Vencer al olvido

La poesía ha sido el «arma cargada de futuro» con que la escritora Esther Hernández ha combatido el olvido de su hija y la violencia que azota a México.

Esther Hernández Palacios (Xalapa, 1952), poeta, narradora y ensayista, es catedrática e investigadora de la Universidad Veracruzana. Se posgraduó en la Universidad de Touluse, en la Universidad Iberoamericana, y varias veces ha estado al frente de departamentos e instituciones culturales. Ha sido becaria de El Colegio de México, de la Fundación Fullbright y del FONCA. Obtuvo en 2011 el Premio INBA de Testimonio Carlos Montemayor por su libro Diario de una madre mutilada, editado por Ficticia, y es autora de varios libros de narrativa infantil. El más reciente es El cromosoma de Beatriz, publicado por Ediciones SM. Actualmente coordina la Unidad de Género de la Universidad Veracruzana.

 

 

Ester Hernández Palacios[1]

 

A la memoria de mi hija Irene.

En abrazo con todos los padres y madres que han perdido a sus hijos durante los últimos años de violencia en Veracruz y en México.

 

¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!

César Vallejo

Nosotros no nos diferenciamos por nuestros nombres, sino por el de los muertos que cada uno llora.

Varujan Vosganian

 

Cuando decidí dedicar mi vida a la literatura, es decir: cuando me inscribí en la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana hace ya más de cuatro décadas, nada estaba más lejos de mis intereses que la literatura testimonial. Prefería la poesía y la narrativa de ficción, como casi todos los lectores jóvenes de esos años.

Mi padre, que compartió su carrera jurídica con el magisterio y la escritura, había acumulado en la parte baja de la casa una biblioteca con varios miles de volúmenes. Así que no solamente crecí entre libros y leí algunos de ellos desde muy joven, sino que me sumergí en sus páginas de la mano de mi madre (especialista en literatura infantil), que todas las noches leía o recordaba una historia que narraba para mí y que yo disfrutaba más si estaba en verso. Del acervo de mamá, que constaba sobre todo de leyendas, cuentos de hadas, narraciones del dominio público, con y sin moraleja, prefería las últimas, tal vez porque para moralinas ya me bastaban las que recibía en la escuela de monjas.

Cuando pude leer por mi cuenta, me engolosiné con las narraciones, las rimas y las ilustraciones de los múltiples volúmenes del Libro de oro de los niños y un poco más tarde en los de El tesoro de la juventud, en cuyas páginas disfruté sobre todo, y en compañía de mis hermanos, de su extraordinaria y diversa selección poética, algunos de cuyos versos todavía vibran completos en mi cabeza.

De las narraciones de El tesoro de la juventud solamente recuerdo la historia de las 14 princesas que en la noche huían de su palacio para cruzar un río e internarse en un bosque, nocturno y misterioso, a lomo de 14 cisnes áureos que ya en la oscuridad se transformaban en príncipes; y dos poemas que tampoco tenían nada de tiernos o inocentes, pero que me sobrecogían por su ritmo y tal vez porque intuía su terrible verdad: «Todas íbamos a  ser reinas» y «El ruego» de Gabriela Mistral. Seguramente fue en busca de sus huellas que continué el camino de las letras que me condujo a otros rumbos.

Me casé temprano con un poeta tan joven y tan comprometido con la literatura como yo. Juntos leíamos durante horas los versos de nuestros autores favoritos. Por alguna extraña razón, yo prefería los poemas más cargados de pathos. César Vallejo y Miguel Hernández estaban, y siguen estando, entre mis autores más amados. Mi relación con la palabra poética fue creciendo tanto en intensidad que, al término de mi carrera, cuando hubo que optar por el tema de una maestría, decidí no manchar mi pasión por los versos con la espuria necesidad de ganarme la vida y opté por la lingüística. Los poemas (mientras más desgarradores, mejor) los mantuve en el ámbito de la intimidad.

Cuando fui madre, muchos años después de casarme, recordé las nanas que me cantaba mi madre y aprendí otras nuevas, romances, corridos, poemas musicalizados con en la voz de mis autores e intérpretes favoritos: Violeta Parra, Daniel Viglietti, los Calchaquis, Inti Illimani, Joan Manuel Serrat y Paco Ibañez, que los jóvenes repetíamos en ese entonces ahora lejano tanto para acompañar al pueblo en el camino de la Revolución social, como para dormir a nuestros hijos o exaltar la pasión amorosa. En esos años de pasión y crianza, aprendí de memoria cientos de versos que me acompañan desde entonces y me han servido no solo para ganarme la vida como investigadora y profesora de la Universidad Veracruzana, en la que me he dedicado a la investigación y la enseñanza de la poesía mexicana de los siglos XIX y XX, sino para sostenerme de pie después del asesinato de mi hija Irene Méndez, el 8 de junio de 2010, en Xalapa.

El pasado 8 de junio se cumplieron siete años del asesinato de mi hija mediana y de su esposo. Mi hija se llamaba Irene, tenía 26 años y estaba embarazada. Murió de seis disparos provenientes de un arma de alto poder, de fabricación extranjera y de uso prohibido en nuestro país. Recibí la noticia esa noche, cerca de las 10:30, cuando estaba cayendo en el sueño profundo. La madre de mi yerno Fouad me informó de la desgracia: «No quisiera ser yo quien te dé esta noticia: secuestraron a Fouad e hirieron a Irene; está en el Seguro Social». A partir de ese momento y durante esa noche, la peor de mi vida, repetí sin cesar los versos de Vallejo:

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios

 

Todo se convirtió en una maraña oscura, maloliente y cada vez más dolorosa. Por muchas horas dejé de tener voluntad y me entregué a las manos de mi otro yerno, mis hermanos y sobrinos. Mis otras hijas estaban en el mismo estado emocional al que yo había descendido. Cuando regresé a casa después del funeral, dos noches después de la tragedia (el cuerpo de mi yerno fue encontrado en el amanecer del día 9, en un basurero de las afueras de la ciudad, y los velamos juntos esa noche), era un ser sin voluntad, una piltrafa humana vencida por el dolor. Sin fe ni rabia.

Cuando terminó el funeral y abandoné las cenizas de Irene en la cripta familiar de su marido (no pude oponerme a nada, ni defender la costumbre familiar del entierro, ni luchar por hacerme de sus restos, ya solo cenizas, para llevarlos con los nuestros), me sentí, por primera vez en mi vida, vacía. No me arropaba ni siquiera la cálida cercanía de mi hija mayor ni la de mis nietos. Lo más coherente hubiera sido dejarme morir. Pero no podía darme ese lujo porque tengo un compromiso con mi hija menor: Beatriz, de condición precaria y cuyo nombre, tomado del divino Dante, también me ata a la Palabra y me recuerda diariamente que, si no estoy segura de creer en Dios, creo, sin dudarlo, en la vida y en el canto, en ese refugio seguro que hemos construido los humanos desde las cuevas paleolíticas, al que hemos denomidado trascendencia y que se resguarda en la Palabra. ¿Acaso no llevo años enseñando eso a mis alumnos? ¿Que la Palabra nos une y nos supera, nos hermana y nos sobrevive? ¿Que con ella hemos surcado los mares, representado paraísos y construido refugios ancestrales?

Decidí entonces pedirle a Marianne Toussaint, mi hermana en la palabra poética, que me ayudara. Necesitaba como tabla de salvación una libreta negra de pastas duras, sin el peligro de la espiral que me habría permitido arrancar hojas fácilmente, y una pluma de gel para que se deslizara sin dificultad por el papel. El diario que inicié in articulo mortis el 10 de junio y concluí casi un mes después, el 10 de julio, fue el puente que me volvió a conectar con la vida. Escuché desde mi interior que tal vez para ese momento me había estado preparando desde años atrás en mi relación con la Palabra, no en el sentido religioso, sino literario. Mi temor al fracaso y mi exigencia de calidad que habían reprimido mi impulso creativo se desvanecieron frente al dolor y al estado excepcional que me impelía a tomar el papel y la pluma, literalmente hablando, como armas frente a la impunidad (no tuve valor ni la fe para denunciar en el sistema judicial estatal y federal) y la desmemoria. La única manera de vencer al olvido era la poesía, «un arma cargada de futuro» como había aprendido del poeta español, una de cuyas caras en ese momento se me presentaba como la impunidad y el vacío.

Durante los días que sucedieron al asesinato de Irene y Fouad, su esposo, estuve inmersa en un proceso de duelo que acompañé con la escritura del diario y la lectura de la prensa que me sirvió de marco referencial, de contexto para situar mi tragedia personal en el escenario de la estatal y la nacional. Escribí casi religiosamente durante días seguidos. En un momento del proceso, casi al final del Diario, cuando había abandonado el escenario inicial de la tragedia, que era también el locus no amenus del relato, me enfrenté a la contemplación de un asesino. No era el sicario que había matado a  mi hija Irene, ni el que había degollado a mi yerno Fouad y tirado su cuerpo en un basurero de la periferia de Xalapa; pero era un sicario, sin nombre ni apellido, como la mayoría de los asesinos de los últimos años en México. Esa experiencia que parecía ser una más en la secuencia de horror que vivía y registraba en los últimos días de la escritura del Diario es hoy, a la distancia, un parteaguas en el proceso de escritura. Y una rendija donde poder ubicar la esperanza.

Concluí la escritura del libro en la Ciudad de México, en casa de mi hermano mayor, mientras esperaba, acompañada de mi familia, el avión que nos llevaría lejos del escenario del horror. Fue en el televisor de su casa que vi la cara del sicario que despertó mis reflexiones y que me permitió la última reflexión, o una de las últimas, que según mi lectura posterior me permitió sublimar, al convertir en literatura, el horror de sus actos criminales y convertir en literatura lo que había iniciado como catarsis. Sí, el Diario no era solo catártico, pero para ello necesitaba un ingrediente que consolidara su estructura literaria.

Ya lejos del escenario trágico, en Piera, un pueblo de la provincia de Barcelona en donde se nos dio cobijo y calor para encontrar el consuelo y la fuerza para continuar amaneciendo, encontré que era necesario reforzar la estructura de mi relato con otros versos. Considero que la poesía es la más alta expresión de la esencia de nuestra especie y, como olvidé rezar y me es imposible vivir en el vacío, los versos de muchos poetas me permiten seguir viva. Incluir aquellos otros versos, además de un ejercicio de estilo, se trataba de coherencia.

De regreso a México, concluí el tejido verbal con algunos hilvanes poéticos que no había encontrado en mi memoria y que hallé en las páginas de los libros de poesía de mi bilioteca. Faltaba llegar al público lector para cerrar el círculo virtuoso de la literatura. Luego de un par de desánimos, lo envié al Premio Carlos Montemayor del INBA, del que resulté ganadora. Eso me llenó de enorme emoción y alegría. ¡Sí, alegría! Había logrado mi cometido: mantener viva a mi hija Irene, vencer al olvido y, en el mejor de los casos, incidir en la explicación de la razón de ser de los asesinos. Me refiero a los sicarios, a la carne de cañón que presiona el gatillo; no a quienes los mandan. La única posibilidad de superar este negro período en el que todavía estamos inmersos es que nos reconciliemos con la carne de cañón y que construyamos un futuro en el que ellos estén incluidos.

 

La nueva Creta, octubre 2017.

 

NOTA

[1] N. del E. Desde su Diario de una madre mutilada, la autora firma sin la H de su nombre de pila, como una manifestación en contra del olvido.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Javier Julián Enero 8, 2018 at 2:34 am

    Esto es interesante en extremo. Denle mi afecto y admiración a Esther Hernández.

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