Violencia de género y evolución biológica: ¿qué relación hay entre ellas?

Por  |  0 Comentarios

La disparidad y la violencia son rasgos que se observan en numerosas especies animales, incluida la humana. Pero ¿la biología debe dictar también nuestros valores? Manuel Ochoa propone debatir la violencia contra las mujeres a la luz del conocimiento científico.

 

 

Manuel Ochoa

 

Vivimos una época en que la violencia de género se recrudece o al menos se visibiliza de formas mucho más evidentes que en otros tiempos. Para dilucidar su origen se han escrito numerosos artículos de investigación (principalmente desde la psicología evolutiva)[1] que pretenden poner a discusión las bases evolutivas de nuestra conducta. Lo que parece estar sucediendo es que nos urge hallar explicaciones en la ciencia biológica que nos permitan entender lo que somos, hacemos y decimos. Pero ¿realmente las hay? ¿Por qué nos importa y parece tranquilizarnos que las haya? Y, sobre todo, ¿cómo utilizar de forma adecuada el conocimiento biológico y evolutivo para comprendernos como humanos?

La evolución, como disciplina científica, es una parte muy abstracta del conocimiento biológico. En parte por eso es difícil hallarle una utilidad concreta, a diferencia de lo que ocurre con la medicina u otras disciplinas. Aunque el estudio de la evolución puede arrojar luz sobre numerosos aspectos de la conducta humana, el análisis que realizamos o las conclusiones que obtenemos desde las ciencias a menudo son superficiales o no se hacen con el suficiente rigor. Peor aún, frecuentemente usamos los conocimientos obtenidos gracias al estudio evolutivo para justificar y legitimar nuestras conductas.

Cuando hablamos de evolución, surge un problema que se ha manifestado desde hace mucho tiempo:[2] construimos explicaciones y les llamamos evolutivas únicamente porque suenan plausibles y porque cuentan historias de cómo pudo haber surgido un fenómeno. Sin embargo, no en todos los casos nos detenemos a reflexionar o analizar con detalle si en verdad esas explicaciones son evolutivas o no. Esto no pasa únicamente por tener un conocimiento deficiente de las ciencias, pues incluso los científicos caen en la tentación de simplificar los fenómenos y sus explicaciones. Tal problema puede dar pie a interpretaciones erróneas y, todavía más grave, a justificar actitudes violentas que adoptamos en nuestra conducta diaria y que pueden escalar hasta convertirse en situaciones riesgosas.

 

Nuestras conclusiones apresuradas

La naturaleza es profundamente desigual. Las hembras pingüinos viajan kilómetros en busca de alimento mientras los machos esperan al cuidado de los huevos. En algunas especies de peces linterna, el macho es tan pequeño que se vuelve un apéndice sexual de la hembra y literalmente se fusiona con su cuerpo para servirle como fuente de células sexuales para la reproducción. Desde hace mucho tiempo se sabe que en numerosas especies animales existe un evidente conflicto de intereses sexuales[3] entre maximizar la cantidad de cópulas (principalmente en machos) y maximizar la calidad de las mismas (principalmente en hembras). ¿Esto dice algo sobre los humanos? ¿Hay algo que podamos aprender de la evolución? Seguramente sí, pero, en definitiva, las respuestas tienen que ver con la forma en que utilizamos ese conocimiento.

En los humanos, la desigualdad biológica tiene implicaciones culturales. Dicho de otra forma, hemos justificado y reproducido discursos de desigualdad en lo cultural usando como argumento base la desigualdad biológica. Aunque unos son más sutiles que otros, existen afirmaciones y pensamientos sumamente arraigados en la cultura occidental que ejemplifican claramente esta situación: «una persona que nace con cromosomas XY es hombre y una que nace con cromosomas XX es mujer»; «un hombre no puede llorar o demostrar sus sentimientos»; «las mujeres deben ser femeninas y mostrar poca iniciativa en la conducta sexual», «en los hombres, la agresividad es indicio de iniciativa»; «esas actitudes están en nuestros genes y en la historia evolutiva de nuestra especie».

Investigar los fundamentos biológicos de las conductas sexuales y encontrarlos en nuestra especie es interesante. Sin embargo, hay que trascender este conocimiento para que pase de lo interesante a lo útil; no usarlo como fundamento para reproducir roles o actitudes como si estuviéramos determinados por nuestra biología, sino cuestionar qué implican –y qué han implicado– culturalmente nuestras restricciones biológicas y evolutivas.

 

Dos dimensiones que nos atraviesan

Entender la evolución de los humanos es particularmente complejo porque interviene un componente que no se encuentra en el resto de la naturaleza: la cultura. La cultura, dicho de manera muy general, y para los propósitos de este escrito, se puede entender como «lo que el humano añade al humano».[4] La idea de que existen las dimensiones biológica y la cultural en nuestra especie puede resultar bastante evidente, pero por momentos pasa desapercibida. Ambas dimensiones son oscuras por distintas razones: gran parte de lo biológico no lo podemos modificar a nuestro antojo, mientras que lo cultural es muy complejo para traducirlo por completo en causas y razones claras; incluso, como menciona Paul Griffiths,[5] los rasgos culturales se comportan como un proceso evolutivo en sí mismo, relativamente autónomo del biológico.

En el resto de la naturaleza hay una dimensión, y no más: lo biológico. Esto hace que en la naturaleza simplemente pasen cosas y que las especies existan sin teorizar o conflictuarse al respecto. En muchas especies de patos existen conductas sumamente violentas que hacen del sexo más bien una lucha,[6] pero no hay poblaciones de patos donde se cuestionen los roles que cumplen los individuos de cada sexo en la reproducción. No hay cultura. Esto no quiere decir que toda nuestra identidad dependa solo de la cultura ni que toda dependa de lo biológico. Precisamente porque nuestra identidad es un complejo entramado de ambas en distintos grados, es que resulta difícil comprender bien a bien las razones que la articulan y, especialmente, conocer el margen de acción que tenemos en ello.

 

Nosotros los onvres

Los hombres hemos avanzado muy cómodos por los caminos de la historia usando nuestra animalidad de forma impune. «Es que así somos, es la naturaleza del hombre», decimos. En ocasiones hemos convertido lo biológico en un arma para legitimar las maneras en las que ejercemos poder desde lo cultural. Eso es un gran peligro y además es no comprender en qué situaciones lo biológico influye más y cuándo tiene una menor repercusión.

Si buscar múltiples parejas con el único fin de la cópula o invertir lo menos posible en el cuidado parental son estrategias ecológicas y evolutivas presentes en machos de numerosas especies, no deberíamos tomar ese hecho como razón para construir una identidad de género, sino preguntarnos qué implica eso en las sociedades humanas y, si resulta injusto o es violento, hacer lo necesario para cambiarlo o, mejor aún, erradicarlo. Saber de evolución puede permitirnos evidenciar aquellas prácticas que, aunque pueden tener orígenes y componentes biológicos, es posible modificar en lo cultural.

Hace falta, cada vez con mayor urgencia, construir masculinidades que vayan más allá de nuestra identidad animal, biológica, y se dirijan hacia situaciones culturales concretas. Tal vez esta construcción implique dejar de responder a nuestra biología sin cuestionamientos, como si fuéramos un pedazo de madera al que arrastra la corriente. No podemos hacer nada con el hecho biológico de que en la hembra humana se desarrolle el feto durante el proceso de reproducción, ni tampoco con las cascadas hormonales que influyen en el estado de ánimo. Pero esto no debería legitimar los roles en los que, por ejemplo, el hombre es indiferente a la crianza y cosifica a la mujer, ni las convenciones sociales que someten a las mujeres a cierta idea de la maternidad.

La sensación que me genera ver a una mujer atractiva –a mi juicio– en la calle y el deseo de mantener una relación sexual con ella pueden ser algo natural en lo fisiológico. Sin embargo, lo que tengo que hacer con esa realidad es evitar que se convierta en una reacción automática y violenta, ni siquiera en algo de lo que la mujer en cuestión tenga que enterarse. En otras palabras, me puede gustar alguien que veo, por su cuerpo o algún otro atributo, y eso puede sucederme debido a la historia evolutiva de mi especie o a otras razones explicables desde la ciencia biológica. Pero el paso del deseo al hostigamiento es algo que tiene que detenerse.

Hemos hecho de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres un abismo que produce violencia y muerte, discriminación y feminicidios. Entenderlo sirve de poco si no estamos dispuestos a dejar de provocarlo y construir espacios libres de violencia.

 

Los límites del conocimiento evolutivo

La evolución como disciplina cuenta historias de variación, supervivencia, reproducción y cambio en las poblaciones, pero no hay que pretender que explique mucho más que eso. Los estudios evolutivos y la biología en general resultan insuficientes para comprender los discursos culturales que hemos construido con base en las diferencias biológicas, y más aún, los orígenes y la historia de nuestra conducta. La presencia de la cultura exige que las explicaciones científicas se complementen con otras áreas del conocimiento, pues en la especie humana están presentes aspectos que rebasan lo biológico, como la política y las relaciones de poder.

La evolución podría servir, por ejemplo, para cuestionar discursos políticos y sociales; usar los conocimientos que ha generado como una especie de genealogía que revele cuándo, cómo y por qué establecimos ciertos discursos y les dimos validez social a partir de una interpretación pretendidamente científica de la biología; en otras palabras, poner la ciencia natural al servicio de la ciencia social y hacer que ambas se complementen. Mientras no cuestionemos nuestras prácticas, seguiremos utilizando el saber biológico para hacer cada vez más profundas las diferencias que nosotros mismos hemos creado como sociedad. El estudio de la evolución nos puede dar muchas lecciones, pero hay que saber cuáles de ellas realmente nos permiten aprender y cuáles seguimos usando como simples armas para desgarrarnos a nosotros mismos.

 

 

NOTAS

[1] La psicología evolutiva es una disciplina que se ha encargado de descubrir los «algoritmos darwinistas» presentes en la psicología humana. Estos «algoritmos» son aquellas razones evolutivas que, según esta disciplina, explican las conductas humanas. Sin embargo, tanto sus métodos como sus resultados tienden a simplificar excesivamente el proceso evolutivo y la relación entre las poblaciones que evolucionan y su ambiente.

[2] Stephen Jay Gould y Richard Lewontin publicaron un famoso artículo en 1978 donde critican el programa adaptacionista. Esta corriente de pensamiento supone que existen razones evolutivas en el origen de muchos rasgos que se observan en la naturaleza; sin embargo, estas no necesariamente corresponden a un análisis evolutivo estricto y son, simplemente, «solo historias» (just so stories).

[3] Robert L. Trivers, «Parental investment and sexual selection», en B. Campbell (ed.), Sexual Selection and the Descent of Man, Chicago IL: Aldine, 1972, pp. 136-179.

[4] Lo que el humano, en tanto individuo, añade al humano, en tanto especie. Es decir, aquello que hacemos y que va más allá de ser simplemente un animal como muchos otros. Por ejemplo, pensar en nosotros mismos de forma filosófica, educarnos, crear arte, entendernos como sujetos históricos, hacer ciencia, etc.

[5] Paul E. Griffiths, «From Sociobiology to Evolutionary Psychology», en P. Sterelny y P. Griffiths, Sex and Death: An Introduction to Philosophy of Biology, The University of Chicago Press, 1999, pp. 313-336.

[6] Los machos en muchas especies de patos se lanzan sobre las hembras y fuerzan la cópula, en episodios que prácticamente podrían ser catalogados como violaciones.

 

_________________

Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988) es maestro en Ciencias Biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

 

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *