El miedo en tiempos de Trump

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Cecilia Galli

 

Siguiendo la costumbre de su pueblo, Cora e Iván se casaron cuando cumplieron dieciocho años de estar juntos. El casamiento fue en la iglesia Santa Catalina, en Austin. Los novios, sus cuatro hijas, y todos sus familiares y amigos celebramos emocionados. Después de casarse, Cora e Iván se compraron un pedazo de tierra y una traila, y siguieron su vida juntos.

Conocí a Cora varios años atrás, cuando mi hijo se hizo amigo de su hija en la alberca pública del barrio. Aunque no nos vemos muy seguido, Cora ocupa un espacio especial en mi corazón: fue la primera mexicana que me habló y me invitó a su casa cuando todas las otras madres de los niños que jugaban en el parque todavía sospechaban del color de mi piel. En casa de Cora aprendí que si uno baña a los bebés con agua de lechuga duermen toda la noche. Me llamaron bolillo y luego me convidaron bolillos. Y celebré con ellos cada cumpleaños, graduación, fiesta de quince y primera comunión. Vestimos a mi hija con un vestido como de novia pero pequeñito, y Cora me explicó que en su pueblo los tres años de los niños se festejan a lo grande, casi como si se tratara de una quinceañera. Así que mi hija tuvo su fiesta de tres de mentira. Vi mi primer altar a la Virgen de Guadalupe y fue el primer lugar de esta ciudad donde realmente me sentí como si estuviera en la casa de una hermana, echada en los sillones de cuero ajado, tomando Coca Cola y charlando de todo y de nada.

Cora fue la primera persona que me habló de la falta de documentos y que me participó de los trámites que hacía su hija mayor para acceder al DACA, el programa de acción diferida para los inmigrantes indocumentados llegados a Estados Unidos en la infancia. Las tres hijas menores de Cora nacieron acá, pero Alejandra, la mayor, llegó de bebé escondida junto a su mamá en el baúl de un auto.

A diferencia de sus ocho hermanos menores, que ahora son profesionales, Cora no pudo estudiar porque tuvo que criarlos cuando su madre murió, lo que la obligó a quedarse en el rancho. Eso me contó un día, enfundada en su uniforme rojo del local de comida rápida donde le pagan menos del salario mínimo. Su tono era veloz y expeditivo, como siempre que Cora habla, y sentí que era una explicación que ella necesitaba darme para sacar ese asunto del medio. Yo, que siempre había sentido que éramos pares, empecé a admirarla al darme cuenta de que cada cosa que ella hacía valía más porque para lograrla había tenido que avanzar contracorriente.

El mes pasado, mientras nuestros hijos desentonaban una versión de «We Shall Overcome» durante un acto escolar, Cora, a quien no veía hace un año, me preguntó si podía completar «los papeles» con mis datos. Sus hijas mayores me miraban atentas a través de sus ojos café enmarcados a la perfección por delineador líquido.

Yo estaba al tanto de lo que eran «los papeles» por una publicación en alguna red social que me hizo ver que la pesadilla se había vuelto real. «Los papeles» son una declaración jurada donde uno designa a un adulto que quedará a cargo de sus hijos en caso de que uno falte. O sea, en caso de detención y/o deportación. Porque todos debemos estar listos para que esto pase, «los papeles» pueden ser notariados incluso si están en blanco y uno puede rellenarlos cuando se presenta la emergencia.

Acepté al instante, incluso sin saber qué significaría quedar a cargo de las niñas, ni por cuánto tiempo. Porque puedo imaginar el terror que Cora y su marido deben sentir en este momento. Si nos detienen a mitad del día, ¿quién va recoger a las niñas en el colegio? ¿Dónde van a dormir esta noche mientras estamos presos? ¿Quién les va a avisar que no nos tragó la tierra, sino que nos cazó la migra? Sellamos nuestro trato con un apretón de manos. Sus hijas mayores sonreían. Cora sonreía. Yo también.

¿Cómo vive la gente desde que se volvieron realidad los rumores de que habría redadas especiales en Austin como respuesta a su política de ciudad santuario? Los que pueden vencer el miedo se preparan. Juntan partidas de nacimiento y otros documentos importantes. Salen lo mínimo indispensable para evitar exponerse. Organizan dónde quedarán sus hijos en caso de quedar detenidos y hablan sobre qué pasará cuando los deporten.

En las escuelas hay pósters donde se explican los derechos de las personas si un oficial de ICE se presenta en su casa. Esos mismos pósters circulan en las redes sociales y se desparraman en forma de mensaje de texto entre amigos y conocidos. La gente corre la voz si ICE entró en algún negocio preguntando por el estatus migratorio de trabajadores y clientes. Se hacen denuncias si ICE entra en una escuela para preguntar sobre el estatus migratorio de los estudiantes o de sus familiares. La gente camina mirando por encima del hombro, sospechando de cada movimiento, de cada auto que pasa cerca. Y se organizan eventos comunitarios donde se provee información legal.

Cuando este tipo de cosas ocurre, uno queda frente a frente con el monstruo, con el miedo más grande, con lo que viene esquivando desde que llegó a esta geografía, con el desastre que está a punto de suceder. Está «la cosa» enorme, indescriptible, sin forma, que puede pasar. Uno puede ser detenido, encarcelado, deportado. Separado de su familia, arrancado del lugar donde logró echar raíces y florecer. Y también están las cosas menores que forman la trama de la tela, la base de la vida, la realidad cotidiana. Es necesario juntar fuerzas para preparar los detalles que ayudarán en caso de que lo peor finalmente pase. Preparativos que una vez hechos quedan a un lado, como un botón para presionar en caso de emergencia.

Cora tiene muy claro que, si los devuelven a su país, volverá la familia entera: porque pueden cambiarlos de lugar, pero no podrán separarlos. Sus dos hijas mayores no están de acuerdo y quieren quedarse acá. Pero a Cora le preocupa que no sepan valerse por sí mismas y que terminen viviendo con alguien que las maltrate. Mientras tanto, la vida sigue, entre la rutina y el temor. Entre viajes relámpago a hacer las compras, a la escuela, al trabajo, y fines de semana en casa. Esperar lo mejor y prepararse para lo peor, porque la vida no puede parar.

 

 

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Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

 

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