El cómic como herramienta narrativa
ALICE was beginning to get very tired of sitting by her sister on the bank and of having nothing to do: once or twice she had peeped into the book her sister was reading, but it had no pictures or conversations in it, «and what is the use of a book», thought Alice, «without pictures or conversations?».
Lewis Carroll
Rodrigo Casillas de Caso
Los cómics no son cosa nueva para nuestro imaginario colectivo. Su estética pop artística; sus iconos: Superman, Batman, Spiderman; y los exponentes nacionales: Kalimán, Memín Pinguín y La Familia Burrón.
Sin embargo, aunque en los últimos 25 años los cómics han ido ganando poco a poco popularidad entre ciertos sectores de lectores «cultos» (tomando como parteaguas la aparición de Watchmen de Alan Moore y las compilaciones hechas de Maus de Art Spiegel), que, a su vez, han llevado a la desatanización gradual del género a través de la crítica y a la forja de motes como el de novela gráfica, todavía los prejuicios gobiernan las mentes de muchas personas, que van desde la descuidada adjetivación de «banales» hasta las teorías conspiratorias que giran alrededor de la invasión mental de los Estados Unidos a nuestro país, impidiéndoles, así, ver el potencial expresivo de este arte que apenas en el último cuarto del siglo pasado empezó a mostrar a los nuevos territorios y dominios su narrativa.
Como prueba de los extremos a los que pueden llegar estos prejuicios está que pocos meses atrás fui cuestionado por un profesor (cuyo nombre mantendré en anonimato para respetar su opinión), sobre si el cómic era una construcción artística original o simplemente imágenes con texto sobrepuesto. Desafortunadamente, al momento de presentar mi contestación, fui interrumpido por el susodicho que hizo oídos de pescado y dio carpetazo al tema con un: «Bueno, pues a ver quién te hace tu tesis del cómic». Por fortuna, contrario a lo dicho por mi profesor, sí existe gente abierta para analizar el tema, inaugurado en México con la tesis Watching the Watchmen: el cómic como discurso narrativo, de Ernesto Priego (UNAM, 2000).
Ahora, ¿por qué creo que la historieta es un género que va más allá de pegar imágenes y texto sin ton ni son? Primero, porque apenas estamos empezando a ver cómo los cómics aprovechan las ventajas que su exposición específica permiten por encima de otras expresiones como la literatura de hoja blanca y letra negra, las artes gráficas, e incluso, el cine.
El llamado séptimo arte en un principio mantenía al espectador anclado a un punto de vista similar al del teatro, centrado y a mediana distancia, al madurar el arte del celuloide y avanzar la tecnología se nos permitió adoptar posiciones imposibles en otro tipo de expresión a través del acercamiento al espectador de una manera tan íntima que fue necesario para el actor pulir sus expresiones físicas para volverlas más naturales.
Así también los cómics han explorado nuevas herramientas que lo han despegado de las expresiones artísticas que le precedieron, nutridos principalmente, es cierto, de la prosa, del dibujo y, a partir del siglo XX, del cine, hasta generar narrativas que van más allá de tener una imagen como eco de lo propiamente escrito (o viceversa).
Un ejemplo de esto es el final del decimoséptimo número de Fables de Bill Willingham donde la canaleta (the gutter en inglés) es utilizada para contextualizar el espacio donde se encuentran los personajes, a saber, un aeropuerto, otorgándole a la división blanca entre panel y panel la forma de un avión y colocando a los márgenes señalizaciones típicas de los aeropuertos.
Otro ejemplo del nuevo uso que se le ha dado a la canaleta viene de un cómic de finales de los años ochenta, principios de los noventa, The Sandman por Neil Gaiman, en donde se nos cuenta, a finales del número decimosexto, cómo un personaje empieza a fusionar los sueños de los demás personajes en un solo flujo, y para reforzar esta sensación caótica y de movimiento vertiginoso, los paneles se encuentran colocados aleatoriamente, algunos mostrando su contenido boca abajo, incluso, separados por una gran canaleta que, al observar en su totalidad la página, encontramos que también funciona como un gran panel.
También existen, además de la utilización de la canaleta como nuevo lienzo narrativo, otros reinos a los que el cómic parece poder ingresar con una facilidad que sólo puede tener parangón con la del cine.
En el cómic Arrugas, de Paco Roca, el personaje principal, Emilio, padece de Alzheimer, enfermedad que se va desarrollando a lo largo del cómic hasta el momento en el que, desde el punto de vista de Emilio, encontramos que alguien nos intenta alimentar, pero al no encontrarse dibujado el rostro nos es imposible, al igual que a Emilio, reconocer al sujeto, que logramos identificar una vez que salimos de la focalización del protagonista como Miguel, su amigo y compañero de habitación en el asilo.
Una última muestra de la nueva narrativa del cómic se encuentra en el reciente Asterios Polyp, de David Mazzucchelli, publicado en 2009, que mantiene como tesis que la realidad, tal cual la percibimos, no es más que una extensión de nuestro ser cambiando la forma en que miramos y somos mirados por el mundo.
Por ejemplo, vemos cómo el protagonista de la historia, Asterios, un arquitecto amante del orden y el equilibrio, se nos presenta en ciertas ocasiones trazado como un plano de construcción mientras que su ex esposa, escultora, aparece dibujada como un boceto. Se generan intensos contrastes, entre ellos cuando sus dos realidades se empalman, e incluso, en algunos paneles se observa cómo se entrelazaron éstas al conocerse y relacionarse ellos dos.
El camino recorrido ha dado sus frutos, pues cada vez más teóricos literarios, investigadores y lectores amateurs ojean a través de las ventanas de papel, que muestran a ese mundo que cobra vida gracias al poder galvanizante de la Gestalt manifestada a través de la canaleta, ese espacio que parece ser nada y, sin embargo, no es más que todo en un cómic.
Sin embargo, por más adeptos que haya ganado esta expresión artística, existe todavía mucho por hacer para que cada vez más gente empiece a tomar el recurso de las historietas como algo serio y válido para expresarse literariamente. Se va acabando el espacio y nos damos cuenta, un poco frustrados y, a la vez, un poco aliviados, que la historia no acabará aquí y que tendremos que esperar para ver el desenlace del relato en el siguiente número. Pero nos llenan las incertidumbres: ¿cuál será el destino de nuestros héroes? ¿Quién ganará esta batalla bíblica? ¿Acaso será el canon? ¿Acaso importa quién gane? ¿Acaso es ésta una batalla que se pueda perder o ganar?
El oscuro panel final cierra como llave de paso el flujo de palabras e imágenes, pero con las últimas gotas del agua importada desde el mar de las historias en la segunda luna de la tierra vemos un último mensaje escrito en él: «Esta historia continuará…».
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Rodrigo Casillas de Caso es músico y estudiante de Literatura Inglesa en la UNAM.












