Sunday, 15th December 2013

Los desertores de la perfección

Publicado el 15. mar, 2011 por en Cuadrivio proteico

¿Qué quería decir Nietzsche cuando proclamó la muerte de Dios? ¿Qué significa ya no tener un arriba ni un abajo? En esta amena conferencia, Óscar de la Borbolla revisita a artistas, filósofos y científicos de diferentes épocas para ilustrar la oscura sentencia nietzscheana y señalar el rasgo característico de nuestra época: la renuncia a la perfección.

 

Óscar de la Borbolla

 

Me parece que han cambiado demasiado las cosas, y justamente de eso quisiera hablar, porque, el problema de la posmodernidad, sobre todo para ustedes, es como el problema del pez que nace dentro del agua y ya no sabe qué cosa es el agua porque nunca tuvo algo diferente que contrastar.

Quisiera mencionar simplemente que hubo una época y ésta es otra. Esto que suena evidente no entra en discusiones, mas resulta que la frontera que separa a la primera de la segunda es una frontera tan ancha que, como bien decía Marx: «Los modos de producción coexisten y las ideologías coexisten». No hay manera de hacer un deslindamiento claro entre dos actitudes: una moderna y una posmoderna.

Sabemos que el artífice de la modernidad es Francis Bacon. Cuando en Novum organum declara, por primera vez, que la ciencia no debe tener como fin el conocimiento por el conocimiento –que es la versión aristotélica de: el saber por el saber–, sino un saber al que se le asignaban unas finalidades que consistían en mejorar la vida humana, él decía que esto sólo era posible gracias a los inventos.

Cuando uno realiza su utopía y lleva a cabo las de sus contemporáneos: Campanella, Tomás Moro y demás, va uno a un supermercado y descubre que se quedaron cortos en cuanto a la visión de los inventos que, supuestamente, iban a «generar» esta dicha y felicidad para todos. Pero ahí hay un momento de corte importante con Francis Bacon: se inicia la modernidad. Se comienzan, por tanto, las ideas de que la razón al servicio de las necesidades pueden llegar a traer un mundo nuevo gracias a que todos conquistáramos la felicidad.

Desde aquel entonces a este desencuentro con las consecuencias de la tecnología, con cuestiones tan complicadas que no terminamos ni siquiera de descifrar en cuanto a sus consecuencias, como puede ser el hecho de que todos nosotros estemos conectados por el Facebook, o muchos de los presentes se habrán enterado de esta plática gracias al Twitter, incluso muchos de los presentes a lo mejor ignoran al compañero o compañera de al lado porque tienen todo un tórrido romance epistolar mediante cartas por el Facebook.

Esta manera de intromisión de la tecnología en las formas de la vida cotidiana es una cosa extrañísima, tan extraña que ni siquiera la siguiente camada de utopistas –me refiero a Aldous Huxley, Orson Wells, hasta el mismo Skinner– tuvieron también su utopía, ya que en ninguna de ellas se mencionaba la aparición del Internet, a ninguno de estos visionarios se les ocurrió que de pronto íbamos a estar, ya adentrados en el siglo XXI, con una tecnología tan sofisticada. Sí había algunos atisbos, los hay desde Mary Shelley con Frankenstein cuando estaba de moda la electricidad, y se llegó a creer que se podría hacer vida artificial.

Hay algunas cosas por ahí sembradas, en cuanto a la expectativa, pero ahora que el genoma humano está prácticamente descifrado y se andan buscando las moléculas que tienen que ver con enfermedades o con rasgos de carácter para poder aislarlas y hacer fármacos o hacer procedimientos que mejoren, a lo mejor terminan repercutiendo en la longevidad de nosotros, eso sí ya estaba preanunciado, pero el Internet no. Esto es uno de los factores más decisivos que hacen que ésta sea otra época.

Pero veamos si podemos reconstruir un poco los hechos, hacer algunos puntos de contraste para que noten cuál es esta diferencia:

Hace 40 años –se imaginarán la efervescencia de los años sesenta o setenta–, cuando era el ayudante de Nicol, me llamó y me dijo: «Óscar, no se pierda con las anécdotas». Me quedé estupefacto porque para mí era importantísimo lo que había pasado en el setenta y uno, yo andaba en la beligerancia total, y le contesté: «Es que usted no entiende», y claro que no entendía nada.

Ahora estoy más convencido que nunca, pero me dijo algo tan desconcertante que he terminado por entenderlo casi 30 años después. Me dijo: «Mire la distancia entre usted y yo, que, para que se lo imagine, radica en el hecho de que mi abuelo estuvo en las fuerzas de Napoleón III». De pronto pensé: «¡Caramba! Su abuelo, un hombre con quien él había tratado, vivió hace 200 años. En ese entonces eran nada más 150». Era muy curioso, pues era un viejo tan necio que si el pizarrón estaba manchado de gis salía como un energúmeno al pasillo buscando al bedel. No sé si ustedes sepan lo que significa la palabra «bedel», sólo puedo decir que ahora son los sindicalizados. Bien, pues Nicol les exigía el cumplimiento puntual de sus obligaciones leyéndoles el manual de funciones.

Cuando lo acompañé alguna vez al médico y la recepcionista lo nombró por su nombre para avisar que ya podía pasar, se paró muy indignado y dijo: «Señorita, ¡doctor Nicol, por favor!». A mí todo eso me parecía propio de un viejo trasnochado porque yo era hippie y la verdad era que no cuadraba con mis costumbres. Pero Nicol era el último eslabón de lo que yo pude conocer de un mundo que de pronto desapareció, un mundo en el que la gente se tomaba y hacía las cosas muy en serio.

Ahora, para que lo noten más claro y no me refuten, déjenme primero plantear una característica propia de la filosofía.

La especulación filosófica es como la especulación matemática. Las matemáticas que nosotros usamos sirven para poder hacer, por ejemplo, gracias a un topógrafo con su teodolito, un deslinde de un terreno, y ya sabemos cuánto mide nuestra propiedad, ahí lo dice en el título.

Estas matemáticas toscas y rudas sirven para evitar querellas entre los propietarios colindantes. Ahí hay un problema, porque si nos acercamos al borde y nos vamos a la profundidad, descubriremos, de pronto, que el borde es un fractal, una serie de una serie de zigzagueos. No hay manera de saber dónde termina uno y dónde empieza el otro.

Cuando se especula matemáticamente, se olvida que esas matemáticas, al aplicarse a lo real, no concuerdan. Se dice que todas las plantas tienen la proporción áurea, pero si las miden bien más o menos dan la proporción áurea, es decir, no hay ninguna que sea exactamente la proporción áurea. Igual sucede con las generalizaciones filosóficas: se arma un modelo que permite comprender, pero evidentemente hay un montón de excepciones.

Dicho lo anterior, vamos a tratar de armar un modelo:

Hubo una época y ésta es otra época. Y como seguramente el modelo resulta ser parecido a un modelo matemático, también aquí hay un cavernícola disfrazado de universitario pero no es el prototipo del contemporáneo que debería de existir.

Entre algunos de ustedes quizá haya quienes todavía tengan una enorme afición por la perfección, pero no es lo típico de lo que debería de haber. Por ejemplo, si alguien no ve el dibujo y la fotografía que subí en el Facebook para anunciar alguna plática, no se pierden de gran cosa. Se trata de una fotografía que provoca comentarios y obliga a que los demás reproduzcan en sus facebooks, es decir, les gustó.

¿En qué consistía esa fotografía? Son cinco jóvenes que están agachados, más bien dicho, son las sombras de cinco jóvenes inclinados en la arena, y ahí donde está la sombra de la cabeza, pican un par de ojos y hacen una boca. Cada quien hizo su propio rostro. Esto es exactamente en lo que consiste una instalación. En otras palabras: un ejemplo de arte contemporáneo. No está hecha con cuidado, pues el fotógrafo no tuvo la precaución siquiera de sacar las patas de la fotografía, ahí se le ven. Las bocas no están perfectamente trazadas, se ve que se hicieron con un descuido rápido.

Si yo tomo eso como lo representativo de esta época y de pronto me voy a la Galería Borghese, en Roma, entro y encuentro las esculturas de Bernini. Hay dos piezas en ese lugar: El rapto de Proserpina y Apolo y Dafne.

Por un lado, a Dafne la va persiguiendo Apolo y para escapar se transforma en un árbol de laurel. Aquí Bernini toma el instante en el que ella es tocada y empieza a transformarse. Apolo trae consigo un lienzo que se que vuela por el viento, por la carrera que se simula así, y en alguna de las partes, para mostrar el escultor que es una gasa, adelgaza tanto el mármol que se vuelve translúcido.

Cuando uno ve eso, parece que es un pedazo de gasa lo que trae cubriéndole parte del cuerpo al personaje. El esmero de Bernini, para que la pieza no se rompiera y para conseguir esa delgadez en el mármol sin las pulidoras actuales, deben de haber sido horas de trabajo y de genialidad.

Por otro lado, todavía es más sorprendente El rapto de Proserpina. Zeus levanta a Proserpina y la sostiene en el aire, las manos de Zeus se hunden en el muslo de ella y se ve hasta la piel celulítica. Da la impresión de que es absolutamente blando. Yo no tengo en la memoria ningún ejemplo mejor de lo que es la perfección.

La leyenda aquella de Miguel Ángel de que al terminar el San Pedro le pegó un martillazo en la rodilla para decir «habla», porque era lo único que le faltaba al mono, la verdad, no. Creo que de los barrocos el más excepcional, el que logra un hiperrealismo absoluto y además una expresividad total, es Bernini. Si no lo han visto, asómense, véanlo por ahí. Cuando uno ve eso y ve en cambio lo que hace Gabriel Orozco con los balones desinflados y sucios, o lo que exhibe nuestro Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), ahí algo pasó.

En otros campos. La Divina Comedia está escrita con lo que se llama técnicamente «tercetos encadenados», esto consiste en manejar una rima que hace que el primero y el tercer verso tengan la misma rima, el segundo tenga la rima del primero de la segunda estrofa, y así se van alternando. Se provoca una musicalidad maravillosa. Es muy difícil, hay que tener un buen conocimiento del lenguaje para encontrar las palabras que uno quiere poner, pero que también coincidan con el significado. La Divina Comedia no tiene solamente esa cuestión formal y compleja, sino que además está armada en círculos concéntricos de tríadas para representar con ellas la trinidad y la obra está distribuida en tres grandes secciones: infierno, purgatorio y cielo.

Para haberla llevado a cabo hizo algo que no habían hecho todavía: dar una explicación coherente de todos los repasos que había ido provocando la teología y las afirmaciones de los padres de la Iglesia y las escrituras sagradas para hacerlas coincidir y dar por fin una versión coherente; es un monumento de teología, todo está cifrado, hasta el hecho de que Beatriz aparezca vestida de blanco, azul y rojo, que son los colores de teología es importante.

No sólo eso, Dante estuvo ante la alternativa de escribirla en toscano o escribirla en italiano y decidió, para darle un cimiento a una lengua nueva, hacer este portento. Todos los pasajes son sublimes.

¿Qué pasa hoy? Como ejemplo pongo un escritor, a quien conozco, que se impone a un requisito formal también muy latoso: escribir con una sola vocal. Este escritor dice: «Ojo, Sor Socorro no soportó los complots, loco o no, yo lo jodo, no soporto los rollos».

En cuanto a la dificultad es más breve, claro, pero en cuanto a la dificultad también es cuesta arriba, y, sin embargo, no hay esa intención de hacerlo todo bien. «No lo hice bien que hasta hice una trampa con la u… y me vale. Yo creo que Dante se habría pasado unos cuantos años más buscándole. Yo después de unos cuantos meses me di cuenta de que era imposible». A la segunda lectura del diccionario no había más que 17 palabras  y no servían para nada porque una era ñundú, que es un animal que nadie ha visto y entonces no me servía.

Ahora vamos a otro ejemplo: hablemos de Leibniz. Se le ocurren cosas muy extrañas, tiene un problema heredado por Descartes de no poder comunicar el alma con el cuerpo. Hay un divorcio fundamental. Son dos sustancias irreconciliables y a Leibniz se le ocurre resolverlo pensando que todos estamos separados, que cada quien es una mónada, no tiene puertas ni ventanas, pero en su interior se va proyectando la película de lo que va sucediendo afuera. Todo está contenido en la memoria de la mónada.

Ustedes no me ven directamente, ven su cinescopio interior, su pantalla líquida, no sé qué tan actualizados estén, pero simplemente concuerdan por una armonía preestablecida y dan la apariencia de que todo marcha de forma sincronizada.

A Leibniz se le ocurre decir que esta armonía preestablecida creó el mejor de los mundos posibles, y éste significa que había unos no tan buenos. Unos imposibles y otros sí posibles, pero no eran el mejor.

Los mundos imposibles son los que contienen una contradicción: no hay ningún mundo en el que haya círculos cuadrados. No existen. Pero un mundo en el que yo traiga una camisa blanca en lugar de una azul sí es posible. ¿Cómo pudo Dios elegir entre todos los mundos posibles éste y no aquellos?, porque todos esos mundos los está pensando Dios. Si los está pensando y no les ha dando existencia, entonces tienen algún tipo de ser, no un ser real, pero sí, por lo menos, un ser pensado. Tienen ese nivel de existencia que consiste en la subsistencia. Hay infinitos mundos subsistentes y uno existente.

Todo va sonando lógico; no obstante, hay un problema: para que esto tenga un respaldo absolutamente comprobable, Leibniz tiene que inventar el cálculo infinitesimal porque, entre yo y no yo, hay infinitos yos posibles.

Imagínenme disfrazado de todos los colores con la estatura de todas las estaturas. Tendría que armar un cálculo que me permitiera encontrar el infinito entre una mónada y otra. Meto el infinito entre el cero y el uno. Los mamarrachos, ingenieros actuales, usan el cálculo infinitesimal para poder hacer que los tubos embonen.

El émbolo de las jeringas está calculado con eso porque la parte externa de la curva más la parte interna de la jeringa necesitan tener –casi, casi– coincidencia total porque si no se escaparía el líquido a la hora de presionarlo. Sin embargo, a Leibniz se le ocurrió para un mejor propósito darle un respaldo a su teoría monadológica.

Otra cosa hizo cuando pensaba en Dios. Todos creían, pero no sabían cómo era posible que de la nada Dios creara el universo, por aquello de la frase: «Dios hizo el universo de la nada».

Y para darle respaldo a esta afirmación inventó la matemática binaria, la primera. Uno era uno; la nada, cero. Ponía reglas muy sencillas: uno igual a uno, dos igual a diez, tres a igual a 11, cuatro igual a 110. Era una numeración absolutamente inútil porque el número 4 mil 27 era demasiado largo.

Ahora esa matemática está metida en todos los ipods y cosas similares. ¿Por qué se tomaba tantos trabajos Leibniz para demostrar una verdad? Tenía que combinar el pensamiento filosófico con el matemático y proponer un sistema que diera una explicación coherente.

En cambio, cuando alguien en nuestro tiempo se ocupa de Dios, estoy pensando en un francés que me es muy simpático (Michel Onfray), hace un libro, Tratado de ateología, que, aunque está bien documentado, no pasa de ser más que un pitorreo de las tres religiones monoteístas principales.

Cuando uno compara el trabajo que le costó armar sus argumentos a Leibniz con el trabajo de Michel Onfray o con los trabajos que hace otro filósofo contemporáneo importante como Peter Sloterdijk, pues no.

En el campo de la pintura me encuentro con Las Meninas, de Diego Velázquez. La explicación que da Foucault sobre él es muy buena. Velázquez está con una camisa negra, una cruz roja, una flor de lis roja –que es de la orden de San Jerónimo y sólo quienes se dedican a las actividades intelectuales pueden gozar de esa distinción–. Un filósofo o un escritor pueden tener ese traje; pero a un pintor de la época de Velázquez, que era de brocha gorda, lo traían para acá y para allá.

Velázquez plantea un manifiesto de lo que representa la pintura como trabajo intelectual más que manualidades. Y para conseguirlo, para mostrar su importancia, hace que la infanta Margarita vaya a sus habitaciones para ser pintada en lugar de él ir a las habitaciones de ella. No solamente la infanta, sino que los personajes que se ven en el espejo parecen que son los reyes y se sabe que estamos en la habitación porque hay en las paredes cuadros suyos.

Lo más extraordinario: es la primera vez que el cuadro contiene al espectador. Uno está pintado ahí, cuando uno se para delante de ese cuadro es uno el que está siendo pintado. Todos los otros personajes están a los lados y Velázquez lo está viendo a uno. Es una maravilla de cuadro, es para darle 40 mil vueltas.

Ahora hablemos del pintor y amigo mío, José Luis Cuevas. Es un buen dibujante, como Picasso, claro que él creó más cosas diferentes a sus puros dibujos. José Luis se ha mantenido buscando en cada dibujo una solución, mas es el dibujo per se el que encuentra la respuesta. No le ha buscado más.

¿Qué de común tienen todos estos ejemplos? Me he referido a épocas muy distintas, pero de alguna forma hubo sólo una.

Todo el pasado consistió en hacer las cosas buscando la perfección. Ahora vivimos en una época en la que los ejemplos que vemos parecen que no se preocupan por la perfección. No hay, ni en la ciencia.

Antes, los sistemas científicos o filosóficos intentaban crear justamente un sistema, una explicación global y coherente que diera de sí todo. Ahora, los científicos más que tratar de encontrar algo se ponen a investigar por ataques, dependiendo del laboratorio que los financie. Los filósofos, en lugar de armar un sistema, se dedican a hacer comentarios de otros filósofos; en la mayoría de los casos, hermenéutica de otros filósofos. Se les olvidó que la filosofía era para explicarse la realidad.

La realidad está tan traspapelada detrás de tantos textos sobre la realidad que nunca se llega a los problemas reales. Y se hacen monografías, asuntos pequeñitos que son acometidos con la herramienta filosófica pero nadie anda buscando armar un sistema que tenga todas las vertientes posibles para abordar desde la filosofía y crear otra filosofía. ¿Por qué? Evidentemente, ente aquellas épocas y ésta ha llovido mucho. No me importa lo que haya llovido.

¿Por qué dejamos de perseguir la perfección? Hay dos comienzos de ambas obras filosóficas, quizá más importantes de la historia que el filósofo en turno no se ahorró un comentario personal. Una de ellas es la Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant, donde se lee: «La solución a todos los problemas filosóficos presentes y futuros está aquí,  lego a la posteridad la didáctica de mi sistema». ¡La vil didáctica! La ciencia de la lógica es el otro: «He descubierto las leyes desde las cuales Dios piensa desde su eternidad inmutable el devenir de las cosas». ¡Qué desmesura! Desde Heráclito no se decían esas cosas. Heráclito decía: «Los despiertos tienen un mundo en común, para los despiertos todo es uno», y en otro fragmento dice: «Para Zeus todo es uno». El silogismo es muy sencillo: «Yo soy Zeus». Igual que Hegel, sólo que tenía más espacio porque Heráclito nada más tenía fragmentos para escribir.

Si yo tuviera que comparecer algún día frente a alguien que valiera la pena, a lo mejor me acicalaría. Como no hay ante quién comparecer, pues ahí se va.

Cuando Nietzsche plantea la frase: «Dios ha muerto», la plantea en La gaya ciencia, en una sección que se llama «El insensato». En esos mismos años, Dostoievsky, con Los hermanos Karamazov, plantea casi lo mismo. Dice: «Si Dios no existe, todo está permitido». ¿Qué estaba pasando en esa época? Me vuelvo al prólogo de la Crítica de la razón pura, donde Kant dice que la única disciplina que se ha mantenido intacta desde su origen es la geometría, y que por fin la metafísica que él está proponiendo es tan firme como la geometría de Euclides.

En esos mismos años, Nicolái Lobachevski y Riemann trataban de entender la proposición de las paralelas que nunca llegó a teorema, menos a axioma. Era una preposición, pero parecía lógica y consistente. Se modifica el axioma de las paralelas y se derrumba la última verdad eterna que había conquistado el ser humano. En todo lo demás la historicidad ya había corroído todo, en las ciencias formales no.

Nos vamos adentrando en este tiempo y hay un intento formidable por parte de dos matemáticos: Alfred Whitehead y Bertrand Russell. Trabajaron en la fundamentación de las matemáticas en el libro Principia Mathematica. Había algunos problemas de inconsistencia, entre ciertas proposiciones matemáticas de teoría de conjuntos con Georg Cantor y otras, deciden resolverlo. Lo resuelven, en apariencia.

El problema principal era cómo se generaban las paradojas. Cómo al hacer proposiciones se podían incurrir en contradicciones. Pero establecen una teoría de tipos muy sencilla. No se puede decir que César es un número primo porque el número primo no le conviene a César, pues hay que armar unas tipologías para decir lo que sí se puede decir. Con esto le daban un asiento a las matemáticas. Se dedicaron a hacer giras para presumir que por fin la matemática estaba bien fundada. Pero, de pronto, un matemático canalla inventó un teorema para mostrar que las matemáticas van a estar siempre infundadas, Kurt Gödel.

Un sistema que demuestra todo, permite generar una proposición que no se puede demostrar dentro de ese sistema. Robustez con mi marco axiomático para poderlo resolver, lo resuelvo, pero entonces genero otro problema que no se puede resolver y así hasta el infinito. En el libro Gödel, Escher y Bach: un eterno y grácil bucle, de Douglas Hofstadter, se explica como si tuviéramos un tocadiscos y se inventara un disco que se llamara «rompetocadiscos». Tiene un sonido tan potente que a la hora que empieza a surgir la música revienta el aparato. Hago un aparato más potente pero entonces hago un disco «rompetocadiscos dos», y así sucesivamente.

Todos los conocimientos hasta hoy parecen históricos: no hay ninguna verdad. Hay verdades históricas pero La Verdad, olvídense de ella. No hay tampoco ningún respaldo a la moral. La idea de que hubiera un código moral absoluto respaldado por un Dios trascendente, se habría asomado a las versiones del utilitarismo: es bueno lo que es bueno para más. Pero una cosa que me zanje el bien del mal, ni la verdad del error, ni el bien del mal, ni la belleza. Alguna vez hubo un canon de belleza.

Ahora como estamos en la multiculturalidad hay que buscar el club de los [++] porque es tan válido como el club de los otros. La famosa frase griega que decía: la unidad del bien, la verdad y la belleza, la kalokagathía, está reventada. No hay nada de esto. Lo que hay, como no hay verdad, son un montón de comités en los que se vota y se aprueba por mayoría. Por lo menos eso da la sensación de que nos vamos a equivocar muchos o juntos, pero nadie se erige en la autoridad para decir: «Así con las cosas».

La muerte de Dios no tenía que ver con la muerte del Dios de alguna religión. Nunca tuvo que ver con la muerte del Dios de alguna religión por más que Nietzsche se trajera entre ceja y ceja a Cristo. Eso no lo niego. El anuncio tenía que ver con la muerte del absoluto, con la muerte del Dios filosófico, el que le daba sustento y fundamento a todo.

Si leemos así a Nietzsche cuando llega el insensato, se encuentra en el mercado a unos tipos y les anuncia que Dios ha muerto, dice:

«No habéis oído hablar de aquel hombre loco que en pleno día incendió una linterna y se puso a recorrer la plaza pública gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”». Como había ahí muchos que no creían en Dios, su grito provocó una gran hilaridad. Es que se ha perdido, decía uno; ¿es que se ha extraviado como un niño?, preguntaba el otro; ¡es que se ha escondido, tiene miedo de nosotros, se ha embarcado, ha emigrado!, así gritaban y reían en algarabía.

El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. ¿Dónde se ha ido Dios? –exclamó–, voy a decíroslo, lo hemos matado vosotros y yo, todos nosotros sus asesinos, pero, ¿cómo hemos dicho esto?, ¿cómo hemos podido vaciar la mar?, ¿quién nos ha dado la esponja para borrar el horizonte?, ¿qué hemos hecho cuando hemos desatado esta Tierra de las cadenas de su Sol?, ¿hacia dónde la conduce ahora su movimiento?, ¿hacia dónde nos conducen nuestros movimientos?


Lejos de todos los soles nos estamos yendo sin cesar hacia adelante y hacia atrás, de lado, de todos los lados, hay todavía un arriba y un abajo, no erramos a través de una nada infinita, el vacío no nos persigue con su aliento, no hace más frío, no veis venir sin cesar la noche más noche, no hace falta encender las lámparas antes del medio día, no oímos aún el ruido de los enterradores que entierran a Dios, no olemos nada aún en la descomposición de vida, los dioses también se descomponen. Dios ha muerto. Dios está muerto y somos nosotros quienes lo hemos matado.


¿Cómo nos consolaremos nosotros los asesinos? Lo que el mundo ha poseído hasta ahora de más sagrado y más poderoso se ha perdido bajo nuestro cuchillo. ¿Quién borrará de nosotros esta sangre?, ¿con qué agua nos purificaremos?, ¿qué explicaciones, qué juegos sagrados tendremos por fuerza que inventar? La grandeza de este acto no es demasiado grande para nosotros, ¿no estamos obligados a volvernos nosotros mismos dioses para por lo menos parecer dignos de los dioses? No hubo acción más grande jamás y los que nazcan tras nosotros pertenecerán por obra de esta acción a una historia más alta que ninguna otra jamás. Aquí el insensato se calló y miró a sus oyentes que también habían guardado silencio».

Hace 125 años de este texto. Ya respondimos y además lo hicimos dentro de lo que había previsto el propio Nietzsche. Es un texto todavía incipiente en cuanto al planteamiento de Dios, solamente plantea la cuestión: ¿qué haremos ahora con este vacío?  Y anuncia que ya no hay ni arriba ni abajo.  Me parece bastante elocuente como para referirse a lo que estamos diciendo.

En Así habló Zarathustra propone una tipología de hombres. Si el hombre antes buscaba la trascendencia –alcanzar la perfección–, y se cancela, ¿qué consecuencias trae? La primera es el surgimiento del último de los hombres.

«El último de los hombres –dice Nietzsche– es la especie del pulgón, es la más duradera, es el hombre que inventa la felicidad, el que tiene un pequeño placer para el día y otro para la noche, el que dice: “Sí, sí, no, no”, es el hombre apresurado». A mí ese retrato hablado me parece que describe casi a todos nosotros. Todo el mundo cree que la vida es para pasársela bien, todo mundo se comporta sin demasiado compromiso.

«Un pequeño placer para el día y otro para la noche». Casi se habla de la programación del canal de las estrellas. Yo creo que es el retrato del clasemediero actual: no se compromete, no quiere demasiado, no quiere mandar ni ser mandado, las dos cosas son demasiado penosas. Éste es uno.

Cuando antes se hablaba de la felicidad. Epicuro habló de la felicidad como el fin de la vida, había que ver el contexto. Para Epicuro la felicidad simplemente significaba ausencia de dolor, vean que el tipo sí sabía de lo que estaba hablando. Cuando ahora la gente habla de felicidad, de pasársela bien, no tiene la más remota idea. Es lo que buscan, y en el fondo yo también lo quiero, pero si fueran sinceros, ustedes también. Si no va a haber nada, pues siquiera nos la pasamos bien. Ésa es una consecuencia, la otra es el nihilista.

Nietzsche en El Anticristo habla de los nihilistas pero ahí los nihilistas son los cristianos, los negadores de la vida. En el contexto del Zarathustra, el nihilista es más bien el que destruye y mata todo con tal de conseguir su propósito. Ciudad Juárez está lleno de nihilistas, yo creo que están encarnados justamente en esos personajes, ahí están los referentes.

Nietzsche habla de un tercer tipo de hombre posible: el hombre superior, quien sabe que no tiene sentido, engaña y hace como si sí lo tuviera. Es el que sigue persiguiendo la perfección aunque sabe que no se alcanza. A mí me costó mucho trabajo  focalizar a alguien que luego me permitiera identificarlo; no obstante, una vez, leyendo una entrevista a E. M. Cioran, me encontré que ahí estaba, la entrevista en cuestión, le preguntaban a Cioran por qué si el francés no era su lengua materna lo había llegado a perfeccionar tanto y, no creyendo en nada, siendo un escéptico total, se tomaba tantas molestias para escribir con esa pulcritud. Cioran contestó la cosa más linda del mundo: «Es que hay que hacer las cosas como si Dios existiera».

Y luego el superhombre, el superhombre de Nietzsche está muy oscuro. Es el hombre que ríe, que trasciende así a la Tierra. Hay algunas acotaciones, pero en donde lo encontré fue en un viejo existencialista, Albert Camus. En El hombre rebelde se describe el superhombre. Es el antídoto contra El mito de Sísifo, la obra anterior en la que había propuesto una visión totalmente cínica, pues en El hombre rebelde propone un hombre comprometido. Si quieren un arquetipo, en sus buenos tiempos el Che Guevara.

Esta fauna, que somos todos, explica el porqué de la posmodernidad. Yo creo que ésta consiste en la cancelación del afán de la perfección. A esta plática le puse el título revelador de todo el mensaje: «Los posmodernos somos unos desertores de la perfección». Es como si el mundo completo se hubiera mexicanizado e hiciera las cosas «al ahí se va». Y la pregunta es: ¿valdrá la pena hacerlas de otro modo? Uno cree que hay que esmerarse para pasar a la historia porque es justa. La historia recupera cada momento hasta los que le convienen.

La manera como se ha encumbrado a Cervantes es la cosa más cómica, patética y triste de la historia. Se le encumbró después de muerto por una obra que ni siquiera era la que él pensaba que era la buena, por eso la hizo tan mal, tan «al ahí se va». Esto me encanta repetirlo porque me consuela; hay una escena en la que le roban el burro a Sancho Panza, le dan de palos y al renglón siguiente se están sobando. Se sube Don Quijote a Rocinante y Sancho a su burro. No se da cuenta de que en el renglón anterior había dicho que se lo habían robado. Nunca se acuerda cómo se llama la esposa de Sancho Panza, tiene 30 nombres: Juana, María, Benita…

En el libro de Martín de Riquer, Aproximación al Quijote, está el elenco completo de todos los errores para que se diviertan. Si estudian letras hay que perderle el respeto a Cervantes porque si no, no van a poder escribir nunca más que su nombre debajo de una reseña muy tibia.

Pobre infeliz, estaba en la cárcel cuando lo empezó a escribir y como estaba lleno de odio en contra de Lope de Vega, que era el chico exitoso de aquel entonces, y a él lo contrataban para hacer los entre actos, los entremeses, para que el público no rompiera las butacas mientras reaparecían los actores principales con la pieza principal, se dedicó a robar. Se robaba los costales de trigo porque era recaudador fiscal en especie, y como era un héroe de una batalla lo perdonaron y lo mandaron de recaudador fiscal, se alió con un banquero que lo dejó colgando y lo metieron a la cárcel, fue a dar a Sevilla.

Ahí debe de haber estado tristísimo el pobre. Empezó un cuento que decía: «Había una vez», y se dio cuenta de que era un «lugar común» y entonces pensó: «Había una vez se refiere a tiempo», ¿no?, le puso el espacio y escribió: «Había un lugar», pero sonaba muy familiar, mejor anotó: «En un lugar»…, y si hubiera sido mexicano le hubiera puesto: «En un lugar de Texcoco», o «en un lugar de Toluca». A nosotros nos suena sublime pero es menos terregoso Texcoco que La Mancha. ¡Qué barbaridad!

Si no tiene caso pasar a la historia, ¿por qué?, porque la historia no pasa a la eternidad. Si sabemos que no hay más que esta vida, que no hay un después, que no hay este gerente del más allá, es lógico que se hagan las cosas que se hacen.

Hago un eclecticismo de todo lo que me gusta, el estilo posmoderno es justamente eso: tomar de aquí, de allá y de acullá. Me deja de importar la novedad como un dato de incremento para seguir progresando, me dedico al refriteo; como no me va a juzgar Dios porque no existe, nada más existen ustedes y son bastante manipulables, basta con una buena campaña publicitaria detrás para que queden todos convencidos, pues estamos exactamente como Don Juan Tenorio:

 

Llamé al cielo, y no me oyó,

y pues sus puertas me cierra,

de mis pasos en la tierra

responda el cielo, no yo.

 

¿Qué sentido tiene sacrificarse por la perfección, tallando como Bernini el mármol o armando un sistema perfectamente sostenido como Leibniz o, como tantos otros, cuando finalmente aunque pasara a la historia como Homero, el más longevo de todos los que han pasado a la historia, viera que el porvenir para delante no es para siempre?

Dicen los astrofísicos que al Sol le quedan 5 mil millones de años de combustible. Basta con asomarse en la noche para ver que la Vía Láctea está muy lejos de nosotros. Así como México está lejos del primer mundo, el planeta este está muy lejos de la zona cosmopolita de la Vía Láctea.

Estamos a una ratonera periférica, no vamos a poder escapar y sin que se sepa el número, se sabe que ese número tiene que ser finito. Antes de esta humanidad que ya mide casi 6 mil 600 millones de seres humanos, hubo, algunos dicen que 15 veces más y otros dicen que 7 veces más, seres humanos en el pasado. Si somos 6 mil millones, la humanidad hasta ahora ha dado de sí algo así como 70 mil millones de seres humanos, a lo mejor faltan un billón de seres humanos más, pero algún día vendrá el último.

Como son todos como nosotros, yo al menos no voy a hacer nada perfecto. Creo que quien mejor lo dijo fue un poeta sublime mexicano que es Renato Leduc: «No haremos obra perdurable, no tenemos de la mosca el tesón». Hay que aparentar que somos inteligentes.

 

[*] Esta ponencia fue leída originalmente el Coloquio Literatura y Posmodernidad, celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el 25 y 26 de octubre de 2010. Transcripción de Miguel Cabrera Sánchez. Edición de Ilayali Antonio Hernández y Elizabeth Sánchez Morales.

 

_______________

Óscar de la Borbolla (8 de septiembre de 1949) es escritor, poeta, ensayista y profesor titular en el área de Metafísica y Ontología en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales de Acatlán en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Completó su Licenciatura y Maestría, con mención honorífica, en filosofía, en esta misma universidad. Realizó estudios de doctorado en filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, España. Colabora en la sección editorial del periódico Excélsior con la columna de ficción y humor negro denominada «Ucronías». Ha obtenido los siguientes premios por sus cuentos: Mención Honorífica en el Concurso Internacional de Cuento Esperante (1985), con el cuento «El canto de las sirenas», y el Premio Internacional de Cuento Plural (1987), con el cuento «Las esquinas del azar». También ha obtenido varios premios por sus novelas Nada es para tanto (1991) y Todo está permitido (1994).

 

 

Tags: , ,

5 comments on “Los desertores de la perfección

  1. Juan Pablo on said:

    Es gasa, no gaza.

  2. María Mendoza on said:

    Me gustó mucho!

  3. Filosofia y Cultura on said:

    Simplemente Sublime

  4. Ian GL on said:

    Creo que es un buen análisis, especialmente para lo breve que es, sobre lo que está pasando en esta época tanto en arte como en sociedad; sin embargo, mi opinión difiere en cuanto a la búsqueda de perfección. Parece que en la humanidad la única constante es el cambio (frase de Heráclito que yo creo se exalta aun más con los humanos) y no está mal renunciar a la perfección si ya se está harto de ella, si a las ideas, sentimientos y pensamientos nuevos no les es suficiente una gran técnica o hiperrealismo para expresarse; pongo de ejemplo a dos distintos géneros musicales populares del siglo pasado: el rock progresivo y el punk, en la década de los setentas hartos de grandes producciones, álbumes conceptuales cada vez más rebuscados y un alarde de virtuosismo los jóvenes de Londres y Nueva York buscaron algo más cercano a ellos, canciones de tres acordes con poca producción y un contenido metafórico muy bajo y al contrario muy directo. Ya no había que tocar en grandes estadios, se debía de acercarse a la gente, dejar de tocar cuando quisieran, ser autodestructivos, solos de 20 minutos no hubieran podido transmitir esa escencia.

    Concuerdo también con cierta proposición que las vanguardias llevaron al extremo y esto es la destrucción del academismo, el arte se ha quedado en museos y galerías y parece ser que no llega a nuestras vidas; hay que ir al museo y pasar por cierto números de sala en silencio intentando descifrar qué se nos dice y si tal o cual obra no está en un museo parece que no tiene valor. Estas grandes instituciones creadas para promover y conservar el arte no lo están logrando, hace falta comunicar el arte de persona a persona y no en galerías.

  5. Pingback: Apocalípticos integrados | Revista Cuadrivio

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

17.688 Spam Comments Blocked so far by Spam Free Wordpress

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>