Ser en otra parte

Leer es como estar en otra parte; traducir es una forma de leer. Cristina Rascón, escritora y traductora mexicana, escribe para «Caminos de la lectura».

Cristina Rascón (1976) es escritora, economista y traductora literaria. Licenciada en Economía por el ITESM y maestra en Política Pública por la Universidad de Osaka, fue consultora para Naciones Unidas en Viena, Austria. Ingresó al Sistema Nacional de Creadores en 2011 y ha recibido, entre otros, los premios Latinoamericano de Cuento Benemérito de América, Regional de Literatura del Noroeste y Libro Sonorense. Sus cuentos, poemas, ensayos y haikus han sido traducidos para antologías en una decena de idiomas. Es autora de los libros de cuento En voz alta, Hanami y Cuentráficos, del libro de minificción El sonido de las hojas, del poemario de haikú para niños Zoológico de palabritas y del libro de divulgación La economía del arte. Tradujo del japonés los libros Sin conocer el mundo y Dos mil millones de años luz de soledad, de Tanikawa; Agend’Ars de Suga y Flor del alba de Chiyo-Ni; del inglés, la novela Collages de Anaïs Nin. Es fundadora y directora de Skribalia: Escuela Global de Escritores en Línea (www.skribalia.com).

  

 

Cristina Rascón

 

Soy una mujer cuya primera mirada fue hacia el desierto. Tan pleno y tan lleno de detalles, tan incitante a ser habitado. Pero prohibido, por peligroso, por ajeno el cuerpo humano a esos niveles de calor, por ajena la tierra ante los pasos que no reconocerían víboras o insectos letales. Como niños, estábamos destinados a quedarnos quietos en el aire acondicionado. Era mejor salir al atardecer, jugar en la calle con los últimos rayos de sol y los faroles de la noche, cuando el calor descendiera a poco menos de 40 grados, para poder salir y correr (cuando años después leí a Kobo Abe, supe que había mucho de La mujer de la arena en la vida de Sonora). Por supuesto, estaba la televisión, pero yo prefería leer.

Seguramente se debe a que mi madre me compraba libros como si fueran una fruta de estación, había que aprovechar y disfrutar cada libro, serían pocos, sería posible adquirirlo solo por hoy, y eso era cada semana. Un libro cada domingo: recuerdo que adquirimos todos los tomos de Mi primera enciclopedia; Mujercitas, cuentos de los hermanos Grimm, cuentos chinos, El barco de vapor, el Quijote. Otros más venían de bibliotecas, de amigos y familiares.

Leer era fascinante para mí, llegaba corriendo con mi libro y me tiraba a leerlo, todo ese domingo, hasta terminarlo. También leía diccionarios, pues veía que mi padre, músico e ingeniero agrónomo, disfrutaba mucho leyéndolos, hojeando al azar, conceptos del tumbaburros. Teníamos un Laurousse enciclopédico y otros varios, especializados, en ciencias y técnicas, en historia y otros más. Mi madre, psicóloga, leía libros de medicina, psicología, sociología. Algunos de esos libros eran prohibidos para mí, con el argumento de no ser para mi edad, como Conductas sexuales del adolescente, El niño criminal, Los retos de la clase media, La teoría de la relatividad de Einstein y alguna revista o impresión relacionada con protestas sociales de los setenta; pero, por supuesto, a escondidas, todos esos libros los leí antes de terminar la secundaria. Recuerdo que leí varios libros sobre religión, sobre cine, sobre literatura misma; que buscaba historias de otros países cuyos problemas, comidas y nombres de los personajes no hubiera escuchado jamás.

Soy también una mujer cuyo primer entorno fue violento, amoroso pero violento. Con padres que discutían día y noche, y cuyas voces yo podía aplastar leyendo. Sé que hay jóvenes y adolescentes que prenden su música a todo volumen y se encierran en su habitación a manera de gesto rebelde, de muro fronterizo. Yo me encerraba a leer, era mi protesta, mi forma de estar en otra parte. Tocar el piano, también fue, en otra medida, una forma de teletransportarme. Quizá por ello suelo buscar con afán la musicalidad en todo texto literario.

En esa primera etapa lectora leer fungió como una forma de habitar lo que me rodeaba, lo desconocido (el universo peligroso del desierto: desconocido; el universo violento de los adultos: desconocido). Pero también era una forma de viajar hacia el mundo que no era el que me rodeaba, es decir, era una forma de habitar el mundo verdadero, el que estaba allá afuera, fuera de mi ciudad y de mi entorno, el que quizá un día llegaría a conocer. Sobra decir que uno de mis sueños principales de niña y adolescente era viajar, lo más lejos posible, conocer otras ciudades, otros países, otros idiomas y cultura. Gracias a los libros estaba convencida de que mi universo inmediato era pequeñísimo, de que existían otras formas de ser en otra parte.

Años después, tras visitar, estudiar, trabajar, vivir en una veintena de países, de aprender varios idiomas y leer sus literaturas, comprendería que cada uno de esos universos, tan añorados por distintos, eran también islas pequeñas y que, a su vez, en cada uno de esos espacios culturales limitados, geográfica o lingüísticamente, estaba algo más grande, profundo y universal, algo más interesante de explorar, al menos para mí, de forma incesante: la complejidad del ser humano: la complejidad de la literatura escrita por el ser humano.

Al comenzar mi vida universitaria, en Monterrey, leí a los latinoamericanos: Rulfo, Borges, Cortázar. Pero a los veinte años me fui a Japón como estudiante de intercambio y eso cambió mi vida radicalmente. Tras graduarme de licenciatura regresé a Japón y me gradué de un posgrado y maestría. Llegaron a mis lecturas Murasaki Shikibu, Shonagon, Bashō, Akutagawa, Tanizaki, Oe, Kawabata, el teatro Noh y el haikú. La sensibilidad, los silencios, la evocación de la literatura japonesa me atrapó y no me ha dejado desde entonces. Hace más de veinte años que estudio las letras japonesas con atención y desde hace más de una década que traduzco poesía japonesa al español.

Como escritora estuve en varias residencias artísticas, en Brasil, en Austria, en Canadá, en China; y para cada experiencia estudié, aunque fuera breve, el idioma de la región, su literatura, sus ansiedades y temores, su sentido del humor. João Ubaldo Ribeiro, Fernando Sabino, Clarice Lispector, Elfriede Jelinek, Nicole Brossard, Dany Laferrière, Margaret Atwood y Gao Xing Jian son algunos de los que más causaron resonancia desde esas latitudes. Me impactó mucho el libro Chinese Writers on Writing: comprendí a través de escritores chinos una búsqueda literaria particular y universal a la vez por renovar y experimentar la estética en la escritura.

Al laborar para las Naciones Unidas en Viena por varios años, me enfrenté al alemán y, aunque mi trabajo era en inglés, el trabajar con personas de distintas regiones culturales me dejó todavía más claro que los procesos de pensamiento difieren porque, me atrevo a teorizar, cada uno de nosotros piensa en una lengua materna, y al verterla a la que se usa para comunicarse, no necesariamente dirá lo que en verdad sentimos o pensamos, no con el mismo matiz.

Todo esto me lleva al tema de la traducción como forma de escritura, de lectura y de expresión. Traducir es una forma de leer. Quien traduce lee con mucha más atención, y vierte en su idioma una de varias posibilidades de lectura en el idioma original. También tenemos otros tipos de traducción: la traducción interior, cuando estamos moviéndonos en otro idioma; la traducción de las actitudes del Otro a mi engranaje cultural; la traducción de la literatura: con más tiempo de reflexión y sopeso, pero también arrastrando vacíos; y por último, la traducción a la escritura: lo que pienso y siento ha de viajar al papel, en mi propia lengua, pero en otro lenguaje. Podríamos ahondar en tantas otras traducciones: la musical, la psicológica, la de la memoria, la de la ficción.

En esas y otras lecturas/traducciones/escrituras ando ahora fascinándome, como cuando era niña: avorazada leo y releo autores que me muestren otras formas de ser en otra parte. Avorazada imagino, creo, que el mundo que me rodea puede ser diferente. Avorazada leo, escribo, traduzco como si fuera un domingo perpetuo en el que he decidido adentrarme a pesar del peligro inminente, en un mundo tan lleno de días hábiles.

 

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Pie de página sin número de pie de página: Y hablando sobre la lectura y escritores hablando sobre la lectura, no puedo dejar de mencionar el libro La mano de la buena fortuna, del escritor serbio Goran Petrović, novela que brinda uno de los mayores homenajes a las figuras de lector y lectora, del amor hacia, por, entre, a través de y gracias a la lectura. La magia de viajar se cumple literariamente en esa novela.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia