A través de los libros

Por  |  0 Comentarios

Sandra Frid (1959) es una escritora regiomontana que ha sobresalido por recrear, a través de su obra, la vida de destacadas mujeres mexicanas. Lo hizo ya con Reina de Reyes (2014), y su última novela, La danza de mi muerte (2016), editada por Planeta, aborda de manera literaria el caso de Nellie Campobello, una de las mejores escritoras mexicanas del siglo XX.

 

 

Sandra Frid

 

 

¿Por qué leo? Leo para ser más lúcida. Porque, con las voces de los personajes que viven en los libros, me descubro. Porque me uno a los destinos de otros. Porque viajo en el tiempo y en el espacio. Porque imagino, sufro, lloro, me pregunto y sonrío. Porque un libro puede acompañarme a todos lados: al médico, al peluquero, al banco, a la oficina. Porque, con ellos, las horas en avión o en el transporte público no son tiempo desperdiciado. Con los libros estoy en la playa, en las mañanas de domingo, en lo que aguardo la llegada de alguien en un café. Leo porque ellos, los libros, nos permiten conocer el mundo.

Decir que me hice lectora de niña sería mentir. Leía cuentos, claro, pero nada de encerrarme con un libro hasta perder la noción del tiempo. Eso fue después, durante mi adolescencia. Cursaba la secundaria cuando un libro titulado No me pregunten si amo se apoderó de mí con tal fuerza, que lo guardaba abierto en el cajón de mi escritorio pues, al regresar de la escuela, no quería perder un solo segundo en retomar la lectura. Fue entonces cuando comprendí que leer apasiona. Y apasionarnos por algo que no hemos vivido es una nueva manera de sentir, la cual, por si fuera poco, podemos repetir cada vez que tomemos un libro entre las manos. De esa novela pasé a las que habitaban en el librero de la casa: El manantial, Una lápida para Danny Fisher y muchos, tengo que confesar, best sellers, que eran los favoritos de mi madre.

Ni modo: de alguna manera se empieza a ser lector. Lo importante es descubrirnos amantes de los libros y, así, ir cultivando esta pasión e irnos transformando hasta llegar a la verdadera literatura. Creo que ahí está el problema de crear no-lectores: se obliga a los alumnos de secundaria a leer novelas que no entienden o que no les interesan. Esto es vacunarlos contra la lectura. Recuerdo que en sexto año de primaria nos encargaron leer México bárbaro y que, cuando llegué a la escena donde –según mi memoria o tal vez mi imaginación– un hombre escupe sangre y un trozo de pulmón, mareada, dejé el libro. Prefería el cero que continuar leyendo eso. Hay excelente literatura que puede ser divertida para quienes van a iniciarse. Exigirles a los jovencitos de sexto año de primaria que lean México bárbaro, para mí, no es un buen comienzo. Como yo disfruto tanto leer, a veces quizá con demasiada frecuencia, intento convencer a los no-lectores de tomar un libro que probablemente los enganche. Casi siempre les recomiendo a Jorge Ibargüengoitia, un escritor divertido e inteligente.

Me convertí en escritora siendo ya «mayorcita». Es un oficio que amo y que agradezco día con día. La pasión por los libros, por supuesto, fue lo que me llevó a escribir. Después de tener dos hijos, cuando el segundo fue al jardín de niños, noté que mi cabeza estaba llena de telarañas, así que corrí a la universidad y encontré un diplomado sobre literatura. Además de leer y de analizar cada texto, el maestro nos dejaba ejercicios de escritura. Terminó el diplomado, pero no mis ganas de continuar por ese camino. Volví a inscribirme y, como éramos los mismos alumnos, leímos otros libros e hicimos nuevos ejercicios. Empecé a escribir cuentos y gané el primer lugar en un certamen. ¡Qué emoción sentí! Los concursos, según dicen, son loterías o están arreglados de antemano. Puede ser, pero haberme sacado la lotería la primera vez que compraba un billete fue maravilloso y me inyectó confianza.

Poco después, habrá sido en el tercer ciclo de aquel diplomado, mi padre tuvo que someterse a una cirugía de corazón abierto. Cuando el médico salió a decirnos que podíamos pasar a verlo por unos minutos, una de mis hermanas decidió que yo, la menor, fuera la primera. Me topé con un hombre cuya palidez me asustó; conté once tubos insertados en su cuerpo. Toqué su mano, él apretó la mía y ese contacto me impulsó a escribir mi primera novela: A través de su mirada.

Pero debido a otra situación familiar: una hermana hospitalizada en estado de coma, decidí no escribir más, pues no lograba hilvanar una sola frase que valiera la pena. Por fortuna mi hermana sanó y yo volví a la universidad; pero esta vez, me dije, nada de ejercicios, únicamente lecturas. El destino se rió de mí: cada semana debíamos escribir un texto y leerlo en clase. Así, tiempo después, gané otro certamen: el Primer Premio de Novela del Grupo Editorial Vid, con Mujer sin nombre. Fue un estímulo más para seguir empuñando la pluma. Desde entonces continúo asistiendo e impartiendo talleres, tomando clases de literatura y, desde luego, jamás he abandonado la lectura. Dedicarse a escribir y no leer es como anhelar ser deportista profesional y no ir a los entrenamientos.

Me ocurre algo maravilloso: releer aunque sea unos párrafos conocidos me ayudan a salvar la famosa página en blanco. Con cierta frecuencia leo nuevos autores, pero también me gusta volver a mis viejos conocidos y, así, redescubrirlos, redescubrirme, pues cada relectura es como si fuera la primera. Disfruto mucho ir a una librería: es perder la noción del tiempo, es glotonería: los quiero todos. En el camino a casa acaricio el lote nuevo y anhelo llegar para abrir la bolsa con emoción. Después coloco las nuevas adquisiciones en el entrepaño donde están los volúmenes «por leer». Amo mis libros, no me canso de comprar más. Amo escribir. Por eso deseo que, hasta el día de mi muerte, siga yo rodeada y enriquecida por las letras.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *