Diario de una creyente

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¿Qué nuevos instrumentos aporta Diario de una creyente para entender la vida y obra de Flannery O´Connor? El siguiente texto responde a ésta y otras preguntas en torno a la enigmática figura de esta escritora estadounidense.

 

 

Moriana Delgado

 

O’Connor, Flannery, A Prayer Journal, Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2013.

 

La religión nació tuerta. Desde sus inicios la religión estaba condenada a aportar más desventuras que ventajas a una sociedad que no ha dejado de ser convencional en su mayoría. Podríamos versar sobre la religión como camino místico y redentor. Podríamos hablar de la religión como una deprimente fuente de moral para aquellos que no logran encontrarla por sí solos. Las aportaciones «positivas» de la religión podrían tornarse longevas; sin embargo esto sólo sucedería a los ojos de hombres abstraídos por el mismo culto. Dentro de esta infinidad de disonantes posibilidades, encontramos las acciones de mentes completamente alienadas por el fanatismo, mentes que dedican una vida a obrar de acuerdo a sus lineamientos morales, comúnmente autoimpuestos por una exégesis bíblica, o por las malinterpretaciones del cura de la iglesia local. Entre el cúmulo de hombres encontramos a una mujer singular sumida en el corazón del territorio religioso: Flannery O’Connor.

A diferencia de las estrafalarias prácticas religiosas de América Latina, Estados Unidos compite con un protocolo de apariencia inerte, en el que las fachadas nunca dejan de ser una cruel errata de análisis en primera instancia. El fanatismo del sur de este país, específicamente el fanatismo reflejado en su literatura, se compone de acciones pasivas que custodian y retienen, en su fuero interno, soledades, demencias, locuras, castigos y dolores heredados. Debido a estas características que caen repetidamente en el patrón, a la par de las influencias ejercidas en los autores de la época, se le otorga el nombre de «gótico sureño» a la literatura producida en los años treinta a lo largo de estados como Atlanta, Florida, Delaware y Virginia, entre otros.

Flannery O’Connor es, tal vez, quien ejerció mayoritariamente un cuestionamiento sobre los actos influenciados por un pensamiento alienado. O’Connor murió de lupus en 1964, dejando atrás una vida poco convencional, una vida en la que abundaron pavorreales pedidos por correo y la agotadora necesidad de usar muletas para desplazarse a causa de la misma enfermedad. A pesar de que a su carrera literaria no estaba ni cerca de concluir, a los 39 años O’Connor había dejado una obra de gran peso para la trayectoria sureña, una obra que se adjuntaría eventualmente con las páginas mecanografiadas por los hombres que habían conseguido liderar la literatura del sur de los Estados Unidos.

Hace un par de años se publicó, por fin, A Prayer Journal (Diario de una creyente). En él, leemos una versión joven de la autora, ya que las páginas que componen este nuevo agregado a su obra fueron redactadas cuando O’Connor asistía al taller de escritura creativa en la Universidad de Iowa. Gracias a este tardío descubrimiento, podemos obtener una visión más estructurada y completa de los pensamientos religiosos de O’Connor. Entre las dispersas entradas, la autora expresa su voluntad en torno a sus querencias religiosas. Al mismo tiempo, también denota la angustia que brotaba de su paulatino desapego a las prácticas convencionales, forjando preocupaciones en torno a los impulsos naturales y egoístas que todo individuo desarrolla: «Y sin embargo es natural. Tal vez ser natural es ser egoísta». O’Connor comienza y termina su diario haciendo constantes autocríticas, analizando el ámbito banal y el ámbito místico obligado en todo creyente. Aunque sus juveniles consignas no forman parte de la ficción, sus palabras nos encierran en una cápsula de notoria conmoción. Es necesario ahondar con cautela, pues sus confesiones alguna vez formaron parte de las disyuntivas emocionales y religiosas que O’Connor preservó en silencio.

Dividida por una mente escépticamente intelectual, O’Connor se resiste a dejar ir esa inasible variante del amor que, por voluntad propia, desea profesar en torno a Dios y sus derivados: «No intento negar las oraciones tradicionales que he pronunciado toda mi vida; sin embargo, las he estado repitiendo sin sentirlas».    En un principio, sus intenciones con este diario giraban en torno a la renovación y creación de oraciones religiosas. Sin embargo, alejada de sus propuestas iniciales, sus entradas se tornan en confesiones sobre sus pecados, así como en cortas alabanzas sobre la bondad del Señor. A medida que el diario avanza, sus escritos nos dejan percibir, entre líneas, las dudas que albergó en torno a su propia fe. La autora adolescente escribió: «Oh Señor, tengo miedo de aquellas manos insidiosas que tantean en la oscuridad de mi alma».

La crítica nunca fue su intención última; no obstante, la crítica permanece. O’Connor sentencia a la sociedad sureña de los años treinta. Una sociedad corrompida por lo que a sus ojos representa la tergiversación de los preceptos religiosos: hombres que justifican religiosamente sus actos, así como las ventajas lucrativas que la religión como institución aporta. A nivel de crítica, O’Connor encabeza la lista de aquellos que han desmenuzado el sur hasta sus dolores y demencias más intrínsecas. A la par de O’Connor, John Kennedy Toole le otorgó gran énfasis a los malestares del sur en su novela La Biblia de Neón, donde realizar un pago a la Iglesia era una pieza clave si se buscaba ser aceptado en una sociedad regida completamente por apariencias.

La experiencia del desapego eventualmente desencadenó en O’Connor una imborrable carga: la culpa. A través de sus novelas, como Sangre Sabia, y el repertorio de cuentos que llegó a acumular, percibimos la empatía que compartía con los llamados misfits (inadaptados), pues la mayoría de sus protagonistas conllevan esta cualidad en sus respectivas personalidades. Es muy probable que O’Connor se vislumbrara a sí misma como una variante de divergente en cuanto a la interacción social y a los engranajes de su pensamiento. Una divergencia que permanecería aunada a ella hasta la fecha de su muerte en 1964.

En contraste con sus contemporáneas, como sería el caso de Katherine Anne Porter, O’Connor no ambicionó una vida de lujos y excesos. Ella sólo buscaba la calidad de sus ideas. Ideas que estaban obligadas a ser las mejores, pues resaltar en un mundo dominado por hombres es prácticamente tantear el fracaso. La caída y la decepción eran y siguen siendo un suceso inminente para toda mujer que se adentre al violento mundo del arte. A pesar de que Flannery O’Connor llegó a ser reconocida en vida, su nombre ha caído paulatinamente en desuso.

Hoy en día el sur sólo preserva los retratos visuales de la narrativa de los años treinta. Tiene los campos, la aridez y los cielos traslúcidos. El sur de ahora es un extranjero dentro de la vieja literatura, un simple merodeador de las antiguas usanzas. Las demencias y soledades se han transformado, se han adueñado de los hombres contemporáneos, dando paso a una nueva generación de retratistas. Aún en existencia, las entradas restantes a ese viejo sur, a ese corazón del fanatismo, son contadas hoy en día. Una de ellas es la literatura; otra, Flannery O’Connor.

 

 

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Moriana Delgado (Distrito Federal, 1993). Actualmente estudia Lengua y Literatura Inglesa en la UNAM. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y en el curso de creación literaria Xalapa 2012 en la categoría de narrativa.

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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