescu, nos encontramos frente a una derecha nacionalista, en diferentes grados, que no dio cabida a la democracia. Del lado opuesto, pero con esa misma carencia,  tenemos el periodo comunista centralizado en la figura de Ceauşescu. Podríamos decir entonces que el enemigo de los diversos regímenes dictatoriales en Rumania no fue su opuesto inmediato, sino un inexistente germen democrático en el ideario de la población.

Ahora bien, la dictadura de Ceauşescu se caracteriza por la  atemporalidad en que sumió a la sociedad rumana, quien permaneció al margen de un mundo que cambiaba día con día y del que sólo era partícipe a través de victorias imaginarias. Es interesante analizar la edificación del mito que «el Gran líder o el Genio de los Cárpatos» se generó a sí mismo, a diferencia de las dictaduras que establecieron una dinámica de rotación de poder, como la mayoría de corte militar en América Latina. Para lograrlo, Ceauşescu se valió del control del aparato estatal, exacerbando el nacionalismo, los índices de productividad para reducir la dependencia al exterior y pregonar el posicionamiento del país a nivel internacional, sin que existiera la posibilidad de refutarlo debido a la censura en los medios de comunicación, la dificultad para salir del país y la misma autocensura que muchos rumanos llegarían a ejercer contra ellos mismos por miedo a las represalias.

La singularidad de la Revolución rumana radica en que antes de 1989 existieron algunos brotes de resistencia aislados que no llegaron a articularse por la imposibilidad social de establecer un diálogo. En 1976 se rebelarían los trabajadores de Valea Jiului y en1987 estallaría en Brasov una huelga de  trabajadores del sector automovilístico; ambos sucesos fueron reprimidos sin generar un eco revolucionario en el resto del país. Paradójicamente, esta carencia de tradición revolucionaria fue lo que permitió que el comunismo se estableciera en la psique de la sociedad rumana, así como el resto de los periodos dictatoriales de menor duración, aunada a la debilidad democrática de la que hablábamos. No es casualidad que el himno que adoptaría el movimiento revolucionario fuera «Despierta Rumano»[15], canción escrita durante la Primavera de los Pueblos (1848) entonada durante diversos periodos de la historia rumana y  prohibida por la dictadura. Precisamente por la carga simbólica de esta canción es que decidimos conceptualizar a este largo periodo histórico como «el despertar rumano», mismo que alcanza su punto más álgido durante la Revolución, y que sigue construyéndose a partir de la transición a la democracia.

La Revolución comenzaría en Timişoara, al oeste del país,  el 16 de diciembre como una simple protesta contra el desalojo del pastor László Tőkés, cuya disidencia, expresada en sus discursos religiosos, había molestado a la familia Ceauşescu. Timişoara fue históricamente un centro cultural del imperio austrohúngaro, en el que aún conviven diversas etnias y religiones, lo que explica en buena medida la gestación de un movimiento nutrido por una conciencia plural. Sin embargo, en ese momento, el ánimo rumano se había contenido tantos años que bien pudo haber sido cualquier otra coyuntura la que desatara la violencia.  En este caso, el papel que jugó la iglesia ortodoxa en el rescate de los valores tradicionales,  representó un motivo de comunión en ese crisol cultural.

La gente marchó al Comité Provincial del Partido Comunista y decidió reunirse delante de la catedral. La intermediación del alcalde no favoreció la situación y los días posteriores el ánimo social continuaría detonando protestas que llevaron a declarar un estado de excepción en la ciudad,  desplegando al ejército. Por órdenes de Elena se enviaron de Bucarest  altas autoridades para aminorar el caos. Jóvenes coreando «Despierta Rumano» se congregaron en la catedral con veladoras y el ejército disparó brutalmente contra ellos.

El 18 de diciembre Nicolae Ceauşescu estaba de gira en Irán. No se entiende bien a bien por qué decidió abandonar el país en medio de un clima de inestabilidad, independientemente de su fe ciega en Elena. Se han barajeado algunas  hipótesis que atribuyen a la Securitate la desinformación de Ceauşescu, porque al ser el instrumento de control del aparato estatal, ésta posiblemente sabía que el fin del régimen era inevitable; otras, le atribuyen a Gorbachov la injerencia en el movimiento por su insistencia en extender la perestroika, lo que necesariamente requería un cambio de gobierno.

Los trabajadores se unirían a la protesta en un acto por demás simbólico, ya que representaban la base social del régimen. A su regreso, Ceauşescu pronunció un discurso en televisión acusando a los estudiantes en Timişoara y a fuerzas extranjeras por querer desestabilizar al país y fragmentar el territorio, poniendo al tanto al resto de la población de los acontecimientos.

El 21 de diciembre, a pesar de las reticencias de sus asesores, se organizó un mitin en el balcón del Comité Central del Partido en Bucarest, en el que anunció incrementos salariales y apoyos sociales, repudiando nuevamente lo que había sucedido en Timişoara. Esto generó abucheos entre la multitud, que por primera vez se rebelaba en un acto solemne ante el dictador. Lo interesante de este hecho fue que el momento fue registrado en televisión, contagiando a las personas que seguían la transmisión en casa. La imagen que permearía en la conciencia rumana sería  el rostro de un Ceauşescu desconcertado, perdiendo su toque adormecedor sobre las masas. El Gran Líder tenía miedo, y al demostrarlo,  era humanizado ante los ojos de la población.

Simbólicamente, los jóvenes quitarían el escudo socialista de la bandera mientras los disparos resonaban por todo Bucarest. El caos consumió a la ciudad entre manifestantes, el ejército y los  miembros de la Securitate. Grupos de trabajadores se unieron a las protestas que duraron toda la noche, el ejército acabaría por tomar partido por la Revolución y Ceauşescu se quedaba sin  la posibilidad de ejercer la fuerza para acallar a los manifestantes, porque su infalible instrumento de control, la Securitate, era más bien un aparato de represión ideológica que ya no contaba con un brazo armado.

El 22 de diciembre, la familia presidencial pudo huir del Comité Central en helicóptero pero fue capturada antes de salir del país. Todo esto fue monitoreado por la radio internacional y anunciado en la televisión rumana. Con un vacío de poder, el recién conformado Frente de Salvación Nacional (FSN),  tomaría las riendas del país en medio de la desorganización. Las decisiones fueron presurosas y  sin un proyecto de nación articulado, únicamente con la consigna de arrancar «de raíz» el control ejercido por Ceauşescu, la escena rumana sería nuevamente violentada.

Los Ceauşescu fueron enjuiciados por un tribunal militar acondicionado en Târgovişte, sin posibilidad de escoger a sus  defensores.  Fueron acusados de genocidio, daños a la economía nacional y  socavar el poder nacional; además, se les obligaba a restituir todos los bienes que hubieran usufructuado del Estado. La pareja no reconoció la competencia del tribunal, conformada por miembros allegados al FSN. Dorian Marcu rescata en su libro Muerte a los Ceauşescu la intervención de los abogados defensores que, a pesar de su función, imputaban a Nicole y Elena lo siguiente:

Es difícil establecer conclusiones contra hombres que no quieren reconocer el crimen cometido contra el pueblo rumano […] crimen por pasar hambre, por falta de calefacción, de luz. Pero el más odioso crimen ha sido encerrar el espíritu rumano, el alma del pueblo.[16]

La ejecución del matrimonio fue televisada en cadena nacional en pleno día de navidad, un 25 de diciembre, y Rumania se convertiría en el único país ex comunista en el que se daría muerte al dirigente.

La Revolución fue violenta y paradigmática porque no buscó el derrocamiento del sistema sino de la figura que lo lideraba, el enemigo no era el comunismo sino el dictador; y a su muerte, no se reorganizó el aparato estatal; no hubo una alternativa de gobierno que presentara un proyecto a largo plazo, no existían políticos carismáticos en los que el pueblo pudiera depositar sus esperanzas, porque las esperanzas del pueblo estaban conmovedoramente depositadas en la idea de su Revolución.

Ion Iliescu, uno de los líderes del FSN, tomaría las riendas del  país. El caos derivado de un autoritarismo histórico, al disolverse, había dejando entre sus escombros una noción fraccionada de libertad. Se heredaron antiguas estructuras del Partido Comunista, muchos de sus miembros asumieron cargos públicos porque, al carecer de oposición, sólo en sus filas se encontraba a los políticos experimentados, como en el caso del propio Iliescu.  El país fue invadido por un clima de incertidumbre, después de tantos años, y con los tiranos muertos, ¿en quién recaería tanta ira e impotencia del pueblo?, ¿cómo entrar al presente después de vivir suspendidos en el tiempo?

En 1990 surgiría la Declaración de Timişoara, que consideraba que la Revolución no había terminado. Con un listado de propuestas se rescataban las preocupaciones del verdadero ideario revolucionario, aquel que movió a las masas y que las llevó a la lucha; se invitaba a los exiliados a regresar y se rechazaba la herencia comunista en las estructuras de poder. Con una economía centralizada, una política aislada del mundo occidental y con una fragilidad democrática,  Rumania se enfrentaba a un duro periodo de transición que en su primera fase culminaría en 1996 junto con el primer mandato de Iliescu.

A 21 años de distancia Rumania aún lucha por construir un sistema de valores alejado de la ambigüedad, el autoritarismo, la confusión y el autoexilio; lucha  por superar sus propias paradojas e integrarse al mundo como democracia y como miembro tardío de la Unión Europea. Para Rumania llegó el tiempo de sanar las cicatrices y acostumbrarse a las posibilidades que encierra el futuro. Su Revolución fue joven y lo sigue siendo porque el despertar social es un proceso en curso, una oportunidad para generar sus propias reglas y fortalecer sus vínculos con Occidente, para diferenciarse de su contexto cardinal en el Este, y  navegar a todas luces con una identidad que guarda una memoria y una sonoridad latina.

En vísperas del centenario de la Revolución mexicana, por qué no pensar en el sueño que nos adormece como nación, o en los momentos en que nos ha despertado la suave patria. La temporalidad de una revolución sólo será trascendental en cuanto podamos decir que su pueblo permanece despierto.

NOTAS


[1] No juzgue a mis hermanos, ellos duermen/ raro es cuando alguno es enviado a despertar/ y, si no regresa, es señal de que ha perecido/  pero aún es de noche y hace frío/ y el sueño continua. «Hibernación», Ana Blandiana.

[2] Cabe destacar que en 1992 se concretaría con la desintegración de la ex Yugoslavia

[3]Unión Europea (2009), La UE conmemora la caída del muro de Berlín recordando el efecto dominó (electrónico) sala de prensa de la UE. Disponible en: http://europa.eu/rapid/pressReleasesAction.do?reference=IP/09

/1685&format=HTML&aged=0&language=ES&guiLanguage=en, consultado el 10 de septiembre de 2010.

[4] Claro ejemplo de ello es la invasión otomana en la región y el papel geopolítico que jugó durante las dos guerras mundiales.

[5] La palabra Balkan proviene del turco y significa montaña. Este vocablo era usado para designar el área de influencia otomana, de la que Rumania fue parte en ciertas regiones de su territorio.

[6] Croacia, Eslovenia, Serbia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, y Macedonia.

[7] Slobodan Pajovic, «Los Balcanes: una aproximación geográfico-histórica», Los Balcanes: entre el pasado y el presente. Una introducción histórica a los estudios balcánicos, Ed. Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), División de Estudios Internacionales, México, 2000, p. 8.

[8] Nombre que hace alusión a la Guardia de Hierro del Arcángel Gabriel

[9] La cercanía con la URSS facilitó el empoderamiento del Partido Comunista, amén de la coyuntura que sumía a Europa.

[10] Nombre oficial hasta 1965, cuando se denominaría República Socialista de Rumania.

[11] La figura de Presidente de la República se daría con la reforma constitucional de 1974.

[12] La Unión Soviética boicoteó esta edición de los Juegos Olímpicos, en respuesta al boicot ejercido por Estados Unidos en Moscú en 1980.

[13] Departamento de Seguridad del Estado que se encargaba de vigilar a la sociedad rumana.

[14] Cfr. Norman Manea, Payasos. El dictador y el artista, traducción de Joaquín Garrigós, Tusquets, Barcelona, 2006.

[15] Canción popular de corte patriótico que esperaría más de un siglo para ser oficializada como himno nacional: «¡Despierta, rumano, del sueño de la muerte/ en el que te sumieron los bárbaros tiranos!/Ahora o nunca, fórjate otro destino/ ante el cual se inclinen hasta tus crueles enemigos […] Ahora o nunca demos pruebas al mundo/ de que por estas manos aún corre una sangre de romano, /y de que en nuestro corazón conservamos con orgullo/ un nombre que triunfa en la lucha, ¡el nombre de Trajano!».

[16] Dorian Marcu, Moartea Ceausestilor, Excelsior, Bucarest, 1991.

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Beatriz Estrada Moreno (Ciudad de México,  1985). Estudió Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Observadora profesional de la ciudad, le tiene miedo a las mariposas negras y carga con una  profunda nostalgia por las cosas que fueron y por las que serán. Actualmente trabaja temas de seguridad e integración latinoamericana, cursa el Diplomado de Escritura Creativa en el Claustro de Sor Juana con talleres de poesía y cuento, dedica sus ratos libres y no tan libres para maquinar sus historias y tiene la ligera sospecha de que en su otra vida fue rumana.

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