Tuesday, 22nd February 2011

El regreso de la hidra: las mil caras de un término

Publicado el 01. ago, 2010 por Cuadrivio en Política y sociedad

El desencanto generalizado por la cosa pública tiene sus motivaciones, ciertamente, en el vergonzoso desempeño de los políticos de profesión, pero sus causas son más profundas. Una de ellas, el lenguaje, es explorada por Erik Gutiérrez en este ensayo, mezcla de un sano pragmatismo conceptual y de un recurso tristemente olvidado por los «líderes de opinión» de hoy: los clásicos de la filosofía política.


Erik E. Gutiérrez Muñoz


Los hombres se comunican entre sí por el lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por  el concepto que de éstas tiene el vulgo.

Francis Bacon, Novum Organon

Pocas bestias mitológicas han sido tan terroríficas como la hidra de Lerna, un monstruo serpentino con aliento venenoso y cuya principal cualidad era la de eludir a la muerte al nacer dos nuevas cabezas del muñón de su cuello cercenado. Solamente Hércules, héroe de héroes, pudo hacerle frente y salir victorioso. Usó una antorcha para quemar el cuello de la hidra luego de cada decapitación, llevándole a la muerte y asegurando así la inmortalidad de su nombre y su historia.

Sin embargo, el monstruo increíble de mil cabezas exhalantes y de venenosos vapores pareciera haber sobrevivido al hijo de Zeus, durmiendo durante largos años y esperando hasta despertar en tiempos modernos, listo para azolar nuevamente a la humanidad con terribles calamidades, transformando su apariencia en algo más sutil y, a la vez, más mortífero.

Hoy día, miles de bocas, de plumas, de sintonías radiofónicas y de canales televisivos esgrimen sus argumentos, brindan información, generan posturas, defienden causas y descalifican otras, sumiendo al individuo que se expone a ellas en una oleada, una verdadera avalancha de información imposible de interpretar donde los datos certeros se ven sepultados bajo el alud de informaciones superfluas. A este fenómeno, Ignacio Ramonet le llama censura, nosotros bien podríamos decir que esto es el regreso de la hidra.

Alimentada por la ignorancia del hombre, la Nueva Hidra, vástago innegable de la sociedad de la información, tiene latente la increíble capacidad de destruir a su progenitora, ya que puede (como lo ha hecho) degenerar en la pesadilla baconiana del lenguaje difuminado, en vías de la creación masiva de idola fori –ídolos del foro– desencadenando así un caos que la misma torre de Babel envidiaría.

Francis Bacon habla de ídolos del foro al señalar la problemática existente cuando una palabra deja de tener un sentido único. Esta situación afecta al intelecto mismo, pues cuando los hombres intentan discutir sobre algún término, esta discusión puede volverse interminable al hablar cada uno de asuntos diferentes, pero denominados de la misma forma.

Imaginemos pues, el efecto de miles de bocas de la Nueva Hidra hablando sobre un mismo fenómeno, nombrando este fenómeno con una sola palabra, pero abordándolo, calificándolo y describiéndolo desde diferentes perspectivas. ¿Cuál será el efecto que esto generaría en una población masiva? La total incomprensión o la parcialización de la opinión, en fin, la generación de una idea basada en una información parcial.

Constriñamos ahora el ejemplo a un solo término y a una realidad particular: México y la política. Pensemos pues en un día habitual en México, donde al encender la radio y sintonizar un noticiero escuchamos que en política la nota principal es la de una nueva grabación que compromete a un gobernador en actos de corrupción. Más tarde, caminando por la acera, nos detenemos en un puesto de periódicos y leemos los encabezados de los rotativos, donde nos enteramos del precio de las toallas presidenciales y buscamos los detalles en la sección de política. En la noche, encendemos el televisor y descubrimos que la nota política del día es la de un número escandaloso de asesinatos.

¿Cuál es el efecto que esto produce en nuestro intelecto? Antes de responder, recordemos que en todo el día, ninguna de las cabezas de la Hidra ha dicho ni escrito qué es la política, así que no tenemos un punto de contraste. Dicho esto, responderemos que indudablemente se desencadenará una asociación simple en nuestro cerebro y a pregunta expresa diremos que política es corrupción, violencia, ineptitud, engaño, etcétera. Creeremos pues, que en términos maniqueos la política es algo intrínsecamente malo. Sucederá lo mismo, si pensamos en las características de alguien dedicado a la política: un político.

De todo esto se desprende que el término política tiene una carga negativa además de un aura nebulosa. Si en México pensamos en política, pensaremos invariablemente en los bloqueos de las calles, los dimes y diretes entre políticos, en la guerra contra el narco, en los desvíos de fondos, en Paulette, en fin, en sucesos poco agradables y quizá ampliamente inconexos.

Cabe preguntarse si estas percepciones siempre han sido así. ¿Ha tenido siempre la política una connotación negativa, oscura, maligna, etcétera?, y en caso de no ser así,  ¿cómo es, entonces, que se ha construido esa percepción? Dejemos de lado por un momento el caso mexicano donde las cargas negativas del término caen por su propio peso, fruto claro de la historia y, en busca de nuestra respuesta, emprendamos un viaje a aquellos tiempos cuando la humanidad se regocijaba por la muerte de la primera hidra.

Ubiquémonos en la Grecia clásica y recibamos instrucción de la mano de Platón. Si observáramos sus reflexiones, nos sorprenderíamos con el contraste radical en la concepción de las cualidades del gobernante plasmadas en su República. A saber, a más de delimitar el cargo a los filósofos –individuos intrínsecamente pensantes–, Platón esperaba que los gobernantes fueran hombres íntegros, valerosos y con una facilidad particular para las ciencias[1].

Si, avanzando unos años más, nos uniésemos al Liceo, encontraríamos las ideas políticas de Aristóteles plasmadas para la posteridad en su Política. De nueva cuenta nos encontraríamos con percepciones bastante diversas a las actuales; por ejemplo, las referentes a la relación natural entre la ética y la política. Al respecto, Aristóteles menciona que «la finalidad de la comunidad política es la práctica de las buenas acciones y no simplemente la convivencia»[2].

Más aún, la ruptura con las concepciones modernas es brutal. Cuando Aristóteles nos dice que la raison d’être de la política es el bien[3]. Rompiendo con el orden cronológico establecido, diremos que la misma idea subyace en el pensamiento de Immanuel Kant y su Ley moral. Combinando a ambos pensadores diremos entonces que, de alguna manera incomprensible a nosotros, en tiempos pasados la política era considerada (o al menos se esperaba que fuera) la expresión práctica de la ética. Es decir, la política era la acción externa guiada por una ley interna que buscaba, sobre todas las cosas, el bien.

Por supuesto que, a estas alturas, el avezado lector encontrará una falla crucial en esta modesta genealogía de la política: iniciamos hablando de una deformación de la terminología gracias al retorno de la hidra y a la labor de algunas de sus miles de cabezas. ¿Cuál es la relación –se preguntará el lector– entre toda la elaboración previamente realizada, los medios masivos de comunicación y los filósofos clásicos? La respuesta es relativamente sencilla: en la Grecia clásica, cuna del pensamiento occidental, no existían ni los medios ni la sociedad de masas, eran los filósofos y sus escuelas las que moldeaban el imaginario del hombre[4] y, en el caso concreto, la connotación positiva del término política.

Dicho lo anterior, podemos continuar nuestro viaje dando un salto enorme a la Edad Oscura, donde la mayoría de los conocimientos obtenidos y cultivados por el hombre a lo largo de los siglos previos se disiparon en el olvido, ya sea por perderse entre las ruinas del Imperio romano o por la prohibición de la poderosa Iglesia católica.

En esta época, los pensamientos de Platón y Aristóteles fueron rescatados por Santo Tomás de Aquino y San Agustín, y volverían a la luz maquillados con catolicismo burlando al Índex. Sin embargo, es evidente que la Edad Oscura no era el mejor de los momentos para teorizar sobre política porque estaban todos los aspectos referentes al gobierno o a la acción humana, ambos subordinados a la potestad del mítico dios católico-apostólico-romano. Sirva de ejemplo la célebre Ciudad de Dios de San Agustín.

Dejemos el oscurantismo y situémonos ahora en los estados italianos de 1513. Parada obligada dentro de nuestra breve genealogía de la política. Aquí, Nicolás Maquiavelo plasmará en El Príncipe las ideas que constituirán el mayor rompimiento con las ideas políticas de la era anterior.

Con Maquiavelo se pierde por completo la idea de la relación ética-política; no sólo la idea del bien común se deja de lado, sino que incluso, se puede considerar la opción de usar el mal cuando sea necesario. Las virtudes mismas, eje central del pensamiento clásico, retomadas por los patrísticos y escolásticos, serán consideradas por Maquiavelo como un potencial estorbo puesto que el príncipe debe aparentar poseer todas las virtudes, pero emplear solamente aquellas que le sean de utilidad y no sentirse obligado por ninguna.

La ruptura maquiavélica –asunto curioso pues la palabra misma tiene una connotación obscura– no es fruto de la casualidad, sino de un análisis histórico de los hechos pasados y de su realidad presente[5]. Maquiavelo está inmerso en un medio de constante pugna entre Estados, por lo que él escribe lo que considera necesario para que el gobernante conserve poder y territorios. En este contexto, todos los recursos son válidos y la moral puede y debe dejarse de lado. He aquí el nacimiento y los fundamentos de lo que conocemos como política moderna.

Finalicemos el recorrido histórico diciendo que, a grandes rasgos, nos encontramos con dos grandes percepciones de la política: una orientada al bien común y otra al bien del gobernante. Digamos también que la connotación del término política ha variado a lo largo de la historia, fruto del cambio en el pensamiento de algunos hombres y a la situación histórica predominante, de lo que se deduce que la carga positiva o negativa es netamente circunstancial.

Ahora bien, volvamos a la Nueva Hidra que dejamos lista para descender sobre nosotros con avasallante furia. Retomemos el caso nacional, donde fruto de la avalancha informativa y de la ignorancia misma, el individuo desconoce o mal conoce a la política considerándola como un ente nebuloso e intrínsecamente maligno. Combinados el monstruo y sus efectos, es imposible conocer, dialogar o debatir, pues cada quien tiene una idea propia y quizá opuesta de lo que es en sí misma la política.

¿Cómo evitar la construcción de una nueva torre de Babel?, ¿cómo vencer a esta Nueva Hidra? Como siempre, la respuesta es simple: comenzando por el principio, esto es, determinando lo que es y lo que no es la política. Para lograrlo, podremos valernos del recorrido genealógico que hemos realizado.

El primer paso para vencer a la Hidra es encontrar el lugar donde nacen todas sus cabezas. Digamos entonces que aun en las posturas más opuestas existen puntos coincidentes –como decían los romanos, los extremos se juntan–; por ejemplo, no hay posturas más disímiles sobre el objeto y la naturaleza de la política como la aristotélico-kantiana y la maquiavélica, y aun así, dentro de estas posturas hay tres puntos constantes.

El primero es que la política es una acción; ya sea orientada al bien común o al bien del soberano, la política es una acción encaminada a la consecución de un objetivo. Ése es, precisamente, el segundo punto de coincidencia: su cualidad de herramienta para la consecución de un fin. El tercer punto de coincidencia surge de forma gratuita: ya sea para establecer la República de Platón, la Ciudad de Aristóteles o la República románica de Maquiavelo, las acciones políticas se constriñen y afectan al ámbito organizacional, administrativo-ejecutivo de una sociedad.

Si en vez de centrarnos en sus miles de cabezas e interpretaciones buscamos el punto donde éstas nacen, dejando de lado perspectivas maniqueas y alejándonos de filias y fobias, encontraremos el nacimiento del cuello de la hidra y estaremos en posición de lanzar el golpe mortal con la espada: descubriremos –como lo hemos hecho– lo que es la política y que ella no es ni buena, ni mala, sólo es útil o inútil, eficaz o ineficiente en relación a los objetivos que persigue.

El cambio sutil entre bueno y malo y eficiente o ineficiente es sutil pero invaluable, pues la eficiencia o ineficiencia es mesurable en términos objetivos: los resultados; mientras que la bondad o la maldad son imposibles de medir por tratarse de valores intrínsecamente subjetivos. Esta reflexión constituye el golpe de la espada: han caído de tajo todas las cabezas de la Hidra.

Aún debemos evitar que las cabezas vuelvan a nacer y se dupliquen, para ello emplearemos la antorcha avivada con la reflexión aquí vertida. El conocimiento generado y adquirido evitará el crecimiento de nuevas cabezas, confusiones e ídolos del foro.

Así pues, vencida queda la Hidra de breve retorno. Con sueño tranquilo queda Francis Bacon con los ídolos desterrados. Y, nosotros, al repetir la hercúlea tarea, quedamos a la vez victoriosos y tranquilos con nuestro nombre y nuestra historia asegurados en la inmortalidad.

NOTAS


[1] Platón, Diálogos, La República o de lo Justo, 28ª edición, México, Porrúa, 2003, pp. 155-175.

[2] Aristóteles,  Política, 19ª edición, México, Porrúa, 2000, p. 210.

[3] Aristóteles, Políticaíd. La cita textual sería: «En todas las ciencias y artes el fin es el bien; y el mayor y principal es el objeto de la suprema disciplina entre todas, que es la política».

[4] Claro está que «el hombre» al que nos referimos es sólo un tipo específico de hombre, a saber, el «hombre libre». Debemos recordar que esta clase de educación estaba prohibida para los esclavos.

[5] El elemento histórico es indispensable para comprender a cabalidad la genealogía de la política, pero lamentablemente, deberemos dejarlo de lado por esta ocasión.

____________

Erik E. Gutiérrez Muñoz (Ciudad de México, 1986) es ayudante de profesor y miembro del Seminario Permanente de Profesores de Política Exterior de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Forma parte del consejo editorial de Cuadrivio.

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Un comentario a “El regreso de la hidra: las mil caras de un término”

  1. ALBERTO 28 enero 2011 at 3:40 #

    Que excelente analisis, a mi parecer, asi es como se debe de calificar a los politicos, por la eficacia de su administracion, sin tomar en cuenta los escandalos de los medios, que conciernen mas bien a su vida privada, eso sin tomar en cuenta


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