Saturday, 21st April 2012

Elevación

Publicado el 24. jul, 2011 por en Dossier


Aileen Armstrong

 

Usaron esa palabra para él, o más bien esas dos palabras, cuando anotaron sus datos. Tenían que consultarlo y hacer un mitote. Marianne con su portapapeles y ese largo cabello brillante, Marcel con su cara de calavera y esas orejeras ridículas. Estaban parados junto a las ventanas desde donde se veía el terreno, sus obscuras cabezas inclinándose una cerca de la otra, Marianne golpeteando el cristal con uñas de color rubí y Marcel suspirando y encogiéndose de hombros.

El chico estaba sentado esperando, inmenso, invisible. El lobby estaba obscuro y putrefacto tras el calor del día, y él estaba seguro de que él mismo contribuía al olor. No había aire acondicionado; no había mucho en ese lugar. El escritorio de la recepción era una mesa delgada que se hundía con el peso de los archivos apilados sobre ella. No había computadora, o floreros, o música de fondo. Había unas sillas de jardín apiladas contra las paredes, pero, hasta ahora, no había visto ningún jardín. El piso era de mosaicos rojos, desigual, cubierto con una delgada capa de mugre que venía de afuera. Había rebotado incómodamente en esos mosaicos al entrar: el taxista, un francés robusto que parecía divertido, había empujado su silla de ruedas a través del lobby con aires de alguien que, finalmente, lo había visto todo.

Una avispa moribunda se arrastraba por el vidrio de la ventana cerca de la cabeza de Marcel. El chico la veía con interés: los movimientos chisporroteantes de la avispa, cómo subía y bajaba, la forma en la que se aventaba, débil y furiosa, contra el vidrio. Lo llenaba de una tranquilidad somnolienta. Ya sentía que este nuevo lugar con su extraña luz de la tarde y su aire fétido se lo tragaría completo; ya sentía que el viejo mundo se le resbalaba, el mundo de los aeropuertos y las laptops y todavía más su escuela y Tennessee. Todo era ahora este lobby y estos dos –esta mujer– enfrente de él, en quien había puesto todas sus esperanzas.

—Sólo estoy muy cansado –dijo cuando terminaron de platicar–. ¿Alguien podría mostrarme dónde está el elevador? Me gustaría irme a mi cuarto.

Entonces se miraron.

—Ah –dijo Marianne, abriendo los ojos–. Ah, lo que pasa…

—Lo que pasa –dijo Marcel– es que no estamos seguros de qué esperabas cuando te inscribiste. Esto es Europa, ¿sabes? Este edificio es muy, muy viejo y no tiene elevador, o más bien –volteó a ver a Marianne– no tiene un elevador que funcione. Estamos buscando a alguien que lo arregle. Estas cosas tardan, ¿sabes? No es tan fácil por la barrera del idioma. A estos hombres… –dijo viendo a la ventana, y se encogió de hombros con tristeza– a estos hombres no les gusta que los apuren. Están haciendo lo mejor que pueden.

Los tres miraron la ventana. El chico en su silla de ruedas, Marianne en su pose de bailarina, Marcel bien enfundado en su abrigo. El chico nunca había visto a un hombre usar orejeras antes. Azules. Se veían, pensó el chico, bien pinche ridículas. Sí sabes que es agosto, casi le dice a Marcel, y que hace calor. Pero si Marcel se veía ridículo, entonces, ¿cómo se veía él? Se estaba descuidando, sus expectativas siempre eran demasiado grandes. Tenía que estirar el cuello e inclinarse hacia adelante en su silla para ver hacia afuera.

Afuera había cuatro hombres cavando en la tierra. El lugar era un desastre. El lodo que se había levantado había descubierto un delta de tubos naranjas alrededor de los cuales los trabajadores paleaban desesperanzadamente. Sus bíceps flacuchos brillaban con el sudor; parecían estar trabajando en silencio, pero era difícil estar seguro.

—¿Te dije que los trabajadores no quisieron que les pagáramos? –dijo Marcel. Sacudió su cabeza como de calavera, triste– Lo único que querían era una botella de whiskey del bar, ¿puedes creerlo?

Junto a él, Marianne asintió lentamente. El chico se cambiaba de posición en su asiento. Sentía cómo su trasero se desbordaba de los lados de la silla de ruedas. Tenía el horrible presentimiento de que tal vez iba a llorar.

—¿Marcel?¿Cómo se supone que suba las escaleras?

Los dos voltearon a verlo.

—No uso escaleras –les dijo–. No uso escaleras –estaba seguro que parecía orgulloso de sí mismo, pero no lo estaba. Sólo intentaba no ponerse a berrear, así que mantuvo su cara bien  rígida y se chupó los cachetes hacia adentro muy fuerte.

—Está bien, sé lo que quieres decir –dijo Marcel.

—Sí –dijo Marianne, viendo de nuevo hacia la ventana–. Creo que eso podría ser un problema.

Marianne de Montaigne. Hace una década había sido la yogui más famosa de toda Europa. Los grupos cristianos la acosaron cuando, después de una entrevista para Estados Unidos, aseguró que podía levitar. Se metió en las drogas un rato y, después de eso, en la danza. Ahora estaba de vuelta en Francia y ofrecía su centro de YogaDance Fit a los turistas estadounidenses. Descansaba junto a la ventana, con las manos atrás de la cabeza y un pie hacia adelante: la sensual bailarina de Degas. Había pasado mucho tiempo buscándola.

—Bien pues –dijo dejando de ver a los trabajadores–. Vamos a ver cómo le hacemos. Hagamos los cálculos. No puede ser tan difícil. Veamos… James, ¿verdad? ¿En qué cuarto te habíamos puesto?

Marianne empezó a darle vuelta a las páginas del esquema en su portapapeles, pero Marcel la agarró del codo y se lo quitó.

—Es que, ya sabes –dijo–, es sólo que todavía estamos intentando organizar esto, y ya casi lo logramos. Cuando terminemos, este centro será el mejor de toda Europa. Te lo aseguro. Pero ahorita sigue siendo un, eh… un reto.

Marcel, el esposo de Marianne, el que usa orejeras azules; tiene entre treinta y cinco y sesenta años, es difícil de calcular. El chico lo escuchó atentamente; necesitaba estar muy, muy seguro de no malentender algo. Es importante entender las cosas cuando eres mórbidamente obeso como el chico. Necesitas saber exactamente qué va a pasar y necesitas que todos sigan el plan. Y si hacen planes necesitas saber sobre esos planes porque necesitas entender lo que esos planes verdaderamente significan para ti, para todos los ciento sesenta y seis kilos de ti. Y si dice en el panfleto o en el sitio de internet que hay un elevador en el hotel entonces asumiste que significaba que había un elevador que servía en el hotel y que el hotel era en verdad un hotel y no algún chingado internado en ruinas con lodo y tubos chorreando por todo el jardín.

Al final le dieron una habitación abajo, una pequeña y cómoda habitación que daba a la cocina: el cuarto privado para yoga de Marianne. Ella tuvo que mover todas sus cosas al segundo piso. Se la pasó corriendo de arriba abajo toda la tarde, tirando mascadas y joyería por donde iba. El chico podía darse cuenta de que no era de lo más ordenada. No le importó. De hecho se había portado muy linda, no hizo un gran drama por tener que cambiarse de cuarto como Marcel hubiera querido. También parecía estar más interesada que asqueada cuando lo ayudó a maniobrar su entrada al cuarto.

—¿De verdad no cabes? –le seguía diciendo–. Eres un chavo muy gordito, ¿verdad? ¿Qué tal que intentamos de lado? ¿O diagonalmente? ¿Y si te doblas para adentro ese pedacito de ahí?

Él seguía diciéndole que estaba bien, que no había ningún problema, que simplemente podía bajarse y doblar la maldita silla él mismo. Pero…

—No, no, no –insistía ella–. No te preocupes, ahorita vemos cómo le hacemos.

Era una celda muy poco alegre para dormir; era probablemente el cuarto más pequeño en el que jamás había estado.

—Díganme que tiene baño –dijo en el momento en el que Marianne y la silla por fin entraron de golpe al cuarto. Tenía los ojos cerrados, rogándole a Dios, rezando fervientemente a pesar de todo, pero ya sabía que no tenía. Había una cama estrecha y un escritorio, una pequeña ventana en la pared más lejana con una cortina naranja colgando, y un armario viejo cuya puerta se abrió lentamente para saludarlos. Marianne salió al pasillo para tomar la maleta del chico y la puso en la cama, sudando un poco.

—¿Una maleta para cuatro semanas? Dios, sí que viajas ligero –se tiró en la cama  y volteó a verlo y en su cara apareció la sonrisa más grande que jamás había visto–. Así que, James –dijo–, ¿ya has hecho yoga antes? ¿O baile? ¿Alguna vez has bailado?

Su sonrisa creció y creció mientras lo miraba de arriba a abajo. Estaba percibiéndolo todo, la carne en un suéter rojo saliéndose de los lados de la silla de ruedas, los pegajosos rollos en su cara y su cuello.

—Ni siquiera te molestes –le dijo–. Créeme, ya he escuchado todo.

Marianne se rió calladamente, con sus ojos mirando al techo.

—Te creo. Pero dime, James, ¿cuánto pesas? Porque no creo que esta cama vaya a aguantarte –exhaló con fuerza. Su cara parecía temblar involuntariamente, como si hiciera movimientos de tap.

—Puede que sí me sostenga –él dijo–. Probablemente lo hará.

—No, no lo hará –pestañeó sus ojos hacia él, eran delgados y rápidos y cafés, furtivos y con pestañas como arañitas–. Dios –dijo–. Apuesto a que ni siquiera sabes en qué estabas pensando cuando decidiste venir aquí.

—¿No hay baño adentro del cuarto?

—No. El baño y la regadera están al final del pasillo. Pero escúchame –dijo Marianne, parándose y balanceándose de atrás para adelante sobre sus tobillos–, no damos toallas. Te puedo prestar una para hoy en la noche si quieres, pero vas a necesitar otra para la primera clase de la mañana.

—Está bien –él dijo–. Traje la mía.

—Muy bien. ¿Algo más que necesites saber? ¿Algo con lo que necesites ayuda? –titubeó– ¿No necesitas ayuda para ir al baño o algo así?

—Eh, no; está perfecto, estoy perfecto.

—¡Perfecto!

Le dio unas palmaditas en la espalda antes de salir. Cuando llegó a la puerta la llamó.

—Me preguntaba –dijo– si todavía lo haces.

—¿Qué?

—Me refiero a…

—¿Qué?

—Levitar

Marianne se quedó parada en el marco de la puerta, bautizada en el polvo de la repentina luz de la tarde. Se le quedó viendo pensativamente un momento, entonces, se echó a reír.

—¿Sabes qué amigo? –le dijo– Me agradas.

La escuchó subir las escaleras ruidosamente. Podía imaginarse su espalda de bailarina, a su espina dorsal serpenteando y curveándose todo el tiempo mientras subía esas largas y solitarias escaleras, a ese deslumbrante cabello negro cayendo sobre sus hombros. Desde que tenía memoria nunca había subido escaleras. Eran un misterio para él, portales extraños donde la gente desaparecía hacia arriba y hacia abajo en ellas. Ese tiempo que pasaban solos, yendo a algún lugar, esa transición, ese viaje; él no tenía idea de cómo era.

Así que Marianne se había equivocado con lo de la cama; sí lo aguantaba. El colchón se hundió profundamente en el marco cuando se subió en él, pero soportó su peso sin problemas. Se acostó respirando profundamente, y la caliente luz de la tarde se filtraba por la cortina naranja y lo calmó.

Finalmente había conocido a Marianne, la había visto, había hablado con ella, le había dado un empujón (literalmente) y ella se había sentado en su cama. Cuando lo dejó sólo, lo invadió la tristeza de que no lo hubiera reconocido, de que no hubiera visto en él el potencial que estaba seguro de que seguramente ella vería. Había querido decirle que entendía, decirle que él también lo había hecho; que lo hacía todas las noches mientras dormía. Que no sabía cómo lo hacía, o por qué, pero que sabía que podía hacerlo, y que todavía tenía mucho por aprender.

Afuera de su ventana, Marcel discutía con los trabajadores en francés. El chico se quedó dormido unos momentos y, cuando despertó, lo estaba haciendo de nuevo: estaba flotando encima de la cama, suspendido en el cálido y brillante espacio del cuarto. La silla de ruedas, doblada, descansaba junto a la pared, tan olvidada e inanimada como las sillas de jardín del lobby. El aire de la habitación era cálido y naranja, y zumbaba con la tensión de las voces de afuera. Marcel sonaba enojado, Marcel estaba enojado y él estaba tranquilo, y esto lo hacía muy feliz. Estaba tan tranquilo y calmado en su colchón de aire como una ballena muerta encallada en la arena. Estaba tan tranquilo que sentía que podría flotar a través del techo, a través del primer piso de arriba y más allá; más arriba, hacia el segundo piso, donde Marianne estaba sentada en el calor de la tarde. Tal vez estaba en su nuevo cuarto, haciéndolo en ese momento, justo como él. Se rió de pensarlo, del vínculo que los unía. Eventualmente se daría cuenta, estaba seguro. Simplemente lo reconocería en él, lo vería por quien era. Te lo dije, él le diría, no uso escaleras. Afuera, las voces se oían cada vez más fuerte. Una ráfaga de francés y un sordo tintineo en el momento en el que una botella de vidrió se estrelló contra la pared. Ésta se quebró en una brillante lluvia de sonido; Marcel le llamó a gritos a su esposa. Dos pisos debajo de ella, el chico flotaba, con una sonrisa beatífica en su cara.

 

 

Traducción de Zeidy Canales

 

 

_________________

Aileen Armstrong estudió su M.A. en creación literaria en la NUI de Galway. Ha publicado narrativa en la revista Stinging Fly y en la antología Three Times Daily.

Zeidy Zady Canales Violante (Ciudad de México, 1988) es egresada de la carrera de Lengua y Literaturas Modernas Inglesas. Su pasión por el amarillismo y la pornografía la llevó a interesarse en la literatura jacobina y el absurdismo, los cuales satisfacen su morbosidad con caché. Se dedica a la traducción y a horrorizar estudiantes de preparatoria con sus pecaminosos gustos literarios.

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