También se pagan impuestos en el cielo
Nilton Santiago
TAMBIÉN LA SOLEDAD ES UN MISTERIO ESTROPEADO
En mi barrio, que no está en Europa, crece un árbol tan grande
como debe ser la espina dorsal del ángel petrificado
del que siempre evito hablar.
A veces, al salir de casa, lo veo seguirme,
como veo al divino ojo de Duchamp entre las largas piernas de las turistas
(ellas pasan haciendo ruido como un manojo de llaves,
haciendo fotos al esqueleto de aquella vieja iglesia
que no se terminará antes de que termine el mundo).
Sé que es él, siempre el mismo gesto al salir del metro, como la sonrisa de un
pez,
los mismos fantasmas
como la misma guerra de guerrillas perdida de antemano
todo Sendero Luminoso acampando en Hyde Park
haciendo picnic.
He aprendido, amigos míos, a ver a través del ojo de la cerradura,
a girar las costillas como gira la cabeza de un búho,
a hablar conmigo mismo de lo que no se debería hablar.
Estas cosas tienes que aprenderlas en una ciudad europea,
además de a reciclar correctamente,
–el corazón, por cierto,
entre los restos orgánicos de la noche–
a pegarte a la derecha en las escaleras eléctricas del metro,
a decir buenos días con la sonrisa de un oso hormiguero,
mientras te bebes el mismo café / en el mismo bar / en la misma mesa
que aún llora en el aserradero
y donde cada día diseccionamos nuestros sueños,
(como si fuesen los recuerdos de un extoxicómano
muerto de una enfermedad desconocida para los pobres)
no está de más ducharse o comer o hacer el amor con la televisión prendida
o estar pendiente al tiempo que hará en la mano de Dios
que también es la nuestra
mientras liamos un cigarrillo.
Luego, por la tarde, hay que volver a abrir el periódico
(las bolsas europeas se van al garete)
para enterarte de que la soledad es un bien preciado
y que varios pelícanos han muerto en la imaginación de los delfines
de mi lejana patria,
que es como una gran pecera en un centro comercial.
Al final, a llegar a casa (que no está en Europa)
y descongelarse la cena
podemos elegir entre reír o llorar un manojo de estrellas utópicas,
da igual,
lo importante es que no te vean,
sino tan solo como aquel ángel petrificado que no quieres ver,
porque lo conoces demasiado, porque eres tú.
LAS FARMACÉUTICAS HAN SAQUEADO LA CASA DEL ALQUIMISTA
«Me importan 3 pepinos que le hayas roto los dientes
al viejo retrato de Einstein,
que el mundo sea una gran guardería
un hostal de dos estrellas que bien podría ser un psiquiátrico para ángeles».
Cuando me dijiste todo esto me quedé de piedra,
(como cuando vimos aquel cuadro de Egon Schiele en Viena,
con una resaca de los mil demonios).
No te tomes las cosas tan en serio –repliqué– y para muestra un botón:
todo el pensamiento del mundo entraría por el ojo de una aguja
pero esto poco le importa a las farmacéuticas
(esas que han saqueado la casa del alquimista)
a los fúnebres murciélagos que anidan en nuestros sueños
«hay que dejar de ver a los pobres como un problema,
para verlos como una oportunidad de negocio»
ha dicho un tal profesor Prahalad y esto es la prueba viva
de que también los sueños (y el progreso) son enfermos terminales.
Pero de qué te sirve saber estas tonterías –dices–
de qué sirve recordarte que a la muerte se llega antes en autobús
o lo bien que dormía René Crevel dentro de las estrellas que un día conocimos
bajo el agua de nuestros corazones, cuando aún era tiempo;
es tonto, lo sé, pero así nacimos,
abstractos, como una iglesia republicana –te contesto–
con la hipoteca ahogándose en nuestra garganta,
y con una terrible sobredosis de realidad, es decir, casarse y tener hijos como setas
y también amiguitas con muslos de magnesio.
También es cojonudo si consigues un trabajo que te convierta
en el cuervo burócrata de los sembrados
(el mismo que rompe sus huesos de cristal, porque no tiene cómo pagarlos).
Amo el mar cuando me ahoga.
Amo la horca que desato cada noche en los hospitales
y en los psiquiátricos (para ángeles), amo las manifestaciones anti-sistema
que se montan en el «paraíso» de Dante
y también las asambleas que se celebran en las casas de citas.
Así nacimos, con un precio que cotiza solo en la sonrisa de los perros,
tratando de desprendernos
de lo que más nos duele
y de lo que más nos deslumbra: la vida en otro lugar
pero ya sé que a ti todo esto te importa tres rábanos.
SOBRE CÓMO HACER QUE UN PÁJARO CON MIEDO A VOLAR SUBA A UN AVIÓN
No le hables de Borges,
huye de Proust cuando te acerques a un bar
para nenas anarquistas y cristianas
sóplale al oído de un pájaro todos las promesas que le hizo Hölderlin
a un guardia urbano cuando lo pillo conduciendo con tres copas de más.
No temas, el mañana es un signo de interrogación subiendo al metro.
Ya que hemos llegado hasta aquí
creo que deberías dejar las pastillas para que la luz entre en tu vientre
no hablo de hijos, sabes que los niños me dan sarpullido,
hablo de un pájaro que le teme a las alturas
hablo de mi sonrisa cuando te veo salir de la ducha,
tan leve como un caracol haciendo equilibro sobre una hoja de afeitar,
¡Bah! sabemos de sobra que las lágrimas son los puntos sobre las «ies»
cuando discutimos por tonterías, plan
tortilla de patata con cebolla o sin cebolla
o con espárragos y cebolla en lugar de pimientos verdes,
hasta que el lenguaje se convierte en un accidente celeste,
y no hay quién pueda enfriar la alta temperatura de las palabras
cuando dormimos juntos.
Hoy ha vuelto a suceder, una nena me ha ajustado los tornillos del corazón
y mira que no me merezco sino más metidas de pata,
pero aquí estoy, recogiendo los crisantemos
y magnolias sobre la cama revuelta
restos del amanecer infinito entre tus bragas.
Entonces me quedo a solas y es cuando el lenguaje sale de paseo,
olfatea la lluvia, siembra un buen número de lágrimas
para que los vagabundos encuentren la moneda
con la que los ángeles se juegan tu amistad al póker.
Proust estaría de acuerdo contigo, vaya tío con un par de nubes en las gafas
tampoco es para tanto aunque su forma de amaestrar el otoño
invite a la soledad de dos buitres leonado a un banquete de bodas.
Ayer lo volví a leer, tengo miedo a volar cuando leo poesía aérea
tengo miedo a sentarme a cenar
cuando veo que has dejado tu puerta abierta
deberías saber que en Palestina las cosas están muy feas
y el lenguaje no puede hacer nada más que nombrar la inexistencia,
no creo nada de lo que me dices, Marx y los comunistas,
Marx y el temor de los pájaros a subir a los aviones
son como peces filosóficos saltando de gota en gota de lluvia
para explicarnos la fragilidad del tiempo entre tus manos
o el por qué miramos el fondo de la taza de café
para buscar explicaciones del por qué pagamos tanto por la luz.
Ya sabes que todo lo que digo es el plagio de un latido
aunque no todo lo que escribo tiene que ver con pájaros
no todo lo que desayuno son estrellas,
hematomas en el corazón
Corn Flakes sobre la leche tibia de los errores,
el lenguaje es un presagio de que no volveríamos a hablarnos
porque tus párpados saben a luz,
me preguntas qué es la luz / te veo a los ojos / no te respondo /
Dios, no te hagas la tonta,
eres la oscuridad que todo lo ilumina
bajo las gasolineras de mi corazón,
eres el lenguaje que se acerca a mi oído
y me sopla una bocanada de flores para decirme
que el amor es la primavera en muletas cuando te desmaquillas.
ME HAS HECHO CAMBIAR EL FINAL DE ESTE POEMA 3 VECES DESPUÉS DE LA MUERTE DEL SUEGRO DE ADRIANA Y ESTO ES LO QUE HA QUEDADO
Así llega el amanecer al abecedario de los amores imposibles: con las tildes malheridas sobre las palabras y con los bastones que usan las estrellas que han abandonado el oficio de vigilar que no se te queme el sofrito en el que piensas cocinar mis sueños. Escribir no tiene nada que ver con hablar de ti, pero es cierto que escribir sobre ti puede que sea equivalente a esconder el polvo de tu maquillaje bajo la alfombra de Dios, poner una lavadora y marcharme a hablar con las gaviotas a las que has enseñado a volar tan solo con su pensamiento. En un poema anterior no hablé sobre John Coltrane, vaya tío, lo hice a propósito porque necesitaba que ahora esté aquí con su saxofón de oxígeno tocando aquella suite para pingüinos llamada A Love Supreme, ya que tengo una mesa reservada para ti en este poema, que en realidad debería hablar más bien del sujetador que has dejado esta mañana junto a la caña de pescar con la que pillas a las libélulas que salen corriendo cuando abres la nevera de nuestro amor. Acaban de revelar la identidad del grafitero Banksy y no es más que un chimpancé en overol, uno de esos soldados románticos que se pasa las guerras cavando fosas para enterrar la correspondencia de una paloma mensajera con problemas de alcohol. Pamplinas, qué mal escribo, cómo la lío cada vez que hablo del encaje de tu ropa interior o de tu sonrisa, que es tan leve como el aire que llena de miel los pulmones de las abejas. Alguien ha corrido la voz de que hay una gota de rocío a las afueras de la ciudad que funciona como un observatorio astronómico, acuden a él las enfermeras a observar la trasparencia de los maxilares de los boxeadores reconvertidos en constelaciones para párrocos. También allí hay chicos que cuando les sonríen a las chicas les crece una flor de lavanda entre las pecas y salen a repartir cientos de besos encuadernados con tapas hechas con alas de perdiz. No dudes de que en la página 33 de ese compendio de amores furtivos hay un colibrí dándole vueltas a esto de estar enamorado. He llegado a tu casa con la mitad de la lluvia de esta tarde en los bolsillos, 21 días han llorado las buganvilias de mi piso por las 21 veces que hemos aplazado este encuentro, es decir, llegar, entregarte esta parte de lo que fuimos, maldecir las tortillas con champiñones que no comeremos nunca más porque nos recuerda a la soledad del ángel aquel que trabajaba como camarero y que llevaba la espalda tatuada con plumas de ganso. Ahora no es un buen momento para pensar que el 70% de los norteamericanos no creen que el hombre haya llegado a la luna, tampoco yo creo que los osos polares sean marxistas porque sean zurdos, como dices, además ten en cuenta que: 1) ningún mamífero confesaría que se sabe de memoria la Internacional y que 2) si la cantas gritando durante 8 años, 7 meses y 6 días puedes generar la energía suficiente para calentar una taza de café. Adriana ha recogido sus lágrimas del fregadero (donde se sentían en familia con la tristeza de las tazas y de las sartenes) y te ha dicho que este mundo ha dejado de ser una guardería para musarañas elefante porque su suegro ha partido llevándose un ejemplar de todos sus sueños en su alforja de promesas por cumplir. Entonces me llamas por teléfono, (hablamos como dos peces cuyo único punto en común es el mismo precio por kilogramo en el supermercado) y me dices que los poemas que te acabo de enviar no sirven ni para envolver pescado. Es cierto, cariñet, tengo que cambiar eso de «morir es gratis» por «morir es cosa de vivos». Por cierto, ¿sabías que hay un pino en las montañas de Nevada que tiene 4.845 años y que Leonardo compraba pájaros para liberarlos?
TAMBIÉN SE PAGAN IMPUESTOS EN EL CIELO
Acabo de abrir el periódico y me he dado de bruces
con la transparente mirada de Hopper,
es como una luciérnaga de tinta que va limpiando la oscuridad de las otras noticias esas que dicen que el euro es una enfermedad incurable
o que Wikileaks ha vuelto a destapar a la banca y a la Iglesia,
sin embargo no es verdad que la soledad haya pasado de moda
en el corazón de los choferes de autobuses
o que el mayordomo del Papa haya leído a Pierre Unik
tampoco es verdad que Bernhard haya sido más bueno que el pan
o que Dostoyevski haya odiado los espaguetis a la boloñesa,
no sé por qué,
pero cuando pienso en Hopper,
pienso en el oscuro vuelo de las alondras en los cementerios para aviones
o en las paradas de autobuses atestadas de vendedores
y de obreros
estoy seguro de que tienen el hígado delgado, como una hoja de afeitar
y que guardan sus recuerdos y varios puntapiés policiales
en sus pasaportes desechables
(¿Habían escuchado que el cocodrilo «llora» mientras devora a sus presas?).
Demonios, tengo un problema con los libros y con Hopper
no sé escribir este poema
y escribo sobre el mayordomo del Papa y sobre los pájaros que vuelven
a la aldea de tu mirada
escribo sobre obreros indocumentados como si escribiera una receta médica,
es que tengo que decirlo
les dicen animales ilegales hasta en sus propios países,
países cuyos peces nadan a sus anchas en nuestros limpios mercados europeos, duermen en los parques y también dentro de los cajeros automáticos
duermen y sueñan con un ojo abierto, (como lo hacen los delfines)
y su corazón, ese triste músculo de azúcar,
tiene el peso exacto de la sonrisa de un suicida.
No escribas sobre esto –me dices– no hagas una metáfora
sobre nuestras sobremesas, pero no te hago caso,
aunque el sol caliente tu garganta,
aunque te marches de casa dando un gran portazo.
Ahora desde la ventana te veo cruzar la calle
y, aunque no lo creas, puedo ver tus labios mojando la lluvia
y el vidrio caliente de tus sueños en el tranvía que te aleja de casa cada mañana.
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Nilton Santiago nació en la ciudad de Lima, Perú, aunque reside en Barcelona desde hace varios años. En poesía ha publicado El libro de los espejos (2º Premio Copé de Poesía 2003), La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro, Madrid 2012), El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014) y Las musas se han ido de copas, con el que obtuvo el XV Premio Casa de América de Poesía Americana (Visor Libros, 2015). Finalmente, Para retrasar los relojes de arena (Vallejo & Co., 2015) es su primer libro de crónicas.
Merecedor del accésit del Premio Adonáis de Poesía 2014, parte de su obra ha sido recogida en las antologías A otro perro con este hueso (Editorial Casa de Poesía, Costa Rica 2016) y 24 horas en la vida de una libélula (Ediciones Scalino), de próxima aparición en Bulgaria en edición bilingüe español-búlgaro.





