Hombres de papel
Publicado el 02. sep, 2012 por Cuadrivio en Cuento, Literatura
A Nella Franco que me regaló
una metáfora casi tan
valiosa como su amistad
Michelle Roche Rodríguez
Movida por la historia espantosa que me había contado Manuel, aparecí en casa de mi amiga armada con unas tijeras, un cuchillo de cocina, una brocha de pintura con su cubeta, tres pinceles gruesos y dos potes de pintura blanca. Antes la había llamado por teléfono para avisarle que la iría a visitar y, aunque ya tenía mucho tiempo que no hacía algo así, ella no me hizo ningún comentario. Sólo me preguntó si había hablado con él. Cuando le contesté, no me dijo nada más, sólo que nos veríamos en la tarde. Yo, por supuesto, evité revelarle cuál era el motivo de mi visita.
La noche anterior, él se había aparecido en mi casa con una botella de whisky que se bebió solo. Llevaba clavado en sus ojos el desasosiego. Era, por supuesto, un problema con Daniela.
Manuel Iribarren me daba lástima porque no tenía ningún atributo que pudiera gustarle a ella. Era, para empezar, un hombre inmenso, alto, gordo, con la cabeza llena de brillo y la boca chiquita dentro de una barba incipiente. No era atractivo, pero tenía el verbo fácil y se reía de todo. Además, su mirada era tan intensa que uno no notaba que llevaba lentes, un par muy grueso que se le resbalaba sobre la nariz cada vez que se reía.
Su gran defecto era esa obsesión desmedida por Daniela. Como yo misma los había presentado durante una reunión en mi casa, me daba tristeza cuando él me increpaba:
—¿Por qué Daniela no me quiere, vale?
—¡Ah! Manuel, anda a antojarte de otra mujer, que ésta está muy loca, y nada puedes esperar de ella.
—No, Cristina, ésta es para mí, yo lo sé: la madre de mis hijos, como dice la gente.
—¡Por favor, Manuel! No le vayas a salir con eso a Daniela, que como se lo digas ella te quita hasta el saludo.
—No, pero si no sólo lo digo, lo sé. Pero yo no entiendo por qué ella no se convence solita –me decía con una sonrisa de mentira.
Pobre Manuel, desde que la conoció se obsesionó, pero nunca fue correspondido. Si ella se portaba de forma cordial con él, era por el cariño que me tenía. ¡Y bastante que me lo echaba en cara después! Cada vez que tocábamos el tema, ella solo se burlaba de él por gordito, por muerto de hambre y por tener las agallas para pretenderla.
—Cristina, un caballero no cuenta estas vainas, pero yo estoy muy preocupado por Daniela –me espetó Manuel después del tercer whisky y antes de referirme una historia que si hubiera venido de cualquier otra persona, no la hubiera creído.
Me contó que se habían conseguido en Juan Sebastián Bar, a donde cada uno había llegado solo. Bebieron, por su puesto, porque nada hubiera pasado si no hubieran bebido. En la pista de baile, se besaron, se abrazaron, se soltaron, se besaron. Cuando llegaron a buscar los carros en la puerta del local, ella lo tomó por un brazo y lo miró. Él entendió que lo estaba invitando a su casa. Y lo confirmó cuando ella fue a buscarlo una vez que ambos carros estaban estacionados frente a su edificio. Ante la puerta de su apartamento, él miraba su propia mano acariciando el pelo largo y oscuro de Daniela. Abortó un beso y la penetró con sus pupilas. Lo que pasó después, Manuel me lo dejó a la imaginación.
A la mañana siguiente, Daniela dormía la borachera y, loco de contento por lo que había pasado, Manuel se levantó de la cama para preparar café y no bien llegó a la sala se consiguió con una visión que le pareció terrible. Fue lo mismo que yo noté con horror cuando entré al apartamento aquella tarde: Sobre la pared de la sala, sin razón ni concierto, se hallaban desperdigadas decenas de recortes de papel. Cuando me acerqué para observar mejor qué eran, me di cuenta de qué había asustado tanto a Manuel: los recortes tenían forma de muñecos. Había hombrecitos hechos con papel moneda, de cartón y cartulina, con papeles blancos y coloridos. Los había sorpresivos como el papel regalo y vacíos como el celofán. También había de revistas, periódicos y fotos.
Constituían una república de hombres que había conquistado cada centímetro de la pared de la sala. Los más numerosos eran los hechos en papel bond, sin expresiones ni tan siquiera rostros, sólo cabeza, cuerpo y extremidades con su nombre escrito en tinta china sobre la barriga. Los ancianos eran los más aterradores, amarillentos y demasiado arrugados, parecían cansados de contarse las orgías que habían visto. Algunos de ellos, quizá porque ya les faltaba la fuerza para andar, se habían abrazado a los jóvenes de papel glasé, que me recordaban a mis amores cinematográficos de la adolescencia. Todos esos hombres eran una multitud de ausencias que gritaban en silencio la palabra soledad.
¿Cuánto tiempo había estado yo alejada de mi amiga como para que ella se construyera seres con humanidad de papel?, pensé y un dolor de cabeza me atacó, como un remordimiento de la conciencia.
Mientras yo me detenía sobre cada uno de los hombres de papel, Daniela me veía sin decir palabra. Un rato estuve así, callada, hasta que ella rompió el silencio ofreciéndome algo de tomar.
—Tienes mucho tiempo que no vienes, Cristina. Me conmovió tu llamada –me dijo poniendo una copa de vino sobre la mesa.
—Veo que redecoraste –le contesté con seriedad.
Noté que Daniela había cambiado mucho. Los movimientos que en ella estaban vivos antes, eran ahora engorrosos y lentos, como son los ademanes de quienes invierten demasiado tiempo entre las sábanas de sus camas. Su voz variaba de forma paulatina, pero segura, entre las medias palabras de la indecisión y la cadencia demorada de quien toma tranquilizantes para dormir. Además, tenía diez kilos menos que aquella mujer voluptuosa que habitaba en mi recuerdo, exhibiendo la vorágine de su desordenado pelo negro cayéndole sobre la cintura.
Tan fuerte fue la impresión que me dio su desmejora física que la miré fijamente y no pude escuchar cuándo comenzó a explicarme la presencia de los hombres de papel en la casa. Caí en cuenta de su historia como quien desde un sueño despierta en otro.
Parece que una noche la soledad la había llevado a la barra de un bar donde consiguió a un hombre que hacía origami. Era un moreno retaco y de pelo crespo. Las dos personas que atendían el lugar estaban ocupadas en observar qué animalito nuevo construirían aquellas manos mágicas. Verlo trabajar daba gusto. Sus ojos perseguían a las manos, sin reparar en nada más, hasta que Daniela le invitó el tercer trago. Luego se mostró muy interesado en acompañarla hasta su apartamento.
En la cama, él le hizo y deshizo el cuerpo con el arte de quien sabe doblar hojas y ella se olvidó, por fin, del primo tercero con el que no había podido casarse. A la mañana siguiente se consiguió con que el artista le había regalado un humano de papel lustrillo que olía a témpera, como el sudor que había dejado sobre su almohada. A ella le gustó jugar con el figurín, así chiquito e inofensivo, sin pedir nada. Disecado en el momento del amor.
Con el tiempo, le pareció que convertir sus recuerdos en papel era mejor que esperar a que ellos llamaran. «Lo divertido», me dijo Daniela, «era pensar en qué tipo de papel servía para interpretar a cada hombre». Los construía según el lugar donde los había conocido, cómo la habían amado, su profesión, sus manías o del material con el cual ellos construían los sueños que ella no entendía. En la pared se multiplicaban anécdotas sexuales hechas de cartón, papel bond, o lustrillo. Había hombres divertidos como las cartulinas coloridas, otros grises pero rasgados sobre papel de hilo, algunos célebres de periódico o de revistas. Unos habían salido de portavasos. Otros eran sólo una tarjeta de presentación. Los menos valiosos, por supuesto, eran de papel toilet.
Ángel, un académico frustrado por la falta de seriedad de los venezolanos, se ganó un alter ego de papel aluminio. Él fue un espejo deforme donde Daniela reconoció sus propias frustraciones. Edmundo era un vacío recortado de una foto, pues pasó con ella su última noche antes de irse a Australia, donde consiguió asilo para su manía de buscar horizontes lejos de su patria. Un bailador de salsa estaba hecho de un papel carbón que dejaba vestigios de tizón en la pared, con la misma insistencia con que el hombre real reprodujo mensajes de texto en su celular. Por Armando, un busca fortunas, había sacrificado un dólar. Él vivía al lado de otro hombrecito hecho con un billete de cien bolívares, a quien le debía una cena. El más difícil de recordar tampoco se notaba sobre el corcho, pues estaba hecho de papel celofán. Era un hombre tan insignificante que pasó desapercibido, incluso cuando se vino en ella.
—¿Y cómo recortaste a Manuel? –le solté con violencia.
—A él no lo he podido convertir en papel –dijo y clavó la mirada en el suelo.
Allí estaba el detalle: por fin Manuel había llamado la atención de Daniela y él ya no la deseaba. No había aparecido más ni respondía sus llamadas.
—Coño, son todos iguales –me dijo.
Pero yo le contesté que no tenía ninguna prueba de eso. Era la primera vez que le ocurría algo así. Había usado a tantos hombres que era lo justo que alguno la usara a ella. En el fondo, yo sabía qué le había pasado. Lo imaginé a la mañana siguiente, mareado por la resaca de alcohol, enfrentado a la pared empapelada con una multitud de ausencias. Aterrado.
—¿Uno se siente así cuando se enamora, Cristina?
—Yo no sé cómo te sientes tú –le contesté.
—Mal, ¿no me ves?
Era cierto, se veía fatal. Sólo hay un tipo de amor que enferma: el que no es correspondido. Una revelación me golpeó en ese momento: tener sexo ocasional era la única manera que le permitiría a una mujer soberbia como Daniela hacer empatía con los hombres. Quizá ella misma se había dado cuenta de qué le ocurría a Manuel. Pero la soledad es una costumbre difícil de arrancarse y ella no sabía cómo demostrarle que ahora sí quería compañía. Un amago de lástima me impulsó hasta la pared.
La pobre Daniela se quedó con la boca abierta cuando me vio meter la mano por la espalda del hombre de papel carbón:
—¡Fuera de aquí! –grité.
Y juraría que el negrito me contestó. Daniela, estupefacta, me observó como si fuera la pared misma que yo estuviera tumbando a golpes. Pero pronto se me unió, empuñando uno de los cuchillos que yo había traído.
El hombre de papel celofán chirrió una vez más antes de que lo metiéramos en la basura. Los viejos de papel amarillento no opusieron resistencia, pero los jóvenes de las revistas dejaron pedazos pegados sobre la pared que iba quedando, palmo a palmo desnuda. «¡A darles con la lija!», mandó Daniela. Al final, las paredes habían quedado como un campo de batalla: con pedazos de pies, brazos, quizás dedos, regados por allí en una matanza que a falta de sangre, había derramado tinta. Traje los potes de pintura y las brochas y ella botó las bolsas de basura donde enterramos a los hombres de papel.
—Me pareció oír que gemían, adoloridos por la carnicería… –me dijo como preámbulo de algo que no escuché. No quise hacerle caso, algo peor que el remordimiento me sofocaba. Mientras pintaba la pared en silencio, supe que Daniela se sentiría ahora más sola que nunca.
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Michelle Roche Rodríguez (Caracas, 1979) es periodista y crítica literaria en Venezuela. Es la encargada de la fuente de Literatura en la sección de cultura del diario El Nacional. También colabora con la revista estadounidense Literal. Latin American Voices con el suplemento cultural «Papel Literario», y con la revista electrónica Prodavinci. En abril de 2010 participó en la Semana de la Narrativa Urbana con el cuento «Ojos como espejos». Hace ocho años obtuvo su título de periodista en la Universidad Católica Andrés Bello. En 2008 completó un posgrado en la Universidad de Nueva York (Master of Arts in Humanities and Social Thought), con la tesis Lo real siniestro. Representación del fracaso de lo moderno en la literatura venezolana. Su blog es: www.michellerocherodriguez.blogspot.com








