La música que perdimos

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A Héctor Anselmo, compañero nostálgico

 

Paul Medrano

 

Tengo 33 años y es el último año que escucharé «novedades» musicales. Debo aclarar que (aún) no padezco una enfermedad terminal. Tampoco pretendo sumar adeptos para formar un grupo radical; no pertenezco a un partido político, organización social o parvada intelectual. Nada de eso, todo es muy simple: he decidido circular en sentido contrario a la «nueva música», ese inmenso camión cuya velocidad aumenta cada día más.

En la escena musical, existe una carrera desesperada para determinar quién escucha más discos en menos tiempo. Nos ciega esa imperiosa necesidad de estar «a la última». De mirar sólo hacia adelante, sin reparar en el maravilloso mundo de acordes que se va quedando atrás, incluso sin haberlo conocido.

Parte de esta decisión obedece a la digitalización de la música. Una a favor y otra en contra.

1.- La contra: es claro que el ser humano, entre más tiene, más quiere. Entre más música se almacene, se incrementa nuestro deseo de bajar más y más. Día y noche. Llueva o truene. La digitalización puso a nuestro alcance miles, qué digo miles, millones de discos. En apariencia la descarga es gratuita. Pero el costo de esta globalización no es monetario, es de conciencia.

Me explico: hemos perdido el sentido de pertenencia de las canciones. Al llegar al formato digital, la música deja de ser tangible, ya que deja de existir en un vinil, un casete, un minidisc o un cedé.

Este desapego se comprueba en que cada vez es menos agradecible el hecho de regalar un disco (es más, tu novia se puede enojar si le propones que te regale uno; «es algo que puedes bajar gratis», alegará). Entre la chaviza parece una actitud pasada de moda y totalmente prescindible.

Y si entre las nuevas generaciones es una locura comprar un disco «nuevo», adquirir un vinil o las primeras ediciones en cedé resultan punto más que la pendejez. Y es que la facilidad con que la música llega a nuestras manos (o a nuestros iPods, o a las memorias on line) le resta veneración. Aquello ritos para escuchar una canción han desaparecido. Cómo no pensarlo cuando oyes alguna de «tus rolas» (frase para referirse a las canciones más trascendentes de tu vida) en el aparatejo celular de tu compañero de camión. Aquel placer de escuchar «lo más nuevo» de tal o cual grupo va hacia la extinción. Y los placeres, como únicos goces humanos, debemos cuidarlos más que el petróleo.

2.- A favor: afortunadamente la digitalización no sólo es «música nueva». Hay cientos de mundos trepados en millones de torrents. Mundos que fueron concebidos hace 10 o 30 años. De no ser por la Internet, jamás los habríamos conocido y se hubiesen perdido injustamente en la ignominia.

No dejaré de agradecer a la red de redes por haberme traído discos como Far out (1973) de la banda homónima. Debut y despedida de estos chavales japoneses que en su momento fueron llamados los Pink Floyd orientales. O el For Love or Money (1972), del rocanrolero power trío Highway Robbery. Selftitled (1971), de la banda germano/inglesa Epitaph, obra a casi 30 años suena mejor que muchas propuestas indies. O qué decir de Crushed Butler, quienes en 1969 grabaron un disco con el cual inauguraron el proto-punk británico. O el loquísimo 外道 (Gedo; algo así como «aroma»), grabado en 1974, aún sigue encendiendo la sangre de quien lo escuche.

Lo confieso: me he clavado en la música de los 60 y 70. Hurgué en blogs y páginas especializadas que ofrecen música de esa época, pero al margen de Zeppelin, Stooges, Purple, Cream, Who, Stones, etcétera (cuyas obras, pese a ser más conocidas, también son igual de subestimadas, o incluso ignoradas). Contrario a lo que se piense, el universo musical de ambas décadas es inmenso. La gama de géneros parece inacabable: desde el hard rock, hasta el noise, industrial o space rock.

Menciono esto porque parece que las nuevas hordas de músicos saltaron directamente de los Beatles a Tokyo Hotel; de Café Tacuba a Vampire Weekend; o lo que es peor, de Caifanes a Zoé. La música cada vez resulta un acto de presunción y fama, que de creación y reflexión. Todo se circunscribe a ser «rebelde», salir en la tele y ganar mucha plata.

En este año no he escuchado un disco que me prenda. No he encontrado una propuesta que realmente me proporcione el placer de la música con todas sus letras. Y lo más preocupante, no he comprado un solo disco «nuevo». Eso me lleva a pensar que, de seguir así, después seré yo quien recrimine a mi chava por comprar un cedé o un vinil.

Por eso, antes de que eso suceda, elijo por zonzera propia, emprender el camino de regreso, consciente de que igual y no me alcanza el resuello para repasar la música de los últimos 50 años. Puede que sea un nostálgico mamila, cenutrio engreído o excéntrico chaqueto. Puede que algún día me arrepienta de esta determinación y que sea demasiado tarde para corregir. Mas por ahora, quiero correr el riesgo y aventurarme en toda esa música que perdimos.

 

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Paul Medrano. Nació en algún lugar de Tamaulipas, pero tramitó su nacionalidad guerrerense. Es alérgico a los políticos de cualquier partido, sufre de incontinencia sexual, no habla inglés, no tiene televisión, es ateo y americanista recalcitrante. Es aficionado a las bebidas negras (coca, café o cerveza oscura) y al humor del mismo tono. Suele colaborar en algunos periódicos y revistas cuando su esposa no lo pone a lavar la ropa. Su blog es: www.2caminos.blogspot.com

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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