Todo tiene que explotar

En un círculo virtuoso para el negocio del cine, el espectáculo ha colmado el gusto de la gente, que pide nuevas películas espectaculares. Alo Valenzuela evalúa con perspicacia las implicaciones de este fenómeno para la cinematografía mundial.

Hollywood ha apostado gran parte de su crecimiento y expansión a las súper producciones. En un círculo virtuoso para el negocio del cine, el espectáculo ha colmado el gusto de la gente, que pide nuevas películas espectaculares. Alo Valenzuela evalúa con perspicacia las implicaciones de este fenómeno para la cinematografía mundial.

 

 

Alo Valenzuela

 

«Si en una película hay una motocicleta que funciona entonces se tiene que estrellar, y cuando ya no funcione, tiene que explotar». Ésa era, según Allan Arkush, una regla básica para el director, productor, pero, sobre todo, mercader Roger Corman, apodado con un tanto de desprecio como «El rey de la serie B». Parece como si hubiera adaptado para funciones meramente comerciales el famoso postulado dramático de Chejov que dice «elimina todo lo que no tenga relevancia en la historia. Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero éste debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí». Al final de cuentas, más que ser el rey de las B fue el rey de la independencia, pues se alejó de los grandes estudios hollywoodenses y de sus presupuestos millonarios para, con sus propios recursos y un arduo trabajo, sacar a flote cientos de títulos. Calidad aparte, por supuesto.

Es curioso que alguien tan concentrado en la rentabilidad de las películas y aparentemente ajeno a la expresividad artística en el cine –también era conocido por hacer anotaciones en los guiones del tipo «¿se podrá mostrar los senos de la actriz aquí?»– fuera el responsable de dar las primeras oportunidades a muchos de los directores que formaron las bases de lo más cercano que existe al cine autoral en el Hollywood de las últimas décadas. Hoy en día una gran parte de estos cineastas padece el efecto que ha producido en los estudios la búsqueda de ganancias por medio de la pirotecnia, que Corman siempre supo efectiva. Estas ganancias absurdas que llegan hoy a la fábrica de sueños estadounidense, van de la mano de presupuestos obscenos, y es esto lo que más ha hecho padecer a la generación integrada por muchos de los que comenzaron en la llamada «escuela de cine de Roger Corman» y otros grandes cineastas de esa generación.

Los productores no buscan calidad sino inversiones seguras. Si hubo un canon norteamericano liderado por cineastas de la talla de Francis Ford Coppola y Martin Scorsese (ambos hijos putativos de Corman), hoy se está supliendo por el canon del dinero y la pirotecnia sin que importe mucho quién prende la mecha. Ése es ahora el cine establecido en Hollywood y no sólo eso, parece haber una tendencia a que sea prácticamente el único. Tal vez valga la pena aclararle a los detractores de Hollywood que aquí no se trata de ignorar que, en otras latitudes, el cine funciona de formas muy distintas, sino de contemplar la posibilidad de que la gran industria del séptimo arte cada vez se aleje más de la ocasional producción de películas significativas y se vierta completamente sobre el espectáculo que, más que entretener, emboba.

¿Quién dicta el canon en el cine gringo? ¿La academia, la crítica, los productores o la taquilla? ¿Los cineastas? Es un hecho que los productores deciden en dónde invierten su dinero teniendo como único gurú al Box Office y, por lo tanto, cada vez más el poder de la taquilla decide sobre el buen gusto cuál película se hace y cuál tendrá que esperar indefinidamente. El cine se forjó como industria y los esfuerzos por alejarse del interés comercial tienen la desventaja de estar a merced de los altos costos de producción, a menos que estén dispuestos a trabajar a la Corman, es decir, con unos cuantos centavos y, por supuesto, contar con un Roger Corman dispuesto a entregarlos.

Como se puede leer en el artículo que Jason Bailey escribió para Flavorwire «How the Death of Mid-Budget Cinema Left a Generation of Iconic Filmmakers MIA» efectivamente es una cuestión meramente monetaria lo que tiene a cineastas como John Waters y David Lynch lejos de las cámaras y a los monstruos y superhéroes invadiendo las pantallas. El artículo explica cómo han dejado de existir cintas de mediano presupuesto dejando a directores emblemáticos colgando entre los blockbusters y los jóvenes independientes que están pasando por lo que ellos vivieron en los setenta, algunos de la mano de Corman.

Dejando de lado la acumulación vulgar de billetes que tiene al cine gringo (que no al espectáculo) en crisis, habría que preguntarnos: ¿por qué la necesidad de que todo explote? ¿Qué consecuencias tiene esto para el cine tanto en Hollywood como en el resto del mundo? ¿Cómo es que uno de los primeros en abusar de la rentabilidad de la pirotecnia es también el responsable de la formación de grandes cineastas? ¿Quién nos va a salvar ahora?

El gusto por el entretenimiento vacuo no es exclusivo del cine. Como bien lo señaló hace unos años Vargas Llosa al explicar la definición de civilización del espectáculo: «un mundo en el que el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal». No se trata tampoco de despreciar el ocio, al contrario, me declaro a favor de la tardes de zapping y las noches disfrutando del último ridículo viral. Lo que huele a terrible equivocación es que llegue el día en que ésas sean nuestras únicas opciones. Necesitamos que todo explote porque somos víctimas de un fenómeno cultural en el que las ideas han sido relegadas casi por completo para abrirle paso al entretenimiento más baboso. En el mismo texto, Vargas Llosa también habla de cómo este fenómeno afecta al cine: «pero en otra parte, y acaso la principal, se debe a una cultura que propicia el menor esfuerzo intelectual, no preocuparse ni angustiarse ni, en última instancia, pensar, y más bien abandonarse, en actitud pasiva, a lo que el ahora olvidado Marshall McLuhan –pero que, pese a todo lo que pueda reprocharse de exagerado en sus teorías, fue un sagaz profeta del signo que tomaría la cultura de hoy– llamaba “el baño de las imágenes”, esa entrega sumisa a unas emociones y sensaciones desatadas por un bombardeo inusitado y en ocasiones brillantísimo de imágenes que capturan la atención, aunque ellas, por su naturaleza primaria y pasajera, emboten la sensibilidad y el intelecto del público».

Las consecuencias están ahí: los grandes cineastas norteamericanos son exiliados de la industria, como John Waters, o se ven obligados a financiar su propia obra, como ha sucedido con las últimas cintas de Coppola, o a adaptarse a estos tiempos como ha hecho Spike Lee recurriendo a Kickstarter para luego declarar: «que Hollywood se vaya al carajo. Nunca quiero volver a hacer una película de estudio». Pero después, claro, vienen otros problemas al momento de hacer llegar sus películas a la gente. Si bien la digitalización ha rebasado las salas y brindado opciones para que los cinéfilos puedan acceder al cine que quieran o necesiten, está comprobado que la manera más efectiva (además de ser normalmente el propósito original) de que las películas lleguen a los espectadores sigue siendo la pantalla grande. Por eso los estudios llegan a gastar hasta el cincuenta por ciento del costo de producción sólo en publicidad para sus blockbusters.

Existen otras opciones, como las cinetecas y las pequeñas exhibidoras pero son demasiados los rincones del mundo en los que estos lugares están fuera del alcance y no hay otra opción que las grandes cadenas. La industria independiente de bajo presupuesto ha crecido y la esperanza de algunos, como David Lynch, es que vuelvan a aumentar estos cines especializados en películas que fomentan la conversación y el análisis. Sin embargo, mientras eso sucede, o no, algunos ya dejaron atrás la escuela de Corman y quieren continuar su camino, como dice John Waters: «al principio de mi carrera estaba bien trabajar sin dinero. Todos empiezan sin dinero. Pero hoy tengo cuatro empleados. No tengo interés en ser un director underground a los 68 años. No tengo almohadas con frases pero si tuviera una diría “No vuelvas atrás”».

Aunque estamos lejos de presenciar la desaparición absoluta del cine con más ideas que espectáculo, la tendencia es clara: el Hollywood pirotécnico abarrota los cines del mundo incidiendo brutalmente en el gusto y –me disculparán si exagero– en la capacidad intelectual de los espectadores. Las industrias nacionales se ven obligadas a competir contra algo que no puede ni quiere (esperemos) hacer y entonces la crisis se extiende. Cada vez menos quieren ver cosas que no exploten.

Volviendo a Roger Corman y el fenómeno de su escuelita de cine, considero importante señalar la conjunción de dos factores. Por un lado, tanto actores como guionistas y directores jóvenes estaban, como se suele estarlo cuando uno quiere comenzar una carrera, ávidos de trabajo. Jack Nicholson estuvo dispuesto a trabajar en prácticamente cada proyecto al que Corman lo invitaba, llegando incluso a sentarse en la silla del director después de otros dos o tres para terminar algún proyecto. Y por otro lado, ahí tenían la oportunidad de experimentar de la mano de alguien que, si bien quería que las películas funcionaran económicamente, no se estaba jugando los cientos de millones de dólares que se juegan cada día hoy en los estudios californianos. Así comenzaron las carreras de Ron Howard, Peter Bogdanovich, Jonathan Demme, James Cameron, Peter Fonda, Jack Nicholson, Robert De Niro y Dennis Hopper entre muchos otros. Así nacieron clásicos de culto como Suburbia (Penelope Spheeris, 1983) o la película de The Ramones, Rock ‘n’ Roll High School (Allan Arkush y Joe Dante, 1979). Y es que Roger Corman descubrió también uno de los objetivos que los estudios de hoy en día han desarrollado: las películas para adolescentes.

En el mencionado artículo de Bailey se asegura que parte del problema es que se están dejando de realizar películas para adultos. Sin embargo, creo que a estas alturas la idea de que lo juvenil es sinónimo de idiota ya debería estar superada. Fue el mismo Roger Corman quien descubrió que los adolescentes eran un público dispuesto a pasar muchas horas de sus vidas frente a una pantalla, pero precisamente en películas como Suburbia está la prueba de que eso no significaba falta de profundidad. Mientras que Corman explotaba el efecto catártico que la rebeldía en la pantalla producía en un público que sólo pensaba en desobedecer a su padres y ver esas películas a escondidas, el cine pirotécnico simplemente quiere embobarlos sin estimular la sana necesidad de transgredir. Corman, por ejemplo, decidió probar el LSD antes de dirigir la película, escrita por Jack Nicholson, The Trip (1967) para poder retratar lo mejor posible algo que era parte de la rebeldía de la época.

Cuenta Ron Howard que cuando empezó a trabajar con Corman se quejó por las condiciones deplorables a las que la falta de dinero lo sometía. Lo que el productor le dijo para animarlo fue: «si los haces bien esta vez, bajo mis términos, nunca tendrás que volver a trabajar para mí», es decir, se asumía como una plataforma cazatalentos.

Antes mencioné que pareciera que Corman está lejos de valorar las posibilidades de expresión artística en el cine. Si digo que era sólo una apariencia es porque simplemente tenía claro su papel dentro de la industria. Él siempre ha querido trabajar con películas que se hagan rápido, con poco dinero y que produzcan ganancias, pues van orientadas a un público que se conforma con ciencia ficción y monstruos baratos. Cuando la distribución del cine de autor europeo dejó de funcionar en EE.UU. paradójicamente fue el mismo Corman quien decidió retomarla y llevar a su país las películas de directores como Bergman y Fellini; incluso decidió experimentar llevándolas a su territorio: los autocinemas. Sería difícil imaginar a los productores de los blockbuster millonarios dejando de pensar un minuto en sus costosos monstruos para preocuparse por que ese tipo de cine siga llegando a su país. Mientras la cultura se democratiza gracias al internet, en Los Ángeles parecen buscar reducir cada vez más los caminos para llegar a las salas de cine.

Como yo lo veo, la posibilidad de que esto cambie –y que no se quede únicamente en la web– radica, desgraciadamente, en la gente. El movimiento natural de la cultura depende usualmente de las transgresión del canon. El parricidio cíclico genera frescura y los gustos van evolucionando. Definitivamente las nuevas tecnologías creadas para alimentar la sed de espectáculo pueden ser utilizadas con fines más nutritivos como ha sucedido siempre con el cine. La industria va un paso adelante pero los interesados en llevar al cine a nuevas fronteras estéticas y argumentales le van pisando los talones. Tres claros ejemplos son Pina de Wim Wenders, Cave of Forgotten Dreams de Herzog y, sobre todo, Adieu au langage de Godard. Tres películas que se valen del 3D (antes prácticamente un juguete comercial) para crear un impacto estético novedoso, dotar de mayor realismo a la no-ficción y experimentar con el lenguaje cinematográfico respectivamente. Pero, ¿cómo se puede asesinar al canon de la pirotecnia? Esperemos que exista, en el mar de los que empiezan a trabajar en el cine, alguna idea para lograrlo pero sobre todo que nosotros, los cinéfilos, tengamos los ojos lo suficientemente abiertos para darnos cuenta y abrirle espacio a aquello que si no llega a sustituir a los superhéroes, marines y demás monstruos, al menos promueva la diversidad en nuestras insustituibles visitas a las salas de cine.

 

 

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Alo Valenzuela (Ciudad Satélite, 1987) estudió Letras Inglesas en la UNAM y Guión en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Es asistente editorial de Editorial MOHO y colaborador ocasional de EnFilme, Generación y Mono Ilustrado entre otras. Por las mañanas libra despiadadas batallas con grupos de adolescentes intentando dar clases de literatura.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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