Demasiado viejo
Laura Zúñiga Orta
Ha manoseado el mismo botón durante horas. Su dedo anular conoce, porque lo ha repasado mil veces, el contorno mellado, cierto hundimiento en el centro, la textura del hilo, la dureza del plástico. Es un botón como cualquier otro, intenta razonar Francisco Alegría.
Con dificultad se incorpora. Mira de reojo las marcas que su cuerpo ha dejado en el sillón. Trata de sonreír, aunque ya no sabe. Tremenda paradoja para alguien con su apellido. Recorre la habitación de izquierda a derecha, como animal en cautiverio. Se detiene frente a la ventana. Mira con añoranza El Afuera. Lo acaricia. Lo sabe, como siempre, dolorosamente ajeno.
Vuelve al sillón. Se sienta y rasca su cabeza con impaciencia. Se despeina. Descubre que puede despeinarse. Lamenta ya no tener el coraje para dejar crecer su cabello. ¿Por qué los padres se mueren cuando uno es demasiado viejo para hacer su vida? Se descubre, él, Francisco Alegría, pensando en su padre. Se sabe observado. Baja la mirada y vuelve a poner el dedo sobre el botón. No quiere mirar más allá: hacia la cama donde está acostado el otro Francisco Alegría. Muerto, como debió haberlo estado desde hace años.
A Francisco Alegría no le gusta pensar en su padre. Pero a veces no puede evitarlo y recuerda a ese señor. Recuerda, en particular, su mirada furiosa. Los ojos de ese hombre ardían como la brasa. No tenían consuelo. Eran los ojos de un gato furioso, presto al ataque. Bestia enjaulada que metió en su cárcel a todos los que amaba. Los ojos de su padre abrasaban la ternura. Hacían arder el amor como la llama al pabilo. Verlo dolía tanto como ver caer los truenos en el valle una noche de tormenta.
Por eso maldijo en silencio a su tía, esa anciana calva y torpe, cuando le pidió, ella, tan fresca la vieja, entrar a la alcoba, lavar el cadáver, vestirlo y cerrarle los ojos.
—Tu padre lo hizo con su padre y éste con el suyo. Ahora te toca a ti. Ciérrale los ojos, sobrino. Que su alma no se quede para siempre abierta como una ventana.
Y Francisco Alegría lo hizo. Encontró a su padre envuelto aún en las cobijas, con los ojos abiertos, mirando a la muerte. Con la boca atravesada por un grito. Lo sacó de la cama. Lo desnudó. Dudó entre llevarlo a la bañera o simplemente frotarlo con una toalla húmeda. «No seas imbécil, carajo. Ni se te ocurra meterme a la tina. Y mírame a los ojos cuando te estoy hablando». Francisco Alegría tomó aire. Decidió no lavar el cuerpo, pero rellenó uno por uno todos sus orificios con algodón. Le puso un traje negro. «Esa corbata no. Ponme la otra, la roja que me regaló tu madre. ¿Qué no me estás oyendo?» Lo acomodó en un rincón, con el rostro vuelto hacia la pared. Tendió la cama. «Hace frío. Levántame. ¿Eres tarado o qué? Aquí se hace lo que yo digo. Levántame.»
Francisco Alegría se encerró en el baño a vomitar. Se lavó la cara. Se enjuagó la boca. Se lavó las manos hasta que se acabó el jabón. Regresó con su padre. Le dio una patada en las costillas. Dos. Tres. Pero la rabia seguía con vida. Descubrió que ya tampoco sabía llorar. Sus ojos, los de Francisco Alegría, estaban secos. Les quedaba sólo el recuerdo de la noria. Tocaron la puerta. Maldita vieja.
—En media hora llegan los de la funeraria, sobrino.
Levantó el cadáver y lo devolvió a la cama. «Mírame cuando te estoy hablando». Cuando logró controlar el asco le cerró la boca. Pero no pudo con los ojos. Ni muerto puedo soportarte la mirada.
Esos ojos eran la mejor arma del padre. Sabían hacer daño. Herían sin pestañear. Apuñalaban. Eran capaces de matar. Habían matado. Él, Francisco Alegría, lo sabía mejor que nadie.
Se sienta de nuevo en el sillón. Regresa al botón de su camisa blanca. A la añoranza de El Afuera, ese país que desde la infancia le estuvo vedado. «Aquí se hace lo que yo digo» Quiere fumar. Busca la cajetilla en el bolsillo de su saco. «¿Vas a fumar delante de mí?». Pone un cigarro entre sus labios. Con las manos temblorosas prende un cerillo. Le da una fumada. Inhala el humo. Exhala. Llena la habitación de tabaco. «¿Vas a fumar delante de mí?». Abre la ventana y avienta el cigarro. ¿Por qué los padres se mueren cuando uno es demasiado viejo para hacer su vida?
Tocan la puerta. Abre. Ahí está el ataúd enorme, definitivo, de roble. Dos empleados de la funeraria, sin saludar, empiezan a hacer su trabajo. Es muy simple: cargan el cuerpo y lo colocan dentro de la caja. Con cuidado, como si fuera un tesoro.
—Hay que cerrarle los ojos, joven.
—No, así se queda. Fue su última voluntad– él, Francisco Alegría, dice. Descubre que puede decidir. Escucha el martillo. «Mírame cuando…» Que se lleven tus ojos la imagen del silencio. Que se vayan pudriendo en la oscuridad, lentamente. Como tu recuerdo, padre; como tú, recuerdo.
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Laura Zúñiga Orta (Toluca, 1982) es licenciada en Ciencias de la Comunicación por el Tec de Monterrey, campus Toluca. En 2005 ganó la Beca de Invierno para Narrativa concedida por el Centro Toluqueño de Escritores A. C., con la que escribió No tiene nombre el paraíso, novela editada por el propio CTE en 2007 y reeditada en 2008 por la Secretaría de Educación Pública. Está antologada en Romper el hielo: novísimas escrituras al pie de un volcán (Bonobús-ITESM, 2006). En 2011 le conceden el Premio Estatal de la Juventud 2010 en la modalidad de Talento: cuento.
Actualmente estudia un diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores del Estado de México y la maestría en Humanidades, Estudios Literarios, en la Universidad Autónoma del Estado de México. También prepara su segunda novela.









