El vicio (y gozo) de leer

Le lectura es como un vicio, pero también como un hechizo. La escritora mexicana Beatriz Rivas narra sus inicios como lectora y sus hábitos de lectura en este texto.

Beatriz Rivas (1965) es una narradora mexicana, maestra por la Universidad Iberoamericana. Inició en el trabajo periodístico, pero ahora se dedica totalmente a la literatura. Aunque incursionó en el cuento, su obra se ha decantado por la escritura de novelas, todas ellas con un notable interés en la historia y publicadas bajo el sello de Alfaguara. La última de ellas, Dios se fue de viaje, se editó en 2014. En 2015 se publicó Fecha de caducidad, que escribió al alimón con Eileen Truax y Armando Vega-Gil.

 

 

 

La casa de mi infancia estaba llena de libros. También las casas de mis abuelos. El materno, de hecho, además de tocar la guitarra, el acordeón y cantar, escribía bastante bien, con un envidiable sentido del humor. Creo que de no haber sido contador público, habría sido un gran contador de historias. Mi madre se lo heredó: cuenta historias con el pincel y siempre, a la hora de la comida, cuando éramos niños, nos inventaba un cuento distinto. Mi padre, también contador, escribe con una precisión y una claridad deliciosas… Pero me estoy desviando: decía que crecí rodeada de libros y de adultos que leían constantemente y que preferían una buena lectura a encender la televisión, así que desde muy niña me dio por este maravilloso vicio. De esa época hay un libro definitivo, el más «culpable» de que sumirme en las historias se convirtiera en una aventura: Corazón. Diario de un niño, de Edmundo D’Amicis. Enseguida, Siddhartha de Herman Hesse. Después, Los alimentos terrestres y los nuevos alimentos de André Gide y, un poco más tarde, Rayuela de Julio Cortázar.

Así que leer, para mí, es una actividad cotidiana casi imprescindible. Siempre traigo un libro en la bolsa y otro en el coche. No puedo salir de viaje sin una buena dotación de libros de papel, aunque haya que cargarlos y no sean prácticos. Uno de mis mayores placeres antes de salir de viaje (otro de mis vicios) es elegir los libros que me voy a llevar. Deben ser delgados, no muy pesados. Unos más ligeros y otros más profundos. Al menos me llevo cuatro o cinco, para no quedarme sin lectura, y siempre los traigo de regreso a México subrayados. Confieso que el único libro electrónico que me he comprado –de Pedro Ángel Palou, por cierto– lo adquirí en un momento de desesperación: estaba en una playa, sin librerías en los alrededores, y cuando le di la vuelta a la última página del último libro que me acompañó mis vacaciones, entré en crisis. Se lee exagerado, pero no tener un libro a mi lado, disponible, listo para dejarse leer, me causa mucha ansiedad. Hoy, en mi casa, frente a mi cama, están los libros que a esperan ser leídos: uno tras otro, formando una larga y paciente fila. Escoger el próximo siempre es un gozo.

Aunque reconozco que puedo leer casi en cualquier circunstancia, tengo manías. Me gusta recargar el libro en algún cojín que esté sobre mis piernas estiradas. No puedo leer sin pluma o lápiz en la mano, pues constantemente subrayo y hago anotaciones al margen. Mi lugar favorito es un sillón comodísimo que tengo en mi recámara, con una mesa y una lámpara al lado. Por las tardes, si estoy disfrutando mucho la lectura, me sirvo un vaso de whisky en las rocas o, a lo mucho, dos. A diferencia de antes, ya no me siento obligada a terminar un libro. Si no me atrapa o no me interesa alguno de sus aspectos –el formal o el de fondo–, leo de cuarenta a cincuenta cuartillas y lo cierro. Si es de un buen autor, después de algún tiempo le doy una segunda oportunidad. No leo por obligación ni por quedar bien con nadie. Jamás, sin excepción alguna, leo textos de superación personal, de sectas religiosas como la cienciología, ni de Paulo Coelho. Aunque estuviera yo en busca de «un sentido» o de recetas para vivir la vida de cierta manera, creo que se aprende mucho más, mucho mejor y con toda la profundidad necesaria, con una buena novela. De las que transforman, cuestionan y cimbran. De las que te llenan de preguntas e inquietudes. De las que llegan a cambiar tu vida.

Para mí, la ficción es vicio… y magia. Ya que me confieso agnóstica (decir atea asusta a muchos), no me queda más que creer en el ser humano y en el enorme poder de la literatura. Y dentro de esta doctrina particular, creo en la magia. Creo, por ejemplo, que cada libro llega a mí cuando lo necesito. Es como rezar o pedirle a un dios por algo y verlo inmediatamente cumplido. Me pasa muy seguido: abrir las páginas de un libro elegido al azar, comenzar a leerlo y decirme: «¡Esto es precisamente lo que necesitaba en este momento!»

El vicio (y gozo) de leer lo comparto con mi marido, también escritor, y con mi hija de quince años, lectora incasable. Nuestra casa, pues, está llena de libros: los de él, los de ella, los míos y los nuestros. Adoro acomodar los míos, aunque es cansado. Cada dos o tres meses debo hacer espacio en el librero de mi estudio para incorporar los libros ya leídos. Los tengo ordenados por temas y, dentro de cada tema, por autores, en orden alfabético. Los de ficción de un lado, teoría literaria de otro, diccionarios y enciclopedias por allá. En espacio aparte, todos los libros que usé como material bibliográfico de cada una de mis novelas. Frente a ellos coloco retratos de mis personajes: Hannah Arendt, Napoleón Bonaparte, Gerda Taro, Voltaire, por ejemplo. La lectura es materia esencial para mi carrera de escritora. Una condición indispensable para todo escritor es que sea un gran lector. Un lector fuera de lo común, que vea más allá que los demás, que trate de descifrar el fino hilado de una trama, que vea más allá del qué y se sumerja en el cómo.

Lo único que colecciono son libros dedicados personalmente por los autores. Mi colección ya rebasa los 450 ejemplares y ocupa todo el librero de mi recámara. Realmente la atesoro, aunque tengo mis libros preferidos aunque me niego a decir cuáles son, pues conozco a la mayoría de los autores; muchos son grandes y muy queridos amigos.

La lectura, como todos los vicios, me atenaza, me atrapa, no me suelta. Y yo me declaro derrotada: me encanta sumergirme por completo en ella. Me reconozco su esclava.

 

 

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Posted by Beatriz Rivas

Beatriz Rivas (1965) es una narradora mexicana, maestra por la Universidad Iberoamericana. Inició en el trabajo periodístico, pero ahora se dedica totalmente a la literatura. Aunque incursionó en el cuento, su obra se ha decantado por la escritura de novelas, todas ellas con un notable interés en la historia y publicadas bajo el sello de Alfaguara. La última de ellas, Dios se fue de viaje, se editó en 2014. En 2015 se publicó Fecha de caducidad, que escribió al alimón con Eileen Truax y Armando Vega-Gil.

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