¿Dónde está lo glocal?

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La globalización y los límites del cosmopolitismo

 

¿Cómo definir una realidad cada vez más compleja y cambiante, donde lo local tiene intrincadas relaciones con sucesos de escala mundial? ¿Contamos con el acervo teórico y coneptual necesario para dar cuenta de esta realidad? Rodrigo Peña analiza la utilidad y pertinencia del término “glocalidad” del sociólogo Ulrich Beck para definir el complejo fenómeno de interacción entre dinámicas locales y globales del mundo contemporáneo.

 

 

Rodrigo Peña González

 

El trabajo desarrollado por el sociólogo alemán Ulrich Beck apunta hacia un ángulo de las preocupaciones contemporáneas de la sociología en particular y de las ciencias sociales en general: el cambio en la sociedad contemporánea, así como sus consecuencias inmediatas y mediatas. Se trata de un andamiaje –sobre todo– conceptual que enfoca las baterías en definir el statu quo de la sociedad en su conjunto, al tiempo que intenta redefinir los marcos en los que ésta se desarrolla, ese encuadramiento temporal que el propio Beck ha llamado «segunda modernidad», según él, el estado actual de las cosas, que no es el resultado del fracaso, sino del triunfo de la modernidad. Como afirman Barbara Adam y Joost Van Loon, desde la publicación de su obra La sociedad del riesgo mundial (Risikogesellschaft), en la década de los ochenta, el también profesor en la London School of Economics orientó su trabajo no sólo a realizar «[…] una excursión visionaria hacia nuestra condición presente, sino también a vislumbrar una perspectiva profética del futuro».[1] Ese esfuerzo se aprecia en la preocupación del autor por entender la forma en la que interactúan lo local y lo global (esa nueva esfera maximizada que deja a las partes del mundo imbricadas entre sí), sintetizada en un concepto: lo glocal.

Reconocido incluso por el propio Beck, el término glocalization fue acuñado por primera vez por Roland Robertson, sociólogo de la Universidad de Aberdeen, quien a su vez tomó la idea de una estrategia de marketing japonés para posicionar marcas comerciales locales a nivel global sin perder de vista el mercado propiamente japonés.[2] La idea era construir un término para designar y referirse a la compleja interacción entre universalismo y particularismo y al papel que tienen los sujetos en tal dinámica, así como la forma en la que tiene consecuencias en la interacción social.[3] En todo caso, también se presenta como una reapropiación de la dimensión local, junto con un reconocimiento de una esfera de corte global. En el planteamiento, ambos dejan de depender de lo nacional como instancia mediadora para definirse el uno al otro.

El planteamiento de la glocalidad supone, insistiendo, que el nivel nacional ha sucumbido y dejado de ser un parámetro útil para precisar dónde comienza, cómo se define y qué implica tanto lo global como lo local. Actualmente, se supone, ambas dimensiones dejan de lado a lo nacional y se encuentran en una suerte de lógica dialéctica. El espacio local, inmediato y cercano, está aquí en constante contacto con e influido por el espacio global, que ya también luce, en algunos ámbitos, cercano e inmediato. Se asume que el proceso también ocurre, por supuesto, de manera inversa. Con esas ideas en mente, el presente texto hace una revisión de la idea de glocalidad desde dos ángulos: por un lado sitúa la idea en el esquema teórico del sociólogo Ulrich Beck a partir de su concepto de globalización y de la noción de riesgo, dos pilares básicos del pensamiento de este autor. Posteriormente se revisa y cuestiona la propuesta cosmopolita en el sentido de poner en tela de juicio, dada la glocalidad, la posibilidad de pensar localmente y actuar globalmente. Finalmente, y a manera de conclusión, se reflexiona sobre las bondades y las limitaciones conceptuales de lo glocal en el marco del trabajo de este autor y para la sociología en general.

 

¿Dónde está lo glocal? Breve retrato de la idea en el marco de la globalización

Una parte concreta de la excursión intelectual de Beck, en el sentido que le dan Adam y Van Loon, reside en el reconocimiento de una dimensión sociológica que se explica en buena medida a través de la globalización. Ésta, como proceso, «[…] no apunta precisamente al final de la política, sino simplemente a una salida de lo político del marco categorial del Estado nacional y del sistema de roles al uso de eso que se ha dado en llamar el quehacer “político” y “no político”».[4] Con esta idea, Beck se desmarca de una concepción netamente financiera y economicista de la globalización y le atribuye ser un factor determinativo para parte de las condicionantes y características de la sociedad de riesgo que se ubica en la que él define como segunda modernidad (en el esquema del autor, se trata de esa etapa posterior a la primera modernidad donde la sociedad se vuelve reflexiva y consciente del riesgo al que universalmente está expuesta; más adelante se volverá al tema).

En palabras del propio Beck, «[…] la globalización [conlleva] los procesos en virtud de los cuales los Estados nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante actores transnacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones, identidades y entramados varios».[5] El hecho de que haya un acento particularmente enfático en la ruptura de la dimensión nacional y la expansión de la hipótesis globalizadora tiene consecuencias importantes, ya que Beck atribuye al Estado-nación una función articuladora predominante y determinante en la primera modernidad. Una hipotética ruptura de ese Estado es lo que le permite a Beck delinear parte de la formación de la supuestamente redimensionada segunda modernidad.

Ahora bien, juega un rol sustancial en esta redimensión, y ensambla la noción de la «segunda modernidad» con el resto del trabajo teórico de Beck, el reconocimiento de una nueva esfera espacio-territorial que es el centro de atención de este escrito: lo glocal. Se trata de un concepto que sintetiza la complejidad de la complementariedad del adentro y el afuera, pero que también destruye la sugerencia teórica y empírica de que es posible desconectar lo que pasa aquí de lo que ocurre allá, y más aún, de que «aquí» y «allá» son nítidamente diferenciables y autoexcluyentes. Al desdibujar las fronteras entre afuera y adentro, aquí y allá e, incluso, nosotros y ellos, que toman como argumento fundacional la existencia de Estados modernos reconocidos entre sí como soberanos, se vuelven posibles buena parte de las relaciones sociales a escala global pero con raíz en lo local, cosa, según Beck, impensable en el marco de la primera modernidad, donde el Estado es la medida por excelencia de todas las relaciones interregionales.[6]

Para Ulrich Beck, «lo que ha surgido [con la glocalización] es una política de las fronteras aún incomprendida, una mezcla de fronteras (desaparecidas, viejas y nuevas) y dinámicas que ya no pueden comprenderse nacionalmente, sino transnacionalmente, en el marco de referencia de una política interior mundial».[7] Es una idea que puede resultar contradictoria al sugerir que en la mezcla de fronteras, donde se incluyen las delineadas por la primera modernidad (nacionales), ya no tiene cabida una comprensión nacional, sino sólo la transnacional.

En todo caso, el alto grado de complejidad al que se sujeta el análisis debería reconocer que la mirada nacional coexiste con la transnacional, con la local y con la global, todas en diferentes proporciones y dependiendo del tipo de dinámica de que se esté hablando. Por ejemplo, el comercio internacional requiere de una observación internacional para contemplar flujos entre naciones, aun cuando las firmas internacionales tengan presencia a escala global y ofrezcan condiciones laborales particulares –ahí donde lo hagan– a escala local. El afuera y el adentro siguen presentes y difusos, superpuestos con lo local y lo global. Lo glocal no necesariamente implica prescindir de lo nacional, pero sí reconocer que se trata de una medida referencial que coexiste problemáticamente con otras tantas.

La glocalidad, eso sí, es una forma de pensar la política y la economía a escala planetaria sin perder de vista que la dinámica social surge, por lo general, desde lo local, entendido aquí como lo inmediato. Así, Beck es capaz de sintetizar en una idea la complejidad de una dimensión política y espacial que, aunque difusa, es real en sus consecuencias prácticas, particularmente a nivel local. Es aquí donde se ve la inquietud del autor por, ya lo mencionaban Adam y Van Loon, hacer una excursión teórica y conceptual por el presente (y más exactamente para el caso de esa dimensión glocal, por el tiempo presente de la compleja dimensión espacial del planeta entero). Lo nuevo, naturalmente, no es lo local, ese nivel de interacción social que es el fundante e inmediato, condicionado regularmente por una dimensión nacional en la modernidad normal; afirmaría Beck: la novedad se encuentra, entonces, en la coexistencia de lo global, por un lado, y lo local, incluyendo el problema que resulta de determinar dónde y hasta qué nivel queda lo nacional como tradicional intermediario entre los dos ámbitos. El autor alemán busca resolver el dilema a través de la inclusión de la noción de riesgo como condicionante de la sociedad contemporánea, donde lo nacional tiene poca cabida, tal como se explica a continuación.

 

Glocalidad y riesgo. Una conexión real y difusa

Ahora bien, existe una relación que vale la pena explorar entre lo glocal y el riesgo. Este último es, como la globalización, una idea motriz en el pensamiento de nuestro autor, pues da vida a lo que él mismo llama la «sociedad del riesgo». Se trata de la misma sociedad que está inmersa en la globalización ocurrida en los términos expuestos y que transitó de la primera a la segunda modernidad haciéndose reflexiva en esta última, de acuerdo con el autor. Es una sociedad en donde la constante y condicionante es la consciencia de una serie de riesgos derivados y generados por los éxitos de la modernidad.

Ulrich Beck piensa en casos concretos que ejemplifican viejos y nuevos riesgos. En el primer lado, se encuentran los riesgos nucleares epitomados en lo acontecido en Chernobyl; la trágicamente espectacular cara de un riesgo heredado del «antaño».[8] En la parte de los nuevos riesgos, probablemente los asociados con el calentamiento global representen el ejemplo preferido de Beck. En todo caso, es importante insistir, ambos son consecuencia del éxito y no del fracaso de la modernidad: la planta nuclear es una innovación científica que no habría podido lograrse sin un desarrollo de la propia ciencia, concretamente de la física, aunque no de forma exclusiva; por su parte, el riesgo del calentamiento global es en buena parte consecuencia directa del desarrollo a escala (aquí sí) planetaria de las fuerzas productivas. Una industria tan poderosa, innovadora y productiva es la que hoy amenaza al planeta con el riesgo de costas inundadas, sequías inéditas y desabasto sin distingo de países ni fronteras.

Cuando se explora la relación entre la glocalidad y el riesgo definido en esos términos, se debe hacer a partir de una idea que parece simple: en la sociedad del riesgo, los propios riesgos «[…] “no conocen fronteras” […]; son universalizados por el aire, el viento, el agua y las cadenas alimenticias, y justifican que el movimiento ecologista global esté en todas partes del planeta y traiga el tema de los riesgos globales a una agenda de discusión pública».[9] De tal suerte, la lógica trazada indica que la glocalidad es la nueva esfera donde residen los riesgos –de naturaleza global–, por lo que tratar de resolverlos desde la perspectiva nacional es tan inútil como ilógico.

Esto tiene sentido a la luz de riesgos nucleares o ambientales tales como los enunciados: tiene sentido ver la inutilidad en los esfuerzos de un grupo de países europeos esforzados por reducir la emisión de gases de efecto invernadero, cuando China acelera su productividad a costa de los peligros ambientales o Estados Unidos simplemente no hace un aminoramiento en esos aspectos de su actividad industrial ni firma protocolos internacionales en la materia. Sin embargo, trasladar el ejemplo a otros referentes empíricos concretos, aun caracterizándolos como riesgos, resulta problemático. Bauman, por ejemplo, sugiere que hay esferas como la del mercado en donde la distinción entre local y global son, hoy por hoy, difusas al grado de casi inexistentes, por lo que constituyen riesgos de naturaleza glocal, mientras que existen otras que están irremediablemente atadas a la localidad, como el poder facultativo de las policías (independientemente de que se ejerza o no), o la pobreza o la violencia.[10] No todos los riesgos, pues, tienen ese alcance global y homogéneo simultáneamente.

Una interesante crítica al respecto es la que Alan Scott realiza a Beck. Scott sugiere que el planteamiento de que el riesgo ha dejado de reconocer fronteras sólo se sostiene para la catástrofe final (ultimate catastrophe), ese «gran accidente teóricamente posible»[11] que, en todo caso, debería ser tomado como paradigma del tipo de riesgos contemporáneos al que como sociedad estamos expuestos. Pero ello haría al planteamiento de Beck todavía más problemático, porque al asumir que sólo las catástrofes finales constituyen el tipo de riesgo globalmente destructivo, conectado con la glocalidad, automáticamente queda desplazada cualquier clase de riesgo que no tenga una afectación entera, global y final –casi apocalíptica‒ (como, por ejemplo, los riesgos que viven localmente los pobres y marginados). Es cierto, como dice Scott, que esa gran «catástrofe madre» es teóricamente posible, pero difícilmente representa a la mayor parte de los riesgos a los que la sociedad contemporánea está expuesta; ni tampoco resulta necesariamente cierto que todos los riesgos sean locales y/o globales. El panorama ahí también es complejo.

De tal forma, el riesgo constituye una plataforma que permite pensar que el espacio de la glocalidad es efectivamente existente y que en él se manifiestan consecuencias reales originadas en la dinámica compleja de lo local-global, una suerte de arena de riesgos. El planteamiento, como se dijo, es difícilmente comprobable desde un punto de vista empírico porque supone que todos los riesgos tienen magnitudes glocales y, en ese sentido, totales, y que aquellos que no cumplen con esa condición no son riesgos o no merecen un tratamiento aparejado. Sin embargo, sí es sugerente que hay una dimensión que aproxima y entremezcla el espacio local con el global, rechazando la idea de que este último es una entelequia difícilmente constatable o aproximable.

 

¿Actuar local, pensar global? Límites del cosmopolitismo

Ulrich Beck se sitúa en una corriente de autores preocupados y motivados intelectualmente por cuestionar la modernidad. Es una práctica que no es para nada nueva: ya Marx, Weber, Durkheim y hasta la Escuela de Frankfurt, por mencionar sólo algunos, se habían preocupado por el problema de la modernidad. Sin embargo, sí existe una corriente que escribe sugiriendo un cambio drástico, un giro o un punto de quiebre en la modernidad. Zygmunt Bauman, por ejemplo, habla del tránsito de una modernidad sólida a una líquida, pero también Gilles Lipovetsky con la modernidad e hipermodernidad, además de Anthony Giddens, David Held y Richard Falk, quienes detectan quiebres en la modernidad que les permiten hablar de un antes y un después en el curso de ésta. Ulrich Beck hace lo propio cuando habla de la primera y segunda modernidad. Para él:

 [El tránsito de la modernidad a la segunda modernidad] significa también que se inicia el debate acerca de las formas y contenidos de un cosmopolitismo institucionalizado en el sentido de una colaboración duradera entre actores estatales y no estatales en el espacio global y local, así como entre los grupos de la sociedad civil y las distintas redes institucionales, organizaciones internacionales, la ONU, «iglesias», etcétera.[12]

Justamente ahí radica una crítica que se le ha sostenido al autor: quedan dudas sobre la existencia efectiva de discusiones consensuadas en torno a las formas y contenidos derivados de esa suerte de cosmopolitización forzada y de la aparición y exposición de la sociedad de riesgo. Scott Lash, haciendo referencia a trabajos de Mary Douglas y Aaron Wildavsky, sugiere que ante situaciones de riesgo o de percepciones de riesgo, una reacción cultural preferente no es la de generar un sentimiento de responsabilidad colectiva (o global) y crear los espacios de un debate plural y propositivo. Antes bien, lo que predomina propiamente es el a quién culpamos («who to blame?») de las consecuencias trágicas reales o potenciales de tal o cual riesgo, lo que inhibe cualquier clase de sentimiento de responsabilidad colectiva y termina por refugiar al individuo en su condición solitaria, inhibiendo señas o tentativas de solidaridad.[13] En numerosos textos, de hecho, Beck pugna por transitar de la mirada nacional a la mirada cosmopolita, representada por dejar de observar los fenómenos con la tasa conceptual y empírica del Estado-nación, para repensar los problemas y riesgos en una dimensión cosmopolita que arroja al mundo una valoración de carácter glocal. Ello supone, entre otras cosas, actuar localmente y pensar globalmente para insertarse en el debate al que alude Beck.[14] Es cierto que en las últimas décadas se han dado numerosos casos que evidencian un fortalecimiento de las comunidades étnicas, algunas veces denominadas subnacionales, incluso a costa de un consecuente debilitamiento de ciertas comunidades nacionales,[15] sin embargo es difícil dar un salto argumentativo que permita asegurar que esas reivindicaciones étnicas o subnacionales estén pensando en insertarse en una lógica global como planteamientos públicos globales o en la agenda de problemas a resolver por una instancia de política interior mundial, y no porque su mirada sea retrógradamente anticosmopolita, sino porque su foco de atención no está necesariamente en la dimensión global y sí en la inmediatez local.

Sumado a ello, es imprescindible recordar que el nivel institucional –particularmente a nivel político y comenzando por el Estado-nación–, a través del cual se conforma cierta parte de la visión societal, está concebido para ser operativo a nivel netamente local. En palabras de Bauman, «los verdaderos poderes que determinan las condiciones en las que todos actuamos en estos tiempos fluyen en el espacio global, mientras que nuestras instituciones políticas siguen en general atadas al suelo; son, nuevamente, locales».[16] La dificultad para pedir que éstas actúen y razonen en una lógica de glocalidad demuestra parte de la debilidad del planteamiento. Hay casos, por supuesto, que sí se encuadran en la idea de Beck, pero se trata con particularidad de aquellas organizaciones no gubernamentales (donde la causa ambientalista –Greenpeace– y la defensa de los derechos humanos –International Amnesty– son quienes les dan aliento) que sí actúan localmente y piensan globalmente; aunque no son todos los casos ni tampoco es el modelo necesariamente exclusivo de interacción social contemporáneo.

En todo caso pueden encaminarse críticas en dos sentidos: por una parte, respecto a que Beck piensa en un mundo que no está suficientemente cosmopolitizado y, por tanto, teoriza en vano o con base en suposiciones respecto al rumbo que cree que tomará el mundo en su conjunto. Por otra, también puede plantearse que la mirada cosmopolita no es el camino necesariamente consagrado para dar cauce a las soluciones a las problemáticas de riesgo que enfrenta el mundo, ya sea como uno globalizado o como los diferentes mundos que se perciben desde lo local. Un mundo plenamente autorreflexivo y que pareciera arrepentido y asumiendo la responsabilidad colectiva de evitar el riesgo parece de un idealismo exacerbado. Con todo, el aparato conceptual que se desarrolla en el trabajo de Beck para diagnosticar el estado de las cosas parece oportuno y certero en la medida en la que es capaz de describir dinámicas tan nuevas como importantes, una de ellas es, por supuesto, la glocalidad del mundo actual.

 

A manera de conclusión, ¿qué nos dice la glocalidad?

Las críticas expuestas aquí no suprimen el hecho de que la idea de glocalidad sea un concepto útil y de que efectivamente ofrezca un canal de comprensión para un fenómeno de imbricación entre lo local y lo global que merece contemplarse, discutirse y analizarse; se trata exclusivamente de cuestionar la idea bajo escenarios, posibilidades e ideas que giran en torno al concepto. Lo glocal deja de darle a lo global la impresión etiquetada de ser lo grande, macro, externo y alejado. Por el contrario, presume y resume que lo cercano de lo global está en la capacidad de entretejerse con lo local, y que el alcance de lo local es potenciado por su posibilidad de tener consecuencias a nivel global. Aquello que era sólo creíble en una dimensión última, como lo es lo global, es ahora asible porque la localidad lo condensa y a veces contiene, y es justo ahí, en lo local, desde donde puede dispararse el motor que da sentido a lo global. Ser una herramienta para contemplar la imbricación de ambos niveles es una de las facetas más interesantes del concepto de glocalidad en Beck.

Puede afirmarse que lo glocal es el resultado de la contingencia a la que está expuesta el mundo y la modernidad en particular. Como el propio autor asevera, «la cultura global no puede entenderse estáticamente, sino sólo como un proceso contingente y dialéctico […] según el modelo de la “glocalización”».[17] Entendida o no como consecuencia de la ruptura de la supuestamente antigua diferenciación entre lo local y lo global, y del quiebre de la dualidad nacional-internacional,[18] Beck también podría reconocer que la glocalidad no es perpetua y que está sujeta a la misma contingencia a la que estuvo expuesta la mirada nacional y la tajante separación entre local y global que conllevó. De tal suerte, lo glocal es un concepto generoso porque inspecciona la distribución del espacio global expuesto a nuevas dinámicas de privilegiados y olvidados, justicia e injusticia, riqueza y pobreza y, además, reacomodo del poder que ciertamente ocurren más allá del Estado nacional, aunque no siempre ni de forma absoluta. A nivel del presente, la idea de glocalidad ofrece un diagnóstico de la contemporaneidad generoso empírica y conceptualmente; sin embargo, y como se ha señalado, a nivel de construcción de escenarios futuros, el esquema puede tener ciertas fallas. Con todo, hay esferas y escenarios de la sociedad actual que necesitan del reconocimiento de la dimensión glocal para ser comprendidos, ahí el concepto ofrece un gran valor epistemológico.

 

 

NOTAS

[1] Adam, Barbara y Van Loon, Joost, «Introduction: Repositioning Risk; the Challenge for Social Theory», en Adam, Barbara, Beck, Ulrich y Van Loon, Joost (eds.), The Risk Society and beyond. Critical Issues for Social Theory, Londres, Sage Publications, 2005, p. 1.

[2] Cfr. Zolo, Danilo, Globalización. Un mapa de los problemas, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2006, p. 22.

[3] Robertson, Roland, «Glocalization: Time-Space and Homogeneity-Heterogeneity», en Featherstone M. Lash, S. y Robertson, Roland (eds.), Global Modernities: from Modernism to Hypermodernism and beyond, Londres, Sage Publications, 2005.

[4] Beck, Ulrich, ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización, Buenos Aires, Paidós, 1999, p. 15.

[5] Ibid., p. 29.

[6] Aquí, por supuesto, vale la pena cuestionar la forma en la que el modelo de Estado-nación es absoluto en la forma de consolidar y condicionar la organización societal a nivel precisamente mundial. No hacerlo significaría conceder que la formación de los Estados ha significado los mismos efectos en términos sociales en todo el mundo, y desagrega la posibilidad de ver en otro tipo de organizaciones consecuencias prácticas diferenciadas, aun con la presencia de un Estado-nación en estricto sentido.

[7] Beck, Ulrich, Poder y contrapoder en la era global. La nueva economía política mundial, Barcelona, Paidós, 2004, p. 12.

[8] Un ejemplo de la dificultad empírica de definir el «antaño» y de distinguirlo de la «novedad» se encuentra en la deficiencia del planteamiento de Beck al definir de forma imprecisa dónde comienza la segunda modernidad y, en consecuencia, cuándo terminó la primera (si es que así ocurrió).

[9] Beck, Ulrich, «Risk Society Revisited: Theory, Politics and Research Programmes», en Adam, Barbara, Beck, Ulrich y Van Loon, Joost (eds.), op cit., p. 218.

[10] Bauman, Zygmunt, La globalización. Consecuencias humanas, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, p. 88.

[11] Scott, Allan, «Risk Society or Angst Society? Two Views of Risk, Consciousness and Community», en Adam, Barbara, Beck, Ulrich y Van Loon, Joost (eds.), op cit., p. 36.

[12] Beck, Ulrich, La mirada cosmopolita o la guerra es la paz, Barcelona, Paidós, 2005, p. 55.

[13] Cfr. Lash, Scott, «Risk Culture», en Adam, Barbara, Beck, Ulrich y Van Loon, Joost, (eds.) op cit., p. 51.

[14] En palabras del propio Beck: «Cosmopolitismo significa, pues, que la construcción de una doble localización de todos suprime y renueva simultáneamente la distinción “nosotros-otros”. Acorde con su ideal de mundo, el cosmopolita vive en una doble patria y mantiene una lealtad doble, es tanto ciudadano del kosmos (cosmopolita) como ciudadano de la polis (ciudad)». Beck, Ulrich, Poder y contrapoder…, op cit., p. 70. Vale la pena criticar la idea y suposición de que el cosmopolitismo es inmediato y directamente proporcional al tránsito a la segunda modernidad, a la exposición de riesgos y a la aparición de la dimensión de la glocalidad. Estos factores no necesariamente tienden, como se vio con la crítica de Scott Lash, a una solidaridad expresada en una doble patria y una doble lealtad como lo afirma Beck; un camino posible también es el refugio individual y anticosmopolita de los peligros de los riesgos.

[15] Cfr. Touraine, Alain, Un nuevo paradigma para comprender el mundo de hoy, Barcelona, Paidós, 2005, p. 182.

[16] Bauman, Zygmunt, Amor líquido, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005, p. 133.

[17] Beck, Ulrich, ¿Qué es la globalización?…, op cit., p. 80.

[18] Beck, Ulrich, Poder y contrapoder…, op cit., p. 329.

 

 

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Rodrigo Peña González (Ciudad de México, 1987). Cursó la licenciatura en Relaciones Internacionales y la maestría en Estudios Políticos y Sociales en la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador y coordinador académico de contenidos web en el Colectivo de Análisis de la Seguridad con Democracia A. C. (CASEDE), donde publicó el Atlas de la seguridad y violencia en Morelos editado por el propio CASEDE y la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (2014).

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