Vampiros anárquicos y sedientos de luz

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…es que de ahí en adelante llegaríamos a ser repugnantes cosas de la noche, como él, sin corazón ni consciencia, cebándonos en los cuerpos y en las almas de aquellos a quienes más amamos.

Van Helsing citado por Mina Harker

(Drácula, Cap. XVIII)

 

 

Héctor Rojo

 

Los vampiros, seres no vivos como había subtitulado Bram Stoker su novela, encuentran en la sangre un vínculo con el mundo que han dejado para siempre. Si alguien se atreve a juzgarlos, es sólo porque no forma parte de ellos –todavía–. La esfera de lo vampírico es oscura, silenciosa, gélida; su existencia, como la luna, únicamente refleja una parte de la luz que bulle durante el día. Ellos buscan nuestra sangre para mantener despierta esa lúgubre escenificación. La estética con que se ha representado este universo bien podría significar esto por sí misma: el rojo chispeante es inyectado en esos cuadros sombríos y habitados por lo desconocido, dando un poco de colorido y vitalidad a sus brumas. Mientras tanto, los mortales observamos con espanto cómo la sangre, ese símbolo esencial de lo vivo, fluye entre tinieblas de manera antinatural. Esto, salvo en casos extravagantes, nos horroriza más que la propia muerte. ¿Por qué compartir con ellos nuestra vida rebosante, natural, humana? Darle a lo semivivo un poco de nosotros es grotesco, y nos hace pensar algo peor que morir: desear con desesperación unas gotas más de vida.

Te prometo anarquía (Julio Hernández Cordón, 2015) rescata con sutileza una serie de motivos que hacen eco de esta tradición. Miguel (Diego Calva) y Johnny (Eduardo Martínez) son dos jóvenes, amigos de la infancia y ahora amantes, que se dedican al tráfico de sangre; concretamente, son ellos quienes consiguen a los «donadores» aprovechando el amplio contacto que tienen con personas de pocos recursos dispuestas a recibir algo de dinero por ello. La situación se vuelve crítica cuando surge la oportunidad de dar un gran golpe que no resulta como esperaban, transformando la relación entre ellos, con sus familias y con lo que ocurre a su alrededor. Un tanto difuminado en la trama, el elemento vampírico permanece oculto casi todo el tiempo. Al prescindir de componentes sobrenaturales, el vampirismo de Miguel y Johnny es casi simbólico, aunque sin caer en una burda analogía psicológica. Quienes crecimos viendo vampiros en el cine y la televisión, detectamos sin mucho esfuerzo que el mito está presente desde el principio en esta cinta; no sólo en el tráfico de sangre, sino también en el erotismo omnipresente y animal de sus personajes, en esas vidas apagadas que circulan por la trama y en la voluntad ciega de existir al límite por disfrutar un día más esa energía demencial.

 

 

Recordemos también que la transfusión de sangre es uno de los motivos mejor integrados a este subgénero, como podemos revivir en el episodio de Drácula (Bram Stoker, 1895) donde Van Helsing intenta salvar a Lucy realizando cuatro transfusiones de diferentes personas. Claro que, en este caso específico, no es el conde transilvano quien participa del festín, sino los hombres que rodean a Lucy, todos enamorados de ella. Para el lector actual, esto es un mero trámite hospitalario; pero aún a finales del s. XIX, las transfusiones sanguíneas estaban rodeadas de supersticiones que las equiparaban con el acto sexual e incluso con un intercambio espiritual parecido al del matrimonio.[1] Esto da al episodio un tono orgiástico al que alude el propio Van Helsing, cultísimo hombre decimonónico, y hace que Drácula se alimente, a través de Lucy, del cuerpo y el alma de los hombres que terminarán cazándolo.

En la narrativa actual, una interpretación alegórica suele matar la creatividad de las historias; pero Hernández Cordón se aleja con bastante precaución de la posibilidad de resbalar en este terreno. Lejos de prestarse a analogías simplonas (como crimen-vampiro, sociedad-víctima o juventud-enajenación), los temas del género se presentan en un contexto contemporáneo como evocación de aspectos psicológicos y emocionales que conmueven o perturban al espectador. En este sentido, la película es menos explícita de lo que estamos acostumbrados al hablar de cine negro y de horror (ambos presentes a su manera). Por ejemplo, a primera vista puede parecer un defecto del argumento el que no sepamos nada sobre el futuro de los desaparecidos y de sus secuestradores. Esta percepción se alimenta aún más en una sociedad como la nuestra, ávida de noticias mórbidas; sin embargo, antes de satisfacer esa sed de tremendismo, la historia nos deja una pequeña muestra de lo que ocurre a nivel psicológico con muchas víctimas anónimas, de quienes sus familiares un día simplemente dejan de tener noticia, y de quienes el resto jamás nos enteramos porque no son parte de las cifras oficiales.

Mientras aquella subtrama terrible permanece en el silencio como un monstruo dormido, para el público no resulta extraño encontrarse con estos jóvenes vampiros de un aura singular desplazándose por las zonas grises de la ciudad, protegidos por su condición, en este caso, sólo aparente, más allá de la humana. Como se mencionó antes, este carácter está más bien implícito en la pantalla, aunque para el director estuviera más que claro: «A mí me parece muy poético estos chicos que se transportan en patinetas. Ahí comencé a observar a mis personajes como vampiros. El traslado en patineta es como si flotaran sobre el pavimento, como si se distanciaran o flotaran sobre la realidad» (Hernández Cordón, entrevista en Butaca Ancha). Como en otras versiones modernas del personaje, las criaturas de Te prometo anarquía están envueltas en una trama amorosa que en ocasiones los fortalece y en otras los hace vulnerables. Miguel es claramente el depredador que sobrevuela a Johnny, su amigo de la infancia y amante, ávido por compartir ese ímpetu desinhibido y sin ataduras que guía el comportamiento de este último. Hijo económicamente acomodado, Miguel pareciera no tener nada de qué preocuparse, pero carece de motivaciones suficientes para hacer algo distinto a vagar por la ciudad. En su afán por adoptar la magia de Johnny, se adentra en ámbitos a los que no pertenece, buscando esa libertad aparente de las calles en las que acaba extraviado.

Johnny, trotacalles y adicto a inhalar solventes, es una figura que se traslada con una sensualidad enrarecida por la cinta. Es capaz de enamorar a Miguel hasta lo enfermizo y también a una bella chica –de clase acomodada como Miguel– que lo sigue como hipnotizada a donde él va. Johnny encarna el erotismo vampírico con desenfado, dirigiéndose a donde lo lleven los días mientras pueda ir en su patineta. Es él quien provoca que sus dos enamorados estén dispuestos a arriesgar todo por las emociones que despierta en ellos, al grado de que ambos terminan perdidos, él moralmente en su error criminal y ella físicamente junto al grupo de desaparecidos.

La trama de amor y la del tráfico de sangre se juntan precisamente en el intento de Miguel por crear un futuro para ellos dos, en el que estén unidos por el negocio y por ese compromiso aparentemente inquebrantable de lo criminal. Dar el gran golpe significa ser libres. No importa si los padres de Miguel tienen las posibilidades económicas, porque es sólo en esa fuga de la realidad en donde los sentidos se agudizan y es posible sentir más que el resto de las personas. «Veo el futuro y no existe la muerte, porque tú y yo somos ángeles», dice Mallory a su amante, Mickey Knox, en una inolvidable secuencia de Natural Born Killers (Oliver Stone, 1994, min. 8:30), después de haber matado juntos a una buena cantidad de personas, incluidos sus padres. En el caso de Te prometo anarquía, existe un paralelismo (interesante aunque no definitivo) entre el cine negro y el de vampiros, en este buscar lo extraordinariamente vivo en aquello que está fuera de los límites. La sangre, para el vampiro, es ese elíxir resplandeciente que lo renueva sin fin y le da fuerzas sobrehumanas; mientras que los amantes criminales encuentran en su tráfico ilegal el pretexto que los une y los separa con violencia.

Gracias a la riqueza y complejidad de sus pasajes, hoy es posible seguir creando historias relevantes mediante un sinnúmero de reediciones de la leyenda del vampiro; no sólo por una simple coincidencia con el contexto actual, sino sobre todo porque las pasiones y temores que despierta tienen algo arquetípico que nos sigue atrapando en sus fabulaciones. Te prometo anarquía nos permite entrar en una visión lírica de los suburbios donde la crueldad del crimen organizado y la violencia intrínseca de las calles son el alimento del egoísmo juvenil de los personajes. No es que éstos no tengan corazón –como dijera Van Helsing–, sino que lo tienen entregado al único objetivo de alcanzar su eterna lozanía cueste lo que cueste. Para ellos no importa que los demás, quienes observamos desde fuera, sepamos que siempre hay un final, y que la ansiada eternidad es sólo una fantasía muchas veces narrada y disfrutada por auditorios a los que nos aterra eso que tanto deseamos.

 

 

NOTAS

[1] Bram Stoker. Drácula. Edición de Leslie S. Klinger. Akal. Madrid, 2008: «Cuando terminó [el entierro de Lucy], estuvimos junto a Arthur [prometido de Lucy], el cual, pobre muchacho, nos contó el papel que tuvo en la transfusión de sangre que donó a Lucy; vi que el rostro de Van Helsing pasaba alternativamente del blanco al púrpura. Arthur estaba diciendo que había sentido en aquella ocasión como si él y Lucy estuviesen realmente casados ante los ojos de Dios. Ninguno de nosotros dijo una palabra acerca de las otras transfusiones ni nunca lo haremos» (p. 265).

Tras la muerte de Lucy, Van Helsing se siente turbado por el hecho de haber sido uno de los donadores, y dice respecto a los demás caballeros que se prestaron para ello: «Si es así [que Lucy se convirtió en esposa de Arthur cuando le transfirieron su sangre], ¿qué ocurre entonces con los otros? ¡Ja, ja! Entonces esta doncella tan dulce sería poliándrica y yo, con mi pobre esposa muerta para mí pero viva según la ley de la Iglesia, dicho sea sin bromear, yo incluso, que soy un marido fiel a la que ahora es mi no-esposa, soy bígamo» (p. 270).

Al respecto, escribe Leslie S. Klinger en sus notas a la novela: «Ciertamente, estos victorianos fuertemente reprimidos le dan a las transfusiones todo el significado moral y religioso de un acto sexual. Y tampoco puede olvidarse la total novedad médica del procedimiento» (p. 265).

«A mí me parece muy poético estos chicos que se transportan en patinetas. Ahí comencé a observar a mis personajes como vampiros. El traslado en patineta es como si flotaran sobre el pavimento, como si se distanciaran o flotaran sobre la realidad. Son cosas que van surgiendo de un largo proceso, como 5 años desde que nace en mi cabeza. Me gustó mucho esta idea vampírica con la sangre. De ahí surge todo».

 

 

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Héctor Rojo (1984) tiene estudios de literatura en la UAM-I y en la Universidad Veracruzana. Puedes contactarlo en: hrojoaj@hotmail.com y hrojoaj@gmail.com

 

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