El huésped

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Atahualpa Espinosa

 

 

Día 1.

Hay un recuerdo que siento lejano, anterior a los días en que todo comenzó. Es de los pocos que aún cruzan el estrecho espacio disponible en mi mente, como un globo de helio que se escapa de la mano y se empequeñece sobre el fondo azul y vacío. Lo contemplo con toda la atención de que soy capaz, que ya no es mucha, en los instantes previos a su desaparición. En él, un alacrán traza una diagonal recta, lenta y suave, en el muro. Lo veo de reojo, porque temo que si lanzo una mirada directa sobre él, podría apoderarse de mi voluntad sin esfuerzo. Cuando noto, o apenas intuyo (el espesor de esa intuición es apenas el borde de una hoja de papel en la yema del dedo) que se ha quedado quieto, siento que puedo mirarlo de frente sin peligro. Esto sucedió hace tiempo. Debido a que los días de entonces se encadenan en mi memoria sin transiciones, es imposible conocer la antigüedad exacta de este recuerdo, aunque esto no tiene ninguna relevancia. El caso es que cuando volteo la vista hacia el animal, su presencia me despierta los peores augurios. Hay algo que me inquieta más que el aguijón o su capacidad de marchar en línea recta en medio de un baile de boda, con la impasibilidad de un tanque de guerra en un vecindario palestino, y es que no puedo saber dónde empieza y dónde termina. Su envés y revés, su atrás y adelante, no existen, todo él es continuo. Cada parte de él es el inicio de otra porción de sí mismo y, de pronto el resto del mundo, todo lo que no es él, se vuelve diminuto y lejano.

Esta impresión duró nada más que un instante, pero en ella estaba la semilla de lo que terminaría por apoderarse de mí. O tal vez se trata solamente de que me ha dado por someter los recuerdos a un proceso de deformación, para que se asemejen al contenido de mis días presentes. Debe ser así, porque al final, ahora que vuelvo a contemplar la pequeña bestia desde el pináculo de mi memoria, sus contornos se colapsan, imitando a todo cuanto le rodea, y el entorno vuelve a quedar en su tenue equilibrio habitual, reducido a un polvo fino que se mece en el aire.

10 de agosto

Tengo 29 años, vivo en el centro de la ciudad y no acostumbro ver a mucha gente. Hace algún tiempo, la soledad era una sombra que temía encontrar a la vuelta de cada esquina. Apenas toleraba pasar un fin de semana a solas, y sólo cuando no había más remedio. Por suerte, esa especie de discapacidad del ánimo ha cedido y he logrado apartar la necesidad de compañía hasta volverla distante y casi incomprensible. Después de una espera que sentí alargarse más de lo razonable, comencé a cobrar mi sueldo en dos de mis empleos (de tres que aún logro mantener). El pago por varios meses de trabajo llegó, en los dos casos, de golpe, al cabo de un largo periodo de estrecheces. Así que difícilmente, aun con lo que comenzó a sucederme, algo podría arrebatarme de esta deliciosa sensación de armonía con el entorno.

Estoy sentado sobre una de las sillas de mimbre que tengo en mi sala, con una franela en mis rodillas frías. Balanceo los pies con el ritmo que voy inventando en medio del silencio, las piernas cruzadas. Es algo que acostumbro hacer, sin proponérmelo, como el primer paso de un descenso gradual hacia las profundidades del sueño. Entonces lo veo.

Hace una semana, alguien se mudó al interior de mi cabeza. Aparece ante mí cuando se mueve hacia el centro del campo que me es visible. En ese espacio casi vacío y de una blancura que ya encuentro sospechosa, revisa los encabezados del periódico que yace en la pequeña mesa y mira hacia todas direcciones en busca de un café. Cuando no bebe café no es el mismo, dice, funciona a medio motor. Y lo dice con el tono de un reclamo. (Ha pasado poco tiempo y ya tiene los remilgos de un huésped distinguido). Da unos pasos sin rumbo, sin abandonar el área donde puedo verlo, como si le pareciera descortés desaparecer tan pronto, después de que ha pasado tan poco tiempo desde que comencé a dedicarle mi atención, y se sintiera obligado a complacerme con su inestimable presencia unos momentos más.

Es todo muy aburrido mientras sucede y el eco de los pasos en el espacio desolado es sórdido y triste, nada a lo que pudiera aficionarme. Pero lo dejo transcurrir. Intento aquietarme, eso es todo, y un cambio abrupto, como levantarme de la silla y emprender una tarea cualquiera, podría traer de regreso los fantasmas del insomnio que me han perseguido tantos años. Dejo que haga lo que desea en ese pedazo de suelo, no importa. De cualquier manera, no me apetece disponer de él.

23  de agosto

Hoy el despertador me sacó del sueño como una grúa saca un peso muerto del agua. Me sentía incapaz de salir de la cama, como si hubiera una razón física que me lo impidiera, y no lograron reanimarme ni un poco los primeros tragos de mi jugo de naranja diario. Todo el día me he sentido como un trapo mojado y tuve que aguantar algunos reclamos en la oficina por mi lentitud.

Con esfuerzo, logré lavar la ropa que se había acumulado en mi patio. Son ya las diez de la noche y es hasta ahora que comienza mi tiempo libre. Descarto sin demasiada reflexión la posibilidad de lavar los trastes. Necesito aflojar los músculos y dedicarme un poco más a mi descanso. Tomo un libro y pongo algo de música sin letra, distendida, como un murmullo.

La novela que he estado leyendo estos días tiene un argumento curioso, con el énfasis repartido, en un balance exacto, entre la trama de un crimen y los devaneos en torno a un dilema religioso, inicialmente separados. El ritmo es absorbente, casi no deseo pensar en nada más, y con todo, un ruido me arrebata dela concentración. Esmás bien como el presentimiento de un ruido, la corazonada de algo que se mueve, o que está quieto, pero agita el espacio a su alrededor, como una piedra lanzada al agua. Lo intento varias veces, pero me cuesta retomar el hilo de la lectura, hasta que decido atenderla señal. Entrecierrolos ojos y ahí está.

Creo haber dicho ya que mi huésped tiene una mesa pequeña. Antes no estaba ahí. Esa parte de la habitación que está en mi cabeza, antes de que llegara y durante el primer tiempo que la ocupó, era de una blancura perfecta y no había ni una mota de polvo. Él sólo merodeaba por ahí, como una presencia vaga, similar a una mosca que vuela contra el fondo de una pared, y no había más. Me enorgullecía del orden y limpieza de esa porción de espacio, por muy absurdo que suene. Incluso a mí no deja de parecerme un poco ridícula esa fijación, y tal vez por eso fue que fingí tomarlo con tranquilidad cuando llevóla mesa. Noquería que nadie, ni siquiera él, tuviera la impresión de que soy un hombre rígido. Pero esto ya es otra cosa: en torno de la mesita hay un juego de tres sillones color chocolate, afelpados, y una lámpara de pie. Debo reconocer que la lámpara es muy bonita, con ese tono plateado y una esbeltez que recuerda a las mujeres que recorren las pasarelas de lencería. He estado buscando una parecida, de hecho. A pocas cuadras de mi casa hay tiendas en las que venden todo lo relacionado con la luz artificial. Son lugares llenos de todos los matices, colores, grados de intensidad y formas imaginables que toma la electricidad transformada en luz. Estos negocios se extienden por varias cuadras, y a veces parece que su mercancía está integrada por los miembros de una sola colonia de animales de la misma especie, que cambian de color con la edad, con un peso y forma variables, de acuerdo con sus hábitos de vida, y que las viviendas que habitan están, seguramente, conectadas entre sí, a través de túneles subterráneos que se abren al fondo de los locales. Durante las horas de luz diurna, cuando son casi inútiles pero su vida corre menos riesgos, salen a la parte de su madriguera que es visible para nosotros, los peatones, y nos arrojan su luz, intentando colocarnos en un trance. Permanecen al pendiente de nuestros movimientos, con una fijeza impúdica, saben que nos contemplan desde un mundo que nos resulta incomprensible. He visitado esos lugares, algunas veces, cuando mi horario me lo ha permitido, pero no he encontrado una lámpara que ajuste por entero con mis gustos, ni con la disposición de mi sala.

Tiene una lámpara, decía. No la envidio, aunque parezca haber adivinado cuál era esa lámpara que yo mismo no sabía que buscaba, y aunque con ella haya logrado dar un balance casi exacto al espacio interior. Difícilmente hubiera sido capaz de arreglarlo de una mejor manera, aunque hubiera puesto en ello todo mi empeño. Él está ahí. Ya no deambula nerviosamente, sino que descansa en el sillón individual, con sus pies sobre el borde de la mesa y bebe café de una taza. No sé dónde lo habrá conseguido. Su expresión es la de alguien que está vacacionando en la playa, unas semanas después de haber ganado el premio mayor de la lotería, sin necesidad de volver a su empleo.

Trato de regresar la vista al libro, o mejor dicho mi atención, porque mi vista, en realidad, nunca se movió, pero el daño está hecho, no puedo seguir el rumbo dela trama. Melevanto de mi asiento y veo el polvo que se acumula en los rincones. El tiempo sigue marchando, como el viento del bosque entre el follaje, a través de todo lo que ocupa mi reducido hogar, y siento cómo separa mi entorno personal, cada día más, de cuanto hay al otro lado dela puerta. Vaa ser una noche de sueño frágil y escaso.

1º de septiembre

Las lluvias, hasta hace poco, se habían asomado con timidez, apenas lo suficiente para que las luces ambarinas de la noche se reflejaran en la humedad que dejan tras de sí sobre el asfalto. Pero ayer se cumplieron varios días consecutivos de tormentas.

Hoy la ciudad despertó bajo un cielo pulido, llena de colores que parecía usar por primera vez. Incluso los árboles, a pesar de lo duro que es el trabajo de un árbol que limpia el aire en el centro de una ciudad tan grande, irradiaban un verde brillante más depurado que el habitual, como si se tratara de un perfume. Me resultó penoso descender hacia el subterráneo para transportarme y ver las mismas caras marchitas que cada día viajan en él, compañeros de viaje que son siempre nuevos, pero iguales a los de cada día. El largo tramo de escaleras para salir de ahí, en un recorrido tumultuoso, la sentí como una búsqueda urgente de luz natural, un regreso al aire de los espacios amplios y abiertos. En la calle, los últimos restos de la lluvia se aferraban a su sitio, en las grietas y relieves del asfalto, los arbustos aún temblaban de humedad, la acera parecía recién lavada. Cada peatón reconocía a los que se cruzaban en su camino, con disimulo, como si cada uno de ellos fuera una cosa nueva, al menos recién lavada, bajo ese cielo de absoluta transparencia…

Narro todo esto no por alguna razón en especial, sino porque puedo, porque fui capaz de notarlo. Este hecho, el que pudiera notarlo, me sorprendió al final de este breve recorrido, cuando llegué a la puerta del edificio en que trabajo de lunes a viernes. Mi otro empleo me ocupa los fines de semana. Digo el otro, y no «otro de mis empleos», o «el segundo de mis empleos», porque ya solamente conservo dos. Tuve que perder el tercero, no me quedó remedio, o fui echado, aún no lo tengo claro. El hecho es que ya no era capaz de cumplir con él. Pero mantengo todavía los otros, y el primero de ellos, que ejerzo los días intermedios de la semana, tiene lugar en el edificio al que en aquel momento llegaba, cruzando el umbral de la puerta de vidrio. En el pequeño vestíbulo, me encontré flanqueado por espejos en los que aparecía retratado, y con esto supe que no debía preocuparme. La sensación de que ese reflejo me aliviaba, me dejó perplejo. Caí en la cuenta de todo cuanto había pensado durante la mañana, hasta el instante en que llegué a ese lugar y no me explicaba toda aquella serie de impresiones, tan distintas a las que tenía cada vez que realizaba ese recorrido. Por costumbre, mi mente se inclina siempre a despeñarse por cualquier declive o grieta que aparezca en su camino, y no pierde una sola ocasión para deambular. Pero ahora parecía más afilada, como si dispusiera de un margen más estrecho para moverse y sus impresiones fueran, por eso mismo, más nítidas.

Ese día, por primera vez en mucho tiempo, no olvidé una sola de las tareas que debía realizar en la oficina y fui capaz de escuchar cada palabra de las instrucciones que me dirigían. Pude saludar a cada uno de mis compañeros y conversar con ellos, durante los breves lapsos que nuestra labor permitía.

Todo esto era, previsiblemente, transitorio, nada más que un paso firme antes de que se desgajara el suelo bajo mis pies. Hay un momento, justo el que precede a un declive, en que se experimenta una sensación de plenitud de facultades, pero eso no es más que una señal de que, por una sola vez, los propósitos y los medios de que se dispone para lograrlos coinciden. En ese momento no lo supe, pero ahora que mi casa está en silencio y puedo atisbar lo que sucede en el espacio que comencé a ceder al huésped, empiezo a comprender la razón.

Es la hora de la noche en que me descalzo y me deslizo lentamente hacia el punto donde se fugan mis pensamientos. En silencio, el fin del día está próximo y el sueño, con su bálsamo de amnesia, está a la vuelta de estos minutos. El suelo en que se ha instalado el huésped está cada vez más y mejor utilizado y es muy tarde para retractarme y tratar de arrebatárselo. Envuelto en mis sábanas, alcanzo a ver su llegada a esta habitación que llevo en mí. Estuvo fuera toda la noche y entra con estruendo, el alcohol le hace perderla delicadeza. Leacompaña una invitada que camina sobre tacones de aguja, cada paso suyo resuena con claridad. Tiene un cuerpo elástico que le permite seguir sin esfuerzo a mi huésped, llevada de su mano. Sus piernas largas y una cintura flexible le dan una apariencia felina y pienso que, si se le arrojara de una azotea, caería a cuatro patas, lista para correr a la mayor velocidad. Sus pechos son firmes y brincan por debajo de la tela como si tuvieran vida propia. Intercambian unas frases que no puedo escuchar detenidamente, no estoy seguro si porque mi oído no me lo permite, o si es sólo que su trivialidad elude mi atención. Se sirven un trago, los hielos suenan cuando golpean el vidrio y esa melodía es el lenguaje de la euforia, nada más importa mientras sucede. Él la arroja sobre el sillón y sus manos se deslizan bajo la tela de la blusa azul celeste, cada par de ojos fijos en el otro.

Entonces una frase suya, murmurada en el oído de ella, logra persuadirla de levantarse y seguirle a un lugar más íntimo, justo cuando yo había recobrado mi estado de alerta, desandado el camino que lleva al sueño, y me disponía a contemplar con toda mi atenciónla escena. Deun sitio que no lo había esperado, se abre una puerta y desaparecen tras ella. Esto quiere decir que ya tiene una habitación privada. Debe haberse apoderado de ese nuevo espacio mientras yo no vigilaba y seguramente lo amuebló, no creo que vayan a tener sexo y dormir en el piso. Es un pedazo de suelo que se ganó a pulso, así como es un mérito enteramente suyo haberla seducido. Tiene derecho a poseerla lejos de mi vista.

Hago lo posible por dormir.

9 de septiembre

Podría decir que él llega cada noche con una chica diferente, pero sería una exageración. Lo cierto es que casi nunca duerme solo, y que cada una de sus acompañantes, con mayor violencia que la anterior, despierta en mí deseos que me esfuerzo por mantener a raya.

Las veo entrar, sumidas en una ebriedad beatífica, y desaparecer de nuevo tras la puerta dela habitación. Debehaber un baño ahí, porque son demasiadas horas las que pasan dentro. Tal vez no necesitan una cocina. No tengo idea a dónde vayan cuando salen por las mañanas, pero es seguro que encontrarán en su camino un sitio donde puedan comer algo. Pero un baño, sin duda, lo necesitan, y ése es otro espacio que me han arrebatado, sin que pueda reclamar nada.

La de hoy tiene una mirada resplandeciente, la piel blanca, el cabello oscuro y un humor que es a la vez siniestro y candoroso. Desearía haber conocido alguien como ella alguna vez.

13 de septiembre

Todos los recuerdos de fiestas que tengo son un poco frustrantes. Casi siempre terminan de dos formas: en una futilidad completa, después de haber conversado sólo a medias, sin haber sido capaz de decir una sola frase bien construida y sintiéndome más solo que antes de salir, con una brutal sobriedad a cuestas. O en una intoxicación profunda, generalmente a manos del alcohol, mucho más allá del territorio donde termina la vergüenza y comienza el vértigo de la pérdida de los contornos propios. Es mejor no entrar en detalles, pero tampoco ha salido nada bueno de esta segunda clase de desenlaces.

Recuerdo todo esto, porque hace casi dos años que dejé esta afición por la vida nocturna y hoy vuelvo a tenerla ante mí, pero sólo como espectador. Por primera vez, él se ha atrevido a celebrar una fiesta. O por primera vez ha tenido ocasión de hacerlo, no lo sé, y no creo que a fin de cuentas haya mucha diferencia entre ambas posibilidades. La sala ha crecido y los muebles que había descubierto en un primer vistazo están confinados a un rincón, son poco más que una sección privada dela fiesta. Hantranscurrido ya varias horas y todos los asistentes están ebrios, se han derramado muchas bebidas y botana en el suelo. Para quien lo mira desde la sobriedad, como yo, el lugar está lleno de las señales de negligencia festiva: vasos abandonados, algunos rotos, manchas de vómito en un rincón, prendas tiradas sobre el suelo.

Lo primero que pienso, aunque al instante me doy cuenta de que se trata de algo absurdo, es porqué nadie me invitó a esta celebración; a mí, que tanto las disfruto. Lo siguiente, ya que lo anterior no tiene remedio, es la indignación por el destrozo que están haciendo en un espacio sobre el que aún siento cierto derecho, aunque me esté vedado sin remedio. Pero todavía logro mantener el pensamiento claro, sé que no debería irritarme y si me sucede, es culpa mía, no debo envidiar la diversión ajena. Trato de apaciguarme, aunque asumo que jamás lograría dormir con este estruendo. Miro el curso de la fiesta con el filo de mi vista, como si temiera que me sorprendieran viéndolos. Pero están demasiado ebrios para notarlo. Mi huésped baila con una mujer muy atractiva, y fija la vista en otra, que lo es aun más quela anterior. Notardará en acercársele, anticipo.

Poco a poco, algunos de los invitados abandonan el recinto. Sólo quedan ya seis o siete personas que bailan al ritmo de las últimas tonadas, cuatro de ellos en pareja, pero no he visto a nadie salir porla puerta. Losdemás se han retirado, seguramente para descansar, hacia espacios nuevos que mi inquilino ha conquistado tal vez para esos fines, o para otros que no imagino. Los que quedan se divierten como si fuera el último día de su vida, gritan y mueven los brazos. Me parece que dicen «chingue su madre el que quiere dormirse», «este baile es para el que está cobijado, que se pare a bailar», pero no me doy por aludido y, bajo el peso de mi fatiga, me alejo de ellos, rumbo al sueño.

14 de septiembre

Las causas por las que uno despierta son frecuentemente inciertas. En este caso, no sé si fue la intensidad de la historia de mi sueño (inquietante, como pocos que recuerde), los gritos que no dejé de escuchar mientras dormía, o la música que aún suena. El caso es que despierto y mi cara está empapada con vodka helado. Conozco el olor muy bien.

Doy un respingo y me incorporo. Es la hora del día que está suspendida entre la madrugada yla mañana. Comosi la intención fuera despejar cualquier duda acerca de la razón por la que desperté, me arrojan otro trago. Esta vez alcanzo a verlo antes de que llegue, lo lanza un hombre que baila con dos mujeres, pero no puedo esquivarlo. Para cuando el vodka escurre por mi rostro, ya los veo reírse de mí, bailando al ritmo de salsa. Tengo la impresión de que no he dormido en absoluto, aunque sé, por la cantidad de luz que se escurre a través de las cortinas, que han pasado varias horas. La música que escucho suena como si saliera de unas bocinas pegadas a mi oído. Veo a los invitados de mi huésped que aún se resisten a abandonar la fiesta, vívidamente, aunque cierre los ojos. O aun más si los cierro.

Es domingo, el único día en que puedo descansar. Grito con rabia, para ahuyentarlos, pero sólo ríen más. Poco a poco, como si los hubiera llamado, salen de sus dormitorios, a través de puertas que se abren en los muros, desde sitios inaccesibles a mi mirada, para disfrutar del segundo aire dela fiesta. Cadauno de ellos se sirve un trago y bebe, haciendo gestos por la desvelada y el asco de la cruda, y al cabo de unos instantes se reaniman. Un minuto después todos los que hace unos minutos dormían, o estaban fuera de mi vista, están bailando de nuevo. El espacio parece enorme. Sólo en las esquinas aparecen sillones reunidos, unos frente a otros, que la distancia hace parecer pequeños. Mi huésped hace una broma al oído de uno de sus amigos, quien a su vez la comunica a la mujer con la que baila. Pronto, el mensaje llega a oídos de todos los presentes y, a una señal del anfitrión, gritan: «¡Deja de vernos y vete a pasear, güevón!» y me arrojan su trago al mismo tiempo.

Dejo la cama de un salto, bañado en una mezcla de vodka, tequila, jugo de todos los sabores, Coca Cola y cerveza. Mis ropas escurren como un trapeador recién sumergido en la cubeta, en mi camino hacia el lavadero. Me desnudo y sumerjo las prendas en agua preparada con detergente. Regreso a mi habitación, tomo las llaves y estoy a punto de salir a la calle, en ropa interior, dispuesto a encaminarme a mi oficina, pero me detienen unas risas estruendosas. Al parecer, no estaban inmersos por entero en su baile.

Me quedo de pie enla sala. Conlentitud, uno de los hilos más tenues que tejen mis ideas repta hacia la superficie y me recuerda que es domingo; que todo está bien, puedo abandonar mis preocupaciones; que no debo pensar tanto, la mejor decisión es la que llega sin reflexionar; que tal vez, sólo tal vez, necesito renunciar al control de mis actos, aunque sea de forma provisional. La música llega aún a mis oídos, como un rumor, y el presentimiento de que hay mujeres hermosas bailando salsa dentro de mi cabeza me empuja a volcar mi atención a la fiesta, que imagino en todo su esplendor. Pero me detengo. Examino el interior de mi departamento, revuelto, lleno de polvo. Hace mucho que no le dedico atención. Decido cerrar la rendija de mi mente por la que me asomo a los dominios de mi huésped y dejar ese espacio fuera de mi alcance. Alcanzo a escuchar unos aplausos, celebrando mi decisión, que se desvanecen hasta confundirse con el silencio de mi sala. Me sirvo un vaso de leche y pongo un pan dulce en un plato. Cada vez que remojo el pan en la leche y lo muerdo, escucho otra serie de aplausos. Parece que les gustó el juego, aunque espero que se cansen pronto de él. Me dejo caer en mi cama y sigo mordiendo el pan. Enciendo la tele, pongo el canal abierto, que transmite el programa de variedades del mediodía. Escucho aplausos de nuevo, mientras pulso los botones del control remoto, pero es todo, son las últimas señales de vida que me llegan desde ese lugar. A partir de ahora, voy a pasarme el día entero frente al televisor, hasta que limpie toda la basura en mi ánimo. Mañana tendré la mente fresca para trabajar de nuevo.

Día 0

Estoy redactando un oficio, sentado ante el monitor de mi oficina, perdido en el murmullo dela computadora. Haymovimiento de personas en el pasillo, pero son sólo trazos vagos sobre un fondo de luminosidad acuosa, ni opaca ni rutilante. Nadie que me vea desde fuera podría notarlo, pero una fuerza que no me pertenece me hizo moverme hasta aquí, me llevó a salir de la cama, hacia la ducha, me hizo vestirme, alimentarme, caminar por la calle, hacia el subterráneo y más tarde, fuera de ahí, hasta la puerta de mi oficina. El espacio que he cedido debe ser ahora enorme, posiblemente ha llegado al límite de su crecimiento. Queda sólo lo justo para que yo subsista, conservando mi empleo y un modo de existencia que permita que la vida de mi huésped y sus invitados transcurra sin preocupaciones, aunque no sé ya nada de ellos. Esta ausencia de voluntad es algo de lo que soy consciente durante instantes aislados y escasos. El mundo exterior, también, se ha reducido a impresiones de apariencia uniforme y sorda. Lo único que altera esta continuidad son las disrupciones abruptas que me desploman hacia los recuerdos más inquietantes y una angustia por los temores, irracionales tal vez, acerca de mi próxima desaparición.

Pero esto sucede con muy poca frecuencia. La mayor parte del tiempo, el mundo que me rodea palidece a cada segundo, se vuelve más tenue y ligero. De la misma forma que los sonidos, en la distancia, se confunden entre sí y dejan de ser desagradables, para resultar vagamente bellos, o mejor aun, indiferentes.

Mis movimientos son fluidos, mis palabras precisas. Todo, gracias a que apenas sé que suceden. Termino el trabajo, guardo mis cosas y salgo ala calle. Tomoel subterráneo y así como antes estaba en la calle, ahora estoy en mi casa. Limpio un poco el exceso de polvo y voy haciala cama. Ahoraestoy despierto, pronto estaré dormido. Un segundo antes, mi vista se encuentra con un alacrán que camina sobre la pared de mi cuarto. Es la última imagen que logro ver con nitidez, hasta que la luz se apaga.

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Atahualpa Espinosa (Zamora, Michoacán, 1980) es autor de Violeta intermitente (Universidad Michoacana, 2002) y El centro de un círculo imaginario (Tierra Adentro, 2007). Licenciado en psicología, tallerista y guionista de la DGTVE. Ilustrador a ratos, cada vez más breves.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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