Sopear la galletita

David Martínez especula sobre los valores literarios que emergerían si los anticanónicos desplazasen a quienes presiden el canon mexicano.

 

Ensayo de un desplazamiento poscanónico en cuatro tiempos y un paréntesis 

 

 

 El sueño se ha desvanecido, nuestra fe y nuestro asombro han huido, hemos dejado de creer en la Literatura. En algún momento de la década de los 60 el gran río de la Cultura, la Tradición Literaria y el Canon de las Obras Sublimes se empezó a ramificar, rompiéndose en una miríada de afluentes, discurriendo con lentitud por las llanuras del delta cultural.

Lars Iyer

 

David Martínez

 

Uno anticanon

Un hombre.

Así empiezan siempre las antropologías.

Un hombre se para frente a mí

y comienza a hacer todo exactamente al contrario.

Más bien los relatos de chacales alrededor de una fogata. Cuando me vista de negro él llevará un traje blanco. Si brinco se echará en el piso a dar de vueltas. Y si hablo comenzará a ladrar diciendo ser el mismo Mefistófeles que me menea el rabo. Que echa saliva por las encías para que lo palmee detrás de las orejas.

Lars von Trier,

2009, Anticristo. Título original: Antichrist.

Reparto: Willem Dafoe (53 años), Charlotte Gainsbourg (37 años) y Storm Acheche Sahlstrøm (2 años).

Otras religiones dualistas más antiguas lo llaman el Ying y el Yang,

lo llaman Damien –La profecía (1976)–,

en este caso también es un niño y, aunque tuvo dos secuelas hasta llegar a ser adulto, es su aberrante actitud infantil la que me mortifica.

La que me da miedo.

La que llevó a su madre a brincar desde el balcón. Porque se trata de un juego.

Cierta desviación infantil, inútil del copión.

Copycat, copycat, copycat,

Copy, copy, copy, copy yourself

Copycat, copycat, copycat

Copy copy copy everyone else

dice la novena canción del álbum Bury the Hatchet de The Cranberries. Estaba tratando de ocultar la cabeza entre las palmas y los codos, como un avestruz humana sin plumas pero con miedo.

Un ojo inmenso. El anticanon es un canon puesto de cabeza,

lo que es bueno será malo y viceversa.

Tener la atención de un dios que todo lo observa.

Oteando, no el horizonte como vulgarmente se dice, sino mi espina dorsal
dolorosamente curvada.

El anticanon es un santo puesto de cabeza

que a nadie salva

Por ejemplo liberales vs conservadores.

Dos de tres caídas.

El canon literario mexicano se formó contándole espaldasplanas al bando de los rudos.

Atendiendo a los méritos político-ideológicos-catastróficos-uránicos de sus actores.

Pancho Villa pudo haber ganado la Revolución.

Pero P E R D I Ó

Así lo exigían la Revolución y un ideario mexicano

que les urgía.

Leemos a R.

porque pensamos que es buen mexicano y olvidamos a G.

porque su conducta pública nos parece reprobable.

Porque G violó una niña.

Porque G mató 112 gatos inocentes.

Porque G quemó la casa con sus padres dentro.

Porque G. se llamaba Gamboa y fue Secretario de Relaciones Exteriores de

Victoriano

Huerta.

Otro indígena que llegó a ser presidente.

—Por favor, apunten todos, decía la maestra Emma, en su cuaderno el nombre del primer indígena, estaba en cuarto o quinto año de primaria, que llegó a ser presidente, entonces no pudo ser la maestra Emma sino la maestra María Elena, de México. Vamos, la respuesta es fácil, la sabes. Todos la sabemos.

Benito Juárez.

¿Y el segundo?

Copycat, copycat, copycat
Copy copy copy evereyone else…Si Altamirano

hizo patria con sus novelas de corte romántico-nacionalistas

y su lealtad al bando liberal,

el renombre de un criollo conservador como Roa Bárcena –quien además tomó parte de la junta que ofreciera la corona del país a Maximiliano– es idóneo para el

anticanon.

anticanon

Pero no hay que confundirse,

al igual

que en el cuento de Borges,

los dos teólogos existen sólo el uno en relación con el otro

y, por otro lado,

son imposibles de establecer concretamente,

en la realidad.

Por eso Borges,
por eso el papa
por eso Dios tuvo que recurrir a la oscura época medieval.

A pesar del ejemplo que acabo de sugerir,

Roa Bárcena no es el Antialtamirano de nuestras letras,

–Como tampoco Maximiliano de Habsburgo es el antibenitojuárez

ya está, lo dije–

pues si por algo se destacan sus cuentos, penosamente románticos y nacionalistas, es por rescatar las leyendas mexicanas.

Tampoco

Payno,

Gutiérrez Nájera

                o Gamboa. El anticanon existe únicamente en abstracto, como el Anticristo en la imaginación para hacer propaganda; operación posible sólo con los efectos especiales de Hollywood.

Dos paracanon

Hay una actividad intelectual que nos conduce desde niños a decidir qué es lo que nos gusta y qué no. Rojo, azul, naranja, verde, a mí me gusta el rojo, morado, rosa, café, amarillo, casi nadie escoge el café, magenta, fiusha, lila, aqua, índigo, marrón, francamente menos populares por ser variaciones de los primeros, blanco y negro, los dos colores que nos dicen que no lo son. Es la misma actividad que alienta a los disidentes o a los infantes a componer su propio canon. Artur Rimabud, enfant terrible, hizo esto mismo: A, negro, Sin título 4, blanco, I, rojo, O, azul, U, verde. A mí, de niño, me gustaba acompañar a mi mamá a hacer las compras, David Alejandro, enfant gluton. Sentía que si estaba ahí en el momento en que paseaba por los pasillos del supermercado, desde los cereales hasta los lácteos y el yogurt, tendría mayor influencia en los productos que, finalmente, llegarían a casa para desayunarme el sábado por la mañana.

Sin querer proponer una antidespensa ni nada por el estilo, sí deseaba modificar algunos de los criterios que reinaban en aquella alacena alta y café que estaba empotrada en la pared de la cocina; esperaba, al menos, formar una despensa paralela, con leche sabor fresa y frascos de cajeta. Sin embargo, a la mayoría de nosotros nos está permitido seleccionar y descartar con muchísima menos libertad de la que creemos. Lo más que podemos hacer es adecuar, colar alguna natilla, pero nada que no esté de varias maneras previsto. El único recurso, para dar cauce a este esfuerzo intelectual, es tratar de situarnos más o menos alejados del centro, aunque la composición con referencia a él sea inevitable, como la última palabra de mamá o como el poeta francés que, aunque en África, terminó por quedarse con las cinco vocales y sus compradores de marfil en Inglaterra.

***

Con el centenario del nacimiento de Octavio Paz y de José Revueltas vi seguido en los muros de mis contactos un meme que decía «menos Paz y más Revueltas» y presentaba, a continuación, dos fotos de los autores en cuestión que trataban de ilustrar el punto. Situada por encima de la figura victoriosa de Revueltas, una mueca de felicidad, donde los músculos de la cara se retraen para hacerla lucir grotesca, deja ver a un Octavio Paz acompañado por el entonces presidente (y último organizador del arte y la literatura en México gracias, sí, al Conaculta) Carlos Salinas de Gortari. A quien por cierto conocí una vez, y hasta me dio la mano en un desfile de Chihuahua. Yo era un niño y mi mamá, supongo, pensó que sería bonito darme ese recuerdo. Era 1990 y la crisis del peso estaba lejos para mis padres, entusiastas de una clase media que iba en aparente acenso, que creían en el neoliberalismo y el crecimiento económico. Todo terminaría mal y muy pronto pero me desvío del tema, lo que quiero decir es que ignoro si este meme tenga para quienes lo compartieron el sentido genuino de instar a una revolución; sin embargo sí se trata, creo, de manifestar un desacuerdo o su posición frente al canon literario, de proponer un paracanon que esté mediado por un mayor sentido de confrontación política y compromiso social –según entiendo es una de las características más encomiadas de la obra del tres veces preso político– y una menor distraída y pura intelectualidad.

Exigir mediante un meme la renuncia de Paz y la consecuente ascensión de Revueltas como jefe máximo del panteón literario mexicano es cosa seria. Si bien el escritor de El Apando no es un outsider, sí se encuentra, por así decirlo, un par de cuadras más lejos del centro. Ubicarlo a él como la médula de un paracanon traería consecuencias de reorganización tan constatables como que empezaríamos a tener premios literarios con el nombre de los Flores Magón, por ejemplo. El catálogo de publicaciones del Conaculta estaría engrosado con tomos de las obras completas de José Mancisidor, Ermilo Abreu Gómez y Juan de la Cabada. Sonaría más LEAR que Contemporáneos. El Teatro de Ulises cedería su espacio al Teatro de Ahora. Y parte de la popularidad de José Emilio Pacheco, Eduardo Lizalde e incluso de Carlos Fuentes se habría perdido para siempre. Esto sin contar la consecuencia más drástica de todas: el desplazamiento de la poesía por la narrativa. Experiencia inaudita en nuestra tradición que ha sido profundamente metafísica, correcta y lírica. Por otro lado la presencia aledaña de Paz se debería a sus incidentales, aunque valientes, acciones políticas: viajar todo pagado al Congreso de Escritores Antifascistas o renunciar a un cargo como embajador.

Como se puede notar, la elaboración de un paracanon no necesariamente elimina a todos los elementos del antiguo canon. Espacio paralelo, el paracanon corre de forma equidistante, varía principalmente los contenidos y los valores que los jerarquizan, pero mantiene las nociones de estructura, organización, administración y la idea misma de orden, arriba y abajo, centro y periferia, paradigma. Como en el panteón griego, es cortarle los genitales a Urano para darle en la boca sus hijos a Cronos. Es matar a Madero para matar a Huerta para matar a Carranza para matar a Zapata para matar a De la Huerta para matar a Villa para matar a Obregón para matar al Caudillo para matar  la Revolución para matar al PRI para matar al PAN para matar al pueblo mexicano de hambre. El fracaso de las utopías es el fracaso del paracanon.

Tres canon

Primero el canon y luego el post y para decirlo breve diré el canon es la institución que media entre nosotros y el inabarcable corpus literario y es también, diré, la actitud adoptada frente a él.

 

 

Sopear la galletita y las prácticas del post, paréntesis obligado ante tanta confusión

Es costumbre larga y extendida entre nuestros viejos, cuando la publicidad de todas las pastas dentales ha fracasado y sus dientes ya no tienen ni orden ni fuerza, pedir un vasito de leche o café para sopear las galletitas de la merienda. Seguramente ésta es otra manera de comprender lo que las cabezas de tantos teóricos de la posmodernidad se figuran al calificarla como un proceso de «debilitamiento» de los paradigmas modernos.

Como lo veo, lo que queremos dar a entender cuando emparejamos el post a cuanto terminajo se nos ocurre es precisamente que ya no nos es posible masticar la idea que encierra dicho terminajo tal y como está; que nos estamos haciendo viejos y nuestros dientes duelen. La sumergimos, entonces, un par de veces en el post para que se ablande, para que sea amable, para que pierda su dureza y rigidez y ya está, de nuevo a disfrutar su sabor y, en el mejor de los casos, su contenido nutrimental. Le ponemos peros, le decimos que sí, pero ya no nos la creemos tanto. Puede entenderse como una apuesta por hablar desde los márgenes de una cultura apocalíptica que siente haber llegado a las orillas de su propia experiencia y comienza a enunciar desde ahí.

El intelectual especulativo, hombre de la modernidad, toma revancha contra la realidad poniéndole nombres nuevos a las cosas que ya están ahí, decía Vásquez Montalbán. En 1907, tiempo en el que todavía no habíamos llegado a conquistar el Polo Norte, Charles Derennes publicó Le Peuple du Pôle, la fantástica historia de una civilización de reptiles inteligentes que habitaban el hemisferio más septentrional de nuestro planeta. El actor cultural contemporáneo, a diferencia del hombre moderno, sabe que no descubrirá el Polo no importa que Frederik Cook y Robert E. Peary aseguraran haber llegado hacia 1909 y fuera mentira; reconoce la derrota de antemano y la disfraza. Algo similar ocurre con el uso-abuso del famoso prefijo, al que recurrimos con la conciencia de que no podemos crear más ismos, más sistemas y Relatos, y de que, sin embargo, en el punto en que nos encontramos respecto al entendimiento de nuestra cultura, es necesario modificar en algo las ideas modernas. Claro, siempre y cuando no nos atragantemos con el remedio de sopear la galletita.

Sin título 3 apocalipsis = Escenario recurrente de Hollywood en mi niñez. A los ocho años vi Mad Max y me di cuenta de que se trataba de un tiempo después del tiempo en el que el mundo se acabó pero no del todo. Los zombis, las plagas o los motociclistas punks lo habían modificado sin terminar de destruirlo; las estructuras y los valores sociales daban paso a un tiempo marcado por el desorden y donde sus habitantes tenían que aferrarse a nuevas formas de vida: Max Rockatansky es el justiciero, ex policía que ya no tiene cabida en los nuevos parámetros de libertad y economía. Fréderic Bigbeder imagina el fin del mundo como ese momento en que la sátira se hace realidad y los caricaturistas se sienten incómodos; son las 8:48 de la mañana y para el protagonista de Windows on the World que está a punto de morir en el atentado del 9/11 las metáforas (estos motociclistas) están por volverse realidad. Vivir con esa incomodidad de saber que en cualquier momento un avión cae del cielo y se acabó, es el signo de una sociedad posapocalíptica.

Sin título 3política = El PRI después del PRI. Tv Notas. Revista publicación semanal. Prensa del corazón dedicada a informar sobre la vida de celebridades y la farándula. Sobre sus amores con políticos. Los setenta años del PRI son la culminación de un proyecto moderno de política que arrancó con Porfirio Díaz y fue fraguado más atrás. La mano dura o las prácticas de control y administración del Estado cedieron para dar paso al chisme de la semana y la popularidad en medios.

Sin título 3revolución = Desfile del 20 de noviembre. Son las 7 am. y los vendedores de banderitas hacen gárgaras de sal. Se espera que los profesores de educación física hayan preparado un numerito especial para este día y yo, en mi larga carrera por escuelas públicas de Chihuahua, lo que quiero es seguir durmiendo. Mi mamá dejó de llevarnos al desfile el día que mi papá no pudo cargarnos más en sus hombros. Sería trágico si aquella estampida de tránsito-rescatista-bomberos, caballos y pubertos no fuera un espectáculo que siempre me decepcionó. No sé qué quería ver trepado en mi padre, peleándole el lugar a mis hermanos. Esperaba, supongo, algo más de dignidad; que aquellos cuerpos laxos, golpeados en la nuca por el sol de las 11 de la mañana, fueran capaces de realizar piruetas extraordinarias, fantásticas. Quería que todo ese orgullo, ese éxito, esa satisfacción con que hablan los libros de texto de la Revolución, de Pancho Villa y de Madero, se viera reflejado en parafernalia, carros alegóricos, bailes, número de gimnasia y por qué no, fuegos pirotécnicos, globos gigantes, rascacielos, hot-dogs y Arnold Schwarzenegger vestido de súper héroe, tal como me lo habían ensañado las películas de canal cinco. Después, cuando yo mismo formé parte de aquella masa de hormonas que se conglomeraba para manotear al ritmo de I’m blue da ba dee da ba die, no podía dejar de pensar que ojalá estuviéramos en el Love parade.

Cuatro poscanon

El problema es cómo situarnos. Me refiero a cómo acomodarnos en un sillón para escribir un montón de ideas sin otro sustento que la noción misma de que se les escriben por algo.

Llevo un rato dándole vueltas a esta idea y sólo así, a cachos, me sale. Pensé primero en los márgenes. La metáfora era seductora: A menudo discurro más por los bordes de la página que leo que por el blanco terrible del poeta francés. Repleta, como está la hoja, de palabra tras palabra y de historia sobre historia, poca más elección tengo que tomar el lápiz o la pluma y escribir con cuidado alrededor de las palabras de otro autor. A veces trazo abrupto y subrayo con una línea poco tensa que se me cae de floja y toca una l que ahora parece t o r o x, y, z; una frase que se extiende más de lo debido termina invadiendo la mitad de un renglón. Instante de trenes que se cruzan.

Pero me doy cuenta de que se trata, más bien, de algo que se ha movido de su centro, disolviendo así la idea misma de margen, y en su desplazamiento el sustantivo ve surgir por todas partes al adjetivo, partícula amable –mírala cómo sonríe, quiere acompañarnos pero sin hacer gala de un excesiva fidelidad–; no molesta, no despierta sospechas; se adapta y modifica, sí, pero carece de pretensiones, no le interesa portar en sí misma una existencia. Ha cambiado el juego de las preguntas y el qué –unívoco y universal– se retira ante la abundancia de cómos –plurales y circunstanciales–. Si el qué ocupa el centro de la página, el centro de la historia del arte y la literatura (¿Qué es la literatura? ¿Qué es el arte? ¿Qué el cine, la danza, la música?), los cómos se desplazan en los márgenes, de formas irregulares y discontinuas. No preguntamos ya ¿qué es la poesía? sino ¿cómo es, por ejemplo, la poesía de Manuel Vázquez Montalbán y, más aún, su poesía-publicitaria? ¿Cómo es el arte multimedial en Guadalajara, Jalisco? ¿Cómo es el cine de David Lynch, cómo la danza teatro de Pina Bausch y cómo la música del último álbum, Innocents (2014), de Moby?

Como lo advirtió el escenógrafo italiano Franco Quadri, el interés del objeto de la representación ha cedido su lugar ante el modo de realización. Este modo de realizar, tiene más que ver con el adjetivo, responder a la pregunta cómo es, que con el sustantivo, qué es. Lo importante para el arte no es ya qué se representa, sino cómo se va representar un determinado interés del artista. Esto supone abandonar la creencia de que existen temas, materiales, técnicas y formas preexistentes, ahistóricas, trascendentales y, por lo tanto, instituciones que los administren unilateralmente, el canon.

Así, la idea de perfilar un poscanon, como un sustantivo, deja de ser importante. Más bien surge la necesidad de reconocer un adjetivo, un desplazamiento poscanónico. Es decir, una manera práctica de relacionarnos con la literatura. Donde lo que está en juego es la caracterización de un recorrido que no carga con una existencia previa, sino que se concreta en el momento de su ejecución. No se propone aquí un nuevo sistema de valores, se resalta la importancia de visualizar que la literatura ha desbordado (desde hace tiempo) los contenedores donde reposaba. De aceptar que la «estetización del mundo», como la describen Serroy y Lipovetsky, trae aparejada la «literaturización» de la realidad y las comunicaciones.

La perífrasis podría ser una actitud discursiva poscanónica, la experiencia de una práctica escritural en expansión permanente. Invadiéndolo todo a un ritmo acelerado. La ciencia y el arte, la publicidad y el internet, la urbanidad y la cultura. Un trayecto poscanónico tendría que pensar en la literaturización del mundo.

Una idea soportó toda la literatura moderna de nuestro país, desde Manuel Gutiérrez Nájera hasta Octavio Paz y es la creencia baudeleriana de que el mundo es un bosque de símbolos que el poeta debe de aprender a leer y descifrar. Pues bien, esta idea ha transmutado por efecto de la literaturazción del mundo. El triunfo de las marcas y la publicidad –pero sobre todo, dice Lars Iyer–, del internet, consiguió, desde cierto sentido, lo que Vasconcelos y otros esforzados intelectuales nunca pudieron, alfabetizar, literalmente, profundamente, a México. Las cientos de lecturas que hacemos al día en el internet, entre ventanas emergentes con ofertas especiales y mensajes ridículos de superación, las marcas y logotipos que ahogan los muros de las páginas que vistamos y los muros de las ciudades en las que vivimos, las etiquetas y volantes que saltan a nuestras manos todos los días en cruceros y supermercados llenan de letras la vida real. Son tipografías y alfabetos transformando la vieja relación entre significado y significante.

A diferencia del cuadro de Magrit Sin título 5  una Sin título 5 sí es una Coca-Cola. Hoy, cerca del 7 % de los mexicanos no sabe leer ni escribir, sin embargo cualquiera puede reconocer qué es una botella de Coca-Cola o un empaque de Sabritas gracias a sus colores, tipografía y letras. Este comportamiento altera la idea clásica de que para acceder al sentido de un signo –como el bosque de pilares encantados de Baudelaire– había que decodificarlo según un procedimiento específico ­–leyéndolo según una tradición que se proyectaba hacia el futuro, tal y como lo hacen Octavio Paz o Harold Bloom–.

Una actitud poscanónica permite pensar las relaciones con la literatura de otra manera, ampliándola, llevándola con nosotros mientras nos desplazamos. Una actitud poscanónica respecto a la literatura mexicana no anula el canon existente o los hipotéticos anticánones o los infinitos paracánones, no, los debilita, los fractura y enfatiza los trayectos que se abren entre sus grietas. Si como creo, el canon fue la estrategia cultural que medió entre nosotros y el corpus literario a lo largo de buena parte de la historia, lo poscanónico es la superación del canon no sólo en su selección, sino, y sobre todo, en su noción misma. Superación de la idea del canon. No otro canon. Ni ningún canon. Un proyecto de interacción con la cultura lo suficientemente debilitado, fisurado, que desplace su centro, que permita aparecer obras y productos de todos los aspectos de la cultura: medias, urbanidad, internet, etc. Etcéteras de un montón de cosas que se mantendrán en relación, que se abrazarán a un adjetivo u otro, lo abandonarán y buscarán después, e t c.

 

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David Alejandro Martínez (Chihuahua, 1987). Ensayista y poeta. Licenciado en Letras Españolas. Se interesa por el teatro y el arte contemporáneos. En 2014 ganó el Premio Internacional de Ensayo Teatral. Ha publicado Dramaturgias desde el mestizaje (Paso de Gato, 2014). De 2012 a 2014 fue becario de investigación de la Fundación para las Letras Mexicanas. Actualmente es Investigador Adjunto de la Enciclopedia de la Literatura en México y colaborador del CITRU.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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