Historias improbables
¿Cuál es el origen del arte performativo que actualmente conocemos como “impro”? ¿Cómo se ha asentado y recibido en México? En este texto dual, Coppelia Yáñez rastrea la respuesta a estas dos preguntas al tiempo que ejemplifica (o improvisa) una situación y personajes posibles que dan sustento a sus palabras.
Coppelia Yáñez
Güicho y Mary son una pareja muy poco probable. Él es microbusero, ella es una niña bien que tiene casa con alberca. Se conocieron en una app para ligar, y ella, como es de esperarse, está loca por él (le dice «mi Pepe el Toro») y se siente muy avergonzada por ello. Mientras ella prepara una ensalada, planean una fiesta en común, y ella suplica que él no invite a sus amigos. Él está enamoradísimo a la buena y muere de ganas de conocer todo su círculo social. Ella más bien está encaprichada. Su vida en común suena encantadora, sobre todo con las visitas a Chapul y a la Alameda, los únicos lugares donde Mary acepta salir con él… Excepción hecha de la vez que lo llevó a Polanco, a un centro comercial en horas laborables, para comprarle ropa presentable.
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Aunque desde siempre han existido espacios para las representaciones en las que el actor hace uso súbito de su ingenio –habrá quien ubique el primer antecedente desde la Commedia dell’Arte–, la improvisación teatral moderna llegó a la vida de la mano de Viola Spolin, como una técnica que, a través de juegos y del uso de sugerencias externas, pretendía ayudar a los actores y directores teatrales a reconectarse con su esencia creativa dentro del trabajo cotidiano. De ella se derivaría el trabajo que estructuró the Second City, una de las escuelas más importantes de comedia e improvisación en Estados Unidos.
Muy pronto Keith Johnstone –el otro padre del improv o impro, como se le llama afectuosamente entre los practicantes– la transformaría en un modo de vida, una forma de ponerle atención al mundo. Si bien la mayoría de los estudiantes y profesionales del teatro comprenden la utilidad de improvisar en el proceso de crear, explorar(se) y establecer sus rutas y acciones para pasos posteriores, los feligreses de la técnica en muchos casos deciden permanecer en el terreno movedizo e incierto de presentarse frente al público sin palabras ensayadas, sin ideas preconcebidas. A eso se refiere alguien que se presenta como actor de improvisación.
En México, el movimiento empezó hace unos 14 años, de la mano del modelo de match, o improvisación deportiva, con reglas y estructura que simulan una competencia (y frecuentemente la generan). También se ha explorado el long form o formato largo, que parte de las mismas premisas esenciales, pero explora historias de mayor duración, con contenido y relaciones que tienden al realismo, o exploran géneros y dan pie a investigaciones inspiradas por otras obras y formas artísticas (como la literatura, el cine, la poesía). Ya muchas manos y voces han estado ahí, van y vuelven, y siempre hay nuevas generaciones dispuestas a retomar la estafeta. Da miedo hacer la lista y olvidar a alguno de los muchos que han invertido su tiempo, su esfuerzo y sus ganas en generar un trabajo escénico que se antoja perecedero, hasta que te das cuenta de que –gracias a esas historias súbitas que existieron durante una hora, frente a un público específico– siempre hay alguien en quien, en respuesta, se enciende una luz que ya no se apaga. Desde Omar Argentino y la LIMI (Liga Mexicana de Improvisación) hasta los alumnos recién egresados de los talleres de cualquiera de los múltiples profesores que preservan la locura. Seguro hay ya improvisadores de tercera o cuarta generación.
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Diez minutos después, un amigo le preguntará a Mary si a su novio le sentará bien un Chardonnay carísimo –Güicho no toma nada más complicado que cerveza nacional, y le encanta el pulque–. Mary, por vergüenza, miente: seguro que le va a encantar. Por supuesto que su novio no sabrá qué es lo que está bebiendo, ni entenderá ninguno de los chistes intelectuales que el mismo Mr. Chardonnay le lanza durante la fiesta mientras beben una copa. Al mismo tiempo, llega el mejor amigo de Güicho a la fiesta: el Guáguaras, otro chofer de microbús con malos modos y peores mañas.
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Aunque cada historia en el escenario es distinta, los acercamientos personales hacia la técnica suelen ser muy similares: haber estado expuesto al contagio (ya sea como público o como estudiante de teatro), experimentar por primera vez el «vértigo» del que muchos de ellos hablarán como vivencia iniciática, pasar por la montaña rusa de la sorpresa, el miedo, la risa, el estupor, la parálisis, las carcajadas. Darse cuenta de que la suspensión de la incredulidad no sólo existe para el público, sino también para los actores. Decidir, de pronto, que le quieren dedicar más tiempo y explorarla más a fondo.
Suelo decir –más en serio que en broma– que los improvisadores nos vamos transformando en algo muy similar a una secta. No es casualidad: trabajamos con una serie de principios comunes entre nosotros, pero no tanto fuera del gremio. Para explicarlos, supongamos que a cada nuevo elemento de la congregación le entregaran una caja con las herramientas básicas. En ese botiquín de supervivencia estarían los siguientes ítems:
- Di que sí: el sí da vida, hace que las cosas ocurran. Aceptar que lo que está ocurriendo es nuestra realidad es el único modo de continuar con la historia.
- Pon atención: trabajamos con cosas que aparecen y desaparecen de inmediato. Escuchar a tus compañeros es esencial para poder mantener la ficción.
- No te prepares: si lo piensas demasiado, te pierdes lo que sí está ocurriendo. Aprovecha el presente.
- Cuídense unos a otros: la verdadera razón por la que estás en el escenario es para compartir con tus compañeros y cuidarse unos a otros. Hay que confiar y ser confiable.
- Acepta los regalos: cada cosa que pasa, cada propuesta que se da, cada momento inesperado, los errores aparentes; todo eso se te entrega para que forme parte de la historia. No lo desaproveches.
- El error no existe: lo que ocurre es así porque no pudo ser de otra manera, y es un regalo del destino. Acéptalo y continúa a partir de ello.
- Tú eres tu propia herramienta: movimientos que crean objetos y espacios, sonidos que hacen ambientes, referencias y recuerdos que se transforman en detonadores que aparecen de pronto, emociones que surgen de un fondo común que no sabías que existía… Aunque parezca que no hay nada, no estamos creando en el vacío.
- Disfrútalo: si quienes están en escena no lo están pasando bien, el público tampoco lo hará. Improvisación sólo hay una: la que estás construyendo en el momento. Gózala.
Esta caja no existe. Ni siquiera está unificada, aunque mucha gente ha hecho esfuerzos en ese sentido, ya sea escribiendo libros, dando conferencias, impartiendo talleres. El único principio universal, que cualquier improvisador puede decir de memoria –como una profesión de fe– es «escucho y acepto». De ahí se derivarán otros, como «Sí, y…» o la generosidad de espíritu.
Evidentemente, los principios no se quedan en la caja. Insisten en salirse de ella, en vivir fuera de los límites –lo mismo que le pasa a los improvisadores– y acaban derramándose. Hay gente que se encuentra, de pronto, viviendo en modo impro las circunstancias cotidianas, las pequeñas incertidumbres, las relaciones con los otros, su trabajo. La vida insiste en contagiarse de improvisación, y –si tenemos suerte, si esta noche nos acompañan los dioses de la impro– la improvisación acaba estando llena de vida.
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Quince minutos más tarde, Güicho está siendo seducido por una de las amigas de Mary durante la fiesta.
—Oye, eso de que Mary esté experimentando me parece padrísimo… A mí también me gustaría experimentar —dice ella, mientras se prepara un martini y lo mira a los ojos.
—Sí… Bueno, Mary es especial. Estoy enamoradísimo de ella.
Al mismo tiempo, Mary lidia con el desastre que el Guáguaras –o, como ella le dice, Don Guáguaras– está generando en el recibidor: entre la columna de mármol y la planta exótica del Caribe que su mamá adora, ahora hay suficiente vómito como para ahogar el romance incipiente y recordar por qué existe la lucha de clases.
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Hacer long form se siente un poco como pasar de un nivel a otro: implica una confianza mucho mayor en los compañeros, en el uso de herramientas escénicas, en la honestidad emocional que no necesariamente depende de ser gracioso. Te coloca, inmediatamente, en posición de conectar con el público desde una esfera diferente: la de la identificación. En las mejores noches, todos tenemos la sensación de que al menos una de esas historias puede haber ocurrido en algún lugar, o que esas personas pueden estar vivas, que sus historias siguen ocurriendo, probablemente no en el escenario, pero sí en alguna dimensión alternativa.
En ese espacio que no existe, Güicho le llevará serenata con mariachis a Mary, su papá se enterará por fin a qué se deben los cargos enormes a la tarjeta de crédito en tiendas departamentales en el departamento de caballeros; seguramente habrá llantos, castigo. ¿Una separación? ¿Una boda? ¿Otra pareja formada en una app? Como en la vida, estamos llenos de posibilidades no ejercidas.
Jugar con otros desde ese nivel de conexión es adictivo; tanto como Güicho resulta adictivo para Mary. Los improvisadores acaban amontonándose en equipos porque comparten el mismo vicio; se hacen amigos de otros improvisadores porque comparten los mismos valores; entrenan con otros improvisadores porque sus curiosidades convergen. Cuenta la leyenda –y confirma la práctica– que dos improvisadores de diferentes países, con diferentes antecedentes, pueden jugar juntos casi de inmediato, si ambos conocen bien la técnica. Suceden con frecuencia historias de actores que rebotan en un país y deciden confiar en la generosidad de sus pares locales y hacer un espectáculo, una única vez, con compañeros con los que sólo se han reunido un par de veces antes de salir a escena, y dejar que el teatro ocurra. La mayoría de las veces ocurre, con ese sabor especial que le da el saber que ese encuentro es aún más efímero que el resto del teatro de improvisación, que esa función es cosa de una-sola-vez-en-la-vida, aunque si todo sale bien, regresarán: ya hay nuevos amigos, en un país distinto.
De cualquier modo, no todos los que se entrenan como improvisadores terminan en escena. Muchos aprovechan las herramientas en otros espacios: universidades, empresas, agencias de publicidad. En el mejor de los casos, harán de los principios de la improvisación un modus vivendi, llevando la palabra de Spolin y Johnstone a nuevas esferas. Le platicarán a nuevos posibles adeptos, llevarán nuevas víctimas a nuevos espectáculos (o a los mismos con los que ellos se iniciaron). Creo que no hay ningún improvisador al que –abierta o secretamente– no le emocione haber atraído a alguien más a la comunidad, poder platicar juntos la anécdota que inicia «la primera vez que vi un show de impro fue porque Fulano me invitó, y entonces…»
Tampoco es que todo mundo juegue en equipo. Hay quienes son capaces de jugar solos y ser espectaculares, confiando siempre en hacer contacto… consigo mismos. Espectáculos como Blank, de Omar Argentino, donde una cohorte de personajes va apareciendo e interactuando con música aleatoria, imágenes dibujadas al momento y el público (que puede, por ejemplo, entrevistarlos, o facilitar la música para la función), o Sola, de Pilar Villanueva (dirigida por Fernando Martínez Monroy), en donde cada función crea obras nunca escritas –pero perfectamente posibles– de los grandes: Sor Juana, García Lorca. La combinación de virtuosismo y disciplina en esos espectáculos siempre acaba sorprendiendo, inquietando, enamorando: descubres que hay personas que llevan universos enteros dentro y son capaces de ponerlos en escena.
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En la misma función en el que existieron Güicho y Mary, habremos conocido a una pareja que vive una crisis en la playa; a unos roomies que tratan de sobrellevar el desempleo de uno de ellos yendo a ver –y juzgar– los calzones de las mujeres que caminan por Reforma; a una pareja de adolescentes que escupe desde la azotea y que decide empezar a echar novio por puro aburrimiento y porque sus amores platónicos no los pelan –a ver si se ponen celosos de verlos con otros–. A algunos los habremos visto avanzar en el tiempo. Algunas de estas historias se cruzarán. Otras habrán ocurrido sin pena ni gloria. Más o menos, como en la vida.
Después de dos rondas de cuarenta minutos en el escenario, le agradecemos al público y apagamos las luces. Estamos listos para ir tras bambalinas a abrazarnos, recordarnos lo divertido que es hacer esto, felicitarnos mutuamente por nuestros momentos brillantes y consolarnos mutuamente por nuestros momentos oscuros. Repetiremos la dosis, como grupo de autoayuda, cada semana, a la misma hora. Demos función o no demos función, sólo por mantener la complicidad. Nos iremos volviendo amigos, cómplices, y seguiremos encontrando pretextos: para hacer más, para hacerlo mejor, para renovarlo, para continuarlo de muchas maneras. A fin de cuentas, es un teatro de la inmediatez, de lo efímero: «teatro líquido», diría Bauman, con un poco de horror. Para los que lo hacemos es, simplemente, un modo de mantener el teatro permanentemente en contacto con la vida.
Referencias
-Keith Johnstone, Impro, e-book, Nueva York, Routledge, 1981
-Omar Argentino Galván, Del salto al vuelo. Manual de impro, Buenos Aires, 1mprotour, 2013
-Patricia Ryan Madson, Improv Wisdom. Don’t prepare, just show up, e-book, Nueva York, Bell Tower, 2005
-Carlos Paul, «La Liga Mexicana de Improvisación cierra su primer ciclo de trabajo», La Jornada, periódico, México, 23 de junio de 2004, obtenido de http://www.jornada.unam.mx/2004/06/23/07an1cul.php?printver=0&fly=2, consultado el 9 de julio de 2015.
-«Todo comenzó en México», Status, revista digital, No. 31, enero 2014, obtenido de http://issuu.com/fenaortalli/docs/status_n__31/11?e=3545089/6189768, consultado el 9 de julio de 2015.
-«Blank (Synapses) Improtour», video, obtenido de https://www.youtube.com/watch?v=XmiTBgKjiX0, consultado el 11 de julio de 2015
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Coppelia Yáñez (Ciudad de México, 1978) vive tratando de balancear su interés por los libros, su amor por los perros y los gatos, su infinita curiosidad y su pasión por temas tan variados como la complejidad, la semiótica, el teatro de improvisación y la publicidad. En su vida cotidiana es profesora universitaria, investigadora cualitativa forma parte de @LapsusColectivo y pasa demasiado tiempo en Twitter: @santacoppelia.








