Volveremos

Solidaridad y destrucción, muerte y vida en un mismo espacio. De la mano del personaje central nos acercamos a las vivencias del terremoto del año pasado en la Ciudad de México. Un relato de Felipe Castillo.

El chofer les pidió que se bajaran. Luego vieron al camión dar media vuelta y deambular avenida arriba esquivando carros que ya iban en sentido contrario. Todos caminaban desbordando las banquetas. El hombre, sin embargo, no sabía bien qué hacer. «Siempre siento una quietud tremenda al llegar a mi casa. A pesar de que el camino de ida sea de dos horas y el de regreso de otras dos. No hay una sensación en el mundo comparable a la de ver los postes viejos, repletos de cables, coronados por transformadores sucios. De ver nuevamente las banquetas partidas, a los vecinos asomándose siempre tranquilos, al pavimento todo chueco. Dar vuelta por la esquina, oír a los perros habituales pegar corretizas». Su casa estaba lejos, y la tarde amenazaba con llegar pronto.

Imaginó, primero, la escuela de los niños derrumbada. No sabía qué pensar realmente. No tenía manera de pensar algo. Y si su casa, y si su casa… mejor no preocuparse. Mejor caminar acompañado de toda la gente, que iba cabizbaja, como si algo malo hubiera pasado en las casas de cada uno de ellos. Más adelante encontró un poste tirado, partido hacia la mitad. Había dejado algunas varillas peladas al aire. Los cables que sobraban pendían del poste más cercano y la gente aún lo rodeaba, como si fuera el cadáver de algún recién atropellado. Se quedó allí parado, anonadado, frente al poste tirado a la mitad de la calle. Lo miró cerca de diez minutos y luego siguió su camino. Sobre la avenida Zaragoza no volvió a encontrar postes deshechos. Aunque se la pasó buscándolos obsesivamente.

Recordaba perfectamente cómo fueron aquellos meses del desastre del 85. Conservaba en su mente imágenes de los edificios partidos a la mitad, o caídos sobre sí, o vomitando cascajos a las calles. Aún permanecían en su mente los letreros de los grandes hoteles destruidos, de los cafés reducidos a escombros. Pero aquello que vio durante la tarde le parecía más bien suciedad, como si todo manara del suelo. Tenía miedo de volver a encontrar edificios rotos, los puentes vehiculares deshechos, gente aplastada, atrapada entre lozas de cemento aniquiladas. Se acordó, por supuesto, de aquella casa que quedaba cerca de donde tomaba el último camión que lo conducía finalmente a su hogar. Aquella casa que estaba a un costado de la iglesia de San Lorenzo era una construcción vieja y muy deteriorada. Al menos dos de sus bardas estaban a punto del colapso y seguramente esta tarde habían, por fin, sucumbido a los embates del tiempo y de la tierra.

Conforme avanzaba se iba acordando de sus viejos días en el barrio, porque pensó que tal vez ya no iba a estar más allí. Tenía que pensar en algo, pues aún era largo el camino. El metro no funcionaba y el chofer había terminado con sus últimas esperanzas de llegar temprano a casa. Pensó en sus amigos. Recordó que uno de ellos, Ernesto, había tenido algo de suerte, un par de buenos de trabajos y después de casarse con una hija-de-buena-familia, había logrado mudarse a la Narvarte.

 

—Está bien, pueden quedarse esta noche aquí. Pero no más ―advirtió el policía―. A ver tú, güey, ponles allí unos cobertores… sí, esos viejos que le echábamos a la Canela.

El policía los volteó a ver. Encendió un cigarro y luego se rió. El hombre, su mujer y su hija estaban hambrientos. Aunque la niña dormía plácidamente, se notaba una expresión de congoja en su rostro.

—¿Y de qué dices que trabajas? ―inquirió el oficial.

—Soy vigilante.

—¿De qué?

—Trabajo en un edificio, por la Obrera.

—Ah ―dijo mientras exhalaba una bocanada de humo. Le dio otra calada y luego se sonrió, como burlándose. Los miraba despectivamente―. ¿Y ahora qué vas a hacer?

—No sé.

—En la tele estaban diciendo que hay refugios.

H.J. Martínez, decía en la placa del policía. Hubo silencio unos minutos, mientras los que el oficial Martínez siguió fumando. Se acercó el otro policía, traía unas cobijas viejas que acomodó en la esquina de la pequeña habitación. Era solo una caseta de vigilancia, situada en el cruce de dos avenidas, frente al tiradero de basura. La estructura era nueva, solo estaba pintada la mitad de blanco, de los dos niveles. En la planta baja todo estaba circundado por ventanales. Las pequeñas escaleras que conducían al segundo piso estaban repletas de cajas de cartón con un contenido misterioso.

—Tú, Juanito, ¿sabes dónde están los refugios que han estado diciendo en la tele?

—No sé, mi jefe. Pero ahorita se lo investigo.

—A ver pues ―se dirigió a la familia―, acomódense en ese rincón. Ahí están las cobijas para que se tapen. Ahorita les cierro aquí y apago la luz. De todos modos yo creo que ya no va a pasar nada.

El subalterno buscaba información a través de su celular. Martínez lo miró y luego arrimó la silla y la mesa que estaban a la mitad del cuarto hacia el ventanal del frente. Se sentó en la silla y estuvo un rato viendo por la ventana, mientras terminaba de fumarse el cigarro. El humo poco a poco inundó la habitación. El hombre y su esposa acomodaban las cobijas en el piso. Él había traído un par de cobertores sucios y unos cartones manchados de aceite quemado. Los pusieron como base en el piso y la mujer se acostó con la bebé en brazos. «¿Y tú?» ―preguntó la mujer. El hombre no respondió y se asomó por la entrada de la caseta de vigilancia para platicar con el oficial que buscaba algo en el celular.

—¿Cuántos meses tiene? ―preguntó el oficial Martínez a la mujer que ya estaba recostada.

Ella pareció no escuchar. Acomodaba las frazadas alrededor del cuerpecito de la pequeña, mientras hacía «a la ro-ro-rooo» en voz baja, como balbuceando. Martínez las observó fijamente. Encendió otro cigarro y regresó a mirar a través del ventanal. Afuera no se veía nada. El alumbrado público no funcionaba hasta esta parte de la avenida. La mayoría de las casas no estaban pintadas por fuera. Eran todas de un solo nivel. La poca luz que iluminaba parcialmente la avenida era de los focos de estas casas, de los televisores que aún estaban encendidos. En sordina llegaban las notas de música de banda proveniente de alguna calle aledaña. El ambiente apestaba a basura.

 

«Pronto volveremos, con la ayuda de todos», leyó en la foto de un periódico. La frase estaba pintada sobre una barda que había quedado en pie delante de un montón de escombros y polvo. Ese día no le cobraron la entrada al metro. Agradeció no tener que gastar cinco pesos más. Se bajó, como siempre, en la estación Doctores. Pero había algo enrarecido en el ambiente. Había cierto olor inusual. La poca gente que usaba el metro lo hacía consternada en su mayoría. En el camino encontró a varios sujetos con botas, cascos, picos, palas, vestidos con overoles azules o anaranjados y que en la espalda llevaban escrito «búsqueda y rescate» o «bomberos». Encontró a un par que llevaba la bandera de Chile y un pastor alemán también con uniforme y lentes protectores. Los rescastistas, se dijo. Al salir del metro notó que casi no había gente en la calle. El Eje Central estaba repleto de bicicletas que iban y venían. En la entrada de la calle Chimalpopoca vio los cordones de seguridad que controlaban el acceso. En el fondo se levantaba una pequeña nube de polvo, con densidad casi transparente. Se apreciaban a lo lejos los escombros.

A un costado de la entrada del metro había una van de Televisa interrumpiendo el paso habitual de las personas. Allí dentro había algunas cámaras y pantallas. La furgoneta llevaba encima una antena gris, enorme. Un sujeto desayunaba café con pan en su interior.

—¿Qué pasó allí?

—¿Qué no sabes? ―dijo masticando un pedazo de pan―. Se cayó la fábrica.

«Se cayó la fábrica», se repitió internamente. «Se cayó la fábrica». Caminó para cruzar el Eje. Cuando iba llegando a la esquina, antes de atravesar el primer cerco policial, Tomás lo vio desde lejos. Se levantó del puesto de caldos de gallina que ese día estaba cerrado y lo alcanzó una vez que llegó a la acera.

—¿Cómo estás, cabrón? ―le dijo. Con un tono expectante y una mirada torva―. ¿Todo bien? ¿Cómo está tu familia? Pensé que no ibas a venir hoy. ¿Qué no escuchaste las noticias? Todas las enfermeras están atendiendo a la gente que necesita algo de ayuda de la fábrica. A los que van sacando se los están llevando al Centro Médico. Nos dijeron que les ayudáramos a llevar estos víveres para allá dentro, o a organizar la herramienta que viene llegando de todos lados.

—Se cayó mi casa ―le respondió. Lo miró a los ojos. Comenzó a llorar. Tomás lo abrazó.

 

Continuó caminando con la demás gente. Cruzó el primer puente vehicular con miedo de que se desplomara apenas pasara debajo de él. Recordó que había conseguido su trabajo gracias a su amigo Ernesto, quien lo había recomendado con su optometrista que también trabajaba en el hospital. Le habló un sábado por la mañana, a su celular. «¿Pero cómo, si yo ni soy doctor?», recuerda haberle respondido. «Ya sé, pero vas a entrar de vigilante. ¿Cómo ves?». Se presentó dos o tres días más tarde. Le dieron su uniforme, un par de zapatos y una gorra con la que supuestamente se cubriría del sol. Habló con Ernesto un mes después. Le agradeció por haberle conseguido el trabajo. Quedaron de verse algún día para tomarse una cerveza y platicar.

Tras media hora de marcha ininterrumpida, comenzó a correr el rumor de que la Clínica 25, que estaba a unos metros de allí, se había derrumbado. Se decía que tal vez no se había derrumbado, pero que estaba por hacerlo, que era cuestión de minutos. «Ay, Dios mío», exclamó una señora. «Ay, Dios mío, mi papá está internado allí». La gente que la rodeaba notó su angustia. Una camioneta de redilas que iba repleta de personas se detuvo y con ayuda de los demás tripulantes, subió a la señora y retomó su camino. Comentarios sueltos se dejaron oír: «pobre señora, iba toda espantada, como que le faltaba el aire», «más que pálida, se puso morada».

Cuando el hombre pasó frente a la estación de servicio de una cadena de automóviles se volvió a acordar de su amigo Ernesto. Aquél, que siempre fue el que había llegado de la Portales, el que decía que odiaba vivir en ese basurero. A veces se iban juntos al Peñón Viejo, a trepar el monte. Néstor, como ya era llamado en la cuadra, solía decir que lo único que esperaba era tener un jardín con pasto donde poder acostarse a ver las nubes. Por eso le gustaba irse para el monte, se olvidaba un poco de dónde estaba. «Pinche ciudad Neza», decía, «es pura tierra, pura tierra árida». Renegaba de que su padre los hubiese traído a rastras hasta acá, donde lo único bueno que había eran las funciones de cine de ficheras a las que podían colarse en las matinés. En la fachada del negocio de automóviles estaba grafiteado: aquí estuvo Néstor. Por eso se acordó de él.

Subió el puente peatonal y atravesó la avenida repleta de carros. Volteó hacia el poniente y observó a cientos de personas avanzando con cadencia, mirando nada más que al piso. Bajó del otro lado del puente y se adentró en las calles intrincadas para cruzar después la avenida Texcoco y llegar por fin al Estado de México.

Caminó derecho hasta su casa en la calle Rancho Grande. Dobló en la esquina y vio que todo estaba tranquilo, como en cualquier martes por la tarde. Eran cerca de las siete. No había luz en la colonia y su mujer estaba a media calle abrazando a su pequeña hija. Cuando se acercó a ella, notó que su semblante estaba desencajado y pálido. Señaló hacia su casa. La barda del vecino había caído sobre su patio y aplastado la puerta principal. No había forma de entrar, salvo por el techo. Justo enfrente había un poste de luz derrumbado.

Los vecinos les dijeron que lo mejor era hablar con la policía del lugar. Alguno de ellos los acompañó hasta la caseta de vigilancia más próxima. Ya había anochecido y la luz eléctrica estaba por reestablecerse.

 

Al otro día, temprano, el oficial en turno les pidió que dejaran limpia la caseta. No quiso decirles más. No les dio ni cinco pesos para el camión, ni las indicaciones de cómo llegar a la delegación Iztacalco y cómo buscar el refugio.

Tuvieron que ir de casa en casa pidiendo dinero. Alguien les dio diez pesos. Alguien más tomó cincuenta y les dijo que lo mejor era ir en taxi. Pero todos los miraban con desconfianza y miedo, incluso el taxista, al que le pagaron 60 pesos para que los llevara al albergue en Iztacalco.

Una vez allí, se despidieron. Él tenía que ir a trabajar. No hay de otra, le dijo a su esposa, tú te quedas aquí con Paola y yo regreso en la noche. Aquí tienes comida, en ese montoncito de allá hay ropa limpia. Hasta hay una doctora por si la niña se te pone mala. Yo creo que tú te puedes quedar en esta colchoneta y ya, si no cabemos, me acuesto aquí en el piso junto a ustedes.

 

El hospital también tenía algunas cuarteaduras. La mayoría de los pacientes había dejado las instalaciones, y otros más preferían quedarse allí. Afuera, el sonido de las ambulancias y el trajinar de las personas eran interrumpidos de tanto en tanto. «El silencio estalla afuera», pensó, cuando un paciente le dijo: el silencio está allá fuera. Entonces salió. En la calle, Tomás corría de un lado a otro diciendo a los automovilistas que entraran por la puerta trasera del hospital, que por ahí no dejaban pasar. Todos estaban tan ocupados que cuando salió y cruzó la calle, nadie lo notó.

Tomó el trolebús que también ese día estaba gratuito. Después de varios minutos se bajó enfrente de la estación de bomberos. Solo una cosa ocupaba ya su mente: Ernesto. Se acordó de su amigo desde el día anterior. Era el único capaz de ayudarlo en un momento así. No sabía que ocurriría con su casa, ni con su trabajo, ni con su familia.

Caminó apresuradamente. Atravesó las calles repletas de gente gritando, organizando acopios, cadenas humanas, repartiendo comida, dulces, lo que fuera. Andaba. Recordó la única vez que fue a casa de Ernesto. Lo vio feliz, en el patio trasero, donde tenía un pequeño jardín. En la imagen que guardaba dentro de su memoria, Néstor estaba de pie, mirándolo a los ojos; la luz le caía directamente sobre su rostro, por lo que tenía los ojos entrecerrados, el cabello largo, las manos en la cintura. Néstor sonreía, feliz, plácido, en su jardín.

Dobló en la esquina de la calle, como hace más de quince años lo había hecho. Esta vez sin la alegría de aquel domingo. En esa colonia el desorden era mayor, aunque la Marina ya cercaba los alrededores. Centenares de personas andaban por las calles. Había muchos campamentos improvisados frente a edificios a punto del colapso, donde los inquilinos observaban cómo sus hogares se inclinaban poco a poco para derrumbarse, cómo las grietas paulatinamente crecían sobre las bardas y los pilares. Frente a un edificio de siete pisos, observó como un sujeto entró precavido por la puerta principal que estaba casi en escombros para sacar, solo con sus manos, la mayor cantidad de pertenencias que pudiera, ante el latente peligro de derrumbe. En algunas esquinas había filas de voluntarios que esperaban su turno para poder cruzar los cercos policiales con la intención de levantar escombros. El sol no terminaba de caer a plomo y todo se veía de un extraño tono anaranjado. En el fondo, además del sonido de motores, de ambulancias y sirenas se escuchaba algo como un cuchicheo constante, eran como susurros de aquellos que no querían elevar la voz para escuchar, para escuchar cualquier cosa, cualquier sonido.

Como llevaba puesto el uniforme de vigilancia del hospital, lo confundían con un policía. Cruzó las líneas de seguridad que resguardaban el trajinar de las personas en los derrumbes. Él continuó andando sobre la calle que ahora se presentaba en su memoria de una forma más nítida. Iba contando los números, con temor de recordar con exactitud el número de la casa que eventualmente encontraría unos metros más adelante. «Ojalá que no», se dijo en voz baja, «ojalá que me haya equivocado de calle».

Frente a los escombros había cadenas humanas que se pasaban cubetas, de ida vacías, de regreso llenas de cascajo. Una señora lo vio y le dio agua, lo tomó del hombro y le sonrió, intentó consolarlo. Él había dejado de escucharla. Notó que le corrían lágrimas por el rostro. Observó cómo los vecinos lo volteaban a ver, conmiserándose.

En los alrededores había cartulinas con mensajes escritos: «Para Yola, con cariño de Graciela, por siempre en mi corazón. Sobrevivientes en el 68»; «A ti, Lore, por cambiar el rumbo de mi vida. Disculpa si jamás volví a verte, pero siempre sabré lo grande y genial que fuiste.». Siguió avanzando. Enfrente de lo que fuera el edificio donde vivía su amigo estaba el muro intacto que había visto esa mañana en una foto del periódico. En su mente estaba Néstor, de pie, con las manos en la cintura, los ojos entrecerrados, mirándolo directamente, sonriendo, feliz y le decía: «Cuántos años sin vernos». Frente a él, en el muro, se podía leer aquella frase: «Pronto volveremos, con la ayuda de todos».

 

 

 

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Posted by Felipe Castillo Jiménez

Felipe Castillo Jiménez (Ciudad de México, 1996) actualmente cursa los semestres finales de la licenciatura en Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Desde hace algunos años se dedica a la producción de contenidos radiofónicos para la radio en línea del Centro Cultural de España en México. Ha colaborado en un par de proyectos independientes, la Revista Osario y La casilla ahumada.

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