Como alma que lleva el diablo
Publicado el 11. dic, 2011 por Cuadrivio en Cuento, Literatura
Bernardo Esquinca
Yo sí creo en la suerte. Sé que muchos piensan que todo está predestinado y que nada depende de una afortunada combinación de casualidades. Pero yo sí creo en la suerte. Por ejemplo, aquella vez en la escuela que empujé sin querer a Benito desde el segundo piso y cayó de cabeza, tuve suerte de que, después de seis meses, saliera del estado de coma. Yo iba a visitarlo al hospital y lo veía como muerto, todo pálido, con varios cables conectados al cuerpo. Pero bendita sea la suerte, Benito no murió y desde entonces dejó de molestarme. Nunca volvió a decirme «mongol» o «retrasado».
Por supuesto que también tuve mucha suerte la vez que incendié el baño de la escuela. En realidad no deseaba hacerlo, el plan consistía en tronar una palomita de cincuenta pesos en el bote de basura. Como el conserje me vigila siempre que voy al baño debido a mis tendencias artísticas («muralismo», dice el maestro de Historia), le ordené a Benito que lo hiciera. Bueno, no le ordené, se lo pedí atentamente, junto al barandal del segundo piso. Al muy tonto no se le ocurrió revisar el basurero antes de arrojar la palomita y como estaba lleno de papel de baño, se incendió. Tuvimos suerte de que Moralitos, quien se encontraba en esos momentos haciendo sus necesidades, sólo se quemara las nalgas. Sin embargo, a Benito lo mandaron de vacaciones permanentes.
¿Me creen que sí existe la suerte? Cuando yo definitivamente creí en ella, fue cuando se me ocurrió lo de la pistola. Creo que lo vi en el cine, en una de esas películas que mi papá no me deja ver, porque dice que se me llena la cabeza de ideas. La verdad es que siempre traigo la idea repleta de cabezas, aunque no vea películas. «Ruleta rusa» se llama el juego que practicaba el protagonista. Me pareció divertido e invité a Benito a jugarlo. Fui a su casa sin avisarle (para darle la sorpresa), una noche que sólo estaba su nana. Ya conocía su casa porque había ido a varias fiestas y sabía por dónde brincarme sin ser visto. También sabía que su papá guardaba una pistola en el clóset. Desperté a Benito pistola en mano y nos pusimos a jugar. Me suplicó que echáramos un volado para ver a quién le tocaba primero, pero le expliqué que, como la pistola era de su padre, a él le correspondía iniciar. Así que jaló del gatillo y la pistola tronó fuertísimo y ya no quise averiguar cómo quedó su cara: salí corriendo como alma que lleva el diablo. Lo que supe después es que, para jugar ruleta rusa, la pistola sólo debe tener una bala y no todas.
Tuve suerte de que a Benito le tocara disparar primero.
_______________
Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) es escritor y autor de las novelas Belleza roja (2005), Los escritores invisibles (2009) y La octava plaga (2011), así como del libro de cuentos Los niños de paja (2008) y la obra ensayística Carretera perdida. Un paseo por las últimas fronteras de la civilización (2001).






