Traición

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Para ser honrado, siempre me cayó mucho

mejor  que tú. Tal vez yo debí tener

el  affaire con él.

 

 Emilia Bautista Castillo

 

El tema de la infidelidad ha sido tratado desde que la monogamia fue vista como regla absoluta en las culturas occidentales. Se ha hablado de ella en todas las artes existentes y bajo todos los medios posibles. La inquietud ante una infidelidad de la pareja parece no desaparecer con el paso de los años, sin importar la corriente filosófica o ideológica en boga. Es algo tan contado como sorpresivo, y esto impone a quien hable de ello un reto importante: provocar en el espectador la sensación de vacío que nos acomete cuando nos enfrentamos a la posibilidad de engañar o ser engañados. Traición es la obra de Harold Pinter que explora estas inquietudes humanas y que hoy se presenta a nuestro alcance en el Centro Cultural Helénico.

El ganador del Nobel en 2005 es mejor conocido por sus exploraciones en el campo del absurdo en el teatro, sin embargo no todo su trabajo pertenece a ese estilo dramático, también desarrolló obras con estructura convencional, como es el caso de la que hoy nos ocupa. Una pieza de 100 minutos de duración cuyo texto nos puede hacer pensar en largas pausas, silencios de atmósferas dolorosas e inquietantes, pues nada mejor que el género realista por excelencia para retratar lo humano.

La impecable sencillez del escenario nos permite adentrarnos al complejo universo de Jerry, Emma y Robert. Nada menos puede esperarse de Ballina, quien combina pantallas con algunos muebles para crear con ello una casa y departamento ingleses y una acogedora habitación veneciana. A su vez, la iluminación sin muchos cambios favorece la concentración del espectador en la historia.

Otro gran acierto es el uso de la música como elemento de transición. Dado que la obra se narra mediante regresiones en el tiempo, es necesario encontrar una forma apropiada de situar al público, lo cual se logra gracias a las pantallas colocadas alrededor del escenario donde se indica la ubicación espacio-temporal de los personajes, así como con la utilización de música, que sólo ocurre durante los cambios tanto contextuales como escenográficos: la obra carece de musicalización que enfatice el dramatismo de las escenas.

Uno de los aspectos desfavorables es la actuación de Juan Manuel Bernal, pues su personaje parece escapar a la perspectiva realista de la obra, ya que por momentos sus reacciones son exageradas y por lo tanto poco creíbles. En cambio, Marina de Tavira logra meternos en la atmósfera inglesa de hace cuatro décadas, lo mismo que ocurre con Bruno Bichir. El hacer uso de micrófonos también es un riesgo, ya que por momentos el sonido se distorsiona dificultando la comprensión de los diálogos.

En lo personal, el cambio del final en la adaptación de Singer resulta demasiado obvio, restando fuerza al juego de miradas propuesto por el autor en la última escena como único signo de lo que sucederá, acción que pudo resultar mucho más interesante por el contraste de contención física e intensidad emocional.

Sin duda, poner en escena una obra de Harold Pinter implica siempre un gran reto, el cual, en el caso de Traición, se logra favorablemente gracias a la calidad y buen uso de recursos tanto tecnológicos como humanos.

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Emilia Bautista Castillo (Ciudad de México, 1989) actualmente cursa la carrera de Estudios y Gestión de la Cultura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En sus ratos libres escribe y forma parte de una compañía de teatro. Busca marido escritor o lingüista.­­­­­­­­­­­­­­­­­

 

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