Sombra y luz son sinónimos: algunas notas sobre «Sombra roja»

Yeni Rueda escribe sobre la antología «Sombra roja» (Vaso Roto, 2016), en la que resaltan no solo la calidad literaria y la consistencia editorial, sino la libertad de la voz femenina en un contexto social marcado por la violencia contra las mujeres.

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Es probable que uno de los formatos editoriales más difíciles de ejecutar sea la antología, pues generalmente se le concibe como una mera acumulación de textos que, en teoría, le permiten al lector conocer de manera panorámica la obra de un autor determinado o un grupo de escritores bajo un supuesto hilo conductor, tratando de mostrar cierta excelencia según lo que el editor considera literatura valiosa y de calidad, lo que sea que eso signifique. Sin embargo, este planteamiento tan limitado provoca que la lectura de antologías se convierta fácilmente en una experiencia aburrida, repetitiva y presuntuosa.

En el caso de las antologías –o de cualquier otro formato impreso–, el editor tiene la obligación de crear el dispositivo transmisor de un mensaje textual y también de generar cuestionamientos, discusiones y puntos de análisis desde una mirada objetiva proveniente de su lectura del trabajo literario y de la realidad en la que ese texto se genera. Después de todo, el editor es un constructor de formas de lectura cuyo propósito es desestabilizar lo preconcebido. Esta desestabilización no debe surgir de una superioridad intelectual respecto al lector, sino de la preocupación por el estado de las cosas y del deseo de contagiarle la necesidad de respuestas a sus pares. El acto de antologar no es para cualquiera, pues sus implicaciones solo pueden ser asumidas por aquellos que comprenden, en su totalidad, la enorme responsabilidad que implica publicar un libro en nuestro país.

 

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Sombra roja. Diecisiete poetas mexicanas (1964-1985) resulta un ejemplar atípico dentro de la marea alta de los libros de poesía que se publican bajo este formato. Pocas veces el lector tendrá la oportunidad de encontrarse con una antología ejecutada con tanto cuidado y responsabilidad. En este caso, el editor-antologador entiende puntualmente la importancia de su papel como curador de un grupo particular de poetas. El responsable de este proyecto es Rodrigo Castillo, uno de los editores más propositivos de la actualidad, siempre constante en sus elecciones estéticas, prestando atención al espacio literario y al impacto social que los productos editoriales pueden llegar a tener si estos se encuentran bien dirigidos.

El rigor que se deja ver en el proceso de selección y en la escritura del epílogo parte, principalmente, de la elección que se hace desde una perspectiva lectora experimentada que fluctúa con el jugueteo, lo que nos permite encontrar una diversidad de registros poéticos que se comunican entre sí, no solo por el entendimiento de un lenguaje literario, sino por la búsqueda de otros caminos y herramientas creativas. Otro hilo conductor es la presencia constante de ciertos tópicos poéticos: la corporalidad, la manifestación de la violencia, la desestabilización de lo femenino, la diversidad lingüística, la construcción del mundo interno, y por supuesto, la experimentación con el lenguaje.

Castillo plantea dos elementos de selección literarias que podríamos calificar de recurrentes: por un lado, el espacio temporal, puesto que la antología inicia con el año de nacimiento de Cristina Rivera Garza como punto de partida y el de Karen Villeda como cierre de la muestra. Las autoras dentro de esta temporalidad son Carla Faesler, Natalia Toledo, Sara Uribe, Maricela Guerrero, Ana Franco Ortuño, Mercedes Luna Fuentes, Mónica Nepote, Rocío Cerón, Amaranta Caballero Prado, Irma Pineda, Reneé Acosta, Minerva Reynosa, Paula Abramo, Claudina Domingo y Xitlalitl Rodríguez Mendoza. El otro criterio es el número de obras, ya que cada una de las escritoras debía tener al menos cuatro libros publicados en años recientes. Esto le da un momento determinado a la antología, abriéndonos a una serie de panoramas sociales, creativos y poéticos que se muestran en cada una de las poetas seleccionadas, siendo la interdisciplina uno de los planteamientos temáticos más recurrentes. Aunque sería interesante poder abordar las particularidades de las propuestas poéticas de todas las autoras, me gustaría centrarme en cuatro de ellas, puesto que resultan atrayentes por el interés constante de articular poesía desde los lugares menos esperados o más vilipendiados por la tradición.

Dado que el libro es un dispositivo constreñido al espacio de lo textual, tenemos que recurrir a los antecedentes y algunos gestos presentes en los poemas para encontrar las marcas de esta creación poética interdisciplinaria. Es el caso de Rocío Ceron, una poeta sumamente interesada por la plasticidad que se puede encontrar en la poesía sonora y en los caminos que abre la poesía en voz alta. Y si bien no podemos escucharla de viva voz podemos encontrar claramente esta representatividad oral en «Sonata mandala al Ave Penumbra»:

 

Cortical. Subcortical.

Formas y representaciones.

Pulsaciones de fuerzas.

Vibración. (((())))

Olor sobre el tapete

(urdimbre y trama,

sin nudos, afgano,

antigüedad: 135 años),

pista o souvenir

Olor hiperboreal: almizcle de civet, silvestre, atomizado.

 

Si al momento de construir imágenes poéticas se considera que la colocación de las palabras y el verso no debe ser arbitraria, Cerón lleva esta meditada selección hacia el terreno fonético, marcado por las elecciones gramaticales y la colocación de la puntuación. Así, el poema se vuelve orgánicamente audible, incitando al lector a reproducirlo en su propia voz y no solo leerlo para su interior.

Otra propuesta que recupera de manera muy orgánica la oralidad de la poesía es la de Amaranta Caballero Prado, quien, a través de la repetición y la construcción sobria de la estructura poética, activa un ritmo avasallador que empuja al lector a  mantenerse activo para atrapar el hilo conductor del poema y complementar la experiencia con la disposición espacial sobre la hoja. Esto lo podemos identificar en «Este país es bueno para trabajar y para esconderse debajo del trabajo»:

 

La circunferencia de una plaza enorme,

Jaspeada de blancas,

blancas ratas

es el entorno.

No,

es el contexto.

No.

el marco teórico.

No.

Nada de eso.

El entorno es naturalmente una pesadilla.

Es mi hogar

 

En otro momento de la antología –dentro del espacio de la metamorfosis lingüística y sus implicaciones poéticas–, Xitlalitl Rodríguez Mendoza propone un juego a partir de las posibilidades lingüísticas de la palabra Jaws –de una de las películas más icónicas de Steven Spielberg– y la relación natural que surge de la interacción constante de lenguas distintas de países vecinos, como es el caso del inglés con el español. La poesía de Rodríguez Mendoza se ha caracterizado por un tono jovial ­–que sustrae a la poesía de su halo nocivo de excesiva solemnidad– y sumamente concentrado en la exploración del mundo interior a través de las experiencias del mundo real, como podemos constatar en Jaws. La película:

 

Los tiburones siempre mueren en las películas. La vida es una película. Jaws es un anglicismo adoptado por toda una generación de nadadores, de hombres que nadan, diría Viel Temperley, también de origen inglés. En español se pronuncia como si se tratara de un desdoblamiento de la personalidad / Yos /. Pero esto no lo sabía, sólo que algunas bestias tienen más dientes que otras. Y dentar significa asirse al mundo, a lo mordido, al océano carioso, procarioso, jardín de sal. De ahí vengo. Como el tiburón blanco de Amity Island, Universal Studios. De ahí.

 

Finalmente, Carla Faesler es una poeta que experimenta con la fluidez de los lenguajes poéticos, ya sea en el formato impreso o en los formatos audiovisuales, en los que los silencios son puntos clave para conformar una voz poética irónica, corpórea y luminosa. Quizás su poema más potente –dentro de la selección de esta antología– sea «[Alguien está sentado…]». El efecto de desvanecimiento de la fotografía que la acompaña se manifiesta de manera muy clara en el espacio del lenguaje:

 

Alguien está sentado. Es una imagen borrosa de alguien que está sentado, que mueve la cabeza y los brazos. Está sentado y nosotros lo observamos. Es una imagen borrosa de alguien que está sentado, que mueve la cabeza, los brazos y las piernas. Está sentado y nosotros lo observamos. Gira la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro. Mueve los brazos, primero el izquierdo, enseguida el derecho. Cruza y descruza las piernas, ahora una, después de la otra.

 

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En diversas entrevistas, el editor, Rodrigo Castillo, menciona la necesidad de no encasillar el proceso de selección de estas diecisiete poetas por cuestiones de género. Es decir, por ser mujeres. Sin embargo, es imposible no leer la pertinencia de una antología como esta bajo el contexto social, político y cultural que están viviendo las mujeres mexicanas y que de muchas maneras se enlaza con los movimientos feministas alrededor del mundo. Esto se une a la revalorización de la diversidad cultural y lingüística del país, lo que nos invita a celebrar la inclusión de poetas como Natalia Toledo e Irma Pineda, poetas bilingües (zapoteco-español).

Efectivamente, es importante dejar de medir la poesía por el género sexual, pues esto es poco importante dentro del espacio literario. Sin embargo, dentro del espacio de la producción y la recepción de obras escritas, no es del todo irrelevante. A pesar de la gran apertura de espacios por los que las escritoras han tenido que luchar constantemente, siguen siendo necesarios distintos procesos de visibilización ante un evidente sistema patriarcal que también se manifiesta en la literatura. No son pocos los esfuerzos que se han hecho en los últimos años para fortalecer la presencia de las autoras mexicanas en las librerías, salas de lectura, bibliotecas, e incluso en internet. Ahí están la plataforma Escritoras Mexicanas, coordinada por Cristina Liceaga; las lecturas conjuntas del colectivo Libros B4 Tipos, organizadas por un grupo diverso de booktubers mujeres y feministas, o el Premio Dolores Castro, entre otros esfuerzos independientes y locales.

En un país de feminicidios, acoso laboral y sexual, invisibilización y explotación de las trabajadoras domésticas, entre otras problemáticas de género, un libro como Sombra roja resulta fundamental no solo como una representación de la realidad inmediata a la que se enfrentan las poetas, sino como un halo de esperanza en el que la libertad de la voz –poética o no– de todas las mujeres y en todas las lenguas de nuestro país, sea la normalidad y no una excepción.

 

 

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Posted by Yeni Rueda

Yeni Rueda López es narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette «Tres gotas de agua» (Simiente, 2013).

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