Una hendidura por donde se hace la luz

A veces, el amor por la lectura comienza no en los libros ni en los ojos, sino en el ritmo y el oído. Argel Curpus narra la forma en que la poesía lo indujo al camino de la lectura.

Argel Corpus estudió Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha escrito dos libros de poemas: los días pasan y se llevan su lumbre, reseñado, entre otros, por el poeta David Huerta y el narrador y poeta Eusebio Ruvalcaba, y Paternidad, ambos publicados por Taller Ditoria. Los temas de violencia y reconciliación respectivos de cada libro le permiten dramatizar la situación del país. En ese sentido su poesía cumple una función social, aunque esté revestida con el sabor de la intimidad y la vida privada. 

 

 

 

Para Brenda

 

Yo no empecé leyendo libros populares o cultos, ni tuve una abuela que narrara con maestría. Tampoco presté atención al radio, porque su programación de música clásica era aburridísima. Jamás fui un estudiante sobresaliente. En primaria fui el más burro. A mí lo que me interesaba era comer pollo frito y papas y refresco. Eso y estar en la calle viendo todo y nada. Acariciar perros callejeros. O ir en carro y sentir el movimiento uniforme que mis piernas no me dan. Por contraste, leer era aburrido. Prefería una inyección a un libro. Pinches libros gordos y pesados. De hecho, si soy honesto, me lo siguen pareciendo. Sentado, con dolor de trasero o espalda, leo lo que alguien, también sentado y doliéndose del trasero y la espalda, escribió a mano, en máquina o quizá en computadora. La vida es risible. A él y a mí no nos pagan por nuestros dolores. Él y yo nos encontramos, eso sí, en un camino intermedio: el crepúsculo de quien escribe y de quien quiere entender.

Pero debo regresar a lo que empecé diciendo, y es que yo no inicié leyendo. No fui precoz. No me nació la curiosidad.  Mi familia intentó quitarme lo entumido, pero nomás dije que no. Yo aprendí a decir que no. Lo único que recuerdo haber amado fueron los árboles y las bardas porque los pude trepar. También amé a los perros. Estos me parecían cosas curiosas: con sus hocicos abiertos, siempre caminando en cuatro patas, moviendo la cola, y orinando o cagando o cogiendo donde el instinto los mandaba. Los perros eran libres. Los libros eran gordos y aburridos. La libertad no está en los libros.

Yo no empecé leyendo pero sí escuchando. Alguien en mi infancia me leyó poesía mexicana y cuentos de Oscar Wilde. No recuerdo haber entendido nada. Recuerdo la luz del sol pegándole al jardín. También recuerdo el olor del jabón que se usaba en el baño. Y el olor de los materiales con los que la persona que me leyó trabajaba. ¿Pero entender? Entender es para los buenos estudiantes. Y yo era un rapaz. Lo que sí recuerdo, sin embargo, es la voz. Esa voz masculina que como chorro de luz repetía incansable: «Y pensar que pudimos / en una onda secreta / de embriaguez, deslizarnos, / valsando un vals sin fin, por el planeta …» Ahí, en ese momento rítmico, todo cambiaba. No había más escuela y obligaciones de sumas y restas. No había bardas y árboles qué trepar. No había perros qué acariciar. No había nada sino ritmo. La lectura primero fue ritmo y por esa hendidura se hizo la luz.

Y es que todo cambiaba cuando me leían: la ira, ese mar volcánico que aún cargo, deponía sus armas. El ritmo todo lo domina. Las muchas tardes que pasé junto a mi tío, él era quien me leía, fueron las primeras tardes en las que me trataron con respeto: me leyeron poemas sin preguntarse si los entendería o si lo que oiría será perjudicial para mí. En las horas cercanas a la noche oía su voz emocionada decir el apoteótico final de un poema: «y si Dios de ese Dios tan grande fuera, / Me arrojara a tus plantas ¡vil ramera!» Nadie se asustaba de la palabra. Ni él ni mi madre censuraron el texto. En esos días primitivos no había experiencia literaria que me dijera: «ese poema es melodramático» o «esa palabra no es para los niños». Ni había otra cosa que el ritmo en mis oídos. Es posible que las primas y yo hayamos preguntado sobre la palabra, tan resonante, de «ramera» y es posible que él nos haya contestado: «mujer de la calle». Pero nadie dejaba su asiento y se iba indignado, ni contenía el aire. Si los libros no eran la libertad, el lenguaje, en cambio, sí. El torrente de luz que fluía de su voz opacaba cualquier actitud moralina porque el lenguaje era el lenguaje. Y el español es todas sus palabras.

Así es como los días, los sábados principalmente, ocurrieron. Entre el ritmo de la poesía y los paseos a las zanjas cercanas. Zanjas que eran, digamos, las cesuras, el vacío de tierra en los terrenos aledaños a la casa de mi tío. Santa Clara, la colonia donde él vivió, era un espacio en formación. Había lotes baldíos al por mayor. Y los ojos de uno llegaban hasta donde los árboles lo permitían. Había pinos. Había eucaliptos. En el jardín de la casa había una cantidad gloriosa de flores que él nombraba. Todos los nombres, todas esas palabras guardaban el secreto de la belleza: su naturaleza efímera. La voz del tío les daba vida porque no había discontinuidad sonora: con el tono con el que nos decía los versos de Velarde o de Plaza, decía las flores. Y su voz hacía nacer en el aire a las azucenas, los alcatraces, las mismísimas rosas que yo veía y podía palpar. Era increíble. Era monstruoso. El lenguaje se hacía la cosa enfrente de mí. Y lo mismo sucedía cuando nos reseñaba las peleas de box o las corridas de toros. Todo era que él hablara para que el aire se poblara de boxeadores, toros, mujeres esbeltas con el cabello negro hasta la cintura, o las calles pobres y sin pavimentar de la colonia Obrera. Todo, absolutamente todo existía por el arte de su voz.

Así, los poemas eran fantasmas del aire, que suspendidos mientras duraba el decir iluminaban el espacio dándole sentido y haciéndolo acogedor. En cuanto el aliento terminaba de decirlos entonces quedaba su ritmo, el eco de su encanto. Y en ese encanto todo se detenía, se diría que entrábamos en una especie de cesura, de pausa necesaria, en la que lo mismo las flores que los poemas habitaban en una eternidad transitoria. Muchas veces he querido regresar, voluntariamente, a esos días. Pero siempre falta algo. Hay algo que el recuerdo me niega. Y por más detallado que este sea, hay algo que perdí. Luego de que su voz descansaba, entonces el diálogo iniciaba de otra manera. El ritmo se hacía menos armónico, más cotidiano, y ante mí los poemas empezaban a deshojarse. Eran el bosque de otoño que anunciaba el final del sábado. Había que regresar a casa.

Sin duda, mi tío se conmovía por la poesía mexicana del siglo XIX y principios del XX. Sin duda, de ellos recibió su educación sentimental. Sin embargo, ni Gutiérrez Nájera, ni Díaz Mirón, ni Velarde eran lo que fue Manuel Acuña. Las razones que este poeta esgrimió en «Ante un cadáver» le parecían de perlas. Perdía la razón porque la razón era la del poema y lo gobernaba la siniestra certeza de saber que la vida acaba. En esos versos él encontró la resolución del misterio de la vida y la muerte, y ahí, también, la corroboración de su ateísmo, de su carácter bolchevique. Estos: «Y en medio de esos cambios interiores / tu cráneo, lleno de una nueva vida, / en vez de pensamientos dará flores»; o estos otros: «Allí acaban la fuerza y el talento, / allí acaban los goces y los males, / allí acaban la fe y el sentimiento», eran el camino que lo conducía a la esperanza: «Pero allí donde el ánimo se agota, / y perece la máquina, allí mismo / el ser que muere es otro ser que brota». Esta esperanza alimentó, probablemente, su amor a la naturaleza. La certeza de la ausencia divina era matizada por la certeza de un renacer más científico, menos abracadabrezco. Tal vez por ello creyó que al nombrar «rosas» y «azucenas» volvía a bautizar a sus ancestros, a todos sus muertos de Morelia.

Cuando por fin dejé de ser niño y las obligaciones escolares dejaron de parecerme una imposición, el poema de Acuña tuvo para mí una especial resonancia. Si antes fueron las bardas, los árboles y los perros, ahora esa misma resonancia la encontraba en la palabra escrita. Recuerden, yo ya era adolescente, así que ya nadie me leía. No sé cuál fue el proceso, porque la mutación que sufrimos en la adolescencia es la mejor y la más misteriosa. Solo sé lo que sentí. Y fue una especie de gravedad.

A finales de mis trece años convalecí la mayor parte del año. La cirugía que me habían practicado había sido colosal, dolorosa, lenta en su recuperación. Pero si ella me regaló el dolor, también me obsequió la inmovilidad. Y con esta llegaron las palabras. A medida que estas llegaban, el cuerpo se fue sanando. Tal fue mi fortuna que un día espléndido de noviembre o diciembre me sentí lo suficientemente fuerte como para salir a la calle con un libro de poesía en la mano. El salir el aire fresco me hizo bien. Lo sentía pasar por mi tráquea, llegar a mis pulmones. Me alimentaba. Mis piernas, recién recuperadas, estaban felices de volver a caminar. El movimiento volvía a ser sano. Con esa alegría de reconocerse cuerpo en recuperación, cuerpo vigoroso, empecé a ver al mundo. El mundo era una aventura.

Ese día caminé hasta la parada del camión y me fui a leer poesía a la fuente del Quijote que está en Chapultepec. Nada podía ser más menso que ese acto, pero cuando uno es adolescente uno es menso. Así que me fui hasta allá. Yo conocí esa fuente porque mi tío la describió muchas veces durante los sábados que estuve con él. Así que la fuente estaba bañada por la luz sentimental del recuerdo. Todo fue llegar hasta allá y sentarse a leer, que el hambre se despertó con furia. Si bien es cierto que repetí las palabras de Nájera, de Velarde, de Díaz Mirón, de Acuña, también lo es que a cada palabra el hambre me dominaba. Al final tenía la seguridad de no haber entendido nada y de estar muriendo de hambre. Muchacho pendejo que es uno. Para colmo el cuerpo empezó a dolerse. Tienen que recordar que en esos días el boleto del metro valía un peso y era de color rosa. Yo había recibido quizá diez pesos, o su equivalente de ese entonces, así que había gastado dos en el metro y los otros ocho tal vez los gasté en las combis del metro a la casa. El hambre seguía apretando y las palabras de los poetas no eran todavía el antídoto.

Ese día, para colmo, se soltó la lluvia de otoño. La lluvia de otoño es diferente a la de verano. Las gotas de verano son gruesas y tibias, las de otoño son delgadas y frías. Yo no traía más que el libro (y un cuerpo en recuperación y con hambre) para guarecerme de la lluvia. Así que me tapé con el libro mientras todo el cuerpo se mojaba. La poesía, pinche poesía, no me daba para calmar el hambre, no me tapaba de la lluvia, y yo no terminaba de entenderla. Recordé que cuando niño prefería una inyección a un libro, y preferí esa inyección a la lluvia. El traslado al metro fue fatigoso. Mi cuerpo seguía con los dolores propios de la convalecencia y el estómago seguía doliéndose por el hambre. La gente caminaba aprisa y yo no podía alcanzarlos. Era una pesadilla. Además empecé a sospechar que en casa me esperaba un regaño. Yo me había salido de casa sin avisarle a nadie. Ya en el metro y oliendo a mojado pensé que la poesía que mi tío leyó era suya y no mía. Yo tenía que encontrar lo que me gustara.

El principio de ese cambio fue la lectura propia, quizá ya no tan dirigida por alguien más, de «Ante un cadáver». El primer verso «¡Y bien! Aquí estás ya…, sobre la plancha» tuvo eco. Cuando a uno lo anestesian le pasan cosas de las que uno solo vive las consecuencias, y ellas normalmente están acompañadas de estupor y de un deseo (un hambre quizá) por entender. El poema durante algunos meses se volvió una especie de Biblia porque me explicaba la oposición entre conciencia e inconsciencia, vida y muerte, y de algún modo me daba la esperanza de resurgir en la forma de otra vida. Esa es la gravedad que ocurrió en mí. Sin duda no lo pensé así, pero algo debió de haberse detonado porque después del poema de Acuña busqué otro tipo de poesía. Una poesía escrita en verso y otra escrita en libros de ciencia, de divulgación.

La poesía que escogía fue una que estuviera más cercana a mi sensibilidad. En esa búsqueda pasé por poetas españoles, mexicanos, de todo, y de todos ellos se me quedó un verso: «un andar solitario entre la gente». Pese a lo que se pueda creer, este verso no fue escrito por algún poeta romántico, sino por Francisco de Quevedo. Quevedo fue el primer poeta que descubrí. Con él bastó para darme cuenta que los versos se me pegaban en la memoria. No fue Borges, o Paz, o Lezama Lima, o Neruda. Fue Quevedo. Quevedo configuró una parte de mi personalidad. Todavía guardo el libro. Me costó siete mil pesos en Aurrerá. Tal vez fue 1989 o 1990. Fue antes del eclipse de sol, pero no recuerdo cuánto antes.

Que en la adolescencia leyera poesía no implicaba que la entendiera. Que leyera libros de divulgación de la ciencia tampoco implica que los entendiera. Pero, lo que sí implica, es que encontraba algo en los libros que me gustaba. La vida de lector joven es muy solitaria cuando no encuentras eco en tus compañeros o a tus profes los consideras una facha. La fortuna quiso que mis amigos fueran curiosos, pero también quiso que mis profesores fueran una facha. En serio que uno hace mucho en continuar una carrera de letras con los profesores que tiene en la prepa. Aunque, pensándolo bien, esto, que no tengas un mentor digno, es una terrible metáfora de lo que se avecina. El desprestigio actual por el que pasan las humanidades es porque, quizá entre otras cosas, ellas no resuelven la vida inmediata y cotidiana. Nunca a ningún escritor le hablaron de presidencia para desentrañar el misterio de una metáfora, y nunca una metáfora evitó un paro cardiaco. Esta falta de intervención invisibiliza a las humanidades. Quizá la pintura y la fotografía puedan recibir un «qué bonito» y alguien se sienta lo suficientemente conmovido para comprar un cuadro o una fotografía y colgarla en la sala de su casa. Siempre y cuando ese cuadro o foto no desafíe mucho al espectador, no lo provoque tanto.

En fin. Aprendí a leer poesía cuando olvidé las preguntas infantiles de «¿qué quiso decir el autor?» y «¿cuál es el mensaje de este poema?» y también cuando me di cuenta de que ser buen escritor no pasa por enarbolar ideas de izquierda. Aprendí a leerla cuando me pregunté cosas que tenían que ver con el idioma y la estructura del poema, cuando me liberé de las observaciones generales, y cuando me fijé en los detalles. Yo aprendí esto en la universidad. Una vez que salí de ella quise imitar lo que había leído y me había conmovido. Esto era otro aprendizaje que necesariamente requería educar el oído. Leer y escribir poesía son oficios que requieren de tiempo. Ni uno ni otro son instantáneos. Y ni uno ni otro son reconocidos como lo son la medicina, el derecho, o la administración. Este mundo de nosotros no entiende las humanidades, pero por ello se hacen más necesarias. Tan necesarias como fue para mí fue la lectura en voz alta que nos hiciera mi tío allá por 1979 o 1980. Esas flores de otro tiempo.

 

 

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Posted by Argel Corpus

Argel Corpus estudió Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha escrito dos libros de poemas: los días pasan y se llevan su lumbre, reseñado, entre otros, por el poeta David Huerta y el narrador y poeta Eusebio Ruvalcaba, y Paternidad, ambos publicados por Taller Ditoria. Los temas de violencia y reconciliación respectivos de cada libro le permiten dramatizar la situación del país. En ese sentido su poesía cumple una función social, aunque esté revestida con el sabor de la intimidad y la vida privada.

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