The Newsroom, o cómo aprendí a ignorar la crítica y disfrutar la televisión

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Paola Jasmer

«Cuanto más grandes son, más fuerte caen». Unos le atribuyen la frase a Robert Bob Fitzsimmons, otros aseguran que en realidad fue acuñada por Joe el demonio de Barbados Walcott; otros más, sin duda incómodos ante la idea de encontrar palabras de sabiduría en los labios de un boxeador, se apresuran a rastrear los orígenes de la frase hasta el siglo XVIII, en la colección de proverbios ingleses publicada en 1768 por John Ray[i], o incluso más atrás, en el In Rufinum del poeta latino Claudiano[ii], o en la historia de David y Goliat del Antiguo Testamento. Sin importar su origen, lo cierto es que estas palabras parecen responder a la idea fundamentalmente utopista de un mundo que eventualmente corrige sus propias asimetrías, algo que en sociología suele expresarse por medio del concepto de «aversión a la desigualdad». Dependiendo del tono y la intención que se le imprima, esta frase puede reflejar el deseo noble y universal de ver reivindicado al desfavorecido, al underdog de la cultura estadounidense, pero también puede reflejar otro deseo, uno más mezquino y quizás por eso más difícil de admitir: el de ver fracasar al grande, al fuerte, al poderoso, tan sólo por haber tenido el atrevimiento de serlo. No por nada estas palabras surgían una y otra vez en mi cabeza mientras leía las críticas que se habían apilado sin piedad sobre una de las más recientes producciones de HBO, The Newsroom.

Si tuviéramos que señalar a alguien como el Goliat de la televisión, Aaron Sorkin sería una de las elecciones más obvias, especialmente si consideramos que su trayectoria incluye series como Sports Night, Studio 60 on the Sunset Strip y The West Wing. Además, Aaron Sorkin no es ningún extraño en el medio del cine, ya que en su carrera como guionista se cuentan los guiones de A Few Good Men, Moneyball y The Social Network. Gracias en parte a la fama que acarreó el éxito de estas últimas dos películas, Sorkin consiguió finalizar las negociaciones con HBO sobre una serie que giraría en torno a un noticiero emitido por cable, del estilo de CNN y MSNBC. El resultado de estas negociaciones fueron diez capítulos transmitidos de junio a agosto del 2012 y que siguen a Will McAvoy (Jeff Daniels) y a MacKenzie McHale (Emily Mortimer), presentador y productora ejecutiva del noticiero estelar de la cadena ficticia Atlantis Cable News, en su cruzada por devolverle los altos estándares morales y éticos al aspecto televisivo de la profesión periodística que hasta cierto punto ha sido asfixiado por la presión de ciertos factores, como la necesidad de mantener buenos ratings y la falsa idea de que la imparcialidad es el resultado de no hacer enojar a nadie.

Los primeros minutos de la serie son electrizantes. El escenario es un panel de opinión organizado por una universidad católica del estado de Washington. Sentado entre dos personajes que representan de forma casi caricaturesca los puntos de vista liberal y conservador, Will McAvoy irradia carisma mientras evita una y otra vez responder con seriedad a las preguntas que le hacen los jóvenes de la audiencia y el moderador del panel hasta que, ofuscado por lo que parece ser la alucinación de una mujer claramente significativa para él y por la insistencia del moderador en conseguir una respuesta honesta y humana de su parte, McAvoy responde a la pregunta «¿Qué es lo que hace a Estados Unidos el mejor país del mundo?» con una negativa rotunda: Estados Unidos no es el mejor país del mundo y, en el silencio incómodo que resulta de tal afirmación, procede a enumerar una serie de cifras que indican que las únicas categorías en las que Estados Unidos supera a todos los otros países no son algo de lo que valga la pena enorgullecerse. Ahora bien, en el contexto del patriotismo ciego y obstinado que, a partir de septiembre del 2001, ha impregnado las declaraciones de la gran mayoría de las figuras públicas reales y ficticias de la cultura estadounidense, la respuesta de Will McAvoy parece como mínimo incendiaria y provocadora. Sin embargo, a esta diatriba inicial le sigue una especie de lamento por los antiguos días de gloria del país, un discurso corto en el que la palabra «moral» aparece dos veces y en cuya conclusión el dedo acusador acaba señalándose a sí mismo. Estados Unidos solía ser el mejor país del mundo porque su gente estaba informada por grandes hombres, grandes periodistas que los créditos iniciales revelarán posteriormente como Walter Cronkite, Edward R. Murrow, David Brinkley y Dan Rather. En este momento se torna claro que el verdadero peso de la crítica del discurso de Will McAvoy descansa no en Estados Unidos, no en los estadounidenses, no en la liberal y el conservador que repiten argumentos inertes a su lado, no en la rubia tonta cuya pasmosa credulidad desató el discurso en primer lugar, sino en sí mismo, en un hombre que ha desdeñado la tremenda responsabilidad del periodista en favor de una actitud evasiva y libre de compromisos.

En este discurso aparecen delineados los principales puntos sobre los que se erige la serie: la importancia de un electorado bien informado, la llamada a recuperar los estándares éticos y morales de la labor periodística, el idealismo de un hombre que decide dejar de lamentarse y empezar a emprender acciones para corregir los problemas que él mismo señaló en un principio y el doble papel de MacKenzie McHale: interés amoroso del protagonista y voz de su conciencia, una especie de brújula moral que apunta siempre hacia el camino correcto, por más escabroso que sea. Sin embargo, el verdadero momento de grandeza de The Newsroom llega más adelante, una vez que se ha presentado a la mayoría de los personajes y que el nuevo equipo del noticiero se ha congregado en torno a un nuevo programa que entre ellos han decidido llamar «News Night 2.0». Will McAvoy da inicio a la primera transmisión del nuevo noticiario con una disculpa pública. Explica que, originalmente, a cambio de la concesión a las cadenas televisivas de las ondas aéreas que le pertenecen al pueblo norteamericano, una hora de la transmisión quedó reservada al reportaje de las noticias, con el objetivo de incluir en el mar de entretenimiento un espacio dedicado a la difusión de la información relevante para la toma de decisiones del país. Pero lamentablemente, advierte, faltó señalar que durante esa hora debería estar prohibida la venta de sus espacios, en pocas palabras, olvidaron prohibir los comerciales. Promete que el nuevo noticiero hará caso omiso de los intereses comerciales de unos pocos para concentrarse en presentar la información que potencialmente podría beneficiar a muchos, aclara que el balance no es sinónimo de una postura indefinida y se compromete a presentar de forma crítica los distintos lados de la noticia.

Hasta aquí parece haber suficientes razones para esperar la buena recepción de The Newsroom por parte del público y de la crítica. Su creador es uno de los hombres más respetados del cine y la televisión. El reparto cuenta con algunos actores jóvenes cuya carrera en la televisión apenas empieza, entre los que cabe destacar a Olivia Munn y a Dev Patel, pero también incluye a nombres de peso como Jeff Daniels, Emily Mortimer, Sam Waterston y Jane Fonda. Finalmente, dado que el cinismo y la falta de escrúpulos son los rasgos que definen a una importante mayoría de los personajes que a diario hacen su aparición en los horarios estelares de las cadenas estadounidenses[iii], no parecería descabellado esperar que el idealismo y la moralidad a la que se aferran los protagonistas de The Newsroom fueran recibidos con agrado, al menos por el placer de ver una mayor diversidad en la pantalla. Pero las reacciones de la crítica a veces son inesperadas, y en el caso de The Newsroom, lo inesperado se da de muchas maneras.

En primer lugar, las reseñas son casi universalmente negativas; de hecho, es difícil encontrar una reseña positiva que no parezca disculparse por haber encontrado cualidades redentoras en el programa, o que no mezcle sus elogios con un puñado de alusiones a los defectos que han señalado otras reseñas. En segundo lugar, las reseñas negativas se distinguen por hacer alarde de una ferocidad desmesurada, a tal grado que conforme avanza la fecha en la que fueron publicadas, el lenguaje en el que se expresan parece volverse progresivamente más venenoso. Por ejemplo, la reseña del Miami Herald del 24 de junio del 2012 (una semana después de la publicación de las primeras reseñas negativas de The New Yorker y del New York Times) se expresa en términos tan cáusticos y abrasivos que uno tiene que preguntarse si vio la misma serie que el crítico: «Monstruosamente mal planeado e incompetentemente ejecutado, alimentado por una mezcla explosiva de arrogancia y desdén, The Newsroom es un fracaso histórico, un programa destinado para la lista de ¿qué estaban pensando? de la televisión. Los estadounidenses no han visto a algo estrellarse y arder en televisión con tal espectacularidad infernal desde 1957, cuando el Vanguard estalló en la pista de lanzamiento de la NASA[iv]».

El veneno desmedido que ostenta la mayoría de las reseñas puede resultar hasta cierto punto inesperado, pero lo verdaderamente sorprendente radica en el objeto de los ataques de la crítica: en lugar de evaluar los errores y los aciertos de la serie, la mayor parte de las reseñas parece deleitarse en señalar los vicios de carácter de su autor. Es cierto que como creador, productor ejecutivo y escritor principal de la serie, Aaron Sorkin es el principal responsable de su éxito o fracaso; sin embargo, hay algo de extraño en la persistencia de algunos críticos en usar algún elemento de la serie a modo de trampolín para elaborar juicios desfavorables de un hombre a quien hace algunos años se le celebraba por precisamente las mismas razones por las que ahora se le denuncia. En lógica a esto se le conoce por el nombre de argumento ad hominem, una falacia que consiste en desacreditar a la persona que defiende una postura en lugar de evaluar la verdad o falsedad de ésta. Por ejemplo, la reseña de The Washington Post concluye con una cita de uno de los diálogos de Will McAvoy en el que se expresa en contra de los reality shows y niega la validez de argumentar que son un placer culposo, aclarando que las peleas de gallos entre humanos nos vuelven mezquinos y nos insensibilizan; sin embargo, antes de preguntarse si hay algo de cierto o al menos de interesante en las palabras del personaje, Hank Stuever comenta: «y ahí va, diciéndonos lo que Sorkin quiere decirnos sobre nuestra adicción cultural a la televisión. Este sermoneo es en sí mismo una especie de placer culposo, sólo que no es tan placentero como solía ser[v]».

Aquí cabe preguntar si la buena reputación de Aaron Sorkin como creador es su principal enemiga. Durante los más de 20 años de su carrera como escritor, Sorkin ha acumulado una serie de rasgos distintivos que forman parte de su estilo personal, tales como la preferencia del diálogo sobre la acción, los intercambios rápidos entre sus personajes, los monólogos en los que el personaje expresa su forma de sentir y pensar y la aliteración en los nombres de sus personajes, por nombrar algunos. Sin embargo, la crítica parece empeñada en negarle el derecho de cultivar y hacerle honor a su estilo al mismo tiempo que se abalanza sobre él, acusándolo de repetirse a sí mismo. Uno de los ejemplos más significativos de esta acusación en particular es un video que fue subido originalmente a YouTube y que revela, gracias a un trabajo meticuloso y descomunal de edición, los casos en los que algún diálogo se repite a lo largo de toda la obra de Aaron Sorkin. El título de este video es, como cabe esperarse, «Sorkinismos».

 

Por otro lado, además de coincidir en lo despiadado de sus ataques y en su aparente interés por desprestigiar a Aaron Sorkin, la crítica parece convenir en los mismos puntos. Por razones de espacio, mencionaremos aquí sólo algunos de ellos: la mezcla de realidad y ficción de la serie, la misoginia que le atribuyen a su creador y el tufillo a sermón que perciben en los diálogos que los personajes de The Newsroom intercambian.

Uno de las decisiones que con más recurrencia se le critica a Aaron Sorkin es la de mezclar realidad y ficción en la serie por medio de un programa de noticias, que a pesar de ser ficticio, utiliza noticias reales del pasado reciente para estructurar su narrativa. Esto le permite a los reseñistas hacer comentarios sarcásticos sobre una visión a posteriori de ciertos eventos que, por contar con las ventajas que otorga la retrospectiva, debe necesariamente ser oportunista. Pero la crítica va un paso más allá en su animosidad y le reclama a Sorkin el tratar de llevarse el crédito de ser el primero en reportar las noticias, por increíble que esto parezca. Emily Nussbaum de The New Yorker nos recuerda que el escándalo de los hermanos Koch fue reportado por periodistas reales[vi], mientras que James Poniewozik de la revista Time considera necesario mencionar en su reseña que la cobertura del coche bomba fallido de Times Square fue realizada por noticieros de verdad[vii]. Dejemos de lado por el momento la distinción entre ficción y realidad que, por mezclarse en la serie, parece escapársele a estos críticos y pasemos al siguiente punto que tienen en común: la misoginia.

Otro de los rasgos característicos que pueden apreciarse a lo largo de la obra de Sorkin es su proclividad a crear personajes femeninos que se distinguen por su inteligencia. De hecho, muchos de los reseñistas que se expresan en términos virulentos sobre la serie tienden a elogiar a personajes como Dana Whitaker (Felicity Huffman) de Sports Night y C.J. Cregg (Allison Janney) de The West Wing; lamentablemente, los personajes femeninos de The Newsroom no corren con la misma suerte. Un grito de «¡misoginia!» acompaña todas las ocasiones en las que MacKenzie McHale comete algún error por descuido, Sloan Sabbith (Olivia Munn) echa a perder una entrevista y Maggie Jordan (Alison Pill) se ve obligada a pedirle ayuda a uno de sus compañeros. Olvidan señalar que en The Newsroom, los hombres se equivocan al igual que las mujeres, el mismo Will McAvoy es responsable de la entrevista más desastrosa de la serie y que las mujeres son quienes hacen el mayor despliegue de integridad. Para la crítica, una mujer inteligente debe ser perfecta en todo momento, y el instante en el que requieren de la ayuda de un compañero se convierten en niñas desvalidas. Es difícil decidir, sin entrar en un debate que excedería nuestras posibilidades, en dónde está realmente la misoginia.

Finalmente, la crítica coincide en percibir el idealismo y exaltación de ciertos valores que hace la serie como el sermón de un hombre que se siente moralmente superior a ellos y, por lo tanto, a todos nosotros. Insisten en recordarnos, reseña tras reseña, que Aaron Sorkin nos considera estúpidos y que el idealismo de la serie sólo puede entenderse como santurronería. Sin embargo, por mucho que se empeñen en hacernos creer que Aaron Sorkin y Will McAvoy son uno y el mismo, hay que recordar que el personaje que interpreta Jeff Daniels es sólo eso: un personaje que, por ser ficticio, puede tratar de encarnar los valores y la integridad que probablemente le sería imposible sostener a un hombre de carne y hueso. The Newsroom, por ser un programa de ficción, puede presentarnos una visión de la realidad que no necesariamente debe coincidir con la nuestra. El quijotismo de la serie está ahí para plantear un ideal al que vale la pena aspirar y para incitarnos a soñar, por ejemplo, con el día en el que Joaquín López Dóriga se disculpe públicamente por una cobertura engañosa y por obedecer a los intereses comerciales de unos pocos en detrimento del bien común.

Es una lástima que la crítica parezca estar tan cegada por su deseo de hacerse saber inmune a los encantos de Aaron Sorkin y que no pueda reconocer los momentos verdaderamente valiosos de la serie, sobre todo si consideramos que, en sus mejores momentos, The Newsroom muestra una actitud autocrítica que alivia muchos de los defectos que se le imputan. El conflicto del octavo capítulo radica en el dilema que viven los personajes al verse confrontados con la posibilidad de cubrir el infame escándalo de Anthony Weiner (quien tuvo que renunciar a su puesto como miembro de la Cámara de Representantes después de haberle enviado una fotografía explícita de su cuerpo a una mujer través de su cuenta pública de Twitter) y el juicio de Casey Anthony (a quien se le acusaba de haber matado a su hija de dos años) para beneficiarse de los altos ratings que ambas historias garantizarían y así conseguir el respaldo de la cadena en futuras negociaciones, o seguir sus conciencias que les dictan que la humillación de un político y la tragedia de una familia no merecen los escasos minutos que tiene el noticiero para informar al público sobre los temas de genuina relevancia para el país. Lo interesante de este momento no sólo es poder observar la actitud de los personajes con respecto a este tipo de noticias, sino ver cómo poco a poco tienen que empezar a hacer concesiones para asegurarse de que en el futuro podrán organizar un debate presidencial con un formato que habría de beneficiar a la mayoría.

Eventualmente, una vez que han decidido dar seguimiento a estas dos noticias y que se han resignado a comprometer sus ideales, McKenzie McHale pide una señal del cielo para ayudarla a tranquilizar su conciencia y se ve recompensada con un apagón. Durante los momentos de incertidumbre que resultan de esta nueva crisis, McKenzie decide dar uno de los discursos exaltados que la crítica tanto desprecia; sin embargo, justo cuando llega el clímax emocional y discursivo de esta escena, las luces se encienden para dar lugar a una de las reacciones más entrañables del personaje. El contraste entre el enardecimiento del discurso y la frustración que le sigue es una de las razones que nos permiten pensar que en The Newsroom, Aaron Sorkin está dispuesto a reírse de sí mismo y de sus personajes, y que su objetivo no es sermonear, sino entretener.

En otro capítulo se exhiben de forma inesperada los riesgos de asumir una superioridad moral sobre los demás en una escena basada en la entrevista que le hizo Chris Matthews a Robert Traynham en enero del 2012. La validez de la cruzada de Will McAvoy por confrontar al aire a una serie de figuras políticas hasta el punto en el que se ven forzados a revelar sus propias incongruencias se pone en duda cuando entrevista a un profesor universitario que trabaja para Rick Santorum, el ex senador de Pensilvania célebre por su intolerancia. Este hombre no sólo resulta ser negro, sino homosexual, por lo que el interrogatorio al que lo somete Will McAvoy vuelve una y otra vez sobre esos puntos y sobre las declaraciones incendiarias que Santorum suele hacer sobre ambos temas. Sin embargo, para sorpresa y deleite de la audiencia, el profesor encara a McAvoy y, en términos contundentes, le recuerda que ni el color de su piel ni su orientación sexual son sus únicos rasgos definitorios, y que la razón por la que apoya a Santorum es porque su postura sobre el tema del aborto refleja a la perfección su propio sentir con respecto a la santidad de la vida. Su respuesta sirve para recordarle al protagonista de The Newsroom (y, de paso, a todos nosotros) que aquello que nos define son nuestras convicciones y no los rasgos superficiales que la gente suele ver, que es posible ser intolerante y al mismo tiempo tratar de combatir la intolerancia y que la dignidad y la estimación no dependen de las opiniones de otros, sino de uno mismo. Éste es uno de los mejores momentos de The Newsroom, uno en el que el idealista se ve confrontado por sus propios errores y se ve obligado a reexaminar los límites a los que está dispuesto a llegar con tal de denunciar las fallas que observa en los demás.

 

Nada de esto quiere decir que The Newsroom no tenga desaciertos, porque tiene muchos. A pesar de las excelentes actuaciones de la mayoría de los actores, Alison Pill se muestra a menudo gritona y desesperante; el talento de Dev Patel se ve desperdiciado gracias a los diálogos absurdos que le imponen a su personaje, y es imposible dejar de notar el tono histérico que atraviesa muchas escenas. Además, en ciertas ocasiones, la serie se vuelve emocionalmente manipuladora, como en el capítulo que trata sobre la muerte de Osama Bin Laden, donde la postura crítica que se supone que distingue a los protagonistas se ve reemplazada por un sentimentalismo grotesco y por la actitud patriótica y ciega contra la que Will McAvoy se había pronunciado al principio de la serie. Finalmente, es imposible descartar del todo las observaciones que se han hecho sobre la actitud paternalista, la cual puede notarse en la forma en la que un hombre blanco, rico y republicano se erige como el campeón de los ignorantes y los desinformados, como el cedazo privilegiado que sabe lo que es mejor para todos los demás y filtra todo aquello que considera poco digno de su atención y talento.

Lo cierto es que a pesar de sus defectos, la primera temporada de The Newsroom no es el monstruo abominable que la crítica parece empeñada en asesinar. Consideremos que aún a pesar del alud de reseñas desfavorables, la serie alcanzó ratings tan satisfactorios durante su transmisión original, que HBO ordenó una segunda temporada que llegará a las pantallas en junio de este año. Sin embargo, algunos críticos también tratan de encontrarle una explicación negativa a los buenos ratings y se los atribuyen a un fenómeno conocido como hate-watching, es decir, ver un programa precisamente porque se le odia. Es aquí que debemos regresar a la analogía de David y Goliat y preguntarnos cuál es el papel que asume la crítica. Si Sorkin es el gigante, entonces ¿será que las voces enardecidas de los críticos pretenden representar al joven valiente que busca liberar a la gente del yugo de un tirano? O, para devolver la pregunta al contexto del box de donde provienen las palabras que dan inicio este artículo, y considerando que el público es quien al final decide si una serie es lo suficientemente buena como para seguir al aire, ¿será posible que la crítica no tenga lugar dentro del cuadrilátero?, ¿que no represente ni al favorito ni al underdog? Y, de ser así, ¿será que es más apropiado comparar la sed de sangre de los reseñistas con los gritos fieros de un público mezquino que desea ver caer al favorito sólo porque su caída haría un mejor espectáculo?

 

 

 

NOTAS


[i] «The higher standing the lower fall»

Ray, John. A compleat collection of English proverbs. Londres: W. Otridge, S. Bladon, 1768.

[ii] «Tolluntur in altum Ut lapsu graviore ruant» (Se han elevado a tal altura que pueden caer con mayor vehemencia)

Borras, José. Diccionario citador de máximas, proverbios, frases y sentencias escogidas de los autores clásicos latinos, franceses, ingleses e italianos. Barcelona: Indar, 1856.

[iii] Basta con recordar a personajes como Jack Bauer, Gregory House, Don Draper, Walter White y Rick Grimes para darse una idea de esta tendencia generalizada de presentar personajes cuya moralidad es a menudo cuestionable y que desdeñan los valores éticos y morales tradicionales en favor de una actitud mucho más acorde a sus circunstancias personales.

[iv] «Monstrously misconceived and incompetently executed, powered by a high-octane blend of arrogance and contempt, The Newsroom is an epochal failure, a program destined for television’s all-time What Were They Thinking? list. Not since NASA’s first Vanguard rocket blew up on its launch pad in 1957 will Americans have seen anything crash and burn on television with such hellish spectacularity». Garvin, Glenn. HBO’s ‘The Newsroom’: A shrill, sour new show from Aaron Sorkin. The Miami Herald. 24 de junio 2012. <http://www.miamiherald.com/2012/06/24/2865631/hbos-the-newsroom-a-shrill-sour.html>

[v] «And off he goes, telling us what Sorkin wants to tell us about our cultural addiction to reality TV. This preachiness is itself a kind of guilty pleasure, but with not nearly as much pleasure as it once had». Stuever, Hank. HBO’s ‘The Newsroom’: Aaron Sorkin has an on-air meltdown. The Washington Post. 20 de junio del 2012. <http://www.washingtonpost.com/entertainment/tv/hbos-the-newsroom-aaron-sorkin-has-an-on-air-meltdown/2012/06/20/gJQApxuMqV_story.html>

[vi] Nussbaum, Emily. «The Artificial Intelligence of The Newsroom». The New Yorker. 18 de junio del 2012. <http://www.newyorker.com/arts/critics/television/2012/06/25/120625crte_television_nussbaum#ixzz2MqpkGhtT>

[vii] Poniewozik, James. Dead Tree Alert: Blowhardball: The Not-So-Special Comment of HBO’s The Newsroom. Time. <http://entertainment.time.com/2012/06/21/dead-tree-alert-blowhardball-the-not-so-special-comment-of-hbos-the-newsroom/>

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Alejandra Paola Arenas Jasmer (Ciudad de México, 1986) estudió Lengua y Literatura Modernas Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus últimas reseñas pueden encontrarse en la sección de Mesa de Traducciones del Periódico de Poesía que edita la Dirección de Literatura de la misma institución y a ella puede encontrársele en la sede de San Fernando del CELE, donde actualmente asiste en el taller de traducción de poesía.

 

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