Sí hay tal lugar. Una conversación con Cristina Rivera Garza

Diego Armando Arellano conversa con Cristina Rivera Garza.

riveragarza2Un escritor, especialmente un narrador, es muchos escritores, muchos libros, muchas técnicas y estilos, muchos otros. Es la pluralidad y la abundancia de matices humanos y literarios. En esta entrevista con Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964), los comentarios sobre personajes, obras, tecnologías digitales y rutinas de escritura se suceden unos a otros en una serie de viñetas breves pero precisas que traslucen la variedad de recursos artísticos de la autora de Nadie me verá llorar y Verde Shanghai.

 

 

 

Los siguientes fragmentos pertenecen a la larga entrevista que le hice a Cristina Rivera Garza durante el pasado mes de octubre de 2012. Son notas y apuntes sobre lo más trascendente de la charla que (según mis cálculos) duró alrededor de 20 días. En el texto, Cristina aparece sin acompañante y en primera persona para hacer un profundo ejercicio reflexivo sobre su pensamiento y, en gran medida, redescubrir el motivo que la llevó a situarse en un lugar privilegiado de las letras.

Diego Armando Arellano

*

De la nada, Diego Armando. Vengo de la nada. O vengo de leer muchos libros, que es otra manera de decir que vengo de la miopía y de un cuarto propio y de cierta complicidad con el espacio. O vengo de un avión que acaba de partir. O vengo de un día de mucho trabajo: la escritura matutina, la re-escritura, la lectura, lo que le sigue. O vengo de subir muchas escaleras porque, como se sabe, para escribir una novela hay que entrenar como para un maratón. O, mira, ¿ves esos estratos, cumulus, cumulunimbus? Vengo también de caminar por ahí, distraída o reconcentrada. Lo que es un decir.

*

Lo decía muy bien Marguerite Duras: uno nunca sabe antes de empezar, antes de sentarse a la mesa o colocarse frente a la pantalla. Ése es el chiste. Escribir para saber qué es lo que escribiríamos si escribiéramos. La maravilla que es el subjuntivo a veces. Y si uno no persigue eso, ¿entonces qué?

Esta mañana hice lo que muchas otras: preparé café, prendí la computadora, abrí el archivo justo donde lo dejé ayer. Empezó lo que empieza cada vez: la lectura de lo que llevo hasta ahora  –desde el inicio–, la revisión in situ y el presente, de vuelta. Encontrar un desvío que no había visto al inicio: ah. Hacer de lo que parecía un nudo un hilo suelto: ah. Releer en otro registro  –el del sonido solo, por ejemplo– y llevarse el texto ahora, desde ahí: ah. Pasar a lo que sigue. Dejarlo en paz.

*

Caminar entre nubes es lo que uno hace a menudo al leer. Saber que estás y que no estás al mismo tiempo. Tener la certeza de poseer un mundo privado al que algunos, dependiendo de la complicidad, pueden entrar. Leer. Llevar unos lentes sobre los lentes que permiten ver lo que está o muy cerca o muy lejos. Hablar un lenguaje extraño que, sin embargo, alguien más entiende. El increíble placer de poder estar solo sin tener que dar explicaciones a nadie. ¿Estar en la cama sin tener que estar enfermo? Sí, al leer.

Lo primero fueron aventuras de etnógrafos en las selvas amazónicas –unos libros con dibujos cuyos autores ahora no recuerdo. Los cazadores de microbios de Paul de Kruff. La vida de Marie Curie. El diario de Ana Frank. Algunas novelitas románticas –especiales para niñas– que en estos días me afano por volver a encontrar. Luego vino López Velarde –al que transcribí casi completo en una clase de taquimecanografía de la secundaria, por cierto– y Tolstoi, esa catedral o ese espacio inmenso, con techos.

*

Dije todo lo que tenía que decir sobre la obra de Amparo Dávila en La cresta de Ilión –más que un homenaje, un diálogo con algunas de las atmósferas enrarecidas y la sensación de que algo está siempre a punto de pasar en la narrativa de Dávila. Cut-ups en tono gótico. Collage y recontextualización entre fronteras y a un lado del mar. El género como mediación fantasmática.

Rosario Castellanos, de quien apenas acabamos de conocer la totalidad de sus ensayos, es acaso la escritora más completa de mediados del siglo XX. La tesis que escribió sobre la condición femenina y el relato autobiográfico de Balún Canán develan particularmente lo mucho que pensó, y críticamente, sobre las relaciones entre género y escritura y vida. Aunque la poesía de la que se habla más es azotadísima (básteme recordar aquí su «Lamentación de Dido»), no hay que olvidar nunca la ligereza de su humor negro (y básteme recordar aquí El eterno femenino, y gran parte de su última poesía). Hace falta, eso sí, un ensayo definitivo sobre sus cejas.

Leí Testimonios sobre Mariana, en una edición de Grijalbo que encontré en una mesa de descuento de un populoso almacén, mucho antes de saber quién era Elena Garro. Lo digo porque creo que cuenta a mi favor que admiré sin restricción la prosa de la Garro antes de caer fascinada por el mito de la Garro. Poderosa. Oscura. Compleja. Libros con sótano o con fractura, o con los dos. Nada es lo que parece en Garro; o todo es otra cosa. Recuerdo haber leído en un absoluto estado de sobresalto su Andamos corriendo, Lola. Y recuerdo, lo recuerdo bien, que fue la estremecedora imagen ésa de escritora rodeada de gatos lo que me hizo ocultar mi vocación por muchos años.

Leer es, sin duda, la mejor escuela. Leer con otros en una comunidad horizontal y flexible, donde reinen el pensamiento crítico y la civilidad: ésta es la mejor opción. Ya sea institucional o no, es importante hacerse de esa comunidad, construirla con otros. Vivimos en sociedades que aprecian poco a las humanidades en general y a la escritura en particular, de ahí la necesidad de conformar grupos de práctica conjunta.

*

¡Todas las lecturas son provechosas! Incluso las que no me gustan, tal vez especialmente éstas. Muy al inicio, por ejemplo, cuando leía algo que me llamaba la atención, lo transcribía. Literalmente. Quería saber qué se sentía haber escrito esa oración o aquél párrafo o este verso. Ir más allá del gusto personal es importante. Identificar el por qué esto o aquello y, luego, investigar el cómo: esa manera de leer hace que todo libro resulte provechoso.

Te digo esto, aunque de seguro son cosas que sólo yo me entiendo. La estrategia de la frase que viene de la nada, es algo que le aprendí a Rulfo. David Huerta puede rodear a un sustantivo de dos adjetivos –uno antes, otro después– sin que el sustantivo pierda fuerza. Los diálogos titubeantes, atropellados, a menudo sin sentido literal, de Marguerite Duras me enseñaron a oír bien. Tal vez no haya mejor escritor de primeros capítulos que Michel Foucault. La economía de los enunciados del Tractatus, de Wittgenstein, prefiguró mi gusto por Twitter, por ejemplo. El arte de convertir un párrafo en un versículo, y viceversa, es algo que hace muy bien David Markson. ¡La puntuación de Emily Dickinson!

*

¡Me gusta comer! Supongo que por eso, cuando tengo tiempo, me gusta cocinar. Este año preparé por primera vez chiles en nogada, por ejemplo. Tengo una debilidad que ni yo misma entiendo por el pato –algo en su consistencia, la manera en que contrasta con la miel o los higos. He intentado mi suerte con el lechón para un par de cenas de fin de año, y creo que no he salido mal librada. Pero en realidad, hasta hace poco, sólo podía cocinar con receta, y con una que tuviera foto, por supuesto. Las cosas han cambiado un poco con la experiencia de mi año sabático: tengo tiempo para ir a los mercados de Poitiers y adquirir todo –desde el queso hasta el pan, del paté a los tomates, de las papas a las zanahorias– fresco. Nada puede salir mal cuando los productos son así.

Eso sí: no puedo empezar mi día si no es con un buen café. Granos frescos, recién molidos, de preferencia colados en una cafetera italiana (aunque una cafetera de émbolo también funciona). ¡La pimienta mezclada con lavanda! ¡Los cristales de sal rosa del Himalaya! ¡La mantequilla de búfala! Mejor aquí le paro porque me está dando hambre y éstas ya no son horas de comer. Hasta la otra.

*

Lo que Ángeles Mastretta, Laura Esquivel e Isabel Allende han elaborado son libros legibles y de muy buena factura. Popularizaron una cierta forma de la novela histórica que –y me refiero sobre todo a lo que escribieron al principio de sus muy exitosas carreras– ha propiciado la incorporación de experiencias y puntos de vista periféricos, cuando no marginales del todo, a nuestro entendimiento de lo que es o no es importante social y culturalmente. En un contexto en el que no se aprecia/incita el reto formal, no es sorpresivo que estos libros, en general, continúen con tradiciones de escritura y lectura más bien convencionales. Algo que, por lo demás, es practicado por muchos otros en el medio. Supongo que la crítica profesional las ha ignorado y/o minimizado debido al tremendo éxito en ventas de sus libros.

Mi favorito, al que regreso siempre, es Rulfo. Claro está. Hay un link en mi blog a un tumblr (mi rulfo mío de mí) en el que, de cuando en cuando, continúo re-escribiendo Pedro Páramo –así es, palabra por palabra, signo por signo. Échale un ojo. A cada ejercicio textual le corresponde un ejercicio visual (con óleos sobre todo, pero no únicamente) en los que también trabajo de cuando en cuando. Debe haber lugar en tu lista para Efrén Hernández, para Inés Arredondo, o para Guadalupe Dueñas. He leído con cuidado a los que el canon nos muestra –los contemporáneos, la generación de medio siglo, los de Casa del Lago– pero también a los otros y otras que no caben aparentemente en ningún lado. Me gustan sus ejercicios de desaparición involuntaria. Me gusta lo que hacen fuera del «estrellato».

*

¿Lo peor que le puede pasar a un escritor? No tener sentido de autocrítica.

*

Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Wittgenstein’s Mistress, de David Markson. Entre Joyce y Woolf, siempre mejor Woolf, de preferencia The Waves (o El Arrebato de Lol V. Stein, de Duras). Aunque de Duras siempre recomiendo Escribir, un gran librito. No es una novela pero los prefiero a sus novelas: los cuentos de Kafka, todos. Ya sea Dostoievski o Tolstoi –lo que sea de ellos (pero por las mismas razones que aduce Piglia en El último lector, me quedo con Ana Karenina). Y de Fiodor, sí, Los hermanos Karamazov. Algo de López Velarde, lo que sea, pero mejor La sangre devota.

Me interesa lo que hace Mario Bellatín y lo que hizo, hasta el momento de su muerte, Daniel Sada. Sigo creyendo que Elena Poniatowska tiene, al menos, dos libros en el canon de la literatura mexicana del XX, y ambos son a mi parecer libros experimentales: La noche de Tlatelolco, y Hasta no verte Jesús mío. Leo con interés el trabajo de Elmer Mendoza, David Toscana, Eduardo Antonio Parra y Guillermo Fadanelli. Me gustaría que Patricia Laurent Kullick o Paloma Villegas publicaran más. La poesía de Juan Carlos Bautista o la de María Rivera merecen más lectores a mi parecer. Leo con gusto los libros que Dolores Dorantes está produciendo desde Los Ángeles, y los que publica en México Óscar de Pablo o Luis Felipe Fabre. Me interesan los ensayos de Vivian Abenshushan, Igancio Sánchez Prado, cuyo trabajo es relevante; de Verónica Gerber, los de Marina Azahua. Me han interesado mucho los primeros libros de Orfa Alarcón, Nadia Villafuerte e Iris García. Me gusta cuando algunos autores dan vuelta en esquinas inesperadas: Jorge Esquinca, Tedi López Mills o Myriam Moscona, por ejemplo. Estoy leyendo la muy elogiada novela de Julián Herbert.

Me interesa mucho, por lo demás, el trabajo de Teresa Margolles –creo que ahí hay, como en ningún otro lado, elementos para pensar críticamente nuestro presente. La búsqueda de Mónica de la Torre, entre el inglés y el español, entre la poesía y la edición, me resulta fascinante. Aunque con frecuencia no concuerdo con los modos de sus argumentos, me parece que en lo que respecta a demarcar el terreno de la discusión de hoy, el trabajo de Heriberto Yépez es interesante.

Las crónicas de Diego Osorno o Magali Tercero son indispensables para internarse en los vericuetos del México de hoy.

Y, de entre tantos, los tuits de @diamandina, @barbariana, @viajerovertical, @javier_raya, autores que por otra parte pasan con facilidad de la plataforma Twitter a la poesía o ensayo en papel, me hacen entender que lo que viene ya está aquí.

*

He escrito ya varias veces en mis artículos sobre las estéticas citacionistas: una larga tradición literaria que, en la época moderna, se puede ver en trabajos tan distintos como, por ejemplo, en El libro de los pasajes (hecho casi solamente de citas, muchas de ellas sin créditos y en otros idiomas) de Walter Benjamin o en La Tierra Baldía de Eliot. El auge de la tecnología digital y el exceso de producción textual han conllevado a un auge, o actualización si quieres verlo así, de estrategias de re-escritura, copiado, reciclaje, apropiación/desapropiación, excavación, tachadura. Me parece que la literatura más interesante de hoy estará de manera ineludible ligada a este tipo de estrategias estéticas que en mucho se corresponden a un deslizamiento de la figura autorial (de autoridad) del autor de un texto al lector del mismo.

Me parece, incluso, que lo que alguna vez fue llamado «cuerpo textual», acordándose a la escritura un status de organismo vivo per se (recuérdese las metáforas de la creatividad como etapas de gestación y la publicación como el proceso de parto, por ejemplo, en la que han recaído tanto hombres como mujeres), se ha convertido ahora en tiempos de necropolítica en un cadáver textual: un ente vulnerable sobre el que pesa continuamente la amenaza de verse reducido, a través de la violencia extrema, al estado inerme (que no es consustancial a la experiencia humana, sino a las feroces relaciones de poder características del necropoder de hoy). Creo que los escritores nos comportamos respecto a esos cadáveres textuales como los forenses: los leemos con cuidado, los «preparamos» para hacerlos hablar, los interrogamos sobre el pasado que ha quedado atrapado en sus cuerpos, los remezclamos y los recontextualizamos a través del reciclaje y la copia y la excavación. Esto es lo que le da un sentido político a las prácticas textuales que, como el copy-paste, la tecnología digital ha vuelto tan fácil de usar. De eso se trata, creo, mucho de lo que leemos entre conceptualistas norteamericanos, mutantes españoles o post-exóticos franceses: de cuerpos textuales que han devenido en cadáveres textuales con los que trabajamos con las herramientas de la tecnología digital ahora en auge. Pero sobre todo esto preparo un libro ahora mismo, así que mejor me detengo un poco.

La diferencia entre lo inerme y lo vulnerable lo trabaja muy bien Adriana Cavarero en Horrorismo. El concepto de necropolítica es de Achilles Mbembe. La idea del cadáver textual puede encontrarse, históricamente, desde los surrealistas de los veinte, pasando por los queberantahuesos de Huidobro y Parra, hasta la muerte del autor de Barthes. La idea del forense como narrador por excelencia del mundo actual es de Giovanni De Luna en Ante el cadáver del enemigo. Violencia y muerte en la guerra contemporánea.

*

Me acuerdo ahora mismo de que leí a Milorad Pavic debido, precisamente, a una portada. Andaba en una librería de segunda en Houston, Texas y, como suelen ser las cosas, tomé el libro de un autor que en ese momento me era desconocido. Me gustó el color y el diseño de la portada –mi instinto me premió con una obra maravillosa, imaginativa, de riquezas lingüísticas envidiables. Me he llevado mis chascos también, claro está; pero si un libro está bien diseñado, si los editores se han tomado el cuidado y el cariño para volverlo una unidad entera, hay una gran probabilidad de que sea un buen libro. Para seguir con el fetichismo: yo publico con Tusquets por sus portadas negras. Antes de empezar a publicar, pero cuando ya tenía algunos manuscritos guardados, siempre pensé que ésas y no otras serían buenas portadas para mis libros. Tengo una debilidad, claro, por los libros-objeto, los libros hechos a mano, los libros rupestres.

Creo que todo lo que pienso hasta ahorita mismo del dolor lo puse todo en Dolerse. Textos desde un país herido, que me publicó sur+ el año pasado. El librito está demasiado cerca como para que pueda resumirlo en unas cuantas palabras, pero ahí está la consideración entre el dolor y el sufrimiento social, las relaciones del sujeto con el horrorismo contemporáneo, la disidencia como trabajo de duelo emocional y político, la escritura documental como una forma de articularse con el discurso público del dolor. Todo en colectivo, sin dejar de ser profundamente personal. Algo así, creo.

*

Sería sanguínea si no fuera tan desapegada. Podría ser flemática, pero se me da la euforia. Sería colérica si no fuera tan distraída. Sería melancólica pero me interesan demasiadas cosas del mundo. Pero, en definitiva, el tipo de persona que prefiere dejar de ir al museo (es una metáfora) a pelearse por un buen lugar para ver, digamos, la Mona Lisa. Me gusta cuando me dicen que soy valiente, ¿pero es eso un temperamento? Ser una forajida. Actuar irreverentemente. Pasar por aquí.

Lo poco. Le tengo aversión a lo poco. La gente de lo poco; la situación de lo poco. El mundo como un mundo de lo poco simplemente me espanta o me apabulla, da lo mismo. ¡Por una vida sin poquiterías!

__________________

Diego Armando Arellano (1984) estudió periodismo en la Universidad de Colima. Se integró al taller literario de José María, la Foca, en la ciudad de Toronto. Ha publicado en Punto en Línea, Palabras Malditas El Juglar. Es miembro honorario de Cuadrivio.

 

(Visited 98 times, 1 visits today)

Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. […] Dupin y Ogden Nash en esta ocasión); conversaciones con escritores destacados (el turno es de Cristina Rivera Garza) y reflexiones sobre asuntos políticos contemporáneos de indiscutible relevancia (el soberanismo […]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.