Una esencia inmensa y viva (selección)

Presentamos «El suicidio postmortem» y «Un collar de turquesas», del narrador mexicano Emmanuel Islas.

Presentamos dos cuentos del libro Una esencia inmensa y viva (Instituto de Cultura de Durango, 2016), de Emmanuel Islas. Una crítica de este libro puede leerse aquí.

 

***

 

El suicidio postmortem

 

Para el funeral de mamá tejimos un sudario de seda, lino y besos, y la envolvimos desconsolada y frustrada dentro de su mortaja. A bordo de la carroza la vimos partir rumbo al camposanto. Siguiéndola de cerca, detrás, lentos y agónicos, como quienes sintiéndose hojas se esparcen en los recovecos del otoño, entre el viento y la calina, escuchamos la queja de papá:

—Siempre quiso suicidarse –dijo nostálgico y furioso–. Y la muerte le llegó por sorpresa y por enfermedad. ¡Cuánta tristeza en soñar todos los días con ahorcarse digna y festivamente, sin altercados, ni repudios ni tapujos, y celebrar aquellos tiempos en que morir era romántico, y en vez de tener una muerte así de sincera, gloriosa, expirar una noche cualquiera en la soledad anónima de nuestro cuarto!

—Pobre, ya se deschavetó –lamentó una de mis dos hermanas, la más joven e inexperta, que, a todas luces, entendía poco sobre el consuelo que la idea del suicidio trae en más de una mala noche. Que aviente la primera soga quien esté libre de suicidio.

—¡Cuánta tristeza el morir como doncella, ungida en aceite de nardos, en delicados perfumes de oriente, cuidada por su madre, por su padre o por su aya que tanto le cepilló su problemática cabellera, y no morir sangrientamente como romano, abiertas las venas al finalizar el banquete donde su esclava, compañera y amante, lo sigue en este último viaje!

—Pobre papá, no trascendió poéticamente, ni en tiempo, ni en sentimientos –concluyó, con acierto, mi otra hermana, que ya estaba más grandecita. Papá decía que era poeta, y nosotras, acostumbradas a la sinceridad, le decíamos en su cara que Eres muy malo, porque escogiste para completar tus obsesiones, e hiciste mal en hacerlo, lo más cursi, cliché y desgastado de un siglo donde estaba de moda creer en el amor. ¿Quién en este siglo de galavardos tendría un rescoldo de paciencia para conquistar, enamorar, pedir la mano y contraer nupcias con una señorita nomás para satisfacerse una noche? Quizá papá, que también era virgen cuando, en el altar, se prometieron estar juntos en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, en las buenas y en las malas, todos los días de su vida y hasta que la muerte los separe.

Contratamos un trío de plañideras para disimular nuestro silencio mientras los sepultureros hacían lo suyo. Y es que nadie lloraba a mamá, no por falta de cariño, sino por falta de mamá. No es que dejáramos de quererla cuando noche tras noche, día tras día, su única preocupación era conseguir una cuerda esbelta y segura de sí misma, una cuerda supermodelo, y encontrar un árbol sobreprotector. Las primeras veces nos espantamos mucho, mas pronto nos convencimos de que si bien no teníamos chilaquiles, pan o tardes de película, aún seguía allí con su vista clavada en el sauce del jardín, no como mamá, por su puesto, sino solo allí. Resulta que la ausencia es más pesada que la impresencia.

—Es que esto no debía ser así, definitivamente no –murmuraba papá, tímido–. Ella no quería esto, no en la comodidad insultante de los almohadones y edredones.

—¡Ya cállate! –alguien gritó.

—¡Déjalo! –le respondí yo.

—¡Esto no es una muerte digna! –se exaltó papá. Y mientras recitaba otra de sus elegías robó una de las cuerdas a los sepultureros, la anudó y gritando ¡Ayúdenme a sacarla! se abalanzó sobre el ataúd ¡Por favor, ayúdenme a sacarla, ella no merecía una muerte así!, la pescó de las greñas ¡Ayúdenme!, le echó la soga al cuello ¡No la merecía! e intentó, sin éxito, sacarla entre sus brazos ¡Todo estará bien, mi romana!, pero en su arranque de impotencia y desesperación la arrastró jalándola entre la maleza y los cardos espinosos ¡Qué corra sangre, Petronia de mi corazón, aunque sea poquita! hasta que se atoró y de los tirones casi la despescueza.

—¡Con cuidado! –el mismo alguien exigió.

—¡Déjalo! –pedí yo, pero mi hermana la mayor me dio un codazo y con la cabeza me dijo Vamos, nos toca ayudarle. Yo la cargué del dorso, ella de los pies y papá jalaba la cuerdita.

—¡¿Qué les pasa?! ¡¿Qué están haciendo?! –berreó la pequeña cuando vio a mamá colgada de un árbol. Ay, tontita, no entendió que lo que hacíamos era nuestro consuelo para más de una mala noche. Y la prueba estaba en ese suicidio postmortem, donde vivía el consuelo de papá, el de mi otra hermana, el mío y, por supuesto, el consuelo de mamá.

 

 

El collar de turquesas

 

De cómo llegamos a trabajar en el mismo balaguero no me lo explico aún. Es ese tipo de coincidencia que resultaría imposible si tomamos en cuenta los éxodos, las conquistas y sobre todo el big bang. Pero es verdad ya: ahí estábamos a nuestros escasos trece años recogiendo, después de la siega, el bálago de mies que atábamos en pacas y amontonábamos en enormes torres al finalizar la cosecha de agosto. Yo necesitaba trabajar para pagar, en la costa, un viaje a las Europas.

Ella se llamaba Nicolasa. Era dorada y espigada como de ascendencia trigal. Pero de noche, y cuando solo yo, embobado, la veía, era blanca y frágil, de genealogía evidentemente harinosa. Lo que más le recuerdo son sus piececitos translúcidos a los cuales lograba adivinarles el suelo. Por lo que pude enterarme, viajaba al sur.

¿Qué pensaba? ¿Cuál era su plan? Por más que lo intenté jamás conseguí acercarme y preguntárselo. Me era impensable iniciar una plática porque su presencia, aun a distancia, incluso en mi recuerdo, me inmovilizaba, me adormecía el cuerpo entero y, llevándome la mano al corazón, me hacía desfallecer de amor sobre las cebaderas, donde, fulminado, soñaba con besos que de tan húmedos me despertaban, y al abrir los ojos me daba cuenta de que eran, de hecho, lengüetazos de las reses.

Así pasó mi existencia entre la adivinación de su suelo, la contemplación de su cuerpo farináceo y mi desfallecimiento en el cobertizo, hasta que una tarde nos citaron a comparecer por un robo en la panera donde guardaban los cereales y la harina. Faltaba una arroba con aproximadamente trece kilos.

Los primeros en interrogarnos fueron los trilladores, pero, siendo todos y cada uno de ellos empleados como nosotros, no los tomamos en serio. Nos recomendaron confesar pronto. Después llegó el patrón y la cosa cambió. Nos colocó en fila y caminó, sin decir nada, frente a nosotros, fustigando al viento con su látigo. Entonces paró su rabia justo frente a mí. Yo tenía la cabeza agachada, el corazón hecho carcacha y la vista clavada en las espuelas de sus botas.

—¿Quién fue? –dijo, y antes de terminar su pregunta le contesté que

—Fue Nicolasa.

¡Ay, pobrecita, por mi culpa le azotaron la espalda, la corrieron de la hacienda y le quitaron todo su dinero ahorrado! Aún la escucho preguntándome: «¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué?», atragantada de llanto, pena y coraje. Pese a cualquier pronóstico o binaria conclusión, la acusé por amor. Para disimular el ruido de mi corazón (el corazón es el acelerador de partículas emocionales más inclemente y energético) culpé del robo a la primera persona que me vino a la mente, y por supuesto fue a ella, porque la amaba en secreto y a todas horas, y siempre, siempre, la tenía en todos mis pensamientos, en todos mis latidos, en la punta de mi lengua.

Incluso en el hacer y decir que llevan impresos el sello de la vileza, se oculta, soterrado y divisible como un átomo esencial, se oculta el amor en un estado tan puro e incandescente, tan plasmático y total que en derredor suyo todo se confunde con él, porque a su alrededor se expande un colisionador de emociones donde, en sentidos opuestos, dos haces, uno de alegría y de tristeza, o de amor y odio, son acelerados a la velocidad de la luz y se les hace chocar entre sí para simular el big bang que en un instante, en una tarde, en un segundo creó, gracias al impacto de verla, nuestro nebuloso universo, aquel en donde pensamos que está bien robar una arroba de harina para intercambiarla por un collar de turquesas y regalárselo a Nicolasa como única prueba de que una vez, e imposiblemente, existimos juntos en el mismo balaguero.

 

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Posted by Emmanuel Islas

Emmanuel Islas Herrera. Amecamequense, periodista sin oficio y guardabosques.

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