Viajes circunvalados

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Henry Martin

 

En el avión hacia Irlanda, me esfuerzo al imaginar que estoy dejando Londres por última vez. Lo hago seguido. Es decisivo ver cuál es mi primera reacción. En este caso, me siento feliz. El pensamiento primordial era que Londres era un sueño, y yo estaba despertándome. Algunas caras londinenses se me aparecieron. Me hicieron sonreír. Estaba bien al decirles adiós.

Londres no es tanto el sueño, sino la variación de un sueño, siempre enganchado a una especie de pesadilla. Lo primero que uno nota acerca de Irlanda es lo calmado que es, y lo caro. El silencio y los campos se extienden más allá de la periferia y parece que juntan sus manos en algún lugar lejos del alcance de la vista. Debajo, persiguiendo el cielo, los hogares, pueblos y ciudades se arrastran. Siempre hay más silencio y espacio que ruido y concreto.

Me siento como Frank McCourt revisitando, como un desconocido, el pueblo de su infancia. Crecer en Tipperary en los 80 y 90 no es Limerick en los 30 y los 40, pero un viaje a casa siempre es el más largo y el más corto. El más largo, porque tú no estás visitando el hogar en el 2011, estás ahí cuando tenías seis años y pedaleabas una bicicleta, quince, cuando tomaste whiskey en el campo, o veintiuno cuando soñabas en irte. El más corto porque tu mente, memoria, o corazón realmente nunca se fueron tan lejos como pensabas que lo habían hecho.

No estoy seguro de dónde yacen las cenizas de Angela, pero cada vez que vengo a casa una especie de fénix se impulsa a sí mismo desde el pasado, y se desintegra de nuevo en la terminal de Shannon. Me pregunto a dónde va ese fénix, dónde espera mientras regreso al sueño-enganchado-a-pesadilla de Londres.

Por supuesto, se supone que debo decir que no es la Irlanda de mi juventud. Y no lo es. Además, tengo menos de treinta años. Mientras manejamos del aeropuerto hacia la casa, nosotros circunvalamos muchos de los reconocidos símbolos del importante y cargado viaje al aeropuerto de Shannon –un camino de emigración para muchos irlandeses. Esta nueva ruta significa que no hay razón para entrar a los pueblos que me aburrían, emocionaban, o desconcertaban cuando era niño. Frecuentemente manejábamos al aeropuerto de Shannon para recoger a nuestros vecinos cuyas familias viven en Nueva York. Los viajes en carro más memorables eran en navidad. Era mágico: pasar por los pequeños pueblos con sus ansiosas decoraciones, pasar por Limerick (ese epítome de lo cosmopolita para los pequeños ojos infantiles) y en Shannon, cubierta de alegres y destellantes luces, un gigante hombre de nieve ondeándose a lado de la torre de control, y dentro de la invernal y maravillosa pluma. En aquellos días el aeropuerto parecía tan grande, con sus amplios vestíbulos de mármol y, además, escaleras mecánicas. Ahí estaba el carrito de los equipajes para ser empujado, y revistas deshojadas para hojear. Y luego estaba el reto de identificar el avión que traía a nuestro vecino, y aún más lejos, la promesa de que algún día veríamos Nueva York.

Las carreteras de circunvalación funcionan como una posible ruta para un paso bloqueado. Mi papá tenía dos triples rutas circunvaladas. Aprendí la palabra cuando era un niño. ¿Qué es lo que podemos inferir de los pueblos irlandeses de este fenómeno? Prometiendo acabar con el sucio ruido de los camiones de la Unión Europea atascados a cada esquina del pequeño mercado del pueblo irlandés, la filosofía de la planificación urbana parece ser: si no está roto –no lo arregles– pásalo. Las vías alternas sólo significan para mí que hay toda una generación de turistas y transportistas que nunca experimentarán el encanto de las pequeñas villas irlandesas, rodeados como lo estarán por los cruces, abundantes atropellamientos, y la soledad de manejar en Irlanda de noche. Ellos podrían ver el campanario de una iglesia, una bandera ondeándose, o el letrero que dice «Newtownabbey está orgullosamente asociada con Rybnik». Sin embargo, lo más que uno puede notar es un vistazo de «algo»; sin entenderlo, no de Newtownabber, y supongo, no de Rybnik.

Venir al hogar –todo es diferente, y todo es lo mismo. Nuestra casa es diferente; más brillante y más grande. La renovación es buena. Hace el terreno más manejable, ¿pero eso lo hace más hogareño? El hogar es la gente. La pintura de las paredes cambia, y de pronto hay internet y televisiones de pantalla plana. Los marcos de las fotos cambian, pero las fotos son las mismas, y las personas en ellas, sin elección, sienten lo mismo, y esto te reconforta.

Caminando por el pueblo con mi papá, pude ver qué tan pequeños son los hogares. La generación baby boomer quería hogares, y seguridad, e hijos crecidos que no regresaran. Las casas tienen musgo a sus lados como pelo de las orejas, y ríos oscuros corren por el frente, como una arruga, causados por un desagüe roto. «¿Quién vive aquí, papá?» «Alguien muy viejo». La mayoría de las casas están vacías. Muchas de las cortinas no han sido cambiadas desde que caminé junto a ellas cuando era niño.

Caminando en la tienda de plantas con mi madre, recordé cómo es que siempre quise comprar bulbos de flores en mi infancia. Me quedaba observando a la gran muestra de pequeños paquetes, con colores fantásticos al frente. Observar era casi mejor que nunca cuidar las cositas secas, que casi siempre terminaban resecándose en el almacén del bóiler. El almacén del bóiler –el mejor amigo del niño; lo más cercano al guardarropa que lleva a Narnia. Todo lo que había eran clavos, centavos viejos, botes de pintura, pelotas de golf, jarros de cristal, desechos de las aventuras del «hágalo usted mismo» de mi papá, y del padre de mi papá, quien construyó la casa. Los muros eran negros y, pienso, manchados con aceite. El olor del bóiler y su traqueteo nunca me asustaron. Nunca vi un rostro maligno en eso, ni pensé que me tragaría, como algunos niños podrían pensar. Era mi cómplice cuando me colaba para robarme un martillo, o un cuchillo, o elegía esconder algún bien robado allí.  Mi madre me llamaba la urraca, y el bóiler era mi traqueteado nido. Era como un latido del corazón que no para de agitarse.

La casa cambia. La casa no cambia. La gente cambia la casa. La casa cambia la gente. La gente no cambia. En circunstancias totalmente diferentes, y con distintos accesorios, hace veintitrés años jugábamos a la tienda en nuestro pórtico. Mis primos de cuatro años no lo saben, pero usan el pórtico exactamente la misma fantasía. ¿Quizá hay una ventana de una oportunidad perdida para el comercio ambulante? Claro, la casa no puede hacer a la gente feliz. Esa no es la función de la casa. A lo mucho puede confortar.

La edad es relativa. Una roca de un billón de años es vieja. Una de setentaidós años no lo es. Yo no soy viejo. Veintiocho años es más grande de lo que pensaba que era. Pensé que ahora ya sería editor del New Yorker, pero también Nueva York está más lejos de lo que pensaba.

Es una alegría, incluso humillante, compartir tiempo con aquellos que te han criado. Me han dicho que parte del orgullo del padre es ver madurar a sus niños, y convertirse en iguales (o al menos, en adultos). Creo que el revés es verdad. Si la persona es de verdad madura verá que el padre, tío, amigo, o maestro ya no es definido por un rol, sino compuesto por todas las complejidades y sombras de las que sabe que está hecho. Para algunos este momento está definido por el instante en que los niños saben que sus padres tienen debilidades o fragilidad. Quizá no es tanto el reconocimiento de este rasgo, sino nuestra conciencia de que estamos pensando en alguien de otra madera –que nuestro proceso de pensamiento está cambiando. Los bebés, de todo lo que se puede escribir de ellos, son codiciosos, insistentes y  manipulantes, empeñados en la auto-gratificación. El momento más importante en la vida de una persona no es su nacimiento o muerte, sino el momento en que salen de sí mismos y el desinterés nace.

No queremos circunvalar estos momentos en la vida, más de lo que deberíamos circunvalar Carrowkeel, Lisnagry, Drominboy o Gooig. Nombramos los lugares porque ellos significan algo para nosotros. Carrowkeel, An Cheathrpu Chaol, el barrio angosto. La gente ha luchado y muerto para nombrar, o preservar un nombre. ¿Quién puede decir qué es valioso para que se quede en el mapa, los colonialistas, los concejales locales? Si el lugar pierde la razón de su nombre, el nombre desaparecerá. La infancia es un nombre y significa algo para nosotros. ¿Vale pasarla?

 

Traducción de Joaquín Guillén Márquez

 

 

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Henry Martin es un escritor irlandés que vive en Londres. Sus obras recientes incluyen After Circles (Theatre 503/Underbelly) y Twisted Tea Cups (Latitude Festival). Como actor ha representado en el Royal National Theatre y el Hampstead Theatre. También es un Escritor Joven de la Corte Real. Su blog es http://michaelhenrymartin.blogspot.com

Joaquín Guillén Márquez (Ciudad de México, 1990) es estudiante de Literatura Inglesa en la UNAM. Ha colaborado, entre otros, en Punto en Línea, La Jornada Semanal, Palabras Malditas y Replicante. Es asistente editorial de HermanoCerdo y pertenece al consejo editorial de Cuadrivio.

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