La bestia del amor

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Marcelino Carballo, sin título ni fecha.

 

Vladimir Amaya es un destacado poeta, investigador y antólogo salvadoreño, nacido el 18 de agosto de 1985, en San Salvador. Si me toca definirlo, podré decir que es un poeta viviendo continuamente al filo de la angustia o un poeta crepuscular o un poeta-tanque de combustible, es decir, pertenece a una estirpe en extinción.

Fue fundador del «Taller Literario El Perro Muerto», que logró hacerse lugar en la escena nacional. Sus libros publicados: Los ángeles anémicos (2010), Agua inhóspita (2010), La ceremonia de estar solo (2013), El entierro de todas las novias (2013), Tufo (2014), Fin de Hombre (2016), La princesa de los ahorcados y otras creaturas aéreas (2015) y Este quemarse de sangres entre lágrimas y excrementos (2017). Asimismo, ha publicado las antologías: Una madrugada del siglo XXI (2010), Perdidos y delirantes: 36-34 poetas salvadoreños olvidados (2012) y Segundo índice antológico de la poesía salvadoreña (2014). Su poesía ha sido incluida en Las otras voces (2011), Apresurada cicatriz. Instantáneas de poesía centroamericana (2013) y Teatro bajo mi piel (2014). Actualmente es director de la revista Cultura, de la Secretaría de Cultura de El Salvador. Tiene el título de Gran Maestre en género poesía, tras haber ganado los Juegos Florales Nacionales en tres ocasiones.

En Cuadrivio publicamos este extenso poema que revela el dolor como signo constante en la historia del pequeño país centroamericano. Amaya muestra una vez más su talento para descargar en la página los huracanes y la pústula, los acontecimientos del horror, con un lenguaje que condensa emoción y fino y ardiente trabajo técnico.

 

Miroslava Rosales

 

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LA BESTIA DEL AMOR[1]

 

Vladimir Amaya

 

Ved el cuadro, que aviva

en la conciencia pública extenuada

el rayo de una lumbre fugitiva;

ved extender la Historia

su acusador legajo

¿Qué véis? El crimen coronado arriba.

¿Qué véis? El crimen inconsciente, abajo.

Los tiranos, la plebe,

todos, los oprimidos, los que oprimen,

todo pasa y se mueve

en un sudario fúnebre de nieve

que de gotas de sangre siembra el crimen.

                    Francisco Gavidia

 

 

En un largo sueño alguien nos pintaba.

 

No lo recordaré hasta que suceda, amor.

 

Un sueño lento era,

como una bestia que despacio abre sus ojos

al despuntar el alba de su último día,

y en la luz de ese sueño

mi brazo se posaba en tu cintura,

y nos separaba un muro

que nos volvía un solo cuerpo.

 

Años fueron pequeñas piedras

lanzadas a una fuente para preñarla de ondas;

porque al besarte, amor, abría el corazón del tiempo.

 

Tu cuerpo era la luz

y tus ojos el alma de la pradera.

Yo te decía cosas al oído

y te quedabas pensativa.

 

El sueño era quizá

alguna otra vida

por vertiginoso:

como bestia herida temblaba y rumiaba en la historia.

Y había unas flores blancas cerca de nosotros,

y de pronto una llaga en tu mano

con la forma de un pequeño país

que sería muy parecido a una lágrima.

 

Flores blancas a tu lado,

y tu cara blanca era amarilla, era roja, era canela.

Tus ojos café eran grises, verdes, azules, eran negros.

Y olía a sangre alrededor y gotas de sangre llovían.

 

  1. Gritos en el agua,

cenizas en la lluvia.

Un hombre coronado, ahorcado de un árbol,

amor, frente a nosotros,

y yo te abrazaba

bajo los arcos del frío y del hambre.

«No pasa nada», te dije,

«¿Recuerdas la luz? ¿Recuerdas la pradera?

Yo tendré un sueño donde alguien va a pintarnos».

 

Y en tu cerrar de ojos:

una procesión de estrellas,

un aroma herido.

1840, amor,

la orfandad de nuestro cielo empieza afuera de tus brazos.

Un pueblo ciego dice ver por sí mismo,

dice ver y no tiene lengua para decirlo.

«No me dejes», me dices, «no me dejes»,

«no nos marchemos todavía», me pides.

 

Y en mi silencio de cielos cuajados:

una sucesión de extrañas sombras,

una huella de lodo en los sagrarios.

Y la llaga de tu mano: más grande,

más larga esa lágrima parecida a un país todavía adormitado.

Me abrazabas, amor,

en medio de hombres

que marchaban a la guerra enfermos de diarrea y de tuberculosis.

Entre viruelas, amor,

no dejé de abrazarte,

y morí de tisis

en la pintura de mi sueño,

y te dije: «no me voy, porque en ti he quedado»,

te lo decía al oído

y te quedabas pensativa.

 

Y en ese quedarse quieto de tus labios:

una aglomeración de luces,

un ritmo distinguido y a la vez pobre y desventurado.

1882, amor, los trenes a nuestro alrededor con su gramática de humo,

Los fuegos increíbles dentro del cuadro.

Un rostro que se formaba en tu llaga

y ya estaba desfigurado.

Y me decías: «Mi padre no te quiere»,

«no me busques en los bailes».

«Amor (te respondía en el sueño y hablaba dormido):

Mis manos en la sangre, en tu corazón y en el arado.

Y junto a este muro que nos separa,

te siento más a mi lado y soy más tuyo».

 

Y en tu rostro sonrojado:

una saturación de nubes a lo lejos,

un eco ensordecedor del cielo

que estaba pariendo un siglo:

1913, amor,

y en medio de la orquesta,

te sujetabas a mí, horrorizada:

«Mataron al presidente», me dijiste.

Barullos y disparos,

gente que no dejaba de gritar,

de correr

porque también eran los malditos temblores

de un volcán despierto en Corpus Christi.

1917, amor, y aquel muro desplomado entre nosotros,

las flores desperdigadas a medio camino.

Bajo la noche derrumbada:

nuestros cadáveres en un solo abrazo.

 

Y en esa fiebre de perros asustados y de quietud de grillos:

fueron voces, escándalos, disparos.

Yo te tomaba con más fuerza de la cintura.

Frente a nosotros

era una protesta en la calle.

1922, amor,

mujeres en un rincón con la voz quebrada,

litros y litros de sangre llenando la pintura;

y al sur de la capital: niños ahogados por la venganza de un río mata-hombres.

Y en la última casa arrasada

yo te abrazaba,

y te decía al oído:

«Amor, dejará de llover»,

«todo estará bien, cariño»,

y te quedabas pensativa.

 

Entonces una marea de bruma llegó a mojar de silencio nuestras gargantas.

Entonces el olor a sangre y a café se mezclaba en el aire con más rabia.

«No me abandones», «no me sueltes», te pedía.

Afuera de nosotros,

era un amanecer tras otro, en desbandada.

Todo envejecía, menos tu mirada

y las blancas flores a nuestro lado.

1932, amor, nadie puede verte. Nadie puede encontrarme,

por tus rasgos de antiguo perfil

y por mi lengua que está proscrita.

Y una voz aguardentosa, salida de lo oscuro, nos decía:

«Ustedes, la pareja en el muro, no se muevan».

Y vimos a tres hombres fusilados, amor,

en las hojas de un maquilishuat a inicios de febrero.

En ese momento una ráfaga de niebla llenó nuestros costados.

 

Amor, 1944, y casi despertaba, pero te escuché decir:

«No me sueltes»,

«sígueme abrazando».

Y amor, en el sueño brillaba otra luz,

era otro cielo el que por tu piel caminaba.

Yo te abrazaba y tú me decías en medio

de aquella marcha de gente y de su algarabía:

«Sí, tus brazos caídos, mi amor,

caídos para el tirano y lo venenoso de la hiedra,

pero jamás,

pero nunca para este abrazo».

 

Y en mi temblar de asombros y pesares:

una congregación de esperanzas,

un aroma reconfortado.

1950, amor,

y la llaga en tu mano:

mientras más limpia más dolorosa,

y vivíamos en un país sonriente

y éramos una lágrima

llena de gusanos y de polillas.

Todo era un espejismo aquel cuadro de mi sueño:

«Va a cambiar la vida», te dije,

«Recordarás la luz. Recuperaremos la pradera.

Estarás en mi sueño

y te quedarás pensativa cuando te diga cosas al oído.

Voy a tener ese sueño y alguien va pintarnos».

 

Y en tu sonrisa ofrecida como pan:

una acumulación de tibios colores;

una sinfonía interrumpida.

1965, amor, lleno de discursos, de claroscuros,

de luciérnagas apagadas,

de ilusiones fundidas en el cielo.

Y me sujetaba más fuerte a tu cintura

mientras a nuestro lado

huían los mismos desterrados,

los mismos perseguidos,

los mismos vapuleados.

 

Y fueron más catástrofes abriéndose entre nosotros.

Estábamos siempre en medio de una guerra,

de un circo de esclavos, de un funeral en el infierno.

1975, amor,

y en mi sueño todo se había vuelto gris,

menos tú y las flores blancas a nuestro lado.

La calle y la ciudad habían crecido

como su odio,

era una fruta podrida quemando con su leche oscura nuestros labios.

«¿A dónde la pradera?», «¿A dónde la luz?», me decías.

«Hay que hacer algo», me reclamabas.

Y fueron los comandos,

la clandestinidad por un mañana sin cadenas.

Ladraba la pólvora sin haber cambiado su destino.

(A lo largo del sueño la habíamos visto engordar, cual piojera, en tu llaga.)

 

1980, amor, como perro rabioso frente a nuestras narices;

y al abrazarnos

nos abrazábamos a un fusil

y a las cartas clandestinas para nuestros padres y hermanas.

Aterrorizado te dije: «mataron a un santo».

Telas de rasgados escapularios,

mi sueño –agridulce sinfonía en los 4 puntos cardinales–.

Y amor,

yo te tuve entre mis brazos

cuando una bala

hizo madriguera de tu pecho

y te dieron por desaparecida 3, 9, 27 años.

Sin imaginar que te había enterrado

bajo aquel muro de nuestro abrazo,

bajo aquellas flores blancas.

Sumergidos en la bruma

y en el óleo de mi sueño

lo veíamos todo, arcángel mío:

días como lágrimas en esta tierra.

1982 llegó montado en un río de cadáveres y sangre podrida,

Frente a nosotros transitaba ese río lleno de muertos.

«No lo mires», te decía,

«cierra los ojos, amor», te suplicaba.

 

1989, y ochos cuerpos tirados sobre el césped de un noviembre infinito.

«Mira a la muchachita», me dijiste,

«Era todavía una niña, todavía una niña,

se parece tanto a la hija que siempre hemos querido»,

decías con los ojos arañados por las lágrimas.

 

Y en tu llorar de palabras

emergían ofensivas y traiciones;

Y 1992, amor, firmaba su acta

con deudas de desaparecidos, mutilados, excluidos,

con esos mismos migrantes que habíamos visto

marcharse a Honduras, a Belice, a Panamá

hacía apenas unos minutos.

Y quedaban los mismos, querida mía,

los nuevos miserables quedaban:

Huelepegas, drogadictos, narcos, pandilleros,

políticos de una camada maldita.

Viles comerciantes de la vida y del dinero;

sembraban maquilas, hacían cárceles;

se adueñaban del aire, privatizaban el cielo

bajo vocablos de contratos oscuros.

 

1994, 1995

1997,

La misma hambre, el mismo vacío.

En todas las lenguas, en todas las almas

la lágrima ya llorada,

la sangre ya sufrida:

Manifestaciones, disturbios, toma de catedrales,

desalojos en las calles, amor,

cerca de hospitales, de escuelas;

docenas de lesionados,

niños rociados con gas lacrimógeno;

ancianos y mujeres agujereados por balas de goma.

«Todos buscan la paz

en una paz ensangrentada»,

me decías con la voz hecha nudo de sombras y escorpiones.

 

Y era 1998

cuando huracanes,

cuando incendios, cuando diluvios,

se turnaban para hacerse con su colección de damnificados.

Tantas llagas en la llaga de tu mano, amor.

Tanto vacío de mi sueño donde alguien nos pintaba.

 

Y en un crujir de árboles,

en un licuar de pájaros y tierra,

alguien dijo desde el fondo de 1986:

«Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal»

y era 2001 que en un alud se nos venía encima.

2002 y sus cabezas colgantes, amor mío;

2004 y manos duras exprimiendo cuellos.

Había amanecido en el atardecer de nuestro cuadro.

 

Y en un barajar de soles:

Un desfile de hormigas sobre las tripas

despedazadas de un animal ya sin raza ni seña.

Y tú y yo abrazados,

al escuchar lamentos y desesperadas oraciones

en medio de las llamas de un autobús repleto de pasajeros.

Y una voz aguardentosa, salida de lo oscuro, nos decía:

«Ustedes, la pareja en el muro, no se muevan, va, estamos, va;

la bicha se viene con los homies y al morro quiébrenle el culo».

Y en un enjambre de muertos y de balas

tú y yo divididos en los barrios, amor.

Abrazados que no podíamos advertirnos.

Tan juntos que no podíamos evitar aborrecernos.

Porque en mi sueño te vi tatuada con dos letras sombrías,

y yo estaba marcado por dos números sanguinarios.

Era el inicio de una centuria

y ese era el fin de mi sueño.

 

Amor, no voy a recordarlo hasta que suceda.

Porque esta pintura es todo el sueño que tenemos ahora.

Tú y yo,

las flores blancas,

tu mano sana y limpia,

el pequeño muro que nos vuelve un solo cuerpo;

un paisaje que no es ningún lugar de este mundo;

una estampa religiosa de los sin fe

sin más fe que la esperanza en lo perdido:

enamorados que pierden al amor poco a poco.

 

Esa pintura será un sitio

sin fecha ni título en los museos:

único lugar del tiempo

al que pertenecemos para siempre.

 

 

 

NOTA

[1] «La bestia del amor» es un poema inspirado en una obra pictórica del salvadoreño Marcelino Carballo (1860-1947). La pintura no tiene título ni fecha. Carballo se especializó en elaborar estampas religiosas durante toda su carrera. Por eso el cuadro que originó el texto es toda una «rareza» y única en la producción de este artista de finales del siglo XIX y principios del XX (nota del autor).

 

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