Thursday, 21st November 2013

Un retador ni europeo ni americano: J. M. Coetzee escritor y crítico de libros

Publicado el 11. dic, 2011 por en Ensayo, Literatura

Muchas veces no conocemos las implicaciones o contextos que hay detrás de un Premio Nobel, en este caso, de literatura; pero es un hecho que dicho nombramiento actúa a favor del autor siempre que un nuevo lector aparezca. Así, Raúl Olvera se acercó a J. M. Coetzee, escritor sudafricano, de quien realizó este recuento con sus pertinentes anotaciones.

 

Raúl Olvera Mijares

Para un escritor ser galardonado con el Nobel no representa nada más un jugoso cheque, sino la oportunidad de acceder a un mar de lectores. Cierto nivel, desde luego, poseen todos aquellos y aquellas que alcanzan tal distinción, si bien el lector exigente sabe que no siempre su criterio coincide con el de los críticos o los editores. Constituye más bien una rareza que un lector avezado –o, encima, alguien que practica la escritura profesional– se halle en perfecto acuerdo y apruebe sin reservas la decisión de los jueces. Hace un par de años, no más allá del 2003, cuando ganó el Nobel, comencé a acercarme con cierta timidez y no menos desconfianza, debo confesarlo, a John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940). Por su apellido bóer, o más bien en afrikaans, esa forma que el holandés antiguo ha asumido en aquellas partes del hemisferio austral, tiñéndose de voces zulúes, me quedaba perfectamente claro que el inglés de Coetzee debía ser peculiar. Luego vendría a enterarme que sus padres le hablaban en inglés desde niño y que se educó en esa lengua, en la cual comenzó a cursar sus estudios en matemáticas en su país; más tarde se desempeñaría como programador de computadoras en Inglaterra, para coronar su carrera académica con un doctorado en lingüística computacional en los Estados Unidos, realizando su tesis sobre Samuel Beckett. El haber permanecido largo tiempo en medios académicos lo fue llevando a interesarse más y más por la tradición escrita occidental, primero como lector de todo (ensayos de ciencia, filosofía, historia, bellas letras) y luego como escritor en una doble vertiente, o quizá debamos decir, como autor cabal, capaz de moverse con soltura en dos aguas, de ficción y de análisis discursivo. Es más probable, como fue mi caso, que un lector se familiarice antes con sus novelas que con sus ensayos. La prosa de Coetzee en ambos es un modelo de orden, simplicidad y elegancia, conseguidos por el hablante que duda de sí mismo y pone cuidado en los conceptos que capitanean su pensamiento, formulado en las voces más correctas y económicas (la frecuentación de los buenos autores en inglés y la consulta asidua del diccionario se echan de ver en esta empresa). Al igual que Musil, Wittgenstein u otros que estudiaron una carrera científica, con fuertes bases en la matemática, quienes más tarde se moverían a terrenos más coloridos, de complejidad comparable o incluso mayor, si bien menos descarnada, Coetzee conservará ciertos rasgos disciplinados de carácter que proceden de su formación previa, notorios en la arquitectura y la formulación tersa y sin fisuras de su obra.

Habiendo terminado como profesor de letras en varias universidades del mundo, la última de ellas en su país de residencia, Australia, precisamente en la ciudad de Adelaide, por la que cambió la turbulenta Sudáfrica, no es de extrañar que en forma ininterrumpida, a partir de la década de los ochenta, Coetzee haya incursionado en el terreno del ensayo, más que nada con piezas sueltas como críticas de autores, reseñas de libros y reflexiones dispersas sobre temas varios. Obras como White Writing: On the Culture of Letters in South Africa (1988); Doubling the Point: Essays and Interviews (1992); Giving Offense: Essays on Censorship (1996), en esta última aborda el tema de la censura, sobre todo en regímenes totalitarios de orientación marxista; y Stranger Shores: Essays 1986-1999 (2002), antecedente inmediato de Inner Workings: Literary Essays 2000-2005 (2007), vertida en castellano como Mecanismos Internos (Mondadori, 2009, 352 p), en que expone una serie de opiniones, autorizadas por el conocimiento de primera fuente de los originales, de una serie de autores que van desde contemporáneos y clásicos recientes en lengua inglesa hasta escritores que vieron la luz del mundo, casi todos ellos, contadas son las excepciones, en el extinto imperio austrohúngaro o bien interactuaron fuertemente con algunos de sus representantes, aquellos que nacieron en Suiza o en Alemania incluso en fechas posteriores. En primera línea, surgen los nombres de autores como Robert Musil, Sándor Márai, Joseph Roth, Bruno Schulz, Paul Celan, Italo Svevo, Walter Benjamin (los últimos cincos escritores son judíos), con la adición del suizo Robert Walser y de los alemanes W.G. Sebald y Günter Grass. Por el lado de esos clásicos recientes de lengua inglesa figurarían Walt Whitman, William Faulkner, Arthur Miller, además de otros compatriotas estadounidenses como Saul Bellow y Philip Roth (también de origen hebreo), así como representantes del ex imperio británico y sus colonias, como el inglés Graham Greene, el irlandés Samuel Beckett, el hindú nacido en Trinidad y Tobago V.S. Naipaul, la sudafricana también judía Nadine Gordimer y dos outsiders, Hugo Claus, poeta contemporáneo belga (accesible a Coetzee en neerlandés) y Gabriel García Márquez (visto como discípulo sobresaliente de Faulkner y como heredero del único clásico sobre el que se hace una reflexión de cierto detenimiento en este libro, Miguel de Cervantes Saavedra).

Llama la atención la lectura cuidadosa efectuada por Coetzee de autores extranjeros, sobre todo germanos, que revelan en él un conocimiento seguro del alemán, y hasta cierto punto del francés de cajón, a juzgar por los galicismos que usa a lo largo del texto. Como recensor y crítico, mucho del énfasis recae en la fidelidad y respeto del original por parte de los traductores al inglés; por un lado, profesores cuyas versiones se editan en imprentas universitarias de escasa circulación y tirajes limitados y, por otro lado, los traductores mercenarios que, por allegarse algunos recursos extras, se lanzan sin mucho conocimiento de causa a verter a los grandes autores con resultados que emergen en tirajes masivos y son precisamente a los que tiene acceso el lector ordinario. Este mismo celo hace aún más destacables ciertas pecas de Coetzee al emplear idiomas extranjeros, como cuando, en relación con los primeros estudios de Italo Svevo (cuyo nombre real era Aron Hector Schmitz), se refiere al «Instituto Superiore Commerciale». En italiano se escribe istituto, como en el caso del famoso Istituto Italiano di Cultura, el equivalente del Goethe-Institut o la Alliance Française. O bien hace cita de la conocida frase traduttore traditore, donde hay una elipsis del verbo ser, es decir, el traductor es un traidor, invirtiéndola en apariencia sin ninguna intención lúdica como traditore traduttore. Casi siempre en francés es respetuoso el autor de los acentos pero se le va uno y, en vez de citar a Valéry Larbaud, escribe sólo Valery, como en inglés. En el ensayo sobre Robert Musil y su primera novela, Die Verwirrungen des Zöglings Törleß, se refiere en plural a los gimnasios o escuelas de bachilleres como Gymnasia; éste es desde luego el plural en latín, derivado del griego, aunque según el autor estaba usando voces en alemán (ésta es una de las escasas erratas que se le van, así como obviar el uso de las mayúsculas al citar sustantivos en aquel idioma), siendo entonces el plural Gymnasien. En el ensayo sobre Bruno Schulz generalmente transcribe todos los acentos polacos, pero se le va uno fundamental en Lwow, o sea Lwów, Leópolis, la ciudad donde nació el autor. Tiene muchas formas (Lvov en ruso, Lemberg en alemán). La ó acentuada en polaco se pronuncia actualmente como u; en sus orígenes fue una o cerrada. Al hacer referencia al escritor y pintor polaco Witkiewicz, escribe Stanislaw en lugar de Stanisław. Ese carácter especial, ł, o ele con barra, es una antigua ele mojada o alveolar, semejante a la que existe en ruso, portugués o inglés americano, que hoy en día se pronuncia en polaco como una vocal, con valor de u, un poco como sucede con las eles finales en la pronunciación brasileña estándar. El estilo del inglés que escribe Coetzee no deja de presentar ciertas peculiaridades tanto en la ortografía como en el léxico, pues en ocasiones abraza las recomendaciones simplificadoras del Webster, o inglés estándar estadounidense , y otras veces las del diccionario de Oxford que, por fortuna, son las más socorridas.

Es un verdadero placer, dicho sea con justicia, deslizar la vista sobre estas tersas páginas que conocen ciertas desigualdades, a tenor del autor o autora que se aborda. La única mujer en el libro es la también sudafricana Nadine Gordimer, galardonada con el Nobel en 1991, una inclusión que no deja de suscitar sorpresas, ya que esta autora recibió con gélidas críticas y suspicacias las primeras novelas de Coetzee, por no considerarlo un autor suficientemente engagé o preocupado por la cuestión racial en su propio país. Coetzee ajusta cuentas con Gordimer abordando sus novelas y demostrando que, desde el punto de vista de la psicología de los personajes, presentan algunas dificultades de concepción y estructura, sin descalificarlas en su totalidad. Por medio de ágiles sinopsis, llega a demostrar el carácter implausible de las situaciones y los personajes que idea la escritora, no pocas veces terroristas musulmanes que acaban destruyendo a aquellos que les tienden la mano. Algunas veces abucheando, otras veces aplaudiendo, Coetzee consigue hacer partícipe al lector de sus puntos de vista y opiniones. Como cuando se refiere a las malas versiones en inglés que es común hallar de Italo Svevo, y luego pasa a reflexionar que el italiano de Svevo estaba lejos de ser perfecto, fuertemente influido por su natal jiddish y coloreado de dialetto triestino. Una reflexión similar surge con el alemán de Paul Antschel o, como él prefirió ponerse escogiendo unas cuantas letras de su apellido paterno, Paul Celan, un judío asimilado, culto, a quien le hablaban en Hochdeutsch sus padres, como sucedía en la casa de Kafka, pero que creció y se formó en ruso, rumano y que más tarde acabaría en París enseñando en francés. El alemán de Celan, uno de los más altos poetas en aquella lengua, es desigual y oscila entre la elección restringida de vocablos, de una fuerza y simplicidad arrolladoras, y la combinación de alusiones particulares que es necesario conocer de antemano. Lo que perdía un tanto a Celan, según Coetzee, era su adherencia un tanto ingenua a la escuela simbolista francesa. Esta opinión, esquematizada naturalmente en forma un tanto apresurada –no por parte de Coetzee, sino por parte de quien hace esta recensión– permite ver el tipo de juicios que el autor sudafricano se permite en la crítica literaria, asumiendo todos los riesgos que entraña, por supuesto. Ante todo admira, en el caso de Coetzee, la capacidad para cubrir material escrito en lenguas extranjeras, tener acceso a obras completas, comparar ediciones, cotejar traducciones. Una labor que no habiendo estado tan apegado al medio académico resultaría difícilmente explicable. Es de encomiarse, no obstante, la paciencia de pasar largas horas en las bibliotecas universitarias, la asiduidad como lector, el ordenar libros con anticuarios. Todo eso que es posible suponer.

En el caso de Winfried Georg Sebald, Coetzee, sin cesar de ponderar su innegable solvencia como ensayista y narrador, no deja pasar la ocasión de lanzar un par de anotaciones críticas en torno a Los anillos de Saturno, en el sentido de que algunos pasajes del libro resultan un tanto redundantes y predecibles, mero relleno con su opinión, en particular aquéllos sobre Joseph Conrad, Robert Casement y Edward Fitzgerald. Esas extrañas medias tintas entre periodismo, erudición académica y diario mínimo, salpicadas de fotografías amateur impresas en blanco a media página sin pie de grabado, constituyen el carácter distintivo a la vez que señalan los puntos débiles del trabajo como escritor de Sebald. Con Sándor Márai Coetzee se muestra aún menos indulgente caracterizándolo como un aristócrata de la vieja escuela, encajado de manera oportunista en el mundo moderno, cuyas novelas resultan lánguidas y cuyos principales aportes se hallarían en las confesiones que contienen sus diarios, aún no vertidos en su versión integral al inglés (mucho menos al español, que siempre se queda algo rezagado). En Whitman Coetzee explota el tema de la homoerótica subrepticia de sus poemas y su relación con jóvenes varones. Walter Benjamin es cuestionado desde la perspectiva de su supuesta obra cumbre, aparecida en forma póstuma como Passagen-Werk, vertida al español como Los pasajes, pues es una recopilación de observaciones sociológicas, históricas y psicológicas sobre esa novísima forma del comercio en el París de fin de siècle, los pasajes comerciales, donde incluye recortes de periódicos y revistas, amén de observaciones redactadas casi en un lenguaje críptico. Que Benjamin haya cargado el pesado manuscrito en su fuga de Francia con rumbo a España, a través de los Pirineos, y que argumentase que era más importante que su propia vida no deja de ser un hecho que llama la atención, y más con la respuesta que ha motivado en el mundo académico occidental, el cual parece hacer caso omiso de las grandes reservas que los filósofos alemanes tenían respecto al eclecticismo imperante en la llamada Escuela de Fráncfort.

Coetzee pone siempre el dedo en la llaga, provocando la indignación de quienes se aferran a las ideas tradicionales que han dado forma al mainstream, integrado por autores, estudiosos, críticos y entusiastas de la lectura. Al poner en cuestión ciertos lugares comunes, concepciones ampliamente difundidas, Coetzee despierta algunas veces la sospecha de sus no menos numerosos detractores y rivales, quienes lo han llegado a colocar en el cajón de los hipercríticos e inconformes. Juez y parte, Coetzee juega unas veces del lado de los creadores y otras del lado de los críticos. En ambas pretende llevar a cabo una labor depurada y de líneas claras, objetivo que con frecuencia consigue. Es raro encontrar entre tanto premio Nobel otorgado por razones de discriminación de raza, sexo u otra preferencia, un autor que emprenda la crítica con tanto ahínco, perfectamente consciente de que él mismo puede volverse foco de ella, tanto en su calidad de estudioso como en su calidad de narrador. La relativa simpleza y contundencia de este retador, ni europeo ni norteamericano, ni totalmente anglosajón ni enteramente neerlandés, lo vuelve difícilmente resistible siendo su lengua de expresión la inglesa, como alguna vez lo fue el alemán culto para tantos autores centroeuropeos, predominantemente de origen judío, outsiders o retadores por naturaleza, que asoman las narices en este valeroso y entretenido volumen.

_______________

Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y el principado de Liechtenstein. Ha publicado en La Jornada SemanalLa Tempestad, Milenio, Replicante, Tierra Adentro, Luvina, entre otros. Puntos cardinales (Conaculta, 2003) y Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007) son sus libros más recientes.

Tags: , , , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

15.980 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>