Tres páginas cada ocho horas por quince días

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Diana Gutiérrez es una joven editora y escritora mexicana. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM y el diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la SOGEM. De 2009 a 2012 fue becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA. También fue reportera del periódico Reforma y editora en la editorial Sexto Piso y la revista Picnic. Sus textos se han publicado en La Peste, Punto de Partida, Frente, Lee+, Pez Banana, y en la antología Cromofilia (Ediciones Eón, 2010). Actualmente es directora editorial del fanzine sobre moda Pinche Chica Chic, editora independiente y profesora en la Unidad de Posgrado de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM.

 

 

Diana Gutiérrez

 

A los siete años ya sabía cómo ponerme a salvo si la mala fortuna me llevaba a caer en arenas movedizas. Me sentía preparada para ejecutar con exactitud la maniobra de Heimlich, en caso de asfixia por obstrucción. Tenía la habilidad de enumerar los síntomas de un ataque de apoplejía e identificarlos en el cuerpo de los demás. Todas estas destrezas las aprendí en un libro que mis padres habían pedido por correo, a través de la revista Selecciones, llamado Auxilio para casos imprevistos. Y digo que lo aprendí porque literalmente me sabía de pe a pa estos conocimientos que sólo son útiles si se los tiene bien frescos en la memoria, para poderlos aplicar cuando se presenta un evento de inesperada peligrosidad en nuestras vidas; ya parece que uno va a estar buscando en el librito de salvamento qué hacer en caso de sufrir un paro cardiaco en pleno desarrollo del accidente cardiovascular.

Aún recuerdo los domingos por la mañana cuando en la sobremesa tras el desayuno, mamá y papá intercambiaban síntomas de sus respectivos pacientes y, de alguna manera, jugaban a adivinar el padecimiento, como si se tratara de un acertijo. Apegados al juramento de Hipócrates, la única regla que normaba el desarrollo de la dinámica consistía en no mencionar nombres, porque, según este lineamiento ético que los médicos pronuncian al recibirse como tales, nadie debe saber más que ellos sobre lo que aqueja a sus pacientes. Pienso que lo hacían así porque yo estaba con ellos ahí en la mesa, pero que después cuando estaban solos se decían todo y ambos sabían perfectamente a quiénes se referían. Ahora que los vea les preguntaré. Además de nuestras conversaciones sobre enfermedades, a veces se colaban algunas anécdotas que ponían la sal en las heridas y destensaban un poco nuestros momentos juntos:

—¡No van a creer lo que me pasó! –decía mamá entre risas.

—Ay, no, ¿ahora qué? –le respondía yo con vocecita temblorosa, porque las historias que contaban mis padres eran chistosas pero siempre trataban sobre eventos terribles, que habían puesto en peligro su integridad, de los que lograban salir ilesos.

—Traía un moco en la consulta –seguía mamá con el relato.

—¿Quién? –le preguntaba ingenua, esperando que no fuera ella. Siempre fui proclive a sentir pena ajena con facilidad.

—Yo.

—¿Cómo? –no podía creerlo.

—Pues así, pegado –decía mamá. Ella, en cambio, siempre ha sido transparente sin más.

—Ay no, ¿y cómo te diste cuenta? –preguntaba yo, casi sudando de la vergüenza.

—Una paciente me dijo que traía algo en la nariz.

—¿Y qué hiciste? –proseguí, un poco ruborizada.

—Primero pedí a Dios que no fuera un moco.

—¿Luego?

—Pues me vi en el espejo y sí era un moco, entonces me lo quité rápido.

—Uf, menos mal que te avisó. Luego uno anda así todo el día y nadie te dice nada.

—¿Te ha pasado?

—No.

—A mí sí.

 

Crecer con dos médicos como padres supuso para mí la gran ventaja de no tener que visitar consultorios desconocidos por una simple tos, ya que esos males se curaban fácilmente con un medicamento que siempre estaba en el botiquín familiar –uno mágico del cual no diré la sustancia activa porque la gente tiende a automedicarse–; las únicas consultas que he pedido en mi vida las he hecho con los especialistas: el dentista, el oculista, el ortopedista y el ginecólogo. Pero vivir con dos médicos como padres también me convirtió en una niña preocupona, casi hipocondriaca, a la espera de que me cayera una de esas raras enfermedades de las que tanto hablaban mis papás. Pasé varias noches sin dormir porque estaba segura de que me había brotado un tumor maligno en la espalda, cuando en realidad sólo se trataba de mi omóplato.

Durante una buena parte de mi niñez creí que en las librerías sólo se vendían libros sobre medicina. A mí y a mis hermanos –ellos, mi hermana y mi hermano, nunca fueron tan sensibles como yo a los influjos de la salud y la enfermedad y a la angostísima línea que las divide; siempre han sido personas sensatas–, papá y mamá nos llevaban con relativa frecuencia a la Librería Internacional, ubicada en Sonora 206, en la Condesa. Era una librería común, con libros de todos los temas, pero en mi memoria pervive como ese lugar al que mis padres acudían, cada cierto tiempo, a comprar la nueva edición del Manual Merck, un legajo de más de mil páginas en papel biblia, editado por primera vez en Inglaterra en 1899, y que es considerado el libro de texto sobre tratamientos médicos más importante en el mundo. Ahora debe de estar en su vigésima edición.

Naturalmente lo primero que leí en mi vida fue una receta médica; comencé a leer por contagio. Después descubrí los expedientes clínicos: la puerta de entrada a la ficción, a la que tenía acceso, por cierto, de manera ilegal porque, en teoría, el contenido de estos documentos sólo puede ser revisado por un profesional de la salud. Es información confidencial ya que son datos personales que se generaron a partir de la auscultación a un individuo. Pero yo me los recetaba, en dosis pequeñas y furtivas, cada vez que papá y mamá salían a dar consulta. Moría de miedo al leerlos. Sujetos reales con nombre, edad, peso, estatura y antecedentes familiares poblaban la ficción, casi siempre de terror, que yo me hacía en la cabeza, a través de historias en las que todos se conocían y tenían algún vínculo personal. En mi universo imaginario doña Paz, diabética e hipertensa, con dolores en la columna, era la esposa de don Teme, quien a pesar de su edad se mantenía más o menos sano, aunque con algunas dolencias en las rodillas, a causa de su actividad profesional: el señor era mecánico y pasaba varias horas debajo de los autos. Hasta que un día uno de los dos moría inesperadamente.

Harta de mis miedos a morir prematuramente buscaba escaparme por fin del cuarto de hospital que era mi mente y mirar el mundo desde una sala de espera, sin peligro, aguardando sólo buenas noticias. Y eso ocurrió al interior de una tienda departamental, donde mi familia compraba la despensa, en la Narvarte. Papá tomó un carrito y comenzamos el recorrido por los pasillos de la tienda del ISSSTE, ISSSTEtienda o SuperISSSTE, mientras yo, a su lado, me encargaba de verificar en el camino que absolutamente todo seguía en el mismo sitio que la última vez. Consideraba necesario saber dónde se encontraba cada enser por si se presentaba una emergencia y yo debía hacer uso de alguno en especial para ponerme a salvo. Entonces lo vi: un nuevo anaquel adornaba el pasillo de artículos escolares. ¡Además se movía! En una época en la que todo parecía haberse detenido, era 1994, un cilindro giratorio de fierro pintado de blanco exhibía un montón de libros en movimiento. Unas letras grandotas en azul coronaban la recién inaugurada torre de la sabiduría y decían: selector. El sonido se me hizo conocido. ¿Selecciones?, pensé de inmediato. Ojeé los títulos y tomé con mucho cuidado el único que llamó mi atención: Atrapados en la escuela.

Sería exagerado decir que a mis once años pude valorar el libro como objeto –cualidad, entre otras, que años más tarde me llevaría a dedicarme a la edición–, pero lo cierto es que la ilustración en relieve de la primera de forros        –ahora sé que es una técnica de impresión llamada «gofrado»– me hizo poner el libro en el carrito para llevarlo conmigo, a partir de ese momento, a todas partes, liberándome de la cárcel de tormentos imaginarios en la que había vivido mi infancia. La portada era una pared de ladrillos grafiteada con el nombre de los autores que conformaban la antología: José Agustín, Parménides García Saldaña, Rafael Ramírez Heredia, Gerardo de la Torre, etcétera. Mi vida cambió para siempre. Y no era para menos, si tenía enfrente, por primera vez, a tremendos escritores mexicanos con cuentos como: «Esmeralda en el metro», «Si pudiera expresarte cómo es de inmenso» y «Yo la maté», los cuales trataban sobre lo que comenzaba a sucederme a mí en el salón de clases, con los amigos, el primer amor.

A partir de entonces comencé a leer libros que no tenían nada que ver con la medicina, a permanecer más tiempo fuera de casa y tuve mi primer novio, pero siempre sentí, y todavía, una inclinación pudorosa hacia aquellos textos que de alguna manera me recordaban esas tardes entre recetas, expedientes e historias relacionadas con la salud y la enfermedad, bajo el cobijo de mis padres. En los libreros coloco en los entrepaños que quedan a la altura de los ojos mis libros predilectos, entre los que se encuentran pegaditos uno al lado del otro: Palinuro de México, de Fernando del Paso; Madame Bovary, de Flaubert; Hospital de cardiología, de Pedro Guzmán; La montaña mágica, de Thomas Mann; Patrimonio, de Philip Roth; El médico rural, de Kafka; Todo nada, de Brenda Lozano y C, de Peter Reading, entre otros.

De aquellos días ya sólo me quedan algunas manías, que así como se instalan desaparecen como, por ejemplo, hacer del viejo consultorio de mis padres mi oficina para escribir, con el pretexto de no contar con ningún otro lugar para concentrarme que ése, un cuarto de cortinas azules con una mesa de exploración, una báscula y una lámpara de piso como atrezo, donde escribí la primera parte de una novela que aún no termino, cuyos protagonistas son unos médicos jubilados. Otra costumbre que adopté por un tiempo consistió en ponerle un ritmo a mis hábitos de lectura, basado en las dosis de fármaco que un enfermo debe tomar para curarse de algo. Así pues hubo libros que nunca terminaron de convencerme y que leí de a tres páginas cada ocho horas por quince días, como Tarántula de Bob Dylan y otros que de haberlos consumido en forma de tabletas o pastillas me habrían provocado una placentera intoxicación, como Hermosos perdedores, de Leonard Cohen. Pero sólo hay una práctica entre mis actividades cotidianas que conmemora aquellos días y que hasta ahora ha sido la más duradera: ser editora.

Thomas McCormack, fundador de Dolphins Books, considera que el editor debe hacer suya la vieja consigna médica «ante todo, no hagas daño» y en eso pienso cada vez que tengo en mis manos un manuscrito, en tener cuidado al realizar el diagnóstico y al recetar el tratamiento porque nadie quiere dañar con cirugías innecesarias un espécimen sano, cuando hubiera bastado aplicar los primeros auxilios más elementales.

 

 

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