Volver a Glanmore

Un sonetario de Seamus Heaney en traducción de Hipatia Argüero.

Heaney, Re-visitado. Comentario a la traducción de Glanmore Revisited

 

Para Julia Constantino, Antonieta Rosas,

Irene Artigas y Ariadna Molinari,

que me obligaron a traducir a Heaney.

¿Qué se puede decir de Seamus Heaney? Tal vez valdría la pena comenzar diciendo que es uno de mis poetas favoritos. Esto es relevante porque no es lo mismo traducir a un poeta que apenas conoces que a un poeta profundamente querido. También cabe mencionar, a modo de anécdota, que no es la primera vez que me enfrento a la tarea de traducir a Heaney, y más específicamente, sus sonetos.

Confieso que mi primera aproximación a la traducción de un soneto de este poeta, querido, canónico e irlandés como él solo, fue a los pies de un pedestal, con la mirada hacia arriba y un aire un tanto derrotado. Callejón sin salida. ¿Cómo traducir al gran Heaney? Confieso, también, que si comencé a traducir a Heaney fue porque me obligaron (y qué bueno). Aprendí que el producto final nunca puede ser reverente y temeroso; el traductor no se puede poner a besarle los pies al poeta sólo por la distinta naturaleza del trabajo de cada uno. Al traducir a un poeta admirado se tiene que escalar el pedestal y ponerse a su altura, mirarlo a los ojos y decir: «Te voy a traducir lo mejor que pueda». Y, pues, hacerlo.

En este sentido es que se formula la traducción de estos poemas, que, muy a la Heaney, son una conjunción que parece imposible entre la sencillez temática y léxica y la complejidad formal del soneto. Siempre he tenido la impresión de que los sonetos de Heaney no se pueden clasificar así, como sonetos. Sí están conformados por catorce líneas en pentámetro yámbico y sí tienen un patrón de rima, pero todo eso parece ser una bonita coincidencia. Los poemas de Heaney se caracterizan por una naturalidad que oculta un poco el hecho de que están enmarcados por una forma estricta, con reglas, y de que se trata de algo absolutamente artificial. Llevar a cabo la titánica tarea de traducir soneto a soneto es algo realmente admirable, pero definitivamente no es mi intención, pues implicaría una serie de sacrificios que, a mi parecer, son demasiado grandes.

Las traducciones que aquí se presentan conforman una colección titulada Glanmore Revisited, conjunto de siete sonetos de carácter personal y anecdótico en los que se retratan actividades cotidianas y los espacios en los que se realizan de forma un tanto críptica. Estos sonetos son las piezas de un rompecabezas que revelan poco a poco un lugar recordado, re-visitado.

Glanmore Revisited (1991), como bien indica el título, es el regreso a un lugar de partida al que Heaney ya nos había introducido en otra colección de sonetos, Glanmore Sonnets (1979). Estas colecciones son complementarias y, aunque pueden leerse por separado, puede resultar muy útil examinarlas en conjunto. A partir de esto surge una pregunta obligatoria: ¿por qué traducir la vuelta y no la ida? ¿Por qué empezar por el final?

En Glanmore Sonnets, Heaney expresa la necesidad de utilizar la escritura como una herramienta de autodefinición, la importancia de tener y encontrar una voz dentro del contexto que lo rodea. Esta preocupación es frecuente en su poesía, sobre todo en sus primeras publicaciones. Heaney considera a la poesía como un trabajo físico, como un enterrar y desenterrar de ideas. En esta primera colección, la inquietud por redefinir una voz está muy presente, pues Glanmore se convirtió en el lugar idílico que permite retomar el pasado, representó un paraíso al que la Irlanda que leemos en North (1975) no puede llegar. En esta primera serie de sonetos se puede apreciar un tono de duda que surge del reciente aislamiento y del retorno a un paisaje rural familiar: «Did we come to the wilderness for this?» (Sonnets IX). Se puede considerar a la colección Glanmore Sonnets como el principio de la consolidación, según Heaney, de Heaney como poeta: «[él] dijo que fue en Glanmore donde sintió que comenzaba a encontrar una voz propia» (Wright 293). Si se toma esto en cuenta, entonces Glanmore Revisited es la culminación de este proceso.

Sin embargo, Glanmore está materialmente más presente en la segunda colección, cuando es revisado y reafirmado justamente como un locus amoenus. En este sentido, ambas series de sonetos son un enfrentamiento con el pasado. En la primera colección Heaney desentierra los fantasmas de su infancia, sus recuerdos excitados por el paisaje, y en la segunda revisa y reafirma su memoria a través de la materialidad de la casa que describe. Glanmore Revisited es un trabajo de arqueología: una serie de sonetos que reconstruyen recuerdos a partir de objetos que se observan desde una perspectiva que sólo el tiempo transcurrido permite.

Este libro de sonetos necesita la sílaba re: re-visar, re-visitar, re-cordar, re-godear, re-torcer, re-pensar, re-volcar, re-imaginar, re-construir, re-vivir. Es una vuelta atrás que termina por avanzar; es un replanteamiento y reposicionamiento, una nueva perspectiva destapada e iluminante ante lo acostumbrado. ¿Por qué, entonces, comenzar por el final? Creo que en este momento a todos nos viene bien una revisión, un ejercicio de arqueología personal para rescatar lo que queda y repensar lo que ha pasado. Necesitamos, siempre, levantarnos y andar. Aunque sea con poesía y sus traducciones.

Finalmente advierto que se debe tener en cuenta que todos los textos exigen criterios de traducción específicos. En pocas palabras, cada soneto de Glanmore Revisited se presta a interpretaciones muy libres, ya que las imágenes que los conforman pueden asociarse de manera distinta para significar cosas diferentes. Cada soneto traducido responde a sus propias exigencias, cosa que imposibilita, hasta cierto punto, generar una sensación de unidad. Las traducciones que se presentan a continuación son, antes que nada, una lectura, o más bien, el producto de una interpretación: la mía. Hay que recordar que la traducción es un filtro, una acción que implica a una persona que lee e interpreta, y no a un sujeto tácito que se dedica a buscar equivalencias para llegar a lo mismo pero en otro idioma. En estas traducciones no van a leer ni sonetos ni a Heaney, sino el trabajo de traducción de una persona de carne y hueso que no puede borrarse de sus palabras, incluso cuando se trata de palabras ajenas, pues el proceso de traducción implica, siempre, apropiación.

Hipatia Argüero Mendoza

Heaney, Seamus, Opened Ground. Selected Poems 1966-1996, New York, Farrar, Straus and Giroux, 1999.

Wright, Julia M., A Companion to Irish Literature, Oxford, Blackwell Publishing Ltd, 2010.

 

 

***

Volver a Glanmore

 

 

I. Scrabble

In memoriam Tom Delaney, arqueólogo

 

Empedrado desnudo. Agua subterránea. Frío de tarde de invierno.

Tal vez nuestras espaldas nunca se calienten pero los rostros

arden al fulgor de la chimenea y por el whiskey preparado.

Incluso entonces se sentía recordado, una vieja

rectitud medio imaginada o predicha.

Mientras la leña verde chillaba y escupía en las cenizas

y lo que sea que estallara fuera jamás podría tocarnos,

alumbrados, encerrados, entechados y emparedados en piedra.

 

Año con año, nuestro juego de Scrabble: amor

tomado a la ligera como cualquier otra palabra

puesta por casualidad y permitida según las reglas.

Y a «escrabblear» se ha dicho. Intransitivo.

Significa rascar o desenterrar algo con fuerza. Que es

lo que él escucha. Nuestras herramientas raspantes, metálicas.

 

 

 

II.  El catre

Guadaña y hacha y tijeras de jardín, el rechinido

del portón del cual los niños se colgaban,

atizador, cubeta,  pinzas, rastrillo para grava;

la vieja actividad vuelve a comenzar

pero comienza diferente. Estamos por nuestra cuenta

años después en el mismo locus amoenus,

ya no inquilinos, sino propietarios absolutos

de una casa vaciada y lo que sea que guarde de nosotros.

 

Que seguramente es más que recuerditos, aunque

el catre para niños sigue en el lugar donde Catherine

despertó al amanecer y respondió con kakaraká

al gallo de la granja que está cruzando el camino;

y es el mismo catre en el que yo mismo dormí

cuando el mundo era una granja que sobrevive y cacarea.

 

 

 

III. Cambios de escena

Días después de que un amigo tallara su nombre

en la ceniza, nuestros niños arrancaron la corteza;

la primera vez que me enojé mucho con ellos.

Iba temblando por la casa cual hombre desquiciado

y tal vez exagerando un poco, aunque

el asunto me conmovió en ese momento:

me recordó esas escenas en las que hermanos de sangre,

dos valientes, rasgan sus muñecas y las cruzan en una seña.

 

Lo que brilló como un hueso expuesto ya se ha curado.

Un verdugón en la corteza marcada por una cicatriz,

como la de un héroe en escena de reconocimiento

en la que vieja enfermera mira vieja herida y golpea su frente

(atónita por lo que todo eso significa)

y las lágrimas sorprenden al veterano de guerra.

 

 

IV. 1973

El hierro corrugado rugió como trueno

cuando marzo entró; y conforme el año entibió

e inválidos y bulbos salieron de la tierra,

yo hibernaba detrás de la buhardilla,

mirando la colina a través de ramas sacudidas,

disociado, como un granjero enfermo

anestesiado contra las cosas de temporada

en un hedor de humo de cigarro y ceniza.

 

Le siguió la cuaresma, también como león,

ágil y salvajemente disciplinada;

una voluntad en ayuno que deambula por el cuerpo,

de la que yo me burlé con aromas de nicotina

al encender uno con el otro. Me sentí imprudente

y me revolqué en la profunda suciedad del estudio.

 

 

 

V. Soneto lustral

Allanamiento de morada: desde niño me resultaron

palabras mucho más emocionantes que temibles;

incluso cuando «logré mi independencia»

y compré una casa, un hombre de propiedad

que carecía de la perspectiva apropiada. Nunca

pondría doble cerrojo en una puerta o portón

ni cerraría las persianas o me cubriría con cortinas

ni pensaría seriamente en «la seguridad».

 

Pero todo cambió cuando tomé posesión aquí

y di la instrucción de serruchar el viejo marco de la cama,

porque la única forma de bajarlo por las escaleras

era cortarlo en dos pedazos. Un crimen,

tan griego en sus consecuencias, tan peligroso,

sólo palabras y acciones puras pueden asegurar la casa.

 

 

 

VI. Leer en cama

 

El cuarto más airoso. Altos árboles de verano

se agitan al nivel de los ojos al abrirlos

e hilillos de hiedra entran sigilosos

a menos que sean dirigidos fuera: como recuerdos

dirigidos tanto tiempo que ahora muestran su rostro

y mantienen su distancia. Depresión de boca blanca

nada desde su sombra como un delfín

de ojos húmedos, ilegibles, incautos.

 

Nado en Homero, libro veintitrés.

Por fin Odiseo y Penélope despiertan

juntos. Un poste de la cama

es el tronco vivo de un olivo viejo

y es su secreto. Como el nuestro pudo ser

hiedra, siempre verde, tambaleante, tácita.

 

 

VII. Tragaluz

Tú eras la de los tragaluces. Yo no quería

cortar a través de la avezada duela de

pino de tea. Me gustaba bajo y encerrado,

el efecto claustrofóbico de nido-en-el-techo.

Me gustaba la sensación de rapé seco;

el embonar perfecto del viejo techo, como cajuela.

Debajo todo era madriguera y escotilla.

Tablones azules guardaban un calor de noche tropical.

 

Pero cuando desprendieron los tablones, el cielo

extravagante entró e hizo posible la sorpresa.

Durante días me sentí como un habitante

de esa casa en la que hicieron al hombre paralítico

descender a través del techo; dejó que le perdonaran

sus pecados, lo curaron, se levantó de la cama y anduvo.

 

 

____________

Seamus Heaney (Condado de Derry, Irlanda del Norte, 1939) es poeta y crítico literario. Su obra ha sido reconocida como una de las más emblemáticas de la literatura irlandesa moderna. En 1995 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

 

Hipatia Argüero Mendoza (Ciudad de México, 1988) estudió Letras Inglesas en la UNAM. Es traductora y lectora por placer, aunque también por obligación. Le gustan los gatos y en general se la pasa bien. Busca fiesta. Si tienen fiesta avisen.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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