Nacido el Año del Tigre

Por  |  1 Comentario

 

 

Daniel Salinas Basave

 

Voy a tatuarme un tigre. Acaso a estas alturas esto sea lo más coherente en mi vida.  No tengo todavía un modelo de tatuaje, pero me queda claro que será un tigre tribal o abstracto. Por ahora imagino solamente rayas negras circulares sin pizca de color amarillo. Voy a pedirle a mi madre que desempolve su maquinita y me lo haga. Será el regalo ideal de cumpleaños. Lo que por ahora importa es que he decidido hacerme ese tatuaje.

Se es Tigre por la eternidad, en cualquier circunstancia y en todo estado de la mente. Mis convicciones políticas han cambiado, mis objetivos y metas en la vida se modifican constantemente, pero mi amor a los Tigres de la UANL es infinito e inmutable.

Nací siendo católico, pero desde hace mucho soy ateo. A los 18 años voté por el PRD y la última vez voté  por el PAN. Antes usaba botas, ahora uso tenis. Mi pelo me ha cubierto la espalda entera y he estado rapado al cero absoluto (al momento de escribir estas palabras casi me la vuelve a cubrir). He disfrutado lo mismo Reykjavik en noviembre que La Habana en junio y el Réquiem de Mozart me prende tanto como Iron Maiden. Éstas son mis convicciones. ¿No le gustan? No se preocupe, aquí tengo otras. La frase de Groucho Marx es aplicable a algunos aspectos de mi vida y al igual que Sabrina, personaje de la Insoportable levedad del ser, encuentro un ácido y delicioso saborcillo en la traición. Pero hay en el mundo una convicción, una causa que nunca traicionaría: Ser Tigre.

 Tigres y yo hemos crecido de la mano. Yo nací el 21 de abril de 1974, año chino del Tigre. Un mes después, mi equipo ascendía a Primera División venciendo a los Leones Negros por global de 3-2. El día 13 de julio, cuando yo tenía dos meses y 22 días de nacido, Tigres jugó su primer partido en la Primera División y fue nada menos y nada más que contra la mierda rayada. Juanito Ugalde anotó el primer gol Tigre en Primera División y el primero en la historia de los clásicos. 3-3 marcador final. Desde entonces a la fecha he tolerado de todo, incluido un injusto descenso a la Primera A en 1996, el año que fuimos campeones de Copa contra Atlas. Un retorno meteórico y sigue la mata dando.

Cuando mi tío José Manuel me regaló una camiseta de Tigres una tarde de agosto  consumó un ritual de iniciación, algo así como un juramento de caballería con una espada tocando mi hombro. Con mi recién estrenada camiseta fui con mi padrino al Estadio Universitario a ver Tigres contra Tampico. A los cuatro minutos de iniciado el juego hubo un estallido de euforia ante la caída de un jugador tigre en el área. El árbitro había marcado un penalti. Ante mis ojos estaba el capitán Tomás Boy parado frente a la pelota, con las manos en la cintura enmarcando el número 8 entre sus brazos, tomando poco vuelo, pateando seco y contundente a la derecha de Hugo Pineda. Fue el primer gol tigre que vi en vivo en mi existencia. Minutos después empató el Tampico, pero antes de ir al descanso el Güero Aceves puso el 2-1 para los felinos. El segundo tiempo fue un ritual de nervio y patadas. Cuando el árbitro pitó el final, experimenté  un desahogo y una sensación de misión cumplida. Esa tarde descubrí el poder balsámico de un triunfo tigre.

¿Cómo explicar la eternidad? Podría cambiar de nacionalidad, podría empezar a creer en algún dios, dejar el periodismo, pero jamás, jamás dejaré de ser Tigre. Para mí el futbol se divide en Tigres y el resto. Con Tigres soy un simple aficionado irracional que es capaz de torturarse con juegos pésimos o simplemente soporíferos y aún así seguir apoyando incondicionalmente a su equipo. Tigres no me ha convencido en miles de juegos, pero esto va más allá de una afición. En mi fase Tigre no me precio de ser un conocedor, sino un vil hooligan barrabravero que se parte el alma por su equipo.

Con el resto de los equipos del planeta (con excepción de las rayadas al que odio con fervor), me precio de ver el futbol con mentalidad de director técnico ajeno a toda pasión.

Disfruto mucho cuando los intelectuales se sienten ofendidos con mi intolerante personalidad hooliganesca. Disfruto saber que les ofende saber que prefiero un juego de los Tigres a una novela del sobrevalorado narrador contracultural contemporáneo o una pieza de cine de arte. Disfruto que me digan fanático e irracional, lo cual es un pleonasmo. Todo fanatismo es irracional y yo soy fanático de los Tigres. Me asumo como tal. No soy un aficionado consciente o analítico. Cuando juegan otros equipos, incluida la sacrosanta y patriotera Selección Mexicana, me dedico a disfrutar el futbol y soy realista en su análisis. En esos casos me gusta mirar el futbol con ojos de estratega. Pero cuando Tigres juega, la razón es sepultada. Soy simplemente su intolerante barra brava y sólo pienso en ganar al costo que sea.

Mi afición por ese equipo no se basa en la razón o la cordura. No me hice Tigre como resultado de la lectura de un discurso dialéctico o un catecismo. Miles de millones de personas se han matado a lo largo de la historia defendiendo un concepto tan abstracto e irreal como una religión o un credo político. Cuerpos de carne, hueso y sangre inmolados en el altar de los ismos y las ideas abstractas. Si la gente se mata por soberanas pendejadas como ésa, ¿qué hay de malo en que yo me rompa la madre por una camiseta?

Y sí, mi vida ha valido la pena vivirse por ceremonias tan bobas como ésta, aunque Borges considere el non plus ultra de la simiesca ignorancia el emocionarse hasta las lágrimas por unos desconocidos que levantan un trofeo y dan una vuelta a la cancha, como es posible emocionarse con una imagen poética o una arquitectura prosística matadora, aunque las palabras, al igual que el futbol,  también sean construcciones alegóricas cuyo significado y trascendencia inventamos nosotros.

Sé que es absurdo empeñar buena parte de la energía y las endorfinas en una camiseta que ha coleccionado muchos más fracasos que glorias, pero igualmente absurdo es matarse por una religión o por un partido político o enajenar la vida entera como esclavo de una empresa. La vida en sí es absurda y el absurdo no tiene categoría. Tigres es, en definitiva, mi absurdo favorito.

 

____________________

Daniel Salinas Basave (Monterrey, Nuevo León, 1974) ejerce el periodismo desde hace dos décadas. Comenzó su carrera en el periódico El Norte de Monterrey y fue miembro de la generación fundadora del diario Frontera, en Tijuana, donde se desempeñó como reportero de investigación y asuntos políticos durante diez años. Es autor de los libros Mitos del Bicentenario y Réquiem por Gutenberg (Premio Estatal de Literatura Baja California 2010). Es editorialista y colaborador del noticiero Síntesis y columnista del semanario El Informador. Ha sido becario de la Sociedad Interamericana de Prensa en el seminario Periodismo de Alto Riesgo en Campo de Mayo, Argentina, y enviado de noticias a la Zona Cero de Nueva York en 2001.

Print Friendly

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

1 comentario

  1. Pingback: Un coro de vuvuzelas. Diez relatos pamboleros | Revista Cuadrivio

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>