Friday, 23rd May 2014

La muerte del objeto

Publicado el 29. dic, 2013 por en Ensayo, Literatura

Su recuerdo está muerto en la escritura: la escritura es el recuerdo de su muerte y la afirmación de mi vida.

Georges Perec

 

 

Michelle Pérez-Lobo

 

 

El polvo como hierba enraizada en las cosas. Las cosas que, desde la perspectiva de la muerte, parecen haber definido los instantes que duró una vida. Todo ese gris que recubre los abrigos, las almohadas, las botellas de loción y los espejos es la muestra fehaciente de que mediante los objetos el ser humano construye su coraza.

Me imagino al hombre que casi no conocí, hoy muerto, entrando en una tienda más o menos de prestigio, buscando los pantalones que le ajustaran a la perfección: ni tan holgados que resaltaran sus piernas de puro hueso ni tan justos que aparentaran ropa para mujer. Después de probarse varios pares y escrutar las etiquetas del precio, decidirse por el más barato. Siempre el ahorro, para después tener con qué comprar cigarros. Pasar a la caja y sacar el dinero exacto, jamás billetes de alta denominación; pagar con cambio. No guardar las monedas: estorban. Salir con una bolsita francamente afeminada que contuviera esos pantalones color azul marino, que terminarían siendo baby blue de tanto usarlos y lavarlos y aventarlos con premura para tener sexo. El desgaste de las prendas como el itinerario de la vida del hombre.

Hoy me encuentro ante el sucio departamento de aquel ser humano que murió hace unos días. Mi padre falleció víctima de un cáncer de alta precisión. Estoy aquí no como los demás conocidos, que acuden cual gusano que hostiga la carne del fallecido. No es morbo ni curiosidad lo que me arrastra, es esclavitud. Él está muerto para siempre como todos los muertos de la tierra –diría un poeta–, pero su cadáver se ha colado en mis vísceras.

 Paseo entre todos esos recovecos que hasta hace poco pertenecían a un señor de 52 años, alto y magro, de pelo cano y no manejable. La vestimenta de partículas pequeñas que cubre la habitación pretende esconder los objetos inútiles que él adquirió en vida, pero más bien los delinea y su contorno brilla con los golpes de luz. Ahora se ve con claridad que tanto dinero invertido en bienes materiales ha servido sólo para comprar la cama de la suciedad acumulada. La mugre resalta lo fútil del uso de cada artefacto y recalca su próxima parada: el basurero. Mismo destino que el de su dueño. Ante tal espacio yermo y estático, decido hacer algo que me quite esta capa porosa de los ojos. Pienso que hacer un recorrido-inventario de esos cacharros pútridos podría servir, más que de homenaje o recipiente de la memoria, como una digna sepultura para él. Nada de revivir. La única persona que debería estar viva entre tanta mierda soy yo.

Porque también vine hasta aquí para hallarme. Quiero enterrar al muerto y, a la vez, verificar si estoy yo presente en sus objetos, si pude durante esos años con mi ausente cuerpo penetrar su vida, aunque fuera a la distancia. Tal vez haya algún trasto que me evoque, que refleje mis facciones ya maduras. Tal vez debo dejar de menospreciar la basura.

El departamento es pequeño. Cuenta con sala-comedor, cocina, un baño chico y una habitación. Las puertas se ven viejas. No hay plantas, reales ni de plástico. Hay cucarachas, demasiadas, pero todas secas. Estoy de pie justo en el espacio donde la puerta recibe al aire de fuera y a la vez le invita a que jamás penetre. Desde esta minúscula frontera, un no-lugar intrascendente, volteo a la derecha y encuentro la cocina. Entro. Trastes baratos se acumulan sucios en el lavadero, vajilla que jamás será lavada. La comida inicia con el proceso de putrefacción tras las puertas del refrigerador apagado. Los enlatados están próximos a llegar a su fecha límite, ese deceso acordado desde que fueron creados. Latas humanas. Casi no hay rastro de que hubo un ente respirando; más bien es un sitio que hiede a abandono.

Salgo de la cocina a la sala (salir es mera formalidad, pues un escalón de 4 cm separa ambas secciones del departamento) y pienso en que este hombre flaco seguramente fue un acumulador de objetos, alguien que padeció un desorden obsesivo-compulsivo. Una mesa enorme con un vidrio roto encima ha agotado su capacidad para cargar más cosas. Todo el espacio lo ocupan adornos de plástico, ceniceros, muñecas de trapo, floreros vacíos, cajitas y animales de madera, esculturas chicas, lápices, cajas de medicamento, juguetitos, cigarros viejos y el siempre incesante polvo. Es la mesa donde se ostenta la inutilidad, pienso. Me da asco tocar algo. También mis ojos sienten náuseas. Volteo a mi lado derecho y observo tres muebles de madera como de casa en la playa, bastante inadecuados para este lugar, donde descansan cojines desgastados color verde obscuro. Sobre el sillón para tres personas están una computadora, muchos cables y unas bocinas. Tan inservibles como tres rocas negras. En el otro asiento, para dos personas, hay dos pilas formadas por cuatro cajas de cartón que parecen pesadas. Temo que adentrarme en ellas resulte revelador en dos sentidos: uno, que un nido de insectos haya ocupado ese espacio sin estar dispuesto a cederlo nunca y que por la intromisión de dos agentes carnosos decida atacar con toda persistencia, y dos, que lo que viva encerrado en esos recipientes sean noticias o verdades que jamás escuché del hombre viejo. Creo que Hollywood ha hecho mella en mí a pesar de que detesto ir al cine. ¿Por qué piensa un ser humano que los secretos más decisivos siempre se esconden en cajas de metal o cartón, armarios con mil cerrojos o debajo del colchón? Lo más secreto puebla también los sitios que la luz invade, tal como la superficie de una mesa o de un espejo. La solución a muchas interrogantes que he llevado durante unas decenas de años podría estar, incluso, en esta sucia duela tapizada de animales crocantes.

Aquí hay demasiada basura. Pienso en cómo podría el desperdicio conformar una identidad… Y las formas, ¿de qué sirven? Al más puro estilo de Pirandello, pienso que nuestra maldición como humanos reside en que estamos constreñidos –en sangre, en mente, en deseos– a un contenedor formal. Nada debe escapar de nuestro ser y nada, tampoco, sumarse: hay que bastarse a uno mismo, lijar cualquier pretendida suma de cualidades y residir en un inmutable conformismo. La vitalidad en los plásticos made in China y la respiración captada por una televisión barata. 

Decido fisgonear brevemente el contenido de las dos cajas más accesibles. Levanto la tapa y encuentro una vajilla grasienta. Vaya sorpresa. Prosigo con la otra caja. Ésta es al instante la que capta más mi atención por estar llena de papeles y fotografías. Con la punta de los dedos extraigo las hojas tatuadas con números, letras y gráficas, y rescato las imágenes perdidas. Ahí veo formados de frente a los ocho hermanos del hombre. También hay una fotografía de estudio que captó al muerto cuando joven. (La juventud se sepulta en una caja). Otras imágenes arrugadas muestran niños disfrazados con sus padres. (La juventud es una máscara de cartón). También hay algunas de una motocicleta roja que jamás vi, pero que perteneció al dueño de este departamento. Más y más hojas. Hay una foto reciente que muestra a una pequeña de no más de seis años y que tiene pelo rizado. El hombre la trae en brazos. No logro reconocerle. El impreso tiene fecha: febrero de 2000. En ese entonces, yo ya era adolescente. Observo la nariz de la niña. La mía es más recta. Sus labios parecen dulces, como aves recién nacidas. Con las uñas confirmo la existencia de pellejos en los míos. Mis rizos son más oscuros que aquéllos de color amarillento. Miro sus ojos. No puedo ver los míos. Ella es alguien que no conozco, pero con quien comparto el color de la sangre. Cierro la caja.

La curiosidad obligatoria está en el cuarto principal, donde hallaron el cadáver del ser que ya no camina por este hogar. No me cuesta trabajo abrir la puerta. Entro. Del lado derecho hay un armario improvisado hecho con piezas de madera; atrás de mí un tocador pequeño retacado de papeles y algunos productos para mujer. Eso plantea una repentina reflexión: una vida no sólo se forja con las propias pertenencias, sino también con las de los otros humanos que fueron parte de ella. Un par de aretes o una botella vacía de perfume se rozan con los relojes y cepillos para bigote. Las existencias se permean mutuamente, buscan invadirse a través de sus cuerpos y los objetos atados a ellos, esas extensiones vitales que no secretan ni sufren y cuyos susurros arrullan a los adultos insomnes. Justo frente a mí está la enorme cabecera de madera. Veo la cama con las sábanas revueltas, espirales que revelan la incomodidad de estar postrado y morir de pronto. Percibo las huellas de sufrimiento del hombre en la superficie del colchón grisáceo. No quiero fijarme demasiado, pero hay ahí algunas manchas que parecieran supuraciones por donde se escapó una vida. Justo arriba de la cabecera hay una hamaca, o más bien un puñado de hilos colgante, colocada a manera de decoración. Es así que no sólo se compran cosas que procuren las necesidades pragmáticas, sino también estéticas. Otras existen a nivel simbólico. Supongo que este cuarto de paredes secas precisaba de la vivacidad del color y su dueño sólo pudo echar mano de una vieja maraña para conseguirla. Tal vez quería algo que le sirviera de red para pesadillas funestas.

Me aproximo al armario porque no quiero tocar jamás esa cama mortuoria. Atravieso muros de camisas y pantalones en busca de un secreto catártico, aquel capaz de revelar la identidad oculta del hombre fallecido y de paso aclarar algunas de mis dudas. No tengo idea de qué haré después con tanta ropa, a quién le quedarán playeras tan angostas y a qué persona podría gustarle una camisa absurdamente floreada. No hay ninguna respuesta ni atrás ni adelante de los objetos: las cremas de afeitar a medio acabar, los dulces derretidos y sus manchitas imborrables, las monedas polvosas son como moscas de fruta, tajantemente mudas. Alzo una pila de camisetas e investigo. Nada en las esquinas. Exploro los ganchos que cargan los jeans y sólo encuentro pares de zapatos sin usar. Me da asco tocarlos porque el polvo ahí es infinito y sospecho que la fauna ha construido su hogar, su parque de diversiones y su sanatorio entre tanto escombro. Mejor ahí no hurgo; no me gusta interrumpir las respiraciones ajenas.

Qué ojos tan inservibles tengo y qué nimio lo que con ellos puede abarcarse. Las huellas dactilares tienen un poder más insidioso, son capaces de mover y escrutar a placer. Pero las pupilas son como la dura piel de una manzana: brillantes, mas superficiales. Con ellas puedo vislumbrar el desorden en el buró de madera justo al lado de clóset, observar la acumulación de botellas de agua y una lámpara opaca que simula un vaso de conga. También analizo el suelo: el piso, cerca de donde están los zapatos, se siente viscoso. Quizá un vaso se rompió ahí. Un caramelo se desintegró. O en ese recoveco murieron muchos bichos y su sangre se volvió de plástico. Pero lo que mis pestañas protegen no es un órgano superpoderoso. Es una carne banal, irremisiblemente banal.

Ante mis fallidas aproximaciones visuales, decido ensuciarme las líneas de la mano. Nada de levantar objetos a medias o de rozar con los dedos. Ahora remuevo las prendas pero sigo sin develar algo. Entonces vuelve a mí el afán cinematográfico, quizá motivado por una desesperanza súbita, y tomo una silla. Tiemblo al subirla. Quizá arriba, en lo más alto de las repisas de madera, lejos del alcance de los humanos de altura promedio, habitan las cajas de pandora del hombre que murió en su departamento a los 52 años. Encuentro estuches de celular vacíos, sudaderas desgastadas, calcetines que parecen monstruos de pelusa y una que otra bolsa de plástico. Hostigo. Decido abrir una que me atrae por el color, un azul cerúleo que casi refleja el tono de los ojos del occiso. Y entonces me tambaleo. No sé si este movimiento viene de la inestable silla en la que estoy parada o de mis piernas que flaquean al encontrarse con lo que aparenta ser un vestigio en potencia.

Dentro de la bolsa azul están todos los regalillos de bajo precio y las manualidades que hice en la infancia y obsequié al fallecido. Una máscara de yeso con mi rostro delineado y decorado con pintura y puntos brillantes, una foca de plástico que en la parte posterior lleva mi nombre, una tablita de madera que funge como muestrario de distintos tipos de rocas, un puñado de dulces, un portaencendedor junto con un cenicero y, por último, una carta de feliz cumpleaños. Ahí estoy yo en esos cacharros que son basura pero que con mi vista, súbitamente poderosa, se vuelven memoria. En ese cartón barato se abrazan mis huellas dactilares presentes con las que quedaron grabadas hace más de una década. En cada cosa encerré un sentir que ahora eleva los párpados y bate las pestañas para reconocerme. La inestabilidad de mis extremidades se expande por todo el cuerpo: mis pulmones batallan, mi corazón se enerva, mis ojos sangran. He logrado revivir a un muerto. Veo al hombre con los bigotes bien peinados llevándome a la escuela en el festival de primavera y abrazándome tras recibir el cenicero como presente. Escucho de nuevo su voz alcohólica. Todo un pasado oculto tras los muros de cartón. Encontré a mi padre en los despojos.

Si no bajo ahora de esta silla puedo terminar herida. Meto los regalos de nuevo a la bolsa azul y desciendo con ella. Voy rápido, considerando que siento un mareo terrible en las venas. Apoyo un pie en el piso y escucho un crujido. Cucarachas, el presente más veraz, me alejan de las ensoñaciones en que el hoy es incierto porque el pasado sí existe. Existe demasiado. Me acerco a la cocina. Abro el basurero y tiro la bolsa azul. Me aseguro de que la tapa negra cubra perfectamente todo ese pretérito para que la legión de insectos no lo saque de ahí y que todas esas partículas memoriosas curioseen en el departamento cual piojos en cabezas de niñas. Y ahora estoy llorando, aunque eso resulte asquerosamente chabacano. Toda la gente llora en los reencuentros. Pinche Hollywood. Me molesta el efecto que tienen los objetos del hombre en mí; me siento acosada por su banalidad y porque, a pesar de ella, en esas cosas reside un sentimiento entrañable que jamás percibí hasta hoy: la paternidad. En la máscara de lo inútil se esconde la esencia. Lo evidente no existe, los pepenadores son los seres más completos de la tierra. Esta verdad me apabulla. Aplasto mis lágrimas con un dedo y me miro las manos. Las líneas ya no resaltan. Están invadidas por el polvo.

 

 

 

 

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Michelle Pérez-Lobo estudia Letras Iberoamericanas en la Universidad del Claustro de Sor Juana y es editora de la sección de poesía de la revista La Peste, donde también ha publicado poemas y ensayos.

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