De qué hablamos cuando hablamos de violencia contra las mujeres

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Claudia Pedraza y Roberta L. Flores Ángeles

 

Las hemos escuchado un montón de veces. Sobre todo, cuando se acerca el 25 de noviembre. Son preguntas o afirmaciones que molestan, cansan, y sobre todo, duelen. «¿Por qué mejor no hablar de la eliminación de la violencia contra las personas?» «¿Por qué no dicen que también los hombres sufren violencia? ¿No será que la violencia es generalizada?» «¿La única diferencia es que a ustedes las violan?». Las escuchamos del académico respetado y del amigo que nada tiene que ver con la academia. De la amiga que no está de acuerdo con el feminismo, del taxista que nos hace plática durante el camino, de cualquiera que comente la última noticia de la muerte de una mujer. Escucharla de quien sea duele. ¿Por qué? Porque significa que para el académico, la amiga, el taxista o para todo el que pregunta, la violencia que atenta contra la vida de las mujeres no es un asunto que merezca especial atención.

Este texto nació de una plática entre varias compañeras en la que compartimos el desconcierto y hartazgo de escuchar la forma en que cotidianamente se trivializa o evade la discusión sobre la violencia contra las mujeres. Curiosamente, aquellas personas que ponen algún «pero» a las denuncias feministas sobre el tema, en ocasiones son las mismas que pueden llegar a indignarse ante algún caso de este tipo de violencia, ya sea por su evidente brutalidad, porque es cercano a su contexto (quizá alguna compañera que ha sufrido violencia) o porque es un buen motivo para señalar al «mal gobierno» o al contrincante político. Queremos pensar que esta muestra de indignación habla de que existe la capacidad y sensibilidad para reconocer que la violencia contra las mujeres sucede, que no es deseable en nuestra sociedad y que merece ser atendida.

Sin embargo, la indignación no siempre es consistente y las más de las veces se pierde cuando, ante las denuncias sobre el tema, de manera sorprendente se dejan de lado los hechos y se ponen en primer plano objeciones:

 

«No puedo estar de acuerdo con el abuso del sujeto con la señora Noel,[1] pero tampoco estar de acuerdo con una feminazi que hasta el regalo de una rosa le fastidia, lo bueno es que con esa apariencia difícilmente alguien la acosará», se lee en un artículo que habla del acoso callejero.

«El sueño de las feminazis es inclinar al 100% las instituciones de gobierno hacia el lado de las mujeres», escribe alguien en una nota sobre la nula capacitación de los ministerios públicos para atender a las mujeres violentadas.

«Es igual o peor de repugnante las mujeres mentirosas que los violadores o que los hombres violentos», señala un lector en una columna sobre el aumento de los casos de violación.

«Es cierto que hay hombres violadores que deberían estar en la cárcel, pero también las mujeres feministas que buscan destruir a la familia», dice una señora cuando en un blog se habla de la cultura de la violación.

«Una cosa [es] que un inadaptado crea que eso es una broma y otra cosa es que por eso se le dé la razón absoluta a las feminazis, que les parece un insulto que les regalen rosas», es la disertación de un ciudadano cuando una articulista señala que la violencia de género está en los detalles.

 

Estos comentarios, que son reales, se pueden encontrar todos los días en los espacios donde alguna mujer (feminista o no) trata de denunciar la violencia estructural, sistémica y naturalizada que atraviesa cotidianamente la vida de la gran mayoría de la población femenina. Todos los comentarios aceptan que la violencia contra las mujeres existe, pero siempre los acompañan de un «pero…» y ponen sobre la mesa cualquier otro tema. Cuando se entra en ese plano de discusión, vemos que -generalmente- ya no hay posibilidad de diálogo porque ya no se discute sobre la problemática de la violencia contra las mujeres, sino lo que se busca es denostar al feminismo,[2] descalificar a las feministas y/o tergiversar la argumentación feminista. Entonces, llegado a ese punto, no importa lo que digamos, siempre se encontrarán formas de distraer la atención y dejar de lado la discusión central: que a las mujeres de manera cotidiana y sistemática nos están violentando, muchas veces hasta llegar a la muerte.

Decíamos que esto duele porque parece entonces que el tema no merece especial atención. Duele porque detrás de la estadística de que en México siete mujeres son asesinadas cada día la preocupación no es solucionar estos asesinatos, sino no darle la razón a las «feminazis». Duele porque más que el interés por revisar qué ocurre en las dinámicas familiares para provocar que la mitad de los abusos sexuales que enfrentan las niñas ocurra en el hogar,[3] está el interés de señalar que «las feministas buscan destruir a las familias». Duele porque en el dato de que nueve de cada 10 agresiones sexuales denunciadas en este país son contra mujeres,[4] lo que molesta es que ahora «hasta fastidie el regalo de una rosa». Es decir, lo que se deja de lado son los hechos y relatos que vemos en los diarios, en la calle, en el vecindario, en la escuela, en el trabajo.

Imaginemos que en el Día Mundial para la Prevención del Cáncer de Mama, alguien objetara con preguntas como las siguientes: «¿Pero por qué sólo el cáncer de mama, si también hay cáncer de próstata? ¿No sería mejor hablar de la prevención del cáncer, en general?», «Sí, son mayoría, pero ¡las mujeres no son las únicas que sufren cáncer de mama, también hay hombres!». Resulta obvio que la respuesta a estas objeciones es: porque el cáncer de mama tiene causas, características y consecuencias específicas; y para poder atenderlas, es necesario conocerlas. Imaginemos ahora que alguien señalara que las discusiones y campañas para prevenir el cáncer de mama son «un invento feminazi» para no atender la salud de otras personas que también padecen enfermedades. O que lo que quieren las feministas es que, con esta acción, todo el sistema de salud se enfoque «solo en atender a las mujeres». Nos resultaría un señalamiento claramente absurdo, fuera de contexto y sin relación con la intención original de la prevención del cáncer de mama. ¿Por qué entonces, al hablar de la violencia contra las mujeres, resulta tan difícil aceptar la especificidad?

Es justamente el entramado de violencias específicas contra las mujeres -presente de maneras distintas en todo el planeta- el que ha llevado a establecer desde 1999 el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres. Conviene aquí aclarar algo: si hay alguien que crea que a nosotras nos gusta que exista un día como éste, está en el error. No nos gusta. Pero no porque creamos que sería mejor hablar de «violencia contra las personas», sino, por el contrario, porque desearíamos que no tuviera que existir un día así.

Cuando las feministas nos vemos envueltas en discusiones en las que por distintos medios y argumentos falaces se ponen en segundo plano estos hechos, para nosotras es desconcertante, doloroso, desesperante y sobre todo provoca mucho enojo y desesperanza. Aún así, y a sabiendas de que quien no quiera escuchar o mirar más allá de los prejuicios y la descalificación, no lo hará, queremos hacer el ejercicio de responder -nuevamente- a algunas de las clásicas objeciones.

 

La violencia es general y la padecen todas las personas, no sólo las mujeres

Es cierto.

Desde la denuncia feminista nunca se ha negado esto. Al contrario, sólo se puede entender el problema reconociendo que vivimos en una sociedad que enfrenta la violencia cotidianamente. La violencia contra las mujeres y las niñas se enmarca en un contexto de violencia generalizada. Y también, dentro de un contexto de impunidad e ineficiencia del sistema de justicia mexicano.

Hay que dejar en claro que la violencia depende de muchos factores, y uno de ellos es que exista un contexto propicio para ello. Habitamos un mundo regido bajo una ideología dominante patriarcal capitalista que organiza la estructura social, económica, política y subjetiva, cuyos ejes se sostienen a partir  del individualismo, la competencia, la jerarquía y el poder opresivo. De ahí que se produzcan múltiples desigualdades -definidas por el sexo, la clase, la etnia, la raza, la edad, la sexualidad, etc.- que son caldo de cultivo para la aparición de la violencia en sus diferentes manifestaciones. En este marco podemos ser o somos víctimas de violencia todas las personas; en México lo sabemos bien. Vivimos en un contexto de narcotráfico, de ocupación y despojo de comunidades y territorios, de una violenta intervención estatal que defiende los grandes intereses por encima de los de la población, lo que impone condiciones que hacen vulnerables a todas y todos.

A esto se suma un contexto de injusticia, en el cual la corrupción, la impunidad y la ausencia de seguridad son comunes. Nuestro país ocupa el lugar 58 de 59 en el Índice Global de Impunidad.[5] De cada 100 delitos reportados, sólo se denuncian 10. De éstos, solo se inicia averiguación en el 67 % de los casos. Por eso, más del 30 % de la ciudadanía cree que denunciar es una pérdida de tiempo (según la Encuesta Nacional sobre Victimización y Percepción de la Inseguridad). Y saber que la autoridad no se encargará de la impartición de la justicia, sólo aumenta la violencia existente.

Partiendo de este panorama, queremos dejar claro que cuando hablamos de la violencia específica contra las mujeres y las niñas no pretendemos negar el contexto de violencia general. Tampoco que los hombres enfrenten formas de violencia. Y los niños. Y las personas de la tercera edad. Y las personas con alguna discapacidad. Y las personas de la comunidad LGTBII. Podríamos seguir nombrando muchos otros grupos que viven formas de violencia, todas repudiables y todas dignas de ser denunciadas, pero lo que interesa es recalcar que en cada uno de estos tipos de violencia hay especificidades en las relaciones de poder que necesitan ser entendidas para que sean atendidas y erradicadas.

La apelación a lo específico pasa por una responsabilidad ética y social de comprender cómo se teje una cierta forma de violencia que cercena la vida y libertad de grupos específicos, en nuestro caso a las mujeres y las niñas. Podemos -y es deseable- conectar la forma en que se relacionan las distintas formas de violencia y comprender lo que puedan tener en común, pero al mismo tiempo es insoslayable saber cuáles son las lógicas particulares que les dan sostén a cada una. La misma lógica la aplicamos cuando tenemos algún padecimiento: si me he fracturado el pie no iré a que me revise una persona especializada en oftalmología; aunque la comunidad médica comparte conocimientos sobre el funcionamiento humano hay especificidades que importan a la hora de atender un hueso roto o una miopía.

En el caso de la violencia que pueden sufrir mujeres y hombres, podemos ver que la tendencia social es que a las mujeres se les violente en los espacios privados de la mano de sus compañeros sentimentales, padres, hermanos, amigos. Cuando son agredidas en los espacios públicos la constante es el disciplinamiento[6] de sus cuerpos a partir de la violencia sexual de cualquier tipo e intensidad. El tipo de violencia que viven normalmente los hombres, jóvenes y adultos, está ligada a actividades de riesgo o relacionadas con el ejercicio de la masculinidad,[7] no necesariamente en el plano de la intimidad. Una revisión de algunas estadísticas presentadas en la página del INEGI dan luz sobre estas diferencias y muestran cómo la violencia sexual es el elemento que marca de manera dramática las diferencias entre las violencias vividas por las mujeres y por los hombres.[8]

Entonces llegamos a la segunda objeción:

 

¿La diferencia es que a nosotras nos pueden violar? 

Es cierto. Lo cual no es una diferencia menor y además no es la única. Gran parte de la violencia en contra de las mujeres tiene como base el cuerpo sexuado, que se construye como un cuerpo para otros. Un cuerpo que no nos pertenece y que por lo tanto, otros se pueden apropiar. Sobre esta construcción del cuerpo de las mujeres para los otros, se articula la violencia sexual. Pero también otra gran cadena de violencias, cotidianas y consecutivas, que no resultan tan visibles, y por lo tanto, no se aceptan como tales.

De esta forma, si una joven «aparece» en una maleta con huellas de tortura sexual por sujetos desconocidos, nadie cuestiona que es violencia de género. Pero si la joven estaba en una cita, o había ingerido alcohol, o estaba casada con el agresor, o no lo denunció a la primera, se cuestiona si ella misma no aceptó su agresión al colocarse en situación de riesgo. Si una joven es agredida verbalmente en la calle mientras camina en la noche, o es manoseada en el transporte público cuando decide no usar los vagones exclusivos para mujeres, o es grabada con un celular cuando lleva vestido, se cuestiona si ella no provocó el natural deseo masculino. Y si la joven es una indígena forzada a casarse en la adolescencia con un hombre, o una migrante que tiene que aceptar tener tratos sexuales con algún aduanero para continuar viajando en el tren rumbo al norte, o una víctima de trata forzada a trabajar en un prostíbulo de Tlaxcala, el problema no es la violencia de género: es la cultura, es la corrupción, es el crimen organizado.

Así como en los procesos de socialización a nosotras se nos remarca la construcción del cuerpo femenino para los otros, a los varones se les enseña que la posesión de estos cuerpos es parte indispensable de la identidad masculina. Por eso entre amigos se animan a molestar a las chicas en la calles. Por eso cuando algunos hombres no están de acuerdo con las bromas misóginas de sus compañeros en una reunión, suelen preferir callar y reír junto con los demás antes que ser señalados por el resto. Por eso cada vez son más comunes las violaciones multitudinarias. Por eso parte de los rituales de organizaciones masculinas (delictivas o no) se relacionan con agresiones sexuales a los cuerpos de las mujeres, que se convierten en depositarios de mensajes de los hombres para otros hombres. Mensajes que giran en torno a un solo argumento: el poder y la muestra de la virilidad al otro.

Aquí entra una tercera objeción.

 

No todos los hombres son violentos. Las mujeres también pueden violentar

Es cierto. Y cuando se denuncia la violencia contra las mujeres, no se está culpando a todos y cada uno de los hombres. Tampoco se está victimizando a todas y cada una de las mujeres. Lo que se está señalando es la posibilidad de que cualquier hombre ejecute esta violencia porque estructuralmente lo puede hacer a partir de las distintas relaciones de poder que entablan con las mujeres. Esto significa que la violencia contra las mujeres no es resultado de  la agresión de unos cuantos; es resultado de todo un sistema que hace posible (y aceptable) que los hombres violenten a las mujeres.

Este sistema normaliza quién puede agredir, en qué espacios, a quiénes y en qué formas. Hay algunos que nos resultan inaceptables. Si bien se reconoce que no todos los hombres son violentos, conviene también decir que los hombres agresores no son tampoco los «pervertidos», «desviados sociales» o «enfermos sexuales» que usualmente se nos dibujan como los únicos capaces de cometer agresiones contra las mujeres. Las estadísticas nos hablan que en el 50% de los casos, los responsables de violación de mujeres son personas conocidas: amigos, vecinos o familiares. Es decir, hombres con los que estas mujeres conviven todos los días.

En ese mismo tenor, se debe reconocer también que las víctimas no son esas personas «pasivas», «faltas de autoestima» o «desprotegidas» que se manejan en el imaginario colectivo. Lo que hace posible que una mujer sea víctima es la existencia de una relación de poder, de desigualdad, que puede estar presente en cualquier ámbito social. En el trabajo, en la escuela, en el hogar. Por eso, mujeres de cualquier nivel económico pueden enfrentar violencia doméstica. Por eso, mujeres con un alto nivel de escolaridad no están exentas de acosos laborales. Por eso, niñas extrovertidas pueden ser blanco de ataques en las calles. Las características de las víctimas no son individuales, sino que están ancladas a las condiciones sociales.

Y sí, reconocer que la violencia es estructural también implica reconocer que las mujeres pueden ejercer violencia, porque, como decimos, la violencia está latente en las relaciones de poder. Y las mujeres también estamos inmersas en relaciones de poder donde reproducimos patrones, jerarquías y dominios. Violencias que son simbólicas, psicológicas y físicas. Que también ocurren en el ámbito doméstico, escolar y laboral. Relaciones que también tienen su especificidad y que deben ser estudiadas como tal, sin que el reconocimiento del ejercicio de la violencia femenina signifique minimizar o invisibilizar la sistemática violencia de la que las mujeres son objeto.

Así que, nuevamente, volvemos al punto de la especificidad. Para erradicar la violencia contra las mujeres (que es el propósito del 25 de noviembre) se debe desmenuzar la cascada de actos cotidianos en las que se reproduce, encontrar los mecanismos por los cuales dicha violencia se naturaliza, buscar sus causas para poder atenderla. Dejar de pretender que es un cáncer social igual a cualquier otro. Las formas de violencia que enfrentamos son distintas, porque tienen distinta magnitud y obedecen a distintas causas. Pero la especificidad no la hace una «peor violencia». No es una competencia.

El objetivo de enfatizar la especificidad es permitir encontrar formas efectivas para eliminarla. El tratamiento equivocado no ayuda a erradicar el problema, porque entonces se mandan más policías a las calles pero no se modifican los procesos para denunciar los ataques ni se capacita a los encargados de documentar, juzgar y atender judicialmente estos casos, considerando que puede tratarse igual un robo de auto que una violación, por poner un ejemplo.

Finalmente, apelando a la capacidad de indignación y de autocrítica, pensamos que lo que en realidad nos deberíamos preguntar es ¿por qué molesta tanto que se hable de la especificidad de la violencia contra las mujeres y las niñas? ¿Se están diciendo mentiras? No. ¿Se está negando la violencia generalizada? No. ¿Se está criminalizando a todos los hombres? La respuesta también es no. Creemos que vale la pena dejar estas preguntas para cuestionar cuáles son las fibras que se mueven cuando en lugar de escuchar lo que tenemos que decir sobre la violencia, lo primero a lo que se acude es a la descalificación, la negación, la minimización y al desvío del tema. ¿Qué es lo que duele cuando hablamos de violencia contra las mujeres que dispara diversos mecanismos para  silenciarnos? ¿Qué es lo que no queremos aceptar de esa realidad? ¿Que quizá contribuimos más de lo que queremos a perpetuarla? ¿Que no estamos haciendo nada para modificarla? ¿O que quizá los privilegios, esos que se han construido a partir de la opresión de muchas mujeres, están en juego?

 

 

NOTAS

[1] Se refiere al caso de Andrea Noel, periodista que fue agredida sexualmente  mientras caminaba por la calle y que exhibió al agresor en las redes sociales, reportado por el medio electrónico Animal Político. Véase «Una periodista exhibe en redes al hombre que la agredió sexualmente en la Condesa», Animal Político, 10 de marzo 2016. Obtenido de http://www.animalpolitico.com/2016/03/una-periodista-exhibe-en-redes-al-hombre-que-la-agredio-sexualmente-en-la-condesa/

[2] En realidad deberíamos decir «los feminismos» toda vez que hay distintas posturas feministas. Sin embargo, aun con las diferencias internas, si en algo podemos encontrar coincidencias es justamente en el enfrentamiento constante al cuestionamiento y a la invisibilización de la violencia hacia las mujeres.

[3] Véase SIPSE.COM, «El 50% de víctimas de abuso en México son menores de 15 años», 24 de noviembre 2016. Obtenido de http://sipse.com/mexico/mexico-primer-lugar-abusos-contra-menores-edad-ocde-231765.html

[4] Rocío Jardínez, «En México, 9 de cada 10 agresiones sexuales son contra mujeres», W Radio, 15 de marzo 2016. Obtenido de http://wradio.com.mx/radio/2016/03/15/nacional/1458009395_943708.html

[5] Alfredo Méndez, «México, segundo lugar en Índice Global de Impunidad», La Jornada en línea, 20 de abril 2016. Obtenido de http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2015/04/20/mexico-segundo-lugar-en-indice-global-de-impunidad-5380.html

[6] Por disciplinamiento nos referimos a aquellas estrategias y discursos que apuntan a que las mujeres sean definidas a partir de la no expresión abierta, libre y autónoma de su sexualidad. Por tanto, cuando cuestionan dichos discursos, trastocan los espacios no reservados para ellas o actúan sin apegarse a las normas, surgen estrategias que buscan regresarlas a su «lugar», el definido patriarcalmente.

[7] Cabría decir que la masculinidad hegemónica también es producto de la estructura patriarcal y capitalista, por lo que la violencia que viven los hombres también es resultado de dicha estructura.

[8] Se sugiere revisar especialmente la tabla «Víctimas registradas en averiguaciones previas iniciadas y carpetas de investigación abiertas, por tipo de delito según sexo» en Instituto Nacional de Estadística y Geografía, Encuesta Nacional sobre Victimización y Percepción de la Inseguridad, 2016. Obtenido de

http://www.beta.inegi.org.mx/proyectos/enchogares/regulares/envipe/2016/

 

 

 

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Claudia Pedraza es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Vasco de Quiroga (Michoacán), maestra en Comunicación y doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Ha sido reportera, guionista, realizadora, locutora y productora en diversos medios michoacanos. Ha ejercido también la docencia. Como investigadora se ha especializado en el análisis del periodismo deportivo, género y comunicación. Recientemente obtuvo el primer lugar, categoría doctorado, del Concurso de Tesis en Género Sor Juana Inés de la Cruz. (Y le va a los Pumas aunque le rompan el corazón.)

 

Roberta Liliana Flores Ángeles es licenciada en Psicología por la UNAM, maestra en Género, sociedad y políticas públicas por FLACSO Argentina y terapeuta en formación. Sus áreas de trabajo son trabajo remunerado y no remunerado, corresponsabilidad, violencia de género y masculinidades. Actualmente es tutora en línea de la maestría de la que es egresada, y colaboradora de la coordinación académica del diplomado en línea «Introducción a la Teoría e Investigación Feminista» del CEIICH-UNAM. Es una feminista que se asume, también, como defensora de la alegría.

 

 

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