Thursday, 21st November 2013

Del mundo a Dios y viceversa

Publicado el 24. jul, 2011 por en Ensayo, Literatura

La desesperación como cimiento del poema «¿Tienen tumor, los nutre?», de Isabel Quiñónez

A través del poema «¿Tienen tumor, los nutre?», de Isabel Quiñónez (poeta casi olvidada), Virginia Saji escribe acerca de la desesperación y la destrucción en un ensayo que delata la exasperación de Quiñónez por destruir el cuerpo, el Yo y todo lo que le rodea. 

1

 

Virginia Saji

 

…la conexión con lo otro es el cesar del ser para sí.

Hegel

 

La poesía de Isabel Quiñónez lo contiene todo. Mejor dicho, en la poesía de Quiñónez se contiene todo, se contiene el mundo y todo aquello que lo sufre, todo lo que lo vive. En toda la obra de esta poeta mexicana (poco leída, sino es que olvidada casi completamente) se desarrolla el sufrimiento propio siempre como un acontecer real, lejos de los artificios de la pretendida «poesía estilística-retórica de innovación».

El presente texto tiene como finalidad analizar sólo una pequeña parte de ése, su sufrimiento. En el poema «¿Tienen tumor, los nutre?», del libro Así en la Tierra (Breve Fondo Editorial, 1996), explicaremos, asimismo, cómo es que la desesperación está en la base de la construcción del poema y cómo es que este cimiento no es sino la incertidumbre de la existencia, de la propia, de la de los otros, de la de Dios. Comenzamos citando el poema:

¿Tienen tumor, los nutre?

 

 Disperso, ahogado el tiempo

no acaba aún y es sepultado.

Tumba a tumba estos momentos

que yo sé, pero ¿a quién más traspasan?

A nadie si todos, los perfectos,

perciben plenamente, según dicen.

¡Haya, el ruido!

sobreviene, ¿entienden?

encierra a uno y lo destierra

en la noche y en la luz,

parálisis y trueno. ¿Me oyen,

tienen tumor, los nutre y los devora?

Respóndanme, gloriosos

¿tienen gris, llueven sus ojos?

si algo los rasga, cuenten,

si algo los enturbia,

o sin son frutas, ¿qué pájaro los come?

¿o crecen? ¿son pasto, son orugas?

¿qué los pudre? ¿caídos se hallan,

como yo, aprisionados? Desespero:

desesperar ya no es de ciudadanos

pero es verde,

abre sus ojos cuando duermo

razonando imágenes, lógica profunda

y con terror, serena mente;

no es tiempo inerte, como dicen,

ni regalo,

no es, ni a uno lo perdona

y es inalcanzable de mañana

(las mañanas que nunca me perdonan,

que me viven),

¿sucede igual con alguno de ustedes?

Si olvido mi memoria iluminada

¿a qué esa otra memoria

y tanto yo, mí, me, conmigo?

¿a qué todo intangible fin,

todo provecho valorable,

a qué la sangre, espíritu violado?

Abro mis ojos,

la muerte imaginaria me dejó vacía

y mienten la razón, el buen propósito,

la irisada conciencia nada piensa,

negro cáliz, hambriento,

bajo luz –piedad que piensa concedida–

se piensa en tormenta iluminada,

rasgada por la lluvia.

No sé si es putrefacto el miedo,

si puedo admitir mi inexistencia

(falsa frase, mas sentida),

un claro origen en mi suelo,

algún valor de espinas,

heridos instrumentos, música olvidada,

pronuncio un nombre que no entiendo,

entre el acto y sus vacíos,

entre el cielo amaneciendo nubes

y este eco que se sabe,

que no es,

cada mañana ahogándose,

harto de sí, gozando esa pared,

la irrespirable, me protejo

¿quién más la ha construido?[1]

En la primera estrofa del poema –y sobre todo en los dos primeros versos– es notable que existe una desesperación por el transcurrir del tiempo; es como si el tiempo fuera la vida misma y ésta contuviera, a su vez, a la muerte. La desesperación se convierte en una enfermedad mortal: «ahogado el tiempo / no acaba aún y es sepultado», dice la poeta, y un poco más adelante:

Tumba a tumba estos momentos

que yo sé, pero ¿a quién más traspasan?

A nadie si todos, los perfectos,

perciben plenamente, según dicen.

De acuerdo con los versos anteriores podríamos considerar que existen dos elementos fundamentales en el poema: el primero es la conciencia del la individualidad, la existencia en relación al propio espíritu; y el segundo es la conciencia del yo espiritual externo, ajeno, es decir, la percepción de los otros como entes extranjeros al propio acontecer. Estos dos elementos crean un conflicto meramente existencial –quizá teológico.

Retomemos, por ejemplo, la idea de Kierkegaard sobre la desesperación como enfermedad mortal: «La desesperación es una enfermedad propia del espíritu, del Yo, por lo que puede revestir tres formas: la del desesperado que ignora poseer un Yo (desesperación impropiamente tal), la del desesperado que no quiere ser sí mismo y la del desesperado que quiere ser sí mismo»[2].

En la poesía de Quiñónez, la desesperación –su desesperación– abarca las tres formas a las que se refiere Kierkegaard. En el cuarto verso («que yo sé, ¿pero a quién más traspasan?») está implantada la conciencia «del desesperado [que sabe que posee un Yo, pero] que no quiere ser sí mismo» porque además sabe que ignora el motivo de su desesperación y que «todos [los demás, los ajenos a su Yo, los otros] los perfectos, / perciben plenamente».

Es por ello que la voz de la poeta comienza a dirigirle al otro –o bien, a los otros, los «todos»– una serie de cuestionamientos que se desprenden de su propio acontecer. Se trata, en principio, del deseo de identidad con el otro, o bien, de un anhelo por desprenderse del Yo. Sin embargo, hay un fragmento más en el verso que acabamos de analizar que abre paso a la tercera conciencia del desesperado kierkegaardiano, la frase indicial: «según dicen». A partir de este indicio –en el cual, además, se percibe un tono irónico– se abre una nueva posibilidad, a saber, que la poeta sabe de su desesperación y reconoce su imperfección pero también la de los otros; no obstante, se siente más cómoda con su propio acontecer. Es aquí donde encaja la idea «del desesperado que quiere ser sí mismo».

Retomando la idea del reconocimiento de la imperfección –por parte, al menos, de la voz poética–, se puede sustentar que la conformidad con su propio acontecer –el de la poeta– se da a partir del momento en el que ella reconoce la existencia de un ser ajeno al propio y al externo, es decir, al de los otros, y sabe también que tal vez sólo ella es capaz de percibirlo, de conocerlo aunque sea sólo a través de una forma muy particular: su sufrimiento y su desesperación:

¡Haya, el ruido!

sobreviene, ¿entienden?

encierra a uno y lo destierra

en la noche y en la luz,

parálisis y trueno. ¿Me oyen,

tienen tumor, los nutre y los devora?

Respóndanme, gloriosos

¿tienen gris, llueven sus ojos?

si algo los rasga, cuenten,

si algo los enturbia,

o sin son frutas, ¿qué pájaro los come?

¿o crecen? ¿son pasto, son orugas?

¿qué los pudre? ¿caídos se hallan,

como yo, aprisionados? Desespero…

 

En los primeros cinco versos ahora citados se encuentra implícita la imagen de Dios, al menos desde una percepción que lo hace ver como un dios injusto. Él es quien «encierra a uno y lo destierra / en la noche y en la luz», pues, como dice Ernesto Cardenal, «a Dios sólo se le encuentra en la nada. Allí donde ya no hay cosas está Dios»[3]. Es decir, sólo en la oscuridad de la nada podemos conocer a Dios porque en ésta nos hayamos con nuestra soledad, con nuestro Yo, que es donde Dios habita.

En Quiñónez, el reconocimiento de su desesperación es el reconocimiento de Dios. En ese anhelo por saber si es que hay alguien más que sufre lo mismo que ella, si hay quienes «¿tienen gris, [si a ellos también les] llueven los ojos?» explota el sufrimiento y se va deshaciendo con las palabras, pues en éstas la poeta reconoce su propio significado –no el de las palabras, sino el de ella en tanto al ser, a la existencia– y consecuentemente reconoce a Dios:

desesperar ya no es de ciudadanos

pero es verde,

abre sus ojos cuando duermo

razonando imágenes, lógica profunda

y con terror, serena mente;

no es tiempo inerte, como dicen,

ni regalo,

no es, ni a uno lo perdona

y es inalcanzable de mañana

(las mañanas que nunca me perdonan,

que me viven)

Dios es quien «abre sus ojos» y quien «no es tiempo inerte, como dicen, / ni regalo». «[Dios] no es» simplemente porque al aceptar su existencia se lo estaría reduciendo a algo material, a una cosa mundana y, por lo tanto, mutable, extinguible, quizás. Él es «inalcanzable de mañana» (el uso del deíctico es capital para comprender la intemporalidad de Dios) porque es inalcanzable siempre.

Lo que resulta notable en el poema de Quiñónez es esa suerte de conciencia y conocimiento de Dios en el no-ser, porque es, precisamente, a través de las palabras de la poeta que se refleja su existencia a pesar de la desesperación y la incertidumbre. La conciencia del conocimiento de Dios se hace en el transcurrir del poema, lo cual no implica que sea Dios quien se haga.

El poema de Quiñónez es la representación de una aporía. En este sentido, otro elemento sobresaliente del poema que ahora analizamos es el de la destrucción del Yo. Esto es –tal vez conscientemente y en términos estrictamente budistas–, la iluminación, la aceptación a la realidad, a saber, a su desesperación y su sufrimiento:

Si olvido mi memoria iluminada

¿a qué esa otra memoria

y tanto yo, mí, me, conmigo?

¿a qué todo intangible fin,

todo provecho valorable,

a qué la sangre, espíritu violado?

Abro mis ojos,

la muerte imaginaria me dejó vacía

y mienten la razón, el buen propósito,

la irisada conciencia nada piensa,

negro cáliz, hambriento,

bajo luz –piedad que piensa concedida–

se piensa en tormenta iluminada,

rasgada por la lluvia.

 

La destrucción del Yo a través del «olvido [de la] memoria iluminada» es también la destrucción de Dios y de la fe, y es aquí, hasta este punto, cuando podemos hablar de la segunda forma de desesperación a la que hace referencia Kierkegaard: «El ser desesperado que no quiere ser sí mismo».

La poeta sabe que en ella habita Dios pero le da miedo reconocer su existencia, le da miedo saber que esa existencia es precisamente Dios y que, a su vez, es ella misma quien provoca y mantiene tanto sufrimiento y desesperación. Por eso, casi afirma desde la incertidumbre: «No sé si es putrefacto el miedo, / si puedo admitir mi inexistencia», y se retracta implícita, paralelamente a través del uso del paréntesis «(falsa frase, mas sentida)».

En breve, lo que hace Quiñónez en el poema que hemos analizado es «pronunci[ar] un nombre que no entiend[e]»: Dios. Sin embargo, es posible que la poeta conscientemente esté sufriendo en ese tiempo, en la vida misma de la que se hablaba al principio, ya que, volviendo a Ernesto Cardenal: «Uno tiene primero que pasar por la agonía de quedar sin nada[, sin siquiera el Yo,] para caer en Dios. Uno primero tiene que morir»[4]. Podríamos decir, entonces, que el cimiento de la poesía de Isabel Quiñónez es la destrucción del Todo, del Absoluto; la deconstrucción y, por lo tanto, el reconocimiento de Dios.

Es indudable que en la poesía de Isabel Quiñónez se percibe una intensa sinceridad. Es el claro ejemplo de que la mejor poesía es aquella que se aleja de todo artificio, de toda pretensión estilística-retórica de innovación. Es una sinceridad absoluta que, al contrario de mostrarse por medio de palabras certeras y juegos de pirotecnia poética –como aquellos que practican autores que son laureados con premios porque responden a una necesidad inmediata de «innovación», siempre pretendida, nunca lograda– es delimitada por éstas.

Las palabras son, en suma, el límite de la revelación fehaciente del mundo de la poeta. Frases que serpentean la realidad: la poesía de Isabel Quiñónez es un ir y venir de la verdad a la desconfianza, de la ignorancia a la iluminación, del ateísmo a la más ferviente fe; del mundo a Dios y viceversa. Esas, sus palabras –oscuras, temblantes–, son las que nos permiten entrever aquello que fue el escenario en el que se desenvolvió la poeta y, más aún, en el que se creó su poesía. Sus poemas son la contemplación de la realidad que nos acecha, tal como ésta acechó a la poeta; esa realidad que la mayoría de nosotros tememos, negamos.

 

Referencias

Ernesto Cardenal, Vida en el amor, Madrid, Trotta, 2004, pp. 118.

Søren Kierkegaard, La enfermedad mortal, Madrid, Trotta, 2008, pp. 171

Isabel Quiñónez, Así en la tierra, México, Breve Fondo Editorial, 1996, pp. 143.

Virginia Saji (Tulancingo, Hidalgo, 1988). Poeta, artista plástica y estudiante de Lengua y Literaturas modernas Italianas, UNAM.

_______________

[1] Isabel Quiñónez, «¿Tienen tumor, los nutre?», Así en la tierra, México, Breve Fondo Editorial, 1996, p. 50-52.

[2] Søren Kierkegaard, «La desesperación es la enfermedad mortal», La enfermedad mortal, Madrid, Trotta, 2008, p. 33.

[3] Ernesto Cardenal, Vida en el amor, Madrid, Trotta, 2004, p. 45.

[4] Ernesto Cardenal, op.cit., p. 69.

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