Un mundo sin proyecto

Jesús Zamora Bonilla hace un análisis crítico sobre cómo hemos hecho de la finalidad, propiamente humana, un impulso causal de la naturaleza, concibiendo la evolución como teleología. Sin embargo, subraya también que los fines y objetivos existen dentro del mundo natural como resultado de procesos evolutivos de innovación, aunque no como causas finales.

evolution_by_marinafoto-d39t60zJesús Zamora Bonilla hace un análisis crítico sobre cómo hemos hecho de la finalidad, propiamente humana, un impulso causal de la naturaleza, concibiendo la evolución como teleología. Sin embargo, subraya también que los fines y objetivos existen dentro del mundo natural como resultado de procesos evolutivos de innovación, aunque no como causas finales.

Jesús Zamora Bonilla

1. Requiem por las causas finales

El gran acierto de Darwin fue encontrar la única explicación de la complejidad y variedad que observamos en el mundo de los seres vivos, compatible con el hecho de que la materia y la energía de la que están compuestos puede hacer lo que hace por causas puramente físicas. Sólo hay una cosa que puede hacer que cierto átomo pase de estar en un lugar a estar en otro: las fuerzas (sobre todo, la electromagnética y la gravitatoria) ejercidas por la materia que le rodea. La «finalidad», entendida como una causa diferente a las causas físicas que hacen que los átomos de los seres vivos vayan de acá para allá, es simple y llanamente una ficción que no puede desempeñar ningún papel realmente causal en los procesos naturales. Darwin, por tanto, no es que demostrase que la evolución de los seres vivos procedía sin obedecer a ninguna finalidad, sino que más bien permitió hacer coherente la visión de la materia y la energía que la ciencia de su época estaba alumbrando con el hecho de que los procesos biológicos parecen indudablemente obedecer designios teleológicos. Su explicación parece a nuestros ojos trivial (y, pese a lo que podamos pensar, también lo era para muchos de sus contemporáneos, que se lamentaban de que algo tan simple y obvio no se les hubiera ocurrido a ellos primero), y consiste, como se sabe, en la tesis de que no se trata de que existan causas finales en el funcionamiento de los organismos, sino de que algunos de ellos poseen por puro azar alguna cualidad hereditaria que les hace estadísticamente dejar más descendientes que sus primos que carecen de dicha cualidad.

Por desgracia (o tal vez no), la idea de que la finalidad es una fuerza intrínseca en la naturaleza y diferente de las causas físicas, la idea, esto es, de que la historia, incluida la historia natural, puede y debe interpretarse en términos finalistas y de progreso, está profundamente atrincherada en nuestras circunvalaciones cerebrales, y un siglo y medio de darwinismo ha sido incapaz de convencer a muchos de que los procesos naturales carecen de causas teleológicas. Los esfuerzos de bastantes científicos y filósofos se han centrado, por este motivo, en intentar encontrar algo así como la «teleología oculta» en el universo mecanicista darwiniano. Pero esto es un sueño, o una forma de disfrazar con palabras biensonantes la cruda realidad del darwinismo, como espero poder mostrar a continuación con toda claridad al lector.

Negar que la historia del universo, en general, y la historia de la vida sobre la Tierra, en particular, respondan a ciertos fines o proyectos no es lo mismo, empero, que negar que dentro de la naturaleza existan fines. Es obvio que existen: yo, por ejemplo, estoy llevando a cabo ahora la actividad que consiste en aporrear las teclas de un ordenador porque tengo el objetivo de escribir un artículo; yo soy tan parte de la naturaleza como puede serlo una cascada o una llamarada solar; así que, si yo tengo fines o proyectos, y yo soy parte de la naturaleza, se sigue de ahí que en la naturaleza hay al menos algunos fines o proyectos: los míos. Por supuesto, yo no tengo nada de especial aquí, lo mismo sucede con cualquier otro ser humano, y no sólo con ellos: probablemente la mayor parte de los animales en general también tienen deseos exactamente, o casi exactamente, como yo los tengo, aunque se trate de deseos muy diferentes, y que orienten la conducta de esos animales de modo muy distinto; ellos, al fin y al cabo, no pueden tener el deseo de escribir un artículo para una revista.

Negar que la evolución tenga un fin o responda a un proyecto tampoco equivale a negar que los procesos biológicos y los organismos puedan entenderse de manera funcionalista. Es perfectamente legítimo afirmar cosas tales como que la función de las alas de (la mayoría de) las aves es permitirles volar, o que la función de los colmillos en los carnívoros es desgarrar la carne de sus presas. Pero al decir cosas como éstas, la moderna biología evolutiva (es decir, la biología moderna) no hace algo tan rocambolesco como afirmar que los seres vivos posean una esencia o entelequia inmaterial que tira de sus órganos al desarrollarse con el fin de que lleguen a alcanzar su forma óptima, o algo así. No, el crecimiento de los organismos está empujado por procesos causales que se desarrollan escrupulosamente de atrás a adelante, es decir, del pasado al futuro: todas las reacciones químicas a las que dichos procesos se reducen son procesos en los que no se viola ninguna ley física, en la que es el estado del sistema en cada momento el que determina (estadísticamente, al menos) cuál será su estado en el momento posterior, y no hay nada como un objetivo final que desempeñe ni el más mínimo papel causal en esos procesos. Lo único que se está queriendo decir es que la historia evolutiva pasada de los ancestros de ese organismo ha dado como resultado no teleológico un sistema que contiene suficiente información como para que ocurran en él determinados procesos en vez de otros.

Es decir, en la naturaleza existen fines (las funciones que los procesos adaptativos de selección acaban concediendo a los órganos de los seres vivos, y en particular, los deseos y procesos de acción voluntaria que ciertos animales somos capaces de desarrollar). Pero esos fines, y los procesos teleológicos en los que intervienen, son productos del proceso evolutivo, son el efecto de este proceso, no son su causa. Las causas de la evolución son las leyes físicas, no teleológicas, que describen el comportamiento de todas y cada una de las partículas y átomos del universo; estas leyes determinan que, cuando se dan ciertas circunstancias (sistemas que pueden crear copias de sí mismos con mayor o menor grado de fidelidad y en mayor o menor número), aparecerán sistemas que podremos entender en términos teleológicos, es decir, como funciones o, en su caso, como deseos. Pero no hay entre las causas físicas del proceso evolutivo nada que sea remotamente parecido a una función o a un deseo. Repito: funciones y deseos son uno de los resultados de la evolución, no causas que la pongan en marcha y, mucho menos, que la guíen.

Pensemos en lo absurdo que sería confundir resultado con causa en otros casos completamente análogos. Por poner un ejemplo: la digestión y la respiración son, ellas también, procesos que han sido creados por la evolución biológica; no había nada que pudiera legítimamente ser llamado «digestión» o «respiración» antes de que existieran seres vivos. Pensar que el propio proceso evolutivo está causado o impulsado por un proceso digestivo o por un proceso respirativo no tiene el menor sentido en absoluto. No: la digestión, la respiración, las adaptaciones y las voliciones son partes del proceso que llamamos evolución, son parte de su resultado (naturalmente, a su vez, tienen una fuerza causal que genera sus propios resultados), no son una causa impuesta a la naturaleza desde fuera (como pensarían los teístas, por ejemplo), o desde su propia esencia (como piensan algunos animistas contemporáneos). Tiene que haber evolución biológica para que aparezcan funciones, deseos, respiración o digestión; no son estas cosas las que causan la evolución biológica.

Por este motivo, es totalmente absurdo pensar que la evolución biológica puede entenderse intrínsecamente en términos de progreso. Por supuesto, como cualquier otro proceso que se da en la naturaleza, podemos aplicarle alguno de nuestros valores y determinar si el proceso ha conllevado o conducirá a una mejora en términos de tales valores. Por ejemplo, podemos decir que los cristales tienen un valor estético más elevado que los líquidos o suspensiones químicas a partir de los que se crean, y decretar, por lo tanto, que el proceso natural de cristalización de ciertas sustancias supone un progreso estético. Pero al proceso en sí mismo le importa bastante poco si el final es más acorde o menos acorde con esos valores. Lo esencial es darse cuenta de que eso a lo que estamos llamando valores son también, sencillamente, el resultado de un proceso natural: las leyes físicas se las han apañado para hacer que la evolución de los sistemas físicos conduzca hasta unos sistemas como nosotros, que poseen determinadas preferencias y deseos, es decir, determinados valores. Los valores son un resultado del proceso evolutivo exactamente igual que lo son los mecanismos de la digestión o la reproducción; son una peculiaridad de nuestra biología como seres humanos. Ojo, esto no significa que nuestros valores estén determinados genéticamente o algo así. No, nuestra genética hace, como mucho, que nuestros organismos se desarrollen de cierto modo en ciertos entornos y de cierto modo diferente en entornos distintos, de modo que la misma genética podría dar lugar a poblaciones con valores distintos si las interacciones con el medio ambiente hubieran sido distintas. Pero esas interacciones no son, al final, más que átomos entrelazándose con otros átomos. En definitiva: los valores son también un resultado del proceso evolutivo, no su causa.

Por esta razón, entender la evolución como progreso es, de nuevo, confundir los efectos y las causas. Aquello que hace falta para entender cualquier proceso como un progreso (o sea, los valores) es parte de lo que el proceso del que estamos hablando terminará creando (o no), y aunque los organismos creados por ese proceso (por ejemplo, nosotros) podemos utilizar esos valores para juzgar si ciertas cosas han mejorado o empeorado según la vara de medir que esos valores son, el propio proceso es completamente ajeno al hecho de que alguien vaya a juzgarlo o a dejarlo de juzgar según esos criterios.

Naturalmente, afirmar que la evolución no puede ser entendida como un progreso en sí misma no impide, como hemos visto, que sea factible, e incluso vital, juzgarla así desde nuestros propios puntos de vista. Tampoco implica que la explicación científica del proceso evolutivo sea particularmente fácil, o particularmente aburrida: no es necesario que algo deba calificarse como progreso para que su estudio resulte complejísimo y fascinante. De hecho, hemos aprendido muchas cosas sobre la evolución biológica pero aún nos quedan muchas por conocer, tanto a nivel micro (los mecanismos evolutivos que pueden favorecer determinados cambios, adaptaciones, saltos, etc.) como a nivel macro (las peculiaridades que el proceso ha de tener en términos de conceptos más generales, como entropía, información, etc., incluso conceptos que seguramente aún no hemos inventado). En este sentido, terminaré refiriéndome a un asunto que suele causar especial desazón entre los críticos del darwinismo y los adictos a la teleología: la cuestión del azar y su papel en los mecanismos evolutivos.

2. Darwinismo, azar y mecanismos evolutivos.

Conviene hacer una distinción entre darwinismo y neodarwinismo. El darwinismo sólo dice que la evolución se da mediante la aparición (en general, aleatoria) de cambios hereditarios, de los cuales, aquellos que incrementan la capacidad de reproducción se expanden hacia las siguientes generaciones. El neodarwinismo añade que los cambios hereditarios se deben a mutaciones genéticas, es decir, alteraciones en el orden de las bases del ADN. No hay algo así como «mecanismos darwinianos»: cualquier proceso que explique por qué cambian los hijos con respecto a los padres es coherente con la idea básica del darwinismo de que lo decisivo, en último término, es la diferente capacidad reproductiva. De hecho, Darwin era lamarckista –pensaba que el uso continuado de un órgano por parte de un ser vivo podía crear variedades adaptadas a ese uso en sus descendientes. La idea del «código genético» y sus «mutaciones» seguramente le habría encantado a Darwin, de haberla podido conocer, así que no es que sea algo propio del darwinismo, sino que la biología actual acepta ambos principios (que son completamente heterogéneos): el de la dinámica de las poblaciones mediante las diferencias de fitness (o sea, el número de descendientes que un organismo es capaz de dejar, en comparación con sus primos) y el de la naturaleza molecular de la información genética.

El concepto más delicado (y que, si no me equivoco, es el que pone más nerviosos a los antidarwinistas) es el de que los cambios necesarios para la evolución son aleatorios. Pero lo único que quiere decir eso es que la posible utilidad que una determinada variación de los hijos respecto a los padres no puede ser la causa de la variación, sencillamente porque no se conoce ningún mecanismo causal que vaya en esa dirección (del futuro hacia el pasado). Es decir, llamar a las mutaciones aleatorias sólo quiere decir que la frecuencia con la que ocurre una mutación es estadísticamente independiente de lo beneficiosa o perjudicial que resulte ser en el futuro para los bichos que tengan la buena o mala suerte de heredarla.

Pero, por supuesto, igual que con el descubrimiento del ADN, los biólogos estarán dispuestos a admitir la existencia de esos mecanismos ocultos antidarwinianos (o sea, los que supuestamente harían que el futuro beneficio de una mutación volviera más probable que la mutación ocurriera ahora) si esa existencia se demostrase empíricamente. Lo que ocurre es que no se ha encontrado nada remotamente parecido, y por lo que sabemos de las propiedades físicas de los seres vivos, parece difícil que vaya a descubrirse.

Eso sería lo que haría falta para refutar el darwinismo, no sacar una lista de ejemplos de procesos biológicos complejos y pregonar: «¡Esto no puede deberse a mecanismos darwinistas!». Es como si uno quisiera demostrar que Bach era extraterrestre, y lo único que se hiciera para ello fuera mostrar varias piezas maravillosas de Bach y decir: «Un humano no puede componer esto».

Además, la mayoría de los biólogos no mantiene que la duplicación genética sea el único mecanismo evolutivo, sólo que puede ser uno de tales mecanismos, no necesariamente el más importante (naturalmente, habrá biólogos que lo consideren más importante, y otros que lo consideren menos).

Por otro lado, la posesión de más genes no implica que el organismo será más complejo. Un solo gen puede tener muchas funciones distintas, de modo que un organismo con 20 000 genes, cada uno de los cuales interviniendo en 100 procesos bioquímicos diferentes, será más complejo bioquímicamente que un organismo con 100 000 genes en el que cada uno de los cuales intervenga tan sólo en 10 procesos. La evolución biológica no consiste, por otra parte, en el aumento de complejidad, sino en la variación con adaptación al medio. El aumento de complejidad es una consecuencia lateral de la evolución (un subproducto), no su causa, ni su objetivo. Posiblemente se hayan dado en la historia sólo cuatro (en todo caso, difícilmente más de diez) grandes episodios de verdadero aumento de complejidad: el origen del metabolismo, el de las bacterias, el de los eucariotas, el de los animales pluricelulares, el de la cultura humana, etc. Todo el que sabe algo de evolución de sistemas dinámicos sabe que en éstos a veces ocurren «cambios de fase impredecibles» en los que hay un aumento de complejidad, o al menos un cambio radical de estructura. Dentro de cada uno de los períodos limitados por dos de esos cambios, hay transformaciones, pero no auténtica novedad (en el sentido, por ejemplo, en el que decimos que las bacterias son muchísimo más complicadas que las moléculas de las que están hechas, aunque todas las bacterias sean bastante parecidas entre sí; o en el de que los animales son distintos entre sí, pero cualesquiera dos animales son mucho más parecidos entre sí que lo que cualquiera de ellos lo es a una lechuga, por no hablar de dos animales del mismo grupo ‒por ejemplo, dos moluscos, o dos mamíferos, que son, cada miembro de la pareja, poco más que una ligera modificación del otro).

Sírvanos esta reflexión para introducir una última pregunta en relación con el tema que nos ocupa: si la evolución no es lo mismo que progreso, ¿es entonces nada más que un mero proceso de cambio, de transformación? Pienso que podemos hacer una distinción conceptual lo bastante fina como para distinguir las tres cosas. El concepto más genérico y vacío sería el de cambio, que es el hecho de que en momentos distintos un sistema, o el universo en su conjunto, se encuentre en estados distintos. Progreso denotaría, por el contrario, la idea de que algunos de estos estados son mejores que otros, según alguna escala de valores, de preferencias o de criterios. ¿Y entonces la evolución qué tipo de proceso será? Sugiero que consideremos la evolución como un proceso de cambio que genera novedades, es decir, que no se limita a transformar unos estados en otros, sino que genera diferentes tipos de estados, que genera tipos, formas nuevas. En este sentido, hay procesos de evolución que no son biológicos, por ejemplo, la formación de las estrellas y las galaxias a través de un estado en el que el universo no contenía entidades de ninguna de esas clases, o los procesos de nucleosíntesis que dan lugar a la aparición de elementos químicos distintos de los que entran como materia prima en el proceso. Naturalmente, no hay nada intrínsecamente bueno en la novedad: desde el punto de vista de un agente o un sistema en el que la novedad esté valorada positivamente, la evolución será un proceso progresivo, pero un sistema que valorase el inmovilismo considerará que los procesos evolutivos son más bien una perversión.

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Jesús Zamora Bonilla. Es doctor en Filosofía y Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), catedrático del Departamento de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid, España. Es autor de los libros Mentiras a medias. Unas investigaciones sobre el programa de la verosimilitud (UAM, 1996), Cuestión de protocolo. Ensayos de metodología de la ciencia (Tecnos, 2005) y Ciencia pública-ciencia privada. Reflexiones sobre la producción del saber científico (Fondo de Cultura Económica, 2005), entre otros. Recientemente publicó la novela Regalo de Reyes (Tagus, 2013).

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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