A domingo siete

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A Rodolfo Castro y Mariana Lecuona, pero, sobre todo, a Úrsula.


Pedro Pablo Martínez


I

¿Te dije alguna vez que lavo los domingos?

Me levanto temprano, barro la azotea,

voy a un museo o limpio los tinacos,

acompaño a mis hijas,

o escucho misa,

y pienso,

pienso mucho.

También escucho música solemne

o canciones de esas que te mandan al abismo

como los tangos, sonatas o cuartetos de Beethoven,

canciones griegas, gargantas francesas y tríos de solitarios,

rockeros ancestrales y cantantes que ya han de estar bien muertos.

A veces barro, invito a Blanca Nieves y quito el polvo de los muebles.

Evito las reuniones y los viajes en domingo,

invito al sol abriendo las cortinas,

me aplasto a averiguar una película

o termino escribiendo algún poema.

Siempre voy al mercado aunque sea por un rato,

a recoger los huesos de los perros

que me guarda el amigo Federico,

a surtirme de frutas y verduras

y a robarle al bullicio su buen ánimo.

Pero siempre lavo los domingos

una tanda, una vez, con ropa blanca

y, ocho días más tarde, ropa oscura,

y lavo trastes de ayer, o acumulados,

y me corto las uñas o la barba

como los empresarios y hasta los políticos

que usan el domingo

para lavarse las manos,

porque lavarse la conciencia…

¿o es que eso les resulta demasiado?

II

¿Te dije alguna vez que callo los domingos?

Porque miro a la gente que regresa por la tarde

con el cansancio de recorrer la vida

y hasta la decepción por lo esperado.

¡Y es que cada domingo es tan diverso!

Caben todas las horas del domingo

en un solo domingo.

El domingo de la mujer dormida

porque la noche anterior

ya no llegó el marido,

el domingo del perro y el del gato,

el domingo del cura y del payaso

que trabajan como nunca,

el domingo del crudo y el del que se la cura,

el domingo del Papa y de la Madre Teresa de Calcuta,

el domingo del niño de la calle y el de la Prostituta,

que si es de adviento tienen que trabajar el triple

pensando en Santa Clos y en su padrote,

el domingo de la cajera del súper y el mesero

con un problema en la columna él y ella con un tumor en la matriz

que no se atienden,

el domingo del ciego, el sordomudo y el farsante

que se abren paso entre mocosos y caras largas en el metro…

no son como el domingo en el club hípico,

o en el Spá, con la querida al lado,

o el domingo del necio que aburre a la familia

con su futbol y la visita del compadre,

pero ninguno que me conmueve tanto

como el de la sirvienta ilusionada.

Y lo que se aparece en los domingos

es esa desazón cuando terminan

y el pecho experimenta la metástasis

de toda la nostalgia imaginable.

¿De dónde viene esa muerte tan chiquita?

III

¿Te dije alguna vez que sueño los domingos?

Porque uno sueña cuando duerme demasiado

y en los sueños todo es posible y todo es permitido,

aunque parezca absurdo, ni se nota,

y el sueño te permite alterar hasta el pasado.

Entonces el domingo se viste de sí mismo y se parece

a los domingos en que fuiste cuando fuiste

a cualquier parte,

cuando fuiste otro,

cuando fuiste lo que te crees que habrá de sucederte,

como cuando esperabas el domingo para salir a pasear del internado,

o te quedabas en tu casa solo, para esconderte de todos tus hermanos,

o te desmañanabas por llegar a tiempo para escalar cañadas y montañas,

o por buscar un hotel para perderte en sus caricias,

o por bailar todo el día en festivales de multitud sincera,

o jugar sin parar lo que quisieras,

o escuchar la interminable charla de los tíos

y mirar la interminable sonrisa de la abuela

mientras pensabas cuál sería el momento

para entregar tus resultados de la escuela,

con alguna materia reprobada,

o cuál sería el momento

para pedir el domingo a tu papá

y terminar mirando a Cachirulo o investigando la dimensión desconocida

antes de que aprendieras a esconderte

para fumar un cigarro

o simplemente para masturbarte.

IV

¿Te dije alguna vez que lloro los domingos?

Como cuando ella se fue

y nunca más volvimos a mirarnos

con la luz de antes,

como cuando murió mi hermana

sin despedirnos,

pues no acudí a la cita,

como el primer domingo

que no pude ayudar a mi padre a levantarse,

como el domingo sangriento de la guerra,

como el domingo sin un quinto en la bolsa,

como un domingo ante el mar que atardecía

y, sin saber por qué, mi vi llorando,

como el domingo que mi bebé no paraba de berrear,

y cuando al fin se cansó y quedó dormida,

me vi obligado a seguirla con mi llanto.

Y es que cada domingo

o es que llueve

o alguien se encarga

de hacer su nube personal,

porque da tiempo

de pensar en las dulces cosas tristes,

como el perro sin dueño,

la tienda cerrada,

la estación de autobús

y la banca del parque.

V

¿Te dije alguna vez que muero los domingos?

Porque son lo mejor para morir de risa,

morir de ganas y morir de sueño.

Muero de amor por ti, siempre en domingo,

me muero de dolor, si estoy enfermo,

o del otro dolor, si no sonríes.

Y es que el domingo me fascina:

es el único día que no se llama como los planetas,

es el último de los que trabajan y el primero en los oficios de Dios,

alfa y omega del que ora y labora como San Benito,

es el día de las palabras domingueras y la pipa y guante de los campesinos,

o las fachas de lujo de los citadinos,

el del sermón y el suplemento dominical,

el de las culpas y las esperanzas,

el de los globos y los elotes,

el del paseo redondel por la alameda,

el día de Toros y de las kermesses,

y de hablarle a mi madre por la noche

para saber si fue feliz esa semana.

Por eso quiero partir de aquí un domingo

y que Dios me reciba en día de fiesta

y mi madre aproveche la misa

para pedir por mi alma.

Quiero morir domingo y madrugada

y que me entierren pronto

para que nadie falte a su trabajo

y que los niños no pierdan una sola clase,

al fin y al cabo,

por la tarde,

de todos modos el domingo es triste.

__________

Pedro Pablo Martínez (Ciudad de México). Lector. Como parece evidente, los domingos no quiere ver a nadie (salvo a sus básicos/as); aunque tampoco el resto de la semana. De esta manera, a veces puede escribir. También le gusta hablar y leer en público… que es otra forma de escribir, aunque siempre prefiere pensar, que es otra forma de leer y de escribir. Quizá por ello se está ocupando ahora de un libro de aforismos porque, como dice su prólogo, «le gusta pontificar sin aburrir a la gente».

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