Una forma de felicidad

La lectura puede modelar la vida de una persona y convertirse en parte inseparable de su existencia. Tal es la experiencia de la periodista y escritora mexicana Adriana Malvido.

Adriana Malvido (1957), periodista y escritora mexicana, es egresada de la Universidad Iberoamericana. Ha sido colaboradora de diversos medios como el Unomásuno, La Jornada donde fue parte del grupo fundador, Equis-Cultura y Sociedad, Proceso, Milenio y Cuartoscuro. Ha escrito siete libros, entre los que destacan Nahui Ollin: la mujer del sol que está por reeditarse este año en España y en México y La Reina Roja: el secreto de los mayas en Palenque, reescrito para el público juvenil bajo el título La noche de la Reina Roja (CONACULTA, 2012).

 

 

 

En mi casa había muchos libros. Desde muy pequeña solía ver a mi papá leyendo todas las tardes en una mecedora. Yo me imaginaba que algo maravilloso contenían esos libros para atraparlo de esa manera. Su mecedora, pensaba yo, debía ser como una nave con alas imaginarias en la que él viajaba cotidianamente a lugares insólitos que lo retenían durante horas y horas. Y como trabajaba en la Organización de Aviación Civil Internacional y su actividad tenía que ver con el trazo de rutas aéreas, la palabra viaje formaba parte del vocabulario familiar y yo le atribuía al libro esos poderes casi mágicos.

A mi papá le gustaba tanto la lectura, que llegó a recorrer su horario de trabajo para poder dedicarle las tardes a su actividad favorita. Iba a la oficina de 7 a 3 para después de comer irse a su mecedora a leer un libro tras otro. Esa imagen quedó grabada en mí, en lo que soy. Cualquier pregunta que yo le hacía bastaba para que fuera hacia el librero, abriera un tomo y me mostrara la respuesta en alguna página.

Mi madre también tuvo mucho que ver con mi fascinación por los libros y las narraciones. Cada noche nos contaba un cuento antes de dormir a mi hermanita y a mí. El de «El ratoncito y la hormiguita», era nuestro favorito. Recuerdo también el de «La ratita presumida» que barría y se encontraba una moneda… No solo era el cuento el que nos cautivaba, sino la voz de mi mamá y su cercanía. La hora del cuento nocturno creaba un espacio íntimo, lleno de afecto y de caricias. Su voz nos envolvía, se entablaba una relación amorosa con la palabra. Su repertorio no era muy grande, pero nos gustaba oír los mismos cuentos una y otra vez. En el cajón de su buró guardaba un librito ilustrado de los tres cochinitos y el lobo que me encantaba.

Cuando entré a la primaria, mi mamá me regaló Los titanes de la literatura infantil (Diana, 1964), una antología con relatos de Las mil y una noches; cuentos de Hans Christian Andersen, de Charles Perrault, los Hermanos Grimm, Oscar Wilde, Cristóbal Von Schmid, José Martí, Edmundo de Amicis, Ada M. Eldfein y Selma Sagerlof. Este tomo, que aún conservo, guarda un lugar sagrado en mi librero: me hizo lectora. Mientras esperaba el autobús escolar sentada en la banqueta, me lo leí cada mañana hasta terminarlo. Con él descubrí la magia de la literatura, el poder de la imaginación, la fuerza de un texto para transportarte a cualquier sitio, hacerte vivir otras vidas, miles de aventuras y viajar por todo el mundo. Con él entendí que, además de mecedoras como la de mi papá, las banquetas también podían convertirse en alfombra mágica.

Los cuentos eran mi mundo predilecto, porque también iba mucho al teatro a escuchar los que contaba «El zapatero remendón» en lo que hoy es el Centro Cultural del Bosque y cada domingo, religiosamente, veía en la tele a Cachirulo y su Teatro Fantástico. Los discos de Milissa Sierra, muy buena narradora de cuentos, también los conservo; si cierro los ojos, todavía escucho su voz narrando «Los tres pelos del diablo» o «Las siete brujitas», que eran los que más me gustaban. El amor a la lectura nace a través de las palabras que escuchamos de pequeños, en los cuentos que nos contaron, las canciones de cuna, las adivinanzas, el «Había una vez» con el que nos arrullaron y  despertaron nuestra imaginación.

La decisión de vivir a la caza incesante de cuentos y de historias también viene de ahí. La lectura es un virus que, si te pica una vez, ya resulta incurable. A mí me costaba mucho trabajo salir del mundo virtual que los cuentos me ofrecían y me la pasaba «en la luna», como decían mis papás. Tanto que, durante una visita a mi casa, mi abuelo les aconsejó que me llevaran al médico porque él sospechaba que yo era sorda. ¡Vive en otro mundo, no nos oye!, decía.

Los cómics, las historietas, también fueron grandes amigos míos de niña. Desde Archie y sus amigos; Susy, secretos del corazón; La pequeña Lulú y Superman, hasta historietas mexicanas que me devoraba como Memín Pinguín, Los supersabios, Chanoc y otros títulos con imágenes en sepia como Vidas ejemplares (me gustaban las de santos) y Tradiciones y Leyendas Mexicanas, que podían ser aterradores. Recuerdo leerlos debajo de una mesa protegida por un mantel, con linterna en mano, era mi escondite, mi refugio privado. La historieta me sigue gustando mucho hoy en día, tanto que fue mi tema de tesis profesional.

Lejos de prohibirme las historietas, como a varias amigas mías, mi mamá me las compraba cada semana. Y cuando me enfermaba, mi cama era un banquete de «monitos». Tampoco me prohibieron libro alguno. Si bien me regalaron Corazón. Diario de un niño de Edmundo de Amicis y Mujercitas de Louisa May Alcott –que nunca podía terminar porque me aburría, aunque muchos años después supe que tenía elementos feministas–, mi padre me sorprendió cuando me prestó Peyton Place, de Grace Matalious. Mi madre y él veían la serie televisiva La caldera del diablo a puerta cerrada, decían que era muy fuerte para niños. Un día le pregunté por qué y me dio el libro, no pude soltarlo desde que empecé. Tenía diez u once años y aquello era una iniciación al mundo de la sexualidad. A esa edad, cuando un quiste de amibas en el hígado me tiró en cama dos meses, los libros y los Juegos Olímpicos de 1968 fueron mi salvación.  Poco después, leí sin parar El chacal, de Frederick Forsyth. Y como me encantaba el deporte, también me devoré la biografía de Willie Mays y libros de Agatha Christie como Diez negritos. Luego vendría Hermann Hesse en la adolescencia y el descubrimiento de Mario Vargas Llosa que me deslumbró con La ciudad y los perros

Desde entonces, los libros y la lectura han formado parte de mi vida y de mi respiración. Decía Emilio Carballido que eran sus mejores amigos y tenía razón. Además, aquellos cuentos de infancia volví a disfrutarlos con mis hijos. Un día discutí con una excelente guía Montessori. A mi hijo le encantaban los cuentos de fantasía y ella me decía que, a su edad, era mejor que accediera a libros informativos, que los hay y son fascinantes. Ya vendrá el momento, me decía, en que sepa distinguir entre realidad y fantasía, ahora no está listo. Yo me preguntaba si para cuando estuviera «listo» sería igual su capacidad de asombro, su creencia en los héroes y en la magia. No es lo mismo leer la Caperucita a los seis años que a los diez, cuando ya sabes que un lobo no habla.

Un buen libro para niños es un buen libro para todos. La historia interminable, de Michael Ende es, para mí, un libro indispensable para todo aquel que necesita recuperar la fantasía en su vida. Y Anthony Browne siempre me sorprende como un gran conocedor de la condición humana, aunque su protagonista sea un changuito o un gorila.

La lectura es mi alimento principal. Leer y escribir van de la mano. No conozco un medio más poderoso para encender la imaginación que la literatura. No conozco un motor más potente para el espíritu crítico, que un buen ensayo. No conozco instrumento mejor, para encontrar un tono, que la poesía. Ignoro si hay un vehículo más eficaz para llegar a los rincones más profundos del ser humano, que las novelas de Dostoievski o las de Sándor Márai. Con ellos mi amistad es permanente, igual que con Stefan Zweig, Paul Auster, Alessandro Baricco y la poeta Wislawa Zymborska.

Sin lecturas, no es posible aspirar a escribir o a realizar un buen periodismo. Cada reportaje va acompañado, como fuente de información y documentación, de lecturas. Pero también como fuente de inspiración. Hay autores a quienes lees con atención para aprender, son los aspiracionales: Ryszard Kapuscinski y Vicente Leñero, en mi caso.

Las lecturas son determinantes en mi trabajo. Recuerdo que leía por las noches Ensayo sobre la ceguera de Saramago, que es de mis libros favoritos, mientras hacia un reportaje sobre la arquitectura de Luis Barragán. Tuve que soltarlo, cambiar de lectura. Me perturbaba demasiado, en ese momento requería otros nutrientes. Mientras hacía un reportaje sobre el robo de arte sacro en las iglesias, me acompañó El péndulo de Foucault de Umberto Eco. Y si el tema era Nahui Olin, nada mejor que Tinísima de Elena Poniatowska y la biografía de Camille Claudel. Cuando escribía El joven Orozco, cartas de amor a una niña, leí para alimentarme Cartas de la monja portuguesa Mariana Alcoforado, fundamental para entender lo que sentía Refugio Castillo por el pintor a quien tuvo que amar a distancia; la correspondencia entre Antón Chéjov y Olga Knipper (1899-1904) y, de Apollinaire, Cartas a Lou. Mientras investigaba para escribir Los náufragos de San Blas, tanto como las entrevistas a pescadores y tiburoneros del puerto, me ayudaron a sumergirme en el mar Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez; El arte de sobrevivir, La conquista del mar y Manual de Supervivencia II, de Cord Christian Troebst; The Last Vogage of the Lucette, que relata la supervivencia de la familia Robertson luego de 38 días de naufragio; Adrift, seventy six days lost at sea de Steven Callahan… Todos testimonios de casos reales. También La vida de Pi, del canadiense Yann Martel y El mar de John Banville. Mientras escribía La Reina Roja, el secreto de los mayas en Palenque, me apasioné con las crónicas de los viajeros del siglo XIX y, por supuesto, con Linda Schele y Michael D. Coe, entre otros investigadores contemporáneos.

Así que para mí la lectura es, ante todo, uno de los mayores placeres de la vida, pero también una necesidad, un vicio sin cura y, como diría Borges, una forma de la felicidad.

 

 

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Posted by Adriana Malvido

Adriana Malvido (1957), periodista y escritora mexicana, es egresada de la Universidad Iberoamericana. Ha sido colaboradora de diversos medios como el Unomásuno, La Jornada –donde fue parte del grupo fundador–, Equis-Cultura y Sociedad, Proceso, Milenio y Cuartoscuro. Ha escrito siete libros, entre los que destacan Nahui Ollin: la mujer del sol –que está por reeditarse este año en España y en México– y La Reina Roja: el secreto de los mayas en Palenque, reescrito para el público juvenil bajo el título La noche de la Reina Roja (CONACULTA, 2012).

  1. Alejandro de la Canal Julio 30, 2017 at 5:06 pm

    Muchas felicidades por el inicio del viaje con Cuadrivio.
    Siempre me ha gustado la palabra que los anglo parlantes utilizan para desear un buen viaje: Godspeed…..
    Así que Cuadrivio, Adriana y compañeros de viaje, Godspeed…!

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