«The Square», cuando se habla de lo que no se dice

Agustín Mazzini analiza el mensaje implícito sobre la inmigración y la crisis humanitaria sueca en la película «The Square» (2017), de Ruben Östlund.

Culminada la edición 2018 del Festival de Cannes con la entrega de los respectivos premios, pareciera un buen momento para traer a la memoria (o para no dejar que se diluya en ella, al menos) The Square, de Ruben Östlund,cinta galardonada con el mayor premio del festival el año anterior. ¿Por qué? Quizá porque sea justo que un filme de estas características trascienda sus «fiebres iniciales» para terminar por consagrarse como un clásico del siglo XXI.

No es solamente el trabajo formal (que, de igual manera, a nuestro director no le falta en absoluto) lo que le otorga el título de clásico a una obra. El que una película ocupe o no un sitio preponderante en la historia del cine puede depender de muchas cosas: la fuerza lírica de los personajes (Casablanca, de Michael Curtiz), la genialidad e innovación en el estilo (A bout de souffle, de Jean-Luc Godard) o la agudeza en el retrato del tipo de vida de una clase social (La dolce vita, de Federico Fellini), por poner algunos ejemplos. El punto fuerte, entonces, deThe Squareradica, sí –como se ha dicho en periódicos, críticas y reseñas–, en su mordacidad, su denuncia de la hipocresía hasta el paroxismo, hasta llegar a lo grotesco y lo cómico. Pero ¿realmente se refiere al mundo del arte moderno, como también se ha dicho, o se vale del tópico para abordar un tema contemporáneo mucho más profundo?

El argumento principal de la película destaca por su simpleza: Christian, un curador de museo de la capital sueca, planea la realización de una muestra de arte plástico que fomente valores humanos considerados buenos universalmente. El proyecto se puede definir como un happening: consiste en colocar en el centro del parque que antecede a la entrada del museo un pequeño cuadrado/plaza definido, en palabras de los propios personajes, como «un santuario de paz y solidaridad en el que dentro de sus límites todos tenemos los mismos derechos y obligaciones […] Si alguien pasa por “La plaza”, tiene el deber de ayudar al otro». Dentro de este contexto se desarrolla una historia en la que se mezclan los embrollos que pasan los publicistas para encontrar un modo de presentar al público esa exposición, las malas ideas de la agencia de marketingy la vida personal de Christian, el protagonista. Hasta aquí el resumen.

 

En una lectura superficial, resulta fácil concluir que la película, evidentemente, se aboca al mundo del arte conceptual, con críticas sumamente ácidas a la falta de «sustento» que a veces se le achaca a esta expresión artística, a la condescendencia de la prensa internacional (representada en la figura de una reportera estadounidense que «persigue» al curador, luego de tener con él relaciones sexuales) y demás. Sin embargo en esta conclusión solamente se está viendo la punta del iceberg: el mundo del arte es utilizado para desnudar otra realidad.

Es increíble cómo la temática principal brilla por su ausencia y solo puede atisbarse a través de alusiones: es el silencio quien la dice. En ningún momento se mencionan la inmigración ni la Unión Europea, la crisis humanitaria o la hipocresía social que existen detrás de este fenómeno. Sin embargo, hay llamados de atención sutiles –desde planos largos y detallados a escenas completas, personajes y giros de la historia–que sugieren cierto contenido al que el director le da una importancia central, lo que nos permite afirmar que no hay nada producto del azar en la cinta, y que en una interpretación fuera de estos rieles, resultaría vacua la presencia de ciertos elementos.

Las pistas principales aparecen en primer lugar en la subhistoria. Al comienzo, una pareja finge una situación de violencia y forcejeos en la vía pública. Christian el curador se acerca y se le «obliga» a intervenir para que esa «pelea» no pase a mayores. Más tarde, sabremos que esta no fue sino la jugarreta de un par de ladrones para hurtarle la billetera y otros objetos de valor al protagonista. Tiempo después, Christian, al percatarse de la treta, se dispone a recuperar sus pertenencias y acciona el localizador del teléfono robado. Este lo lleva a un barrio lúgubre y con cierto aire de peligrosidad, a un edificio sugestivamente parecido a los del barrio de Rosengård, en Malmö, Suecia, sitio que últimamente ha ganado notoriedad en los periódicos europeos por la numerosa cantidad de inmigrantes que allí residen y por su alta tasa de delincuencia. Llegado al vecindario, el protagonista decide deslizar por debajo de todas las puertas del edificio una especie de carta confeccionada por él mismo en donde acusa a quien la recibe de haberle robado y exhorta al ladrón a devolver los objetos robados, dejando su número telefónico. Aquí la primera curiosidad: las dos personas que le habían hecho la trampa al curador para quitarle sus pertenencias eran de facciones suecas, a pesar de esto, el celular termina en una zona de inmigrantes a la que el protagonista acude para, sin inconveniente, tratar de ladrones a todos los que residen en la vivienda señalada por el localizador. Los inmigrantes resultan responsables por ser quienes viven en donde el mal desemboca, aunque quienes delincan sean los mismos «conciudadanos» del agredido. Todo delito conduce a un barrio de inmigrantes.

Conforme la historia avanza, las pequeñas perspicacias de Östlund van cobrando más y más peso. Veremos algunas.

Christian y una reportera estadounidense interesada en entrevistarlo terminan por acostarse luego de una fiesta. Alacabar la relación sexual (otras tantas páginas más se podrían escribir sobre cómo el director toma estas dos figuras para hablar de la obsecuencia del periodismo estadounidense para con el arte moderno europeo) hay un detalle que a la luz de lo analizado no puede pasar desapercibido. Christian se muestra renuente a dar a la periodista el condón usado para que lo arroje al tacho de la basura. A causa de esto entre los dos comienza «una lucha», un tironeo por el condón. Siguiendo la línea de interpretación propuesta, es posible apreciar una mordacidad que trepa a límites superlativos y no puede menos que provocar una carcajada: el protagonista teme entregar sus genes, celoso de su semen, temeroso de que una persona no europea «secuestre» o «utilice» su ADN. En este hilarante momento aparece por primera vez un mono; más tarde señalaremos la importancia del animal.

Otra clave son los nombres y lo que de ellos se desprende. En primer lugar, claramente, el del protagonista: Christian (cristiano), en clara relación con el prototipo o modelo de pensamiento y sensibilidad al que se alude con la frase «descristianización de Europa» (cuyo fondo en realidad conlleva un alto grado de racismo). Esta teoría se va reafirmada por el nombre de Lola Arias, en quien supuestamente se inspira la muestra «La plaza». Y no solo eso: dice Christian, como curador de la muestra, que la obra de Lola Arias reflexiona sobre el pensamiento de Nicolas Bourriaud, en particular a partir del concepto que le ganó fama internacional durante los años 90: la «estética relacional». ¿Y de qué trata esta teoría artística? En pocas palabras, indaga en el tipo de relaciones que se establecen entre las personas a quienes está dirigida la creación artística. Sin embargo, Lola Arias nunca trabajó conceptos de ese estilo: su cuadrado o plaza no puede remitirnos a algo relacionado con la estética relacional. Entonces, ¿por qué se la mencionaría además de por su nombre? ¿Por qué elige la estética relacional siendo que no hay ninguna vinculación entre esta y la producción de la artista?

Si estos señalamientos fueran los únicos de la cinta, pasarían desapercibidos, pero al darse en conjunto y al otorgárseles especial importancia, es improbable que sean producto del azar.

El auge de esta gran parodia, de esta crítica extremadamente ácida, sucede en el acto de promoción de la muestra. La agencia de marketingencargada de la difusión del evento, contrata a un performancero que finge ser un mono (no casualmente es el afiche de la película: un hombre sin camisa subido arriba de una mesa), segunda vez que este animal salta a escena. En este espectáculo, el protagonista tiene apariencia de hombre, pero conductualmente ha perdido todo rastro de humanización, pautas de conducta, educación: sube a la mesa, respira en la cara de los invitados y nadie sabe cómo reaccionar frente a este «animal». En un principio resulta un divertimento o una curiosidad para entretenerse y observar como en el zoológico. Esto queda remarcado por el hecho de que este showsucede en un ambiente de gala, de sofisticación con aires seudo aristocráticos, tan típicos de ese mundo artístico. Otro punto a tener en cuenta: dentro del salón no hay ni un solo hombre de piel oscura, y lo único que provoca la reacción del atónito público es un repentino cambio de conducta del performer, que pasa de ser un ser grotesco que se comporta mal a ser un agresor sexual (el tema está especialmente inoculado en la sociedad sueca,[1]que señala la inmigración como causa del incremento de las violaciones). El objetivo de Östlundes exponer en el performerla mirada del «sueco promedio» sobre el inmigrante.

Un personaje es fundamental para enfatizar este enfoque. Se trata de un niño que vivía en uno de los departamentos donde Christian dejó una de sus notas con la esperanza de recuperar sus pertenencias. Este pequeño empezará a hostigar a Christian llamándolo por teléfono para que se disculpe por haberlo tratado de ladrón frente a sus padres. La razón del pedido de disculpas que exige es sencilla: sus padres, al ver la nota deslizada por debajo de su puerta, lo castigaron por haber robado sin que él hubiera hecho nada. Christian, ya cansado de la insistencia del niño, arregla con él una cita en una gasolinera para «negociar». Siguiendo el hilo del análisis, apreciamos que un niño calumniado (de claro acento y rasgos árabes, por cierto), que reclama por lo que es justo, al tratársele como insoportable, llega hasta a producir fastidio en el espectador. Pero hay un detalle más: a la cita en la gasolinera el curador envía a su subordinado afrodescendiente. En resumen: no solamente el director sueco expone el trato injusto a un niño inmigrante, sino que denuncia que el negro está integrado al sistema como vasallo del blanco y cumple al pie de la letra las intenciones de este, le es funcional. Por otro lado, Christian no se siente con ninguna obligación moral de reparar el daño cometido al niño que fue castigado por su falsa acusación: más bien todo lo contrario, quiere sacárselo de encima cuanto antes y de cualquier forma (incluso llega a empujarlo por las escaleras).

En este sentido hay otras señales, algunas más fugaces que otras, algunas más o menos importantes que otras, pero siempre están ahí. Por ejemplo, ya en la primera escena Christian está vestido de etiqueta y despierta en el sillón de un departamento lujoso. Alguien le hace llegar el desayuno y le avisa que tiene que ir a trabajar. Minutos después de este primer momento, el director muestra una contraposición llamativa que se da antes de que el curador salga del subte y se desarrolle la acción: un indigente está durmiendo en la calle, ignorado por quienes trascurren delante de él, mientras que, de fondo, una mujer reparte folletos preguntando a los transeúntes: «¿Quiere salvar una vida?».Todos la esquivan o ni siquiera la miran a los ojos, incluso uno le responde: «Ahora no».En una palabra: indiferencia.

El filme alcanza su moraleja al culminar, por fin, las dos historias. Luego de la fallida performance, el equipo publicitario decide lanzar un video sobre la exposición. El video versa sobre un niño indigente que explota luego de entrar a «La plaza». El hecho genera un enorme rechazo de la opinión pública y Christian se ve obligado a dar explicaciones mediante una conferencia de prensa. Es aquí que se denuncia la enorme hipocresía: dentro de «La plaza» no puede suceder algo así. La muestra fomenta valores altruistas y de solidaridad para con los otros, pero la sociedad y el protagonista, con sus actitudes, la contradicen. Se lo margina, se lo ignora y se lo desplaza.

En cuanto a la historia del niño insistente, esta finaliza cuando Christian, habiendo visto su error, corre de nuevo al edificio para por fin ofrecer su disculpa. Sin embargo, al preguntar por la familia del niño, se entera de que allí ya no vive nadie (¿habrán sido deportados?). Esta es la manera en la que el director advierte: «Cuidad que para cuando nos demos cuenta de nuestros errores no sea demasiado tarde».

¿Cuál podría ser entonces la interpretación de «La plaza»? ¿Qué es ese espacio impoluto, perfecto y paradisíaco, meca de la solidaridad y del amor al prójimo en donde nadie tolera que «exploten niños»? La Unión Europea, y una terrible sátira a la falsa idea de «integracionismo», amor y altruismo.

Con esto no voy a negar que Östlund se burla e ironiza,explícitamente y sin ningún tipo de prurito, del mundo del arte conceptual. Y esa es la mayor virtud de la película: la ambigüedad. Es así que losgrandes aciertos del filme son el no hablar (pero sí aludir) sobre la problemática inmigratoria en Suecia, al mismo tiempo que hace un trabajo muy logrado para encarar el universo del escenario que le sirve como marco. Y a todo esto se suma el no impregnar de lugares comunes la cinta, tales como el drama, la tragedia, la melancolía. No, el tema es tratado con una mordacidad que llega al nivel extremo de convertir situaciones terribles en cómicas.

Retomando el principio de la nota: desde este lugar una obra de estas características puede transformarse en clásico. No únicamente por la belleza de sus planos, el guion o la historia, ni siquiera por su ambigüedad. El mérito radica en ser testimonio de la sensibilidad de una determinada cantidad de personas, en un determinado contexto y en una época, arrojando luz sin golpes bajos sobre las crisis de los refugiados, las dudas sobre el éxito de la Unión Europea, la dificultad de la convivencia entre diversas culturas, la marginalidad, etc., todo esto oculto pero bien sugerido en la obra de Östlund, una película que habla sin decir.

 

NOTA

[1] «¿Por qué hay tantas violaciones en Suecia?», BBC News, 15 de septiembre de 2012. Disponible en:  http://www.bbc.com/mundo/noticias/2012/09/120915_violaciones_suecia_estadisticas_rg.

 

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Posted by Agustín Mazzini

Agustín Mazzini (Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 1993) es poeta y estudiante. Primer premio del Concurso Nacional Homenaje a Jorge Luis Borges, Premio Nacional para Jóvenes Poetas Bustriazo Ortiz (2017), finalista del I Premio Hispanoamericano de Poesía Francisco Ruiz Udiel (2017), convocado por Valparaíso Ediciones. Es autor de «El cielo no termina de quemarse» (Suri Porfiado, 2017), y sus poemas, entrevistas y reseñas cinematográficas figuran en revistas y antologías nacionales y extranjeras (Orillas, 2016). Ha sido redactor y editor de revistas españolas, mexicanas y argentinas de cultura (España), y participó en festivales de poesía nacionales e internacionales. Es editor de poesía de Cuadrivio.

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