Y fueron felices para siempre

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¿Quién decide si, en realidad, fueron o no felices para siempre? ¿El cerebro? ¿El corazón? En este texto, Daniel Ochoa nos describe cómo el cerebro determina las emociones en los seres humanos y las posibles recetas físico-químicas para que, como en las películas, a base de dopamina y endorfinas, podamos ser felices para siempre. 

 

 

Daniel Ochoa

 

Aquel mismo día,

el príncipe y la Bella Durmiente se casaron

y fueron felices toda su vida.

La Bella Durmiente, Charles Perrault

 

 

¿Y fueron felices para siempre? Todo el mundo afirma que sí, sin dudar de la magnitud de estas palabras. «Felices para siempre» pareciera ser el fin básico de la vida, la necesidad primera, el destino que cada uno de nosotros debe alcanzar. Pero, ¿será posible vivir felices para siempre? Los medios nos han dicho que sí. ¿Cuántas veces no hemos visto una película en la que al final el desenlace de la historia es la felicidad «perpetua»? Aquel momento en el que los protagonistas pueden estar tranquilos porque ya no habrá antagonistas que puedan destruir ese sueño de gozo «eterno».

Por supuesto, en la mayoría de las películas, la maquinaria básica para que este producto llamado felicidad se mantenga es el amor que surge de nuestros corazones. El amor que nos brinde la persona amada y que le brindemos a ella en reciprocidad nos mantendrá felices por siempre, pues «el corazón tiene razones que la razón no entiende».[1]

Déjenme decirles que todo esto es ficción. El cerebro, en nuestras mentes mortales, nos pedirá una segunda, tercera o cuarta parte de esta película, porque así no será el resto de la vida de ningún hombre o mujer en este planeta, ténganlo por seguro.

Pero, ¿por qué «lo que hoy siente tu corazón, mañana lo entenderá tu cabeza»?[2] Se nos ha dicho que el amor verdadero se siente en el corazón, pero el corazón es un órgano incapaz de sentir. Cualquier estímulo que se recibe en el cuerpo de una persona en realidad es traducido por su cerebro. El cerebro es el que interpreta y por tanto el responsable de entender cualquier sentimiento que tengamos. El cerebro es el que en verdad está gozando de felicidad o entristecido en la nostalgia, no el corazón.

Pero sucede algo curioso. Existen muy pocos órganos que no son controlados directamente por el cerebro, uno de ellos es el corazón. El corazón late con autonomía, quiera o no el cerebro; es un órgano miogénico, es decir, que se excita a sí mismo y se contrae aproximadamente unas 60 a 100 veces por minuto sin que nos demos cuenta. Entonces, ¿sí siente?

No. A pesar de esta estimulación autónoma del corazón, no es un órgano que interprete señales. La función del corazón es simplemente estimular las fibras nerviosas y musculares para producir una contracción o dilatación de sus cavidades y bombear sangre a todo el cuerpo, algo que suena muy poco romántico. Aunque no todo es estímulo propio. El cerebro también puede producir reacciones en el corazón para que lata más rápido o más lento de acuerdo a las necesidades del cuerpo. Si se requiere una mayor cantidad de oxígeno en los músculos para correr en vez de caminar, el cerebro enviará la señal para que el corazón bombee más rápido la sangre y pueda suministrarse a cualquier lugar en el que se requiera. Esto no hace que el corazón sienta, solamente se estimula para funcionar mejor de acuerdo a la situación.

Los estímulos que recibe son posibles gracias a la red de complejas neuronas que dan lugar al sistema nervioso de nuestro cuerpo, todas ellas controladas por el cerebro. Dicha red está conectada a ciertos órganos sensoriales como los ojos, la piel, la boca, los oídos y la nariz, mismos que sirven como receptores. Los órganos sensoriales se encargan de captar una señal del exterior, por ejemplo, observar, tocar, probar, escuchar u oler a una persona (los cinco sentidos). De acuerdo a cada individuo, obtendremos señales específicas y diferentes que recibirá el cerebro y traducirá en sensaciones o sentimientos que hayamos tenido previamente. Si alguien que yo observo, toco o huelo, me recuerda algo agradable, entonces mi cerebro interpretará que esa persona o lo que hace me es grato. Esto producirá una reacción en cadena que dará la señal para que algo cambie: la producción de hormonas.

Las hormonas son activadoras o represoras de señal en las neuronas, algo así como compuertas que permiten o no el paso de señales. Si se libera cierta hormona en el cerebro, se abrirán ciertas compuertas para dejar pasar una señal específica. Por ejemplo, el aumento en el ritmo cardíaco, la producción de sudor o la contracción de músculo esquelético. Esta reacción será interpretada nuevamente como un sentimiento. El estrés, la tristeza, la ira, la felicidad, todas son simples reacciones de nuestro cuerpo ante un estímulo exterior, interpretado por nuestro cerebro.

Aunado a todo esto, las experiencias que vivimos día a día nos dan una concepción de lo que nuestro cerebro interpreta inconscientemente. Tenemos dos puntos de vista:

-Uno en el que el cerebro nos traduce la señal que viene del exterior; es decir, la interpretación del primer estímulo externo que es inconsciente y que libera las antes mencionadas hormonas. Una emoción.

-Y dos, aquél que sentimos cuando se liberan determinadas hormonas, se produce una reacción en el cuerpo y la interpretamos como un sentimiento habiendo uso de razón.

Ahora, ¿esto cómo influye en otros sentimientos más fuertes como el enamoramiento, la nostalgia, la depresión y el desamor? Estos sentimientos deben de estar racionalizados, aunque sea a cierto nivel. El amor y la depresión se sienten, se interpretan y se racionalizan. Se convierten en estados constantes que determinan incluso la personalidad de un sujeto y están mediados por la capacidad de nuestro cerebro de interpretar las emociones que sentimos en el primer y segundo nivel que mencioné anteriormente.

Cuando uno se encuentra en estado de depresión, todo nos da tristeza. Esto es porque las hormonas correspondientes a la felicidad y a la emoción, como la dopamina y las endorfinas, no se están produciendo en nuestro cerebro; y la serotonina, inhibidora del humor, la ira y el sueño (entre otras cosas), se está produciendo en grandes cantidades. A su vez, esto lleva a que los órganos sensoriales tengan una disminución de la capacidad de obtener estímulos positivos que produzcan mucha dopamina y endorfinas, y poca serotonina. Por eso cuando uno está triste, se puede llegar a un estado de depresión tal que es difícil abandonarlo y todo se ve oscuro.

Por otro lado, cuando aumentan los niveles de dopamina y endorfinas en el cuerpo, los órganos sensoriales son más propensos a recibir estímulos que liberen dopamina y endorfinas. Por lo que cuando uno está feliz o enamorado, todo parece bueno y color rosa.

También se ha visto que la oxitocina, hormona que se libera durante el orgasmo y en mujeres al momento de dar a luz, podría ser la encargada de mantener la estabilidad de las relaciones amorosas y de apego. Si hay producción de oxitocina, endorfinas y dopamina, se puede decir que uno está completamente enamorado.

Pero no se puede estar en un estado de ánimo permanente. El cuerpo se regula y busca el equilibrio haciendo que cada vez se necesite un estímulo mayor para producir la cantidad de hormonas que nos hará felices. Nuestro cuerpo cada vez necesitará más dopamina, oxitocina y endorfinas para ser felices y mantener las relaciones de apego. En este momento las hormonas se convierten en una droga cualquiera.

Es interesante observar cómo muchas otras cosas nos producen los mismos niveles hormonales de felicidad y apego, aun siendo cosas materiales: el chocolate, la heroína, el helado, los perfumes, la cocaína, un atardecer o incluso ganar una competencia. La única diferencia reside en que el amor «verdadero» sólo se puede obtener por una persona y no por un objeto, o eso dicen. Las personas tienen la capacidad de cambiar cuando quieran y por tanto es factible que nuestros niveles hormonales cambien junto con ellas, ya sea para enamorarse más o para desenamorarse. Esto producirá indignación, malestar y disgusto por la otra persona. En cambio el chocolate siempre será chocolate y nunca nos juzgará si cambiamos.

Si en una relación existe un cambio en nuestra pareja que haga que dejemos de producir la dopamina y la oxitocina en nuestro cuerpo, intentaremos buscar algo nuevo que nos estimule de la misma manera.

«Porque mueren los deseos, por la carne y por el beso, el amor acaba».[3] El deseo es aquello que la persona amada nos produce en nuestros órganos sensoriales. Si este deseo deja de existir es por la necesidad de una mayor cantidad de estímulo por parte de la persona que «amamos». Al no recibir un estímulo suficientemente alto como para producir las hormonas necesarias para sentirse feliz, nos desenamoramos de la persona. Con esto comienzan las estrategias personales para obtener un estímulo similar. Algunos serán infieles, otros preferirán ser obsesivo-compulsivos, algunos buscarán estrategias para «reforzar el amor», otros más buscarán estar con la persona en todo momento o incluso, si está dentro de sus posibilidades, el alcohol, las apuestas y las drogas parecerán ser la solución. Lo único que se busca es seguir teniendo el estímulo que produzca las hormonas de la felicidad.

Se dice que cada quien tiene una idea diferente sobre el amor, pero en realidad es la misma búsqueda de hormonas que nos mantienen en un estado de felicidad «eterna». Lo que cambia es nuestra percepción de lo que amamos, cada quién amará cosas distintas de acuerdo al estímulo preferido por cada uno. Por eso es imposible ser feliz para siempre. En todo momento se necesitaría tener un estímulo que libere las hormonas necesarias para mantenerse en un estado de felicidad y eso, créanme, les podría costar la cordura.

 Y entonces, ¿el amor no es eterno? La felicidad es la que no es eterna, el amor puede durar muchos años más, siempre y cuando permanezcan ciertos estímulos, no sólo los de la felicidad. Los sentimientos se deben de armonizar, «nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza».[4] Las compuertas hormonales deben mantenerse estables y tener sólo de vez en cuando subidas y bajadas abruptas. Si seguimos intentando mantener el amor pasional de película, sólo se convertirá en una droga y no en un motor para tener una vida en paz y tranquila con la persona que queremos. Olvidando las películas de Hollywood que sólo nos hacen ver un amor inmediato y no nos cuentan el verdadero final de la historia, viviremos en un cuento de hadas que nunca se podrá cumplir. Amando con la cabeza y no con el corazón, nos daremos cuenta que es posible vivir la vida con amor eterno, utilizando las hormonas a nuestro beneficio y no a nuestro perjuicio. Y así, tendremos en nuestra vida un final de película en el que nuestro corazón… ¡perdón! el cerebro no sufrirá nunca más por amor.

 

 

NOTAS

[1] Blaise Pascal (1623-1662).

[2] Anónimo. Antiguo proverbio chino.

[3] José José, El amor acaba (1983).

[4] Mario Benedetti (1920-2009).

 

 

___________________

Daniel Ochoa Gutiérrez es estudiante de maestría en ciencias bioquímicas por la UNAM, profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM en el área de biología molecular, y enamorado del amor en todas sus expresiones. Busca mujer pragmática para tener una relación basada en la medición de sus respuestas hormonales y sus actividades eléctricas cerebrales.

4 comentarios

  1. Patricia

    Febrero 15, 2015 at 11:09 pm

    Daniel: excelente artículo que disfruté leyendo de principio a fin. Mis más sinceros respetos y felicitaciones.

  2. Rosa Lozano

    Enero 22, 2015 at 11:49 pm

    wow me encanto!!!!! yo quiero eso ..ahora comprendo la necesidad de buscar esas hormonas ..lo malo es que lo que amo se basa en una relacion sentimental de pareja y hasta el dia de hoy no ha habido alguien capaz de lograr hacerme feliz…pero buscare estimulos.

  3. Frida Salazar

    Diciembre 23, 2014 at 12:08 am

    Muy buen artículo, me fué de mucha, micha utilidad…gracias!!

  4. Megapetera

    Octubre 7, 2014 at 6:13 pm

    ¡Qué maravilla de artículo Daniel! Neuroestimulante de principio a fin. Felicidades.

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