Monday, 23rd April 2012

Una visión exterior del tango porteño

Publicado el 11. dic, 2011 por en Artes, Portafolio

 

Vanessa Alanís Fuentes Oliver[i]

 

Introducción 

 

La música siempre expresa algo, es su principal función; expresar los sentimientos interiores de un individuo, que surgen de la colectividad y son transmitidos a la sociedad misma. Esta manifestación humana se vincula siempre al contexto social donde se genera: entre el músico y el público, entre el músico y la sociedad, entre la industria y la música. La relación entre música y sociedad puede tener un patrón muy variado, de ahí la importancia de estudiar la historia de la música, no como una enumeración de géneros, artistas y fechas, sino reflexionando sobre la importancia de las artes en la consolidación social.

La discusión sobre el desarrollo de la música del siglo XX debe comenzar –como todo tipo de análisis social inserto en el contexto del mundo capitalista moderno– haciendo mención de la tecnología y los negocios. El desarrollo de la industria, posterior a las distintas revoluciones industriales de Europa y América en el siglo XVIII (digamos, a partir de 1756 y hasta 1860), permite que la población se desplace, que se ocupen territorios al interior del «nuevo» continente americano –ya no solamente los puertos– y que se desarrollen redes ferroviarias, aparezcan nuevas ciudades, nuevas tramas sociales; de ello surgen mayores necesidades de identificación, cohesión y expresión.

Con los nuevos medios de transporte del siglo XIX, el intercambio de información y bienes materiales se agiliza y permite que para principios del siglo XX exista en el mundo capitalista occidental un desarrollo de industrias varias (electrodomésticos, cosméticos, bienes y servicios, entretenimientos…) nunca antes visto.

No sólo en Estados Unidos –la capital de los mass media–, sino en el mundo en general, el área de los negocios dedicados a la industria musical a fines del siglo XIX y principios del siglo XX la ocupan todas las empresas dedicadas a suministrar entretenimiento y distracción a la floreciente masa urbana de clase baja y media. Por otro lado tenemos la tecnología, compuesta en este caso por la radio y el fonógrafo, cuyo papel como medios de comunicación antes de la Primera Guerra Mundial no era aún tan crucial como para difundir la música de forma masiva. Sin embargo, para finales del siglo XIX el show business y la industria de música popular ya estaban lo suficientemente desarrollados para generar redes nacionales e internacionales a través de agencias, circuitos teatrales e incluso cadenas comerciales, sin mencionar la constante creación y difusión de canciones, números musicales y espectáculos. Todo esto sentó el precedente para que, al momento de aparecer la radio y la primera comercialización de fonógrafos, ya existiera a lo largo de las Américas una red de músicos, espectáculos y comerciantes lo suficientemente sólida como para que los géneros autóctonos –jazz, tango, salsa– despegaran y se dieran a conocer en todas partes del mundo.

Música y difusión

La historia de la música del siglo XX no puede deslindarse de dos industrias particulares: las discográficas y los transportes. La industria y la difusión musical estaban limitadas por la necesidad que tenía un músico de aparecerse en público ante una audiencia, comunicándose cara a cara con el espectador, o mejor dicho, de cara a oreja. Sólo podemos hablar de un medio mediante el cual dicha industria sí se había podido desarrollar: la emergente velocidad de los transportes trasatlánticos (barcos) y transcontinentales (ferrocarriles). Gracias a estos medios de transporte y comunicación, las ideas, los objetos y la música –al igual que las personas– cruzaban enormes distancias con una facilidad antes inexistente.

Pongamos un ejemplo. El foxtrot, o el baile de cuadro, apareció en Inglaterra en el verano de 1914, pocos meses después de su primera aparición en Estados Unidos. Otro ejemplo sería que el jazz apenas había sido bautizado en Norteamérica cuando ya había grupos musicales en Europa que se denominaban con ese nombre y tenían esas mismas características, a mediados de 1917. En el mismo escenario temporal (principios del siglo XX) encontramos el tango de Buenos Aires y la música cubana inundando las pistas de baile internacionales. Parece ser que 1913 fue el año del tango, que entonces causaba furor en las pistas de baile parisinas[ii]. Para mediados de 1914 se publicarían los primeros manuales que pretendían enseñar a bailarlo, cuatro de ellos en Londres.

Jazz, tango y salsa son los tres géneros del continente americano –de origen proletario– que migraron a Europa, y por esa migración se sofisticaron. Consecuentemente, los obstáculos para la difusión de la música durante el siglo XX no fueron técnicos, sino sociales y culturales. Y estos obstáculos, con el paso del tiempo y las generaciones, se superaron, haciendo que la música rompiera con los límites del establishment, de lo propio y lo correcto, dispersándose entre las clases sociales, siempre de la mano de las ideologías (revolucionarias o nostálgicas) de la juventud.

Tango y jazz: from America with love 

El tango y el jazz son grandes contemporáneos y tienen mucho en común. Ambos aparecen en la segunda mitad del siglo XIX y se fortalecen en los primeros veinte años del siglo XX. Son géneros de origen americano pero de bases africanas y europeas. Utilizan instrumentos clásicos, como los pianos y las guitarras, y hacen uso de otros instrumentos menos populares, y también más nuevos, como el saxofón y el bandoneón, que comenzaron a proliferar en la esfera musical por ser de fácil transporte (mucho más que una tuba, no digamos un piano). Más aún, el violín es indispensable en ambos géneros –por lo menos en sus orígenes– por la misma razón: la practicidad de su transporte.

Otro aspecto en común es el lugar de origen. Nueva Orleans y Buenos Aires son ciudades porteñas, de río. Húmedas y brumosas, de costas irregulares, fueron ideales para la construcción de asentamientos de urbanización subestándar: los arrabales. Dos ciudades que eran un hervidero de pueblos y razas[iii], que debieron haber sido ciudades increíblemente musicales y que, pese a sus pocos habitantes, para 1910 ya tendrían más de treinta orquestas cada una.

Tanto el jazz como el tango tienen un hermano más simple que busca asentarse en la tradición, mantener un ritmo simple, letras sencillas, un género que se desarrolla a la par pero que no busca la revolución sino la permanencia. En el caso del jazz está la música country y en el caso del tango el folclor argentino.

Jazz y tango son géneros americanos, pero su crítica y su furor nacen en Europa. Por lo mismo, en las dos primeras décadas del siglo XX –y en algunas regiones por mucho más tiempo– fueron considerados por las grandes masas de sus respectivos países de origen como una especie elevada de música circense; y al principio, lejos de los puertos, la gente biempensante de ambas sociedades (norteamericana y argentina) no quería bailar al ritmo de una mezcla inmoral de estilos musicales totalmente ajenos a la tradición. A principios de 1900 incluso los negros sureños que habitaban en las afueras del delta del río Mississippi escuchaban el jazz con cierta sorpresa. Cuando la Original Jass Band se presentó por primera vez en Reisenweber, Nueva York, en 1917, la gerencia del lugar tuvo que pegar avisos resaltando que esta música tenía como objetivo bailar[iv].

Con el tango el fenómeno es similar, las clases sociales altas bonaerenses fueron alejándose del río, dándole la espalda al mar. La ciudad desplazó sus barrios finos primero al sur y luego al norte y el oeste, hacia el delta. Esperaban que sus hijos no se mezclaran con la prole y que no visitaran los tugurios del arrabal. ¡Qué ingenuas las madres argentinas que no intuían dónde pasaban algunas noches los señoritos de buena cuna! Bailando hasta el amanecer con las bataclanas del puerto, se convirtieron en excelentes bailarines.

«Una chica fina no podía bailar el tango», me dice una octogenaria que hasta hace pocos años frecuentaba la milonga. «En realidad yo no bailaba tango de joven, mi madre nos lo tenía prohibido –continúa mientras ceba el mate–; aprendí a los cincuenta años, cuando ella murió». En general, el tango estuvo prohibido por los sectores religiosos, acá y en el mundo, tanto así que se emitieron unos edictos del Vaticano que impedían bailar el tango en los años veinte, justo cuando Gardel conquistaba París y los clubes londinenses se estremecían por los ritmos sincopados del jazz.

El británico Eric J. Hobsbawm dice que el tango es «probablemente el único idioma musical moderno que puede rivalizar con el jazz por su capacidad para conquistar otras culturas. Fue por su propio camino, sólo traslapándose con el jazz en los confines del género»[v].

El tango llegó a Francia en barco, desembarcando en los pies y brazos de marineros argentinos en el puerto de Marsella, donde habrían de bailarlo con las chicas del lugar. Las mismas provincianas francesas, en el transcurso del siglo XX, se mudarían a las ciudades. En muchas ocasiones, estas chicas trabajaban en centros nocturnos y cabarets de ciudades como París, Londres y Berlín. A su vez, las familias de clase alta argentina, que prohibían a sus hijos bailar o tocar tango en Buenos Aires, los enviaban a Europa a estudiar, a viajar, a ver un poco de mundo. Es ahí donde los sofisticados jóvenes –que no pasaban su tiempo libre en museos e iglesias, sino en bares y cabarets– conocían chicas que ya sabían bailar el tango.

Es importante tener en cuenta las similitudes entre ambos estilos, ya que nos dejan ver que estaban insertos en procesos sociales más amplios, de larga duración, relacionados con acontecimientos de orden universal, en tiempos donde la globalización no encabezaba los titulares de todos los diarios. No es que se repitan los eventos, ni que un fenómeno sea menos importante que el otro por ser similares, al contrario, ganan legitimidad y fuerza a la hora de estudiarlos porque no son casualidades del siglo XX, sino consecuencias de una época.

El historiador François Dosse piensa que «en donde hay memoria no debemos buscar determinantes, sino efectos, no acontecimientos, sino el impacto de ellos, no el pasado, sino lo que pasó, no la tradición, sino cómo se formó esa tradición». Dosse podría bien referirse al tango, pues más que una música, es un fenómeno social vivo que afecta a la sociedad, que es fuente de trabajo, patrimonio cultural, impacta constantemente en la formación de músicos y bailarines argentinos y extranjeros manteniendo un vínculo vivo con su pasado, con la edad de oro y con la posteridad, generando propuestas muy diversas dentro y fuera de la Argentina. Es una música llena de memoria que invita al investigador a zambullirse en los cómos y porqués de la tradición.

Tango for export vs Milonga porteña: dos caras de una misma moneda 

El tango, ¡qué cosa!, ¡qué fenómeno! Un ritual que es baile y es abrazo, fino y vulgar… es una contradicción en dos patas y tres tiempos. Gardel, La Cumparcita, el bandoneón. ¿Qué hay más allá del estereotipo del tango? A nivel mundial, la idea del tango puede ser muy generalizada. Así que es complicado ponerse a explicar lo que es el tango visto desde el exterior, por muchos factores, como la nacionalidad o la generación. Ya no digamos intentar explicar lo que es el tango visto desde el interior –desde el mundo de la farándula porteña, donde cada cantor es un universo y cada uno tiene su idea de qué es el tango y hacia dónde va.

Entonces hay que acotar el enfoque. Para un extranjero poco «cultivado» nacido en la segunda mitad del siglo XX, el tango es una música de ritmo peculiar, que se puede bailar (aunque es sumamente difícil). Cuando se canta, se acompaña con letras tristes y casi siempre se incluye el sonido de un instrumento único en el género: el bandoneón, primo del acordeón.

Para mucha gente estos datos son suficientes para disfrutar el tango. Viajar a Buenos Aires, subirse a una combi llena de turistas e ir a escuchar los grandes clásicos a un bodegón prefabricado no es algo desagradable, uno puede hasta pasarla bien. Pero hay quienes, después de recrearse con un espectáculo así, manifiestan cierta curiosidad sobre los enigmas del tango. ¿Se baila o se toca? ¿Es actual o quedó congelado en el tiempo? ¿Es de clase alta o popular? ¿Es música formal o es una manifestación social? ¿Es «una postal momificada para turistas» o un movimiento social, vivo y activo, casi militante?

Milonga 

A primera impresión, a una extranjera de origen mexicano la palabra «milonga» le suena a albur, a doble sentido. En realidad en mi país es una palabra que no se usa; creo que ni siquiera se sabe que es de origen africano, probablemente porque la inmigración africana en México es poco significativa a comparación de otras partes de América, como Estados Unidos y Sudamérica. Así pues, cuando llegué a Buenos Aires en el 2006, la milonga me sorprendió como vocablo de la cotidianeidad musical y cultural de la ciudad. «Ella baila en una milonga», «vamos a la milonga», «el clima del tango que quedó impregnado de la milonga», etcétera; después me sorprendería de otras maneras (visual y auditivamente), cuando tuviera la oportunidad de colarme a una.

Pero para ir a la milonga hay que vivir en Buenos Aires, pues parece que la milonga se esconde de los turistas. Por lo menos en mi caso, mi contacto con el tango como turista se reducía a pasear por las calles de san Telmo tarareando algún tema de Gardel (me sé pocos) o entrar a una boutique de Palermo Soho, donde los oídos son saturados con lo lounge de Gotan Project, que por aquellos tiempos también sonaba en los centros nocturnos y bares de la capital mexicana.

Qué contradicción, ¿no? Por un lado el estereotipo alrededor de la música de Gardel se asemeja a algo clásico, como de pecera congelada. Y la sensación del tango electrónico es como de evolución forzada. Como que hoy en día todo es electrónico: los celulares, los microondas, los autos y la música. Entonces uno se cuestiona: ¿esto es sólo así, el tango es un ejercicio bilateral de clásico y electrónico? Me quedaba la sensación de que en medio de estos extremos debía haber algo. Pero ¿qué? Un par de meses bastaron para que comenzaran las dudas sobre lo que era realmente el tango.

Primer contacto con el tango genuino de un Buenos Aires actual 

Viviendo en Buenos Aires se puede mantener un contacto con el mundo turístico de la ciudad, que es como un universo dentro de la gran capital. Al caer el sol, se cruzan por las calles del Microcentro porteño trabajadores que van de vuelta a sus casas en el infinito conurbano bonaerense y turistas con mapas y cámaras, deseosos de vivir un «buen espectáculo de tango».

¿A dónde van? Muchos de ellos no hablan español, no conocen a nadie acá, no se han tomado la tarea de investigar un poco en el ciberespacio sobre el lugar al que han venido a parar, y no son grandes aventureros de las calles del tercer mundo. Están confinados a lo que les depare el destino, el consejo de un conserje de hotel, un panfleto, un flyer, o alguna guía en Internet, si bien les va.

Así que van –vamos– a unos mega espectáculos donde no pasa nada. Es como el mundo feliz de Disneylandia. Mucho show, mucha luz, poco fondo… mucho ruido y pocas nueces. Se cuenta la historia del tango, se bailan los principales números; escenificando el antiguo arrabal del puerto, se empieza y se termina. Como diciendo: «acá estamos hablando de una cosa extinta, como fósil; con el último acorde, nos sacamos las caretas, nos volvemos a calzar la ropa moderna y nos vamos a nuestras casas a escuchar cumbia villera». Es una recreación histórica y, hasta cierto punto, está buena. Pero ¿no hay más? ¿Eso es todo el tango? ¿Eso es todo lo que quedó del tango?

Hace falta rascarle un poquito más a la grilla de espectáculos para ver más allá del tango acrobático en Buenos Aires. A veces es complicado porque el movimiento contemporáneo es medio underground, un poco a voluntad y un poco a presión de los medios masivos de comunicación que dominan muchos de los espacios donde se presenta música local. Hay tanto tango dando vueltas por ahí, pero cuando un turista tiene sólo unas noches para buscar tango, es difícil que tenga éxito para encontrarse con una propuesta genuina y a la vez original y fresca, que no suene a bolitas de naftalina.

Tal vez sólo hace falta conocer algún artista: un violinista, una bailarina, algún cantor, como para darse cuenta de que se sigue moviendo el tango, que hay otros lugares desde donde una música con propuesta se defiende del anonimato.

Hace un par de años vinieron unos amigos a visitarme. Ella es bióloga pero siempre le gustó el patinaje artístico sobre hielo, y por ende, la danza, la coreografía. Me dijo: «vamos a ver algo de tango». Yo ya estaba saturada de los shows de la Avenida de Mayo (además de mi propia incursión, tuve que llevar a mi mamá, a mis hermanos, a algunos primos…) ¡Basta de turisteadas! Así que empecé a preguntarme: «¿Y a dónde los llevo? A algo más, mmm, autóctono… genuino». La respuesta llegó en forma de mensajito de texto al celular. «Hoy milonga en Canin». Llegamos a las 12 am. Para un mexicano ya es muy tarde para empezar la fiesta, pero este lugar estaba apenas arrancando; creo que empezaron a tocar pasadas las 2 de la mañana, y mientras tanto, algunos viejos nostálgicos bailaban con adolescentes de algún país europeo.

Mi amiga recuerda que aquella noche del tango fue muy interesante y bonita, diferente de lo que esperábamos ver como show de tango tradicional en Buenos Aires. Éste era un salón de baile como los que hay en mi país, con una pista grande y mesas grandes alrededor de ella. Aquí, la única diferencia era que no podíamos pararnos a bailar, ni siquiera a intentarlo, porque las personas que ocupaban la pista sabían bailar tango y en este ritmo nos dimos cuenta de que no era posible improvisar; así que nos quedamos sentaditos observando. Cuando el show comenzó fue también diferente a lo que pensábamos, ya que recuerdo que eran cuatro personas vestidas a la antigua; una orquesta de músicos con sombreros parecidos a los de los gondoleros venecianos; el ritmo era diferente también al tango que conocíamos, ya que dentro del grupo había una tuba, y el experto con el que íbamos nos comentó que es una característica del tango antiguo. La música fue muy bonita, parecida a un vals con el ritmo del vaivén de las olas. En general, una noche muy agradable por el lugar y la compañía.

Y sentada ahí pensé: «O sea que hay otro tango que también se deriva de ese movimiento de la inmigración italiana, pero que no sólo le pertenece a la clase baja, a las putas y las bataclanas, sino que le pertenece a los porteños; es una vena del inmenso delta de los Buenos Aires. Acá se canta tango, se toca tango, se baila tango y se vive tango, no como un bombardeo de acordes y marometas, sino como un estilo de vida. Es así que tiene representantes de trayectoria pero también nuevos asiduos, y mantiene una constante».

¿Hay algo después del tango? 

Puede que el tango sea un buen ejemplo de los estilos musicales de finales del siglo XIX que buscaban arraigar –o crear– los sentimientos nacionalistas en una tierra nueva que era de todos y de nadie. No sólo a finales del siglo XIX, sino que esta sensación se extiende durante todo el siglo XX. El alemán Joachim Berendt, crítico de jazz, nos dice que muchos grandes músicos han sentido la relación entre el estilo que tocan y la época en la que viven; por ejemplo, la alegría libre de toda preocupación del Dixieland corresponde al período previo a la Primera Guerra Mundial.

Los primeros músicos de tango eran migrantes europeos que llegaron a mediados del siglo XIX a la pampa rioplatense. En general, eran viajeros sin nombre, sin pasado, ni documento, «la gente común» que en Europa no tenía para comer, para trabajar o respirar. No eran estudiosos del conservatorio y no tenían espacios designados para el intercambio de ideas, como pudiera ser la universidad, por lo que no tenían contacto directo unos con otros.

Estos primeros músicos eran en gran medida analfabetos, y la manera de conservar sus tradiciones entonces era a través de la oralidad. No es un fenómeno nuevo en las Américas, es algo muy común. Fueron los negros los primeros inmigrantes analfabetas que construyeron su tradición a través de manifestaciones artísticas, lo que ha permitido preservar su pasado. Tampoco tenían estos músicos un contacto riguroso y masivo con el público como en los recitales actuales, así es que la retroalimentación no era inmediata. Un músico de aquellos tiempos tampoco se daba cuenta de los resultados que estaba obteniendo comparándolos con los de otros músicos del continente.

¿Qué es lo que hace al tango alcanzar tal capacidad de difusión mundial? Mi aportación personal sería decir que este género buscaba la aplicación de lo viejo en algo nuevo. La música americana –me refiero al continente– se beneficiaba de ser puramente americana en el sentido de que a los artistas e intelectuales europeos les hacía sentir que a eso debía de sonar América, y no a variaciones de antiguos temas europeos, como en el country.

Pero bastarán un par de ejemplos para mostrar de qué manera prendió esta música americana en Europa. En 1912, elementos negros como la síncopa (donde el pulso del ritmo se marca en el tiempo débil) se pusieron de moda en la música bailable británica, y para la década de los locos años veinte ya había un consolidado grupo de fans que consideraban el «hot jazz» como un arte musical digno de admirar e idolatrar. De similar manera, las sofisticadas elites centroeuropeas, acostumbradas al cabaret en urbes como Berlín y París, no dudaron en incorporar los complicados pasos de tango a sus andares nocturnos como algo exótico y cargado de sensualidad. Estos jóvenes idealizaron la música americana, la negra particularmente, y la hicieron famosa en el mundo mientras que desestimaron los demás estilos americanos típicos de los blancos: ¿cómo iban a volverse locos por algo que sonaba similar a sus propias tradiciones musicales campesinas en un momento donde todo sucedía en las ciudades?

No era tan fácil andar exportando música en los primeros años del siglo XX, por lo que los primeros discos de música americana que llegaron a Europa eran tocados hasta rayarse o romperse. Al principio, la llegada de músicos americanos al viejo continente era insignificante, pero no tardarían en llegar después en giras, para devolver a Europa un sonido basado en sus esquemas pero con aire nuevo y fresco.

Por estas razones el jazz fue acogido en Europa –con Gran Bretaña como puente entre EUA y el resto de Europa–; posteriormente el Rock n’ Roll británico de los años sesenta se convertiría en la primera versión europeizada de la música negra americana, y luego volvería a América para conquistarla como un impresionante huracán en los mismos años sesenta; volvió fusionándose con el country para expresar el carácter revolucionario de la sociedad de los años cincuenta.

¿Habrá pasado algo similar con el tango? No conozco suficientes estudios como para afirmarlo. Lo que yo intuyo es que los desarrollos del tango y del jazz siguen conservando ciertos puntos en paralelo. Hoy en día son considerados géneros casi clásicos. Los músicos que se hacen tangueros o jazzistas suelen tener estudios superiores de música y son altamente virtuosos; aunque quieren mantener la idea de arrabal, clase baja, proletariado, inevitablemente se van aburguesando.

Existe toda una controversia sobre si el tango electrónico es mejor o peor que el tango clásico, o si las nuevas corrientes de tango formal son innovadoras, aunque destruyan la esencia del sonido fundador. Esto me parece que supera los campos de la historia y se inserta en terrenos casi políticos de músicos, teóricos y musicólogos. Lo cierto es que el tiempo ha jugado a favor de la diversificación de ambos géneros, y existen tantos nombres para diferenciar los subgrupos como notas en las partituras. Existe un riesgo muy grande al delimitar los géneros musicales, pues los empobrece; en la variedad es donde ambos siguen triunfando.

NOTAS

[i] Alanís es licenciada en Historia por la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México.

[ii] Denniston, Christine, «Couple Dance Begins in Europe», en History of Tangohttp://www.history-of-tango.com/couple-dance.html

[iii] Berendt, Joachim E., El jazz: de Nueva Orleans a los ochenta.México, FCE, 2005, p. 28.

[iv] Hobsbawm, Eric, The Jazz Scene. Nueva York, Pantheon Books, 1989, p. xliii.

[v] Ibid, pp. 5-6.

Publicado originalmente en La Hoja de Arena, 3 de abril de 2011. Agradecemos a Vanessa Alanís y a La Hoja de Arena el permiso para reproducir este texto.

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Vanessa diminui Alanís (Ciudad de México, 1981) es historiadora, cantante, horticultora, habitante y estudiosa de la Frontera Cultural. Actualmente reside en Buenos Aires, Argentina. Intenta seguir al pie de la letra lo que ya auguraba para ella Luis González y González en «El Oficio de Historiar», a saber: «Es tan buena para socializar como vacilante para escribir, lo que genera historias serias con rastros de romanticismo y ficción, y ficciones crudas muy apegadas a la realidad». En 2005 entrevistó a Eric J. Hobsbawm, con lo que comenzó su especialidad en historia social británica e historia oral. No es raro escucharla cantar en varios idiomas. Registra mentalmente las conversaciones que mantiene con la gente (en vivo, online y en sueños) para distorsionarlas y generar diálogos extraños sin sentido aparente que ella misma define como «efímeros». Se le puede encontrar en http://diminui.blogspot.com/

 

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