El valor de la impertinencia

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Si bien la filosofía ha tenido muchas tentativas de apertura, estas suelen pasar por alto la cultura de nuestros tiempos y se aferran a una postura prescriptiva. Los filósofos tienden a reprender, a no ensuciarse las manos cuando se acercan a temas incómodos.

«Impertinencias… pero críticas», columna de Isaac Porcayo que hoy inauguramos, pretende adoptar un acercamiento más bien lúdico y exprimental. Su precedente son las obras de Gilles Deleuze y Roland Barthes, y nace no como proyecto de difusión de la filosofía ni como filosofía de la cultura popular, sino como una filosofía surgida de la cultura de masas, de los fenómenos que la delinean. En esta primera entrega, Isaac Porcayo pone dialécticamente sobre la mesa la razón de ser de este nuevo espacio e hinca su atención en uno de los pilares del pensamiento moderno: la objetividad.

 

 

Isaac Porcayo

 

Pensaba que más que el valor de sus ideas, lo que ha marcado la importancia cultural de muchos filósofos y pensadores es cierta facilidad por la impertinencia; en cierto modo la causa de la muerte de Sócrates fue la insistencia en el cuestionamiento incómodo; Platón fue expulsado de Sicilia por importunar al rey para posteriormente ser vendido como esclavo. Y las anécdotas se acumulan, pero la palma a la impertinencia se la llevaría definitivamente el cínico Diógenes, verdadero outsider y provocador en la Grecia antigua.

Pensaba entonces que la impertinencia debería ser elevada a nivel de motor fundamental de una auténtica sociedad libertaria, porque la impertinencia está más allá del discurso ñoño del «diálogo, el respeto y la tolerancia». Ser impertinente es romper los esquemas de lo esperable, es hacer terrorismo ideológico. En esa línea hay otros impertinentes que me parecen importantes, Duchamp en primera línea.

Me parecía que hay dominios culturales que son invernaderos de impertinentes; creía que los más fértiles serían la filosofía y las artes (en sus manifestaciones experimentales), porque es bien sabido que los impertinentes gustan de lo desconocido.

En mi cabeza ser impertinente implicaba muchas cosas pero no quedaba nada claro: me parecía que podía ser un experimentalismo irrenunciable. Creo que la antítesis del sujeto impertinente es el innovador (sea Steve Jobs), que da a la sociedad lo que demanda (útiles que cree necesitar), la seduce con lindos gadgets; mientras el impertinente le da lo que no necesita y no quiere, además de una característica inutilidad. Irrumpe, al menos estaba seguro de eso; ser impertinente es abrazar el destino del indeseable.

Así que me propuse hacer una contrastación rápida de mis conjeturas a través la mayor matriz de ideas de nuestro tiempo: Google. Tecleo impertinencia y filosofía, y parece que la asociación ha sido otras veces intuida por autores de poca monta (me gustaría pensar que su calado es aún menor que el mío). Pruebo resultados con ciencia, arte, filosofía. Sin duda la filosofía acumula más resultados, con la notoria excepción de Piergiogio Odiffredi y su Elogio de la impertinencia, donde leo con escalofrío:

 

Al absolutismo político-teológico, empantanado en las arenas movedizas de la revelación y la fe, debe contraponerse, pues, no el relativismo filosófico, sino el absolutismo matemático y científico, fundado en las rocas de la demostración y la experimentación.

 

Leo el texto del italiano excepción que contradice directamente mis búsquedas cibernéticas, aunque muchas de las «impertinencias» proferidas en su introducción me parecen más bien prepotencias. Creo que Odiffreddi es como esos jovencitos que pretende agitar mucho a la sociedad con su actitud altiva, mientras consume el modelo establecido de un movimiento preexistente. Lo que me molesta no es que escriba en cuanto científico, sino que se autorice por la ciencia, y aunque nos entrega un libro de divulgación científica interesante e incluso imaginativo, su adherencia impertinente me parece más declarativa que efectiva.

A partir de este hallazgo, la investigación dipsómana comenzó a dar resultados: la verdadera impertinencia no es un proyecto determinado de antemano, sino un saber que no se puede tener, una errancia teórica, saber vital. Un dicho que no se espera es normalmente llamado impertinente; dado que sacude al interlocutor, tiene que tratarse de un dicho no convencional. A veces ese dicho puede ser considerado impertinente porque la persona que habla irrumpe «sin saber» de lo que habla, no es autoridad en el tema. Es decir, que habla desde fuera, y su impertinencia es un atrevimiento. Pero ¿no se habla siempre desde cierto grado de ignorancia, desde un afuera?

El gobierno de la pertinencia se llama objetivismo, positivismo, realismo, etc. (paradigmas absolutistas, en términos de Odiffredi). Varios nombres para designar la ingenuidad, en mi opinión, y de paso acabar con la riqueza de posibilidades humanas, porque cuando el conocimiento trata de ser objetivo (es decir, reducir de antemano la realidad a objetos) lo único que se ejerce es autoridad, no conocimiento. Eso es hablar desde dentro: el científico siempre habla desde dentro de la disciplina, mientras que el arte y la filosofía se permiten de vez en cuando romper la tradición, salir de vez en cuando, orearse y hablar desde el páramo de lo desconocido, ser excéntricas, extáticas, experimentales, exógenas… entonces la impertinencia emerge, y engendra un «fuera de lugar». La ciencia cambia sus paradigmas muy de vez en cuando, la filosofía exige la revuelta (aunque muchas veces solo se obtengan egos revueltos).

Y ¿qué es ese fuera de lugar o en qué consiste estar fuera de lugar? La misma definición de ser excéntrico, hablar desde una posición desautorizada: hablar de lo que nadie habla o se quiere ignorar, hablar como alguien que renuncia  a la autoridad de hablar, que renuncia a la autoría, hablar como nadie. Hay muchas formas de gobernar lo dicho: pensemos que quiero estudiar un fenómeno, la adicción a internet, entonces no  me hago adicto a internet, porque si hablo en tanto adicto al internet se dice que como lo hago adicto a internet no soy objetivo. El procedimiento correcto es ponerme una bata blanca y agarrar unas cobayas humanas para pontificar qué es y cómo es la adicción a internet. ¿Y no lo sabía ya en cierta manera cuando elegí mis cobayas? ¿No estoy creando mi objeto de antemano?

Nuestra relación con los saberes se define por una posición, y hablar desde fuera tiene el efecto de ser tildado de impertinente. Pero estar fuera también es un saber, es una posición desde la que se puede hablar siempre y cuando sea en grado crítico, palabra que no uso en sentido académico, sino en el coloquial, que significa llevarlo al extremo; no hacerlo como accidente, sino hacerlo como ejercicio. Ese es el sentido, experimental, que le daré a estas páginas. Y todo lo anterior para explicar el título que me vino en un arranque: «Impertinencias… pero críticas».

 

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Isaac Porcayo Camargo estudió filosofía en la UAEM y en la UNAM. Se interesa por la estética y los estudios culturales y visuales, además de los estudios sobre sexualidad y género. Sus textos han sido publicados en las revistas universitarias La Colmena, La manzana y Reflexiones marginales. Actualmente participa en el proyecto radiofónico de divulgación de la filosofía La mónada y los tejemanejes, en CUPA Radio. Twitter: @ItzaakM