«Your name», your place: el campo y la ciudad en el anime japonés

El largometraje anime «Your name», de Makoto Shinkai, ofrece una reflexión oriental sobre el entorno, como muestra Javier Abellán en este texto.

Cierre los ojos. Piense en Japón. ¿Qué se le viene a la cabeza? ¿Se figura usted un país totalitario, imperialista, gobernado por un supuesto dios y obsesionado con procurarse el «espacio vital» que le corresponde conquistando las naciones más cercanas allende sus mares? Probablemente no. Si la pregunta se la hiciésemos, sin embargo, a alguno de nuestros bisabuelos, la respuesta podría haber sido distinta. Pues esa era, a grandes rasgos, la imagen que buena parte de Occidente tenía del imperio del Japón aliado de Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Después, tras Hiroshima y Nagasaki, y tras la ocupación estadounidense, las cosas comenzaron a cambiar. El emperador Hirohito renunció a su estatus divino y Japón se convirtió en una monarquía constitucional pacifista. Tras la reconstrucción, vino el milagro japonés: tres décadas de crecimiento económico sostenido que hicieron del país el eterno candidato a sustituir a Estados Unidos como potencia hegemónica mundial; lo que hoy es China, para entendernos. Y Japón, en su empeño por librarse de la mala imagen que arrastraba, sustituyó el palo por la zanahoria.

En adelante, el país nipón procuraría ganar influencia y prestigio internacional a través de medios más persuasivos como, por ejemplo, la cooperación para el desarrollo. En la actualidad es uno de los tres principales donantes de ayuda del mundo –junto con Estados Unidos y Alemania–, concentrando el grueso de su esfuerzo en el área del Pacífico, allí donde se encuentran los países que colonizó no hace tanto tiempo y que todavía hoy lo miran con recelo. Otro componente fundamental de la política exterior nipona posterior a la Segunda Guerra Mundial fue la creación de la Fundación Japón en 1972, organismo encargado de promover la lengua y la cultura japonesas a lo largo del mundo. Seguía así el ejemplo de Alemania, su socia en la guerra, que había creado el Instituto Goethe, con fines análogos, en 1951. Los germanos podían inspirarse a su vez en el precedente British Council, fundado en 1934, así como en el país que mayor empeño ha mostrado históricamente en la promoción exterior de su cultura: Francia, donde se instituyó, en 1883, la Alianza Francesa. En el mundo hispanohablante habría que esperar a 1991 para que se fundara el Instituto Cervantes.

Junto con los proyectos gubernamentales, se venía produciendo otro fenómeno de carácter privado, artístico-comercial, que también contribuía a limpiar la imagen de Japón en el mundo. Nos referimos al éxito alcanzado por el manga y, sobre todo, el anime a lo largo y ancho de Occidente. La animación japonesa llegó a las pantallas de Europa y América en la década de los setenta, en plena niñez de las generaciones maduras de hoy. Dos décadas después, a mediados de los noventa, ya era todo un prodigio. Esa fue la época que hoy recuerdan con nostalgia los jóvenes de entre veinte y treinta años. El resultado es fácil de adivinar: la mayor parte de la población actual en edad de trabajar ha crecido con los dibujos nipones; estos forman parte de sus vidas. El gobierno japonés, consciente de que cuenta con una fabulosa arma publicitaria, ha incorporado la promoción de esta industria a su política exterior. No solo representa una formidable fuente de ingresos, sino también un medio estupendo para dar a conocer su historia y sus valores y, de paso, incluso fomentar el turismo, como señala el académico José Andrés Santiago en su reciente artículo «Japón imaginado» (2017), publicado en la revista de estudios japoneses Mirai.

La buena estrella de la animación japonesa no se apagó tras el bum de los noventa. Todavía hoy, el género –si es que puede llamársele así– goza de excelente salud, como demuestra el arrollador éxito de Your name (Makoto Shinkai, 2016), uno de los largometrajes anime más aclamados en los últimos años. El argumento es muy sencillo. La joven Mitsuha se despierta un día cualquiera dentro del cuerpo de un chico de su misma edad. A este chico, llamado Taki, le ocurre lo mismo, solo que él ocupa el cuerpo de Mitsuha. La situación se repetirá azarosamente, de manera que estos dos jóvenes se ven obligados a cooperar para asegurarse de que no destrozan la vida del otro durante esas extrañas jornadas en las que ocupan el cuerpo ajeno. Los primeros cincuenta minutos del largometraje, de gran comicidad, se justificarían por sí solos; pero los siguientes cincuenta, de mayor carga dramática, redondean una película sobresaliente. El dibujo, la banda sonora… Todo se combina a la perfección en un filme que ya se ha constituido en clásico moderno.

Como se ha señalado, existe en Japón un ansia irrefrenable por vindicar su cultura, sus costumbres y tradiciones. Son conscientes de su singularidad y la cultivan con fruición. También, y especialmente, en el cine: no hay película japonesa en la que no aparezca un plato típico en primer plano (en Your name, por supuesto, aparece). Y si hay algo en Oriente verdaderamente exótico al entendimiento occidental, por encima de costumbres pintorescas o tradiciones llamativas, eso es el diferencial religioso. La miríada de espíritus-deidades, habitantes de bosques y montañas, que pueblan el sintoísmo japonés ha dado lugar a una cultura profundamente devota de la naturaleza, lo que ha dejado huella en sus artes tradicionales y modernas. No sería posible comprender La princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997) sin tener en cuenta este sustrato religioso, como tampoco podría explicarse sin él la constante presencia en Your name de una preocupación elemental del hombre moderno: la relación, a veces conflictiva y a veces pacífica, entre el mundo urbano y el rural. Una tensión que no es exclusiva del mundo oriental, pero que, al combinarse con su tradición de pensamiento, da lugar a plasmaciones artísticas como la que nos ocupa, que probablemente no alcanzarían el mismo grado de finura y exquisitez si proviniesen de Occidente.

Mitsuha es de pueblo. De un pueblo que odia, por ser «demasiado pequeño y cerrado». No tienen librería ni dentista, no hay trabajo, «ni futuros maridos». A los pocos minutos de iniciarse la película, llega a gritar: «¡Odio este pueblo! ¡Y también odio esta vida! ¡En la próxima vida quiero reencarnarme en un chico guapo de Tokio!». Y dicho y hecho. Taki, el chico cuyo cuerpo ocupará Mitsuha de forma intermitente, es de Tokio. Frente al aburrido pueblo de la protagonista, se antepone una de las más grandes urbes del planeta. El contraste campo-ciudad queda así establecido desde el inicio del filme, en lo que constituye una traslación a la gran pantalla de la tensión entre ambos espacios existente en la sociedad japonesa actual, una de las más urbanizadas del mundo –el 94% de los japoneses vive en ciudades– y, al mismo tiempo, la que quizás rinde mayor culto a la naturaleza.

Cuando finalmente Mitsuha se ve encerrada en el cuerpo de Taki, ¿qué es lo que más le sorprende? Por supuesto, en primer lugar, lo que ahora tiene entre las piernas; pero después de eso, su mayor fascinación es el ambiente urbano tan desconocido para ella. Se queda embelesada admirando el panorama de la ciudad: «¡Estoy en Tokio!». El lugar donde, según ella, «es como si siempre fuera fiesta». Una visión idealizada, sin duda, de lo urbano, pero que tiene sus adeptos también en la academia. Baste como muestra El triunfo de las ciudades (2011), libro escrito por el economista Edward Glaser, profesor en Harvard, cuyo subtítulo reza: «Cómo nuestra mejor creación nos hace más ricos, más inteligentes, más ecológicos, más sanos y más felices». Ahí es nada. Ciertamente, la vida urbana resulta más llevadera que la rural en no pocos aspectos. Según datos del Banco Mundial, un 97% de la población urbana tiene acceso a la electricidad, frente al 78% de la población rural; y la brecha es aún mayor en lo que respecta al acceso al agua de calidad (85% frente a 55%) o a un saneamiento básico (82% frente a 50%).

Pero contra la idealización de la ciudad, se erige su opuesto: el tópico beatus ille, la alabanza de la aldea. El espectador occidental, familiarizado –aun sin quererlo– con este concepto por su gran tradición en el canon literario inaugurado por griegos y latinos, podría intuir algo de ello en Your name. Pues junto al viaje de Mitsuha a la gran ciudad, se da el trayecto opuesto: el de Taki a Itomori, el pequeño pueblo de Mitsuha. Y allí es él quien queda paralizado contemplando el paisaje. Un paisaje arrebatador marcado por el lago de cráter en cuyas orillas se asienta la población. Llegado cierto momento, decidirá ir hasta allí en busca de Mitsuha, sin tener una idea clara de dónde se encuentra. Su única pista será ese paisaje que queda en su recuerdo. Se aferrará tanto a él que acabará por preguntarse: «¿Por qué el paisaje de un pueblo hace que me estremezca de esta manera?». En su mente comienzan a confundirse los nombres y las imágenes: «No sé si lo que estoy buscando es una persona, un lugar… o si simplemente estoy buscando trabajo».

No se engañen, no hay en Your name idealización alguna de lo rural. Eso es cosa de Occidente. Lo que se aprecia en la película es una profunda reflexión sobre el entorno, sea este natural o urbano, heredada de la tradición religiosa y filosófica oriental. No en vano, mientras el dios de Occidente –elíjase cualquiera– se encuentra lejos, en los cielos, los espíritus sintoístas viven entre nosotros, en tierra firme. En Oriente la vida no es sueño, no es teatro. No hay más allá, sino un rotundo aquí. No es de extrañar que el culto oriental a lo inmediato se centrase durante siglos en la naturaleza, pues el fenómeno urbano estaba todavía por emerger; hoy, sin embargo, habiendo triunfado la ciudad, se impone su culto en igualdad de condiciones.

El paisaje es el tercer protagonista de Your name. El dibujo se recrea con deleite en la iluminación de cada recoveco de Tokio, de cada reflejo del lago de Itomori. Si Taki queda impresionado por los parajes naturales que marcaron la infancia de Mitsuha, no por ello desprecia la ciudad. Muy al contrario: ese trabajo que Taki anda buscando no es ni más ni menos que el de arquitecto. En una de las entrevistas a las que se presenta como candidato, defiende su idoneidad en los siguientes términos: «No sabemos cuándo podría desaparecer Tokio, así que quiero ayudar a construir paisajes urbanos que nos dejen recuerdos reconfortantes». Sin duda, eso es lo que pretendía Makoto Shinkai con esta película: construir paisajes que nos dejen recuerdos reconfortantes. Y lo ha conseguido. Los lugares que aparecen en Your name ya se han convertido en destinos de peregrinación, a pesar de que algunos de ellos, cuando se los ve al natural, son indiscutiblemente feos. Lo advertía José Andrés Santiago: la animación japonesa puede ser una poderosa herramienta de promoción turística.

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Posted by Javier Abellán

Economista por la Universidad Complutense de Madrid e investigador contratado en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad. Anteriormente ha sido becario en el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda de España.

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