Sunday, 8th September 2013

La lectora

Publicado el 21. abr, 2013 por en Cuento, Literatura

lecturer

Daniel Gascón

Él siempre había querido escribir. De niño, le gustaba inventar sus propios cuentos y les contaba a sus padres versiones cada vez más complicadas y finalmente incomprensibles. Durante los últimos años del instituto y los primeros de la carrera escribió obras de teatro y guiones de cortometrajes que a veces rodaba con sus amigos durante las vacaciones. Aunque alguna vez ha reconocido que muchas ideas de esas piezas están en sus novelas, eran productos amateur y su objetivo principal era la diversión. La mayoría de sus amigos eran estudiantes de la Facultad de Letras, y en realidad eran amigos de Laura, una alumna de Filología Hispánica con la que empezó a salir al poco de empezar la carrera. Durante algunos años, parecía que Laura estaba más cerca de la literatura, o al menos de la industria editorial. Trabajó como correctora de textos freelance, revisando manuales y algún libro técnico, hasta que obtuvo una plaza como profesora de instituto. Él, claro, se matriculó en Filología Inglesa y empezó a trabajar en una empresa de exportación de azulejos antes de terminar los estudios.

Es difícil saber por sus libros qué había visto en él Laura. Siempre ha adoptado una estrategia un tanto elíptica y elusiva, y ha preferido escribir de sus obsesiones antes que de sus experiencias concretas. Pero no seré el primero en señalar la importancia de la orfandad en sus libros. Su padre murió cuando él estaba en segundo de carrera. Era hijo único y la empresa de su padre le ofreció un empleo. Era una compañía familiar y era una manera de socorrer a la viuda. Así que pronto tuvo una condición un poco paradójica, que lo diferenciaba de muchos compañeros de carrera. Por una parte, tenía un trabajo, algo de dinero y una experiencia dolorosa. Pero esa independencia estaba matizada por una intensa relación con su madre, a la que debía ayudar y animar. La situación le hacía económicamente más adulto, pero el vínculo también le daba cierto aire infantil, que todavía resulta visible. Inicialmente, su padre se había opuesto a que estudiara Filología Inglesa. Y era una ironía casi macabra que lo que aprendía en la carrera fuese una parte esencial de su tarea en la empresa donde su padre había trabajado más de veinte años. Mientras sus compañeros estudiaban a Dickens, a Poe o la Gramática Generativa, o seguían con algunos años de retraso los ecos de la escritura sobre el orientalismo y el legado del imperio británico, él se comunicaba por teléfono con hombres de negocios de muchos países que habían pertenecido a la Corona. Sus amigos conocían a algunos de esos clientes, a base de oír las anécdotas de los problemas cotidianos, de los conflictos aduaneros. No eran historias tediosas ni llenas de quejas, sino más bien relatos cómicos donde señalaba los absurdos burocráticos y su entusiasmo por cualquier solución disparatada.

Era una empresa de unos diez empleados. La sede estaba en la carretera del aeropuerto. Los dueños eran dos hermanos y parte del personal llevaba mucho tiempo vinculado al negocio. Él se sentaba con Fernando, un tipo bastante delgado y muy viejo, que suele acudir a las presentaciones de sus libros, y de Isabel, una mujer de pelo rizado, quince años mayor. Eran los comerciales de mesa. En la otra parte de la oficina se sentaban tres hombres (siempre debían ser hombres) que eran los auténticos comerciales, los que viajaban y obtenían los contratos en el extranjero. Probablemente, él podría haber aspirado a uno de esos puestos, donde se ganaba más dinero y se podía recorrer mundo, pero nunca lo intentó. A algunos de sus compañeros les sorprendía esa aparente falta de ambición. Sabían que trabajando era un tipo dinámico y emprendedor, un hombre que no tenía miedo al esfuerzo o a la responsabilidad. Al principio, no quería dejar sola a su madre. Después, tampoco quería dejar sola a Laura con los niños (se casaron en el 97 y tuvieron dos hijos, en el 99 y en el 2002). Entre amigos, exageraba su hipocondría y el temor que le producían los peligros a los que se enfrenta un comercial: los secuestros, el tedio de los aeropuertos, el jet-lag, la malaria, la sífilis. Pero entonces sólo Laura sabía cuál era el verdadero motivo. Había renunciado a esos viajes y en general a toda posibilidad de ascender en la empresa o de irse a otra mejor para tener tiempo para escribir. Por entonces había empezado un guion de ciencia ficción, que él mismo ha definido como «imposible de filmar», y había comenzado varias novelas. Trabajaba todas las tardes. En ese tiempo Laura fue su lectora, su editora y su confidente.

Laura era paciente y comprensiva. Su puesto fijo era también lo que a él le permitía dedicarse a una tarea que, al menos en los primeros meses, parecía una pérdida de tiempo (aunque él lo compensaba: era uno de esos padres taxistas de las afueras y llevaba a su hija a funky y a su hijo al fútbol, y alentaba sus progresos aunque era un ignorante total en los dos campos). Y dedicó mucho esfuerzo a corregir y meditar sobre lo que él quería escribir. Él le estaba –le está– agradecido. Cualquier original que pasara ante sus ojos volvía mejorado. Señalaba errores, repeticiones, leísmos, cuestiones de puntuación y de vez en cuando algún error narrativo. Él pensaba que esa dedicación a la escritura era una especie de proyecto común que enriquecía su vida en pareja. Otras veces, creía que era una percepción algo fatua, pero había vicios peores y más caros. Escuchaba los juicios de Laura y confiaba en su criterio. Sin embargo, a veces echaba de menos una visión más literaria, más artística. Conservaba el mismo grupo de amigos de la carrera; casi todos trabajaban como profesores o traductores. A veces sacaba un libro o una película como tema de conversación, pero era raro que llegara a establecerse un intercambio de verdad. Resultaba infrecuente que más de dos personas hubieran leído el mismo libro. Al principio de las cenas le aburría la cháchara sobre hijos, profesores, disfraces y recreos, pero los juicios de sus amigos sobre los libros le acababan produciendo cierto malestar, un desánimo, y era todavía peor. Uno de ellos había publicado un par de libros de poemas y escribía en el periódico con cierta regularidad, pero los intentos de hablar con él fueron aún más frustrantes. Lo más probable es que se sintiera un poco ridículo. Quería hablar de libros, pero le daba pudor decir que estaba escribiendo uno. Dudaba de sus propios motivos: ¿era un interés por la cultura o era sólo un interés por él mismo? Las apreciaciones le parecían superficiales: no quería someterse a ese juicio que le parecía indigno. Y, como en realidad no había escrito nada, se daba cuenta de que era injusto y soberbio. Así que al final él mismo cambiaba de tema y exageraba anécdotas de sus propios hijos con la intención de provocar una carcajada. Casi siempre tenía éxito y cualquiera habría pensado que disfrutaba de verdad con esas conversaciones.

Lo que buscaba era un interlocutor. La ciudad le ofrecía muchas posibilidades. Podría haber ido a presentaciones de libros, a clubes de lectura, podría haber ofrecido artículos a la prensa, podría haber charlado con los libreros, podría haber hecho amigos en la blogósfera. Pero no hizo ninguna de esas cosas. Encontró a su interlocutor, precisamente, en la oficina. Nada empieza exactamente en un momento y empieza en otro instante: fue una cosa gradual. Él sabía que Isabel siempre llevaba un libro en el bolso, que leía en la pausa que hacían a media mañana, y siempre se había llevado bien con ella. Una relación de trabajo, sin demasiada cercanía. Pero un día Isabel llevó a la oficina un libro que él había leído hacía poco. Le preguntó por él. Le gustó su respuesta y a partir de entonces le preguntaba cada lunes por lo que había leído el fin de semana.

Alguna vez ha dicho que estudiar Filología Inglesa para aprender literatura es como el chiste de Hollywood sobre esa actriz tan tonta que se acostó con un guionista para conseguir un papel. Y no sería exagerado decir que Isabel –divorciada, sin hijos, quince años mayor que él– fue su verdadera profesora de literatura. Sin duda, le descubrió a muchos autores y muchas editoriales. No era una lectora normal. Había empezado a comprar libros en el extranjero para mantener su inglés y había descubierto una afición. Era una lectora voraz, autodidacta y algo anticuada, que seguía la actualidad literaria en España y en varios países, especialmente del mundo anglosajón. Le hablaba con un entusiasmo contagioso y a menudo él leía el mismo libro para prolongar la conversación. Ella decía que le gustaba especialmente una escena, le recomendaba las novelas de William Maxwell y le contaba que había sido el editor de Cheever, de Updike y de otros en el New Yorker y cuando él volvía a la mesa apuntaba los nombres y los títulos en un documento, antes de enviar un pallet de azulejos a Oriente Medio. Él, todo hay que decirlo, no era un gran lector, como les sucede a muchos escritores. Y su ritmo de vida, se decía, no le permitía leer de la manera estajanovista, casi enfermiza, de Isabel. Pero disfrutaba hablando con ella y le gustaba escuchar esa mezcla de información y apreciación literaria. Además, tenía un tono humilde, lejos de la suficiencia de su amigo poeta. A él le hacía ilusión que leyera lo que escribía y su reacción se convirtió en una especie de fantasía, pero no se atrevía a decirle nada. El diálogo no era una excusa, sino un placer en sí mismo.

De manera bastante natural, empezaron a pasar juntos casi todas las pausas de las mañanas. Se sentaban siempre en la misma mesa de una cafetería que había a poca distancia de la oficina. Él se daba cuenta de que era lo que más le gustaba del trabajo. Y, después de unos años de cansancio, se daba cuenta de que algunos días le hacía ilusión conducir hacia la oficina y pensar en los temas de conversación que le propondría a Isabel. No sólo hablaban de literatura. Charlaban mucho del trabajo. Pero los libros les permitían compartir ciertas bromas, le daban algo de encanto al oficio y también posibilitaban cierta intimidad. Apenas hablaba de sus hijos o de su vida conyugal con ella. Le parecía algo obsceno, porque creía que en su vida había un elemento de soledad en el que no quería entrar. También había observado cierta obsesión con la enfermedad. Leía bastantes novelas con protagonistas enfermos. En eso él se abstenía, seguramente por hipocondría, pero, por supuesto, sus libros están llenos de personas con problemas de salud.

Isabel le contó que le habían encontrado un bulto en un pecho durante una revisión. Le habían hecho unas pruebas y estaba esperando el resultado. Mencionó a un personaje de El animal moribundo y él, que había leído el libro, pensó que siempre le había parecido un libro para hombres y se sintió un poco incómodo, pensando en las escenas sexuales de la novela y luego en la vida amorosa de Isabel. Mientras se tomaban el café, siguieron hablando de otras cosas: de una obra de teatro que ella había visto, de que antes ella iba mucho al teatro. Pero en realidad él no estaba en la conversación: se preguntaba si Isabel tendría alguien con quien ir a recoger las pruebas, si debería ofrecerse a acompañarla. Después del café, siguió pensando en eso. Podía ser una invasión de su intimidad. Pero también podría ser un error no decirle nada y seguir hablando de otras cosas. No pudo hacer casi nada en todo el día. Le costaba concentrarse y se fijaba en ella, en la mesa de al lado, trabajando, hablando por teléfono. Salieron juntos y, mientras iban hacia el aparcamiento, se ofreció a acompañarla a recoger los resultados. Isabel se quedó un poco sorprendida. Le dijo que no hacía falta. Él se había esforzado mucho en superar la timidez y al final fue muy insistente, y ella le dijo que podía ir, se lo agradecía.

Pasó por su casa después del trabajo. Tenían prisa y no quiso tomar nada. Cuando ella fue al baño un momento, él se fijó en que todo estaba muy ordenado, ojeó los libros de la estantería del salón y pensó que era la primera vez que se veían fuera del horario de trabajo, aparte de algunas cenas que la empresa celebraba por Navidad.

El resultado de la prueba fue negativo. A partir de entonces no empezó a quedar más con Isabel, ni se veían fuera de la oficina. Las conversaciones siguieron siendo más o menos las mismas, pero tenían un tono de complicidad distinto, como si hubiera un extraño vínculo entre los dos. Él lo intuía, quizá sin darse cuenta del todo, pero tampoco quería que fuera más lejos. Y, además, no estaba seguro de que no fuera una impresión algo engreída.

Cuando a Isabel le hicieron la biopsia, él acababa de enviar su tercera tentativa de novela a varias editoriales. Le respondieron de una de ellas al cabo de unos meses, con un correo electrónico bastante agradable y un informe de lectura levemente insultante. Al editor le gustaba la novela, pero creía que había que editar algunas partes y reescribir otras. Una de las tramas de la novela tenía que desaparecer. No es algo muy común entre los editores españoles, pero él no lo sabía, se sintió reconocido y se puso a trabajar con entusiasmo. A los cuatro o cinco meses, envió una versión corregida. El editor le dijo que le parecía mucho mejor, pero le volvió a sugerir algunos cambios. Los hizo. Cuando envió la novela otra vez, el editor le preguntó si tenía algún otro texto.

Al principio se desanimó. Había trabajado mucho en la novela y le molestaba haber desperdiciado el esfuerzo (no lo hizo: tras una nueva reescritura, se convertiría en su cuarto libro). Pero también era cierto que el editor se había interesado, le había dedicado tiempo y sus correcciones parecían acertadas. Le contó dos o tres ideas que tenía para nuevos libros y el editor le dijo que le gustaría leerlos.

Cuando le envió el libro, a la vuelta del verano, el editor le dijo que estaba satisfecho. Apenas le sugirió dos o tres cambios. Él pasó unos meses nervioso pero profundamente feliz, casi idiotizado. Y, en cuanto firmó el contrato y le dijeron una fecha y le pasaron las pruebas de la portada, empezó a contárselo a sus amigos. Su madre quedó muy sorprendida, casi se echa a llorar. «Hijo mío, has escrito un libro y yo que soy casi analfabeta», dijo, aunque era falso, por supuesto. Sus amigos lo felicitaron y un par de ellos le dijeron que no les sorprendía, que siempre había tenido una forma especial de contar las cosas, y recordaron los cortos y las obras de teatro de su juventud. Por una parte, le molestó un poco que no les hubiera sorprendido. Había algo incómodo en esa naturalidad (bromeaba con Laura, se imaginaba que Clark Kent confesaba que era Superman y a nadie le importaba demasiado). Pero también veía un elemento auténtico en su alegría.

Uno de esos días, cuando aún no lo había comentado en la oficina, se acercó un momento a la mesa de Isabel y dijo solemnemente que le tenía que contar algo importante. Llevaba las pruebas del libro en el maletín del trabajo y pensaba, de forma un tanto excéntrica, que a Isabel la alegraría mucho descubrir su secreto. Y, seguramente, no se equivocaba. Seguramente, ella se alegró de verdad. La he visto muchas veces en las presentaciones de sus libros, riendo a carcajadas con chistes que hemos oído muchas veces, disfrutando con su aire ingenioso y atolondrado al mismo tiempo. Pero aquel día él se quedó perplejo cuando, durante un par de segundos, notó un gesto de decepción en el rostro de Isabel, antes de que lo felicitara y se sorprendiese exactamente como él había soñado.

 

 

 

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Daniel Gascón (Zaragoza, España, 1981) es escritor, miembro de la redacción de Letras Libres y autor de La edad del pavo (Xordica, 2001), El fumador pasivo (Xordica, 2005) y La vida cotidiana (Alfibia, 2011).

 

 

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