Seguimos desapareciendo a las trans

Por  |  0 Comentarios

¿Por qué siguen despareciendo las trans? ¿Por qué importa hablar de ellas? A partir de un caso específico, Nicola Chávez Courtright nos lleva a reflexionar sobre las políticas de ocultamiento y eliminación que perviven contra este colectivo en América Latina. El texto nos reta a dejar de evadir como respuesta que el patriarcado y la misoginia están en la raíz de la violencia que caracteriza a nuestras naciones.

 

 

Nicola Chávez Courtright

 

El premio Martin Ennals se otorga anualmente a un grupo selecto de defensores de derechos humanos en reconocimiento a su trabajo humanitario con poblaciones marginadas a nivel mundial. Entre los finalistas han estado abogadas de México y Siria, defensores de Tailandia y blogueros de Etiopía. Karla Avelar, activista LGBTI, es la primera persona de Centroamérica y la primera persona trans en recibir este honor, otorgado el pasado 16 de octubre. Cuatro días después de haber viajado desde San Salvador a Bruselas a recibir el galardón por sus décadas de trabajo, Karla anunció por redes sociales que había tomado la decisión irrevocable de no regresar a su país.

Karla decidió quedarse en Europa para buscar asilo en Irlanda. Así se unió a la larga procesión de mujeres que han tenido que exiliarse de Centroamérica en los últimos años a causa de la violencia. Deja atrás un vacío irremediable. Desde que la conozco –hace cuatro años–, Karla ha sido una intrépida interlocutora para y al interior del movimiento LGBTI salvadoreño. Más allá de su diplomacia, Karla se desempeñó por años como activista, fundando una organización, COMCAVIS Trans, que partió de ser un grupo por los derechos de las personas trans con VIH hasta convertirse en una ONG de apoyo para toda la población LGBTI en El Salvador. A través de la mejoría de las condiciones carcelarias de la población trans, el acompañamiento a casos de asilo, el activismo de calle, la distribución de condones y el apadrinamiento de nuevas ONG de lesbianas y hombres trans, el trabajo de Karla buscaba llenar las necesidades de uno de los grupos más vulnerables del país. Por todo esto Karla tuvo que enfrentar repetidos atentados contra su vida, hasta que por fin optó por la seguridad en el extranjero.

Karla desapareció de El Salvador, como han desaparecido tantas trans más en la historia del país y, me atrevería a decir, del continente. Al igual que otras naciones latinoamericanas, la de El Salvador se ha construido sobre el machismo y la misoginia, a costa de la exclusión de las personas trans y otras de género-divergente.[1] Es una nación, como muchas otras, que prefiere eliminar a todos aquellos que se salen de la norma antes que aceptar que su cuerpo social no responde plenamente a la hegemónica masculinidad heterosexual. Bajo esta visión, los cuerpos fuera del binomio hombre-mujer no existen. Se les hace desaparecer de lo político, de lo social, incluso de la nación entera, como en este reciente ejemplo de Karla Avelar. Mientras no nos atrevamos a historiar la violencia desde una perspectiva de género que vaya más allá de esta clásica dicotomía, nunca terminaremos de entender los engranajes que hacen caminar los espectaculares niveles de violencia en Centroamérica.[2] Por mi contexto, tomaré a El Salvador como una muestra simbólica, no necesariamente representativa, pero desde la cual se pueden extrapolar ciertas observaciones al resto de la región.

La construcción de una nación depende de una fina adaptación del tiempo y del espacio, de pulir, estirar y acortar la historia para establecer los sucesos que darán forma al país. Generalmente estos son hechos violentos, expresiones armadas que aseguran la soberanía, si son conflictos externos, o la entrada a una nueva visión de país, si el conflicto es interno. Como muchos países de la región, El Salvador sigue este patrón de consolidarse como una nación homogeneizada, cristocéntrica y heterosexual[3] a través de batallas, masacres, levantamientos y luchas armadas que, si bien no siempre fueron libradas explícitamente para proteger estas categorías, se vieron extremadamente imbricadas con ellas.[4]

Si queremos remitirnos hasta el momento de la conquista, encontraremos que los roles de la heterosexualidad y de la masculinidad hegemónica forman elementos importantes del proceso de colonización. Para justificar la cristianización europea de la región, por ejemplo, primero se tiñó la imagen del indio como algo bestial y feminizado, regresivo y dominable. De estas características nació el respaldo para las barbaridades que se cometieron en su contra. La feminización de los indígenas no solo justificó la masculinizada dominación europea, sino que su empeño destructivo atacó directamente las expresiones sexodivergentes de la cultura prehispánica pipil.

Antes de la llegada de los españoles, los indígenas de El Salvador incorporaban categorías más amplias y fluidas de género y práctica sexual, utilizando, entre otros, los roles tradicionales del pasivo (penetrado), el cuiloni, y el activo (penetrador), tecuilonti, y del/de la xochihua, sirviente de género ambiguo, para organizar sus sociedades, afirmar la jerarquía y establecer relaciones sociales. Como narra Rafael Lara-Martínez, «Habría una dificultad extrema por unificar las múltiples “homosexualidades”» de los pipiles.[5] El cristianismo europeo y conquistador no admitía ese grado de flexibilidad. Por eso, canalizando el espíritu de la Inquisición ejercido paralelamente a la conquista, se tachó a estas prácticas y a la cultura que las engendró como herejes y merecedoras de la subyugación.

Sin embargo, el hecho de que estas líneas se puedan trazar a lo largo del tiempo evidencia que las personas que «transgreden» el binomio hombre-mujer siempre han existido. El Salvador, por ejemplo, cuenta con su propia versión del «Baile de los cuarenta y uno». En 1957, una fiesta en San Salvador de alta alcurnia fue sorprendida por la policía. Con la redada quedó al descubierto que muchos de los jóvenes «departían con indumentaria y maquillaje femeninos».[6] De forma similar a lo ocurrido en el incidente mexicano cincuenta años anterior, el escándalo irrumpió porque la fiesta había sido compuesta por «hombres –de cierto estatus social– vestidos de mujer» bailando con sus pares masculinos. La necesidad de proteger el honor de los muchachos implicados fue tal que sus familias y simpatizantes se ocuparon, no de demandar a los medios que publicaron la noticia del incidente por difamación, sino de físicamente destruir los ejemplares e incluso a los mismos medios que publicaron el listado de nombres y «alias gay». Hasta la fecha el capítulo sigue cerrado, sin nombres, sin casi rastro de quienes pudieron haber sido esas travestis, esas trans. En vez de datos, lo que nos queda son las secuelas del baile: que lo más importante era hacer desaparecer el suceso y a sus asistentes.

Hechos como este revelan la profunda ansiedad por mantener la fachada de una masculinidad hegemónica. A la medida que pasó el tiempo, la sociedad salvadoreña demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar para afirmarla. En las décadas de 1970 y 1980, épocas de represión y guerra abierta en El Salvador, la violencia sexual y basada en género se empleaba no para suprimir, sino como táctica rutinaria para deshumanizar el enemigo. Un día en la vida, de Manlio Argueta, atestigua la penetración anal del enemigo caído como herramienta de extrema humillación masculina. Filmes como La historia de María apuntan hacia la violación y mutilación de vientres embarazados como práctica común para cimentar la viril heterosexualidad masculina de las fuerzas armadas. Durante los doce años de guerra civil fue parte del saber común que la masculinidad se podía emplear como una de las armas bélicas más psicológicamente dañinas.

Pero la utilización simbólica del género como arma no fue exclusiva de las fuerzas estatales. Lara-Martínez y Amaral Palevi Gómez en sus respectivos textos[7] narran cómo la izquierda vilipendiaba a las masculinidades «fallidas» en los desfiles bufos de las manifestaciones populares. En estas, una representación del enemigo era travestida para socavar su carácter y autoridad. Más allá de su efectividad política, a través de la denigración de los géneros feminizados, estos actos de protesta «se convierten en dispositivos de control y protección de las fronteras de la heteronormatividad que denigran a todas aquellas identidades sexuales subversivas».[8] Incluso la subversión salvadoreña estaba (y diría yo, sigue estando) predicada sobre una profunda misoginia heterosexual.

Después de largos años de terror y lucha, en 1992 llegó el fin del conflicto armado y la firma de los acuerdos paz. Por primera vez en la historia, la nación salvadoreña tuvo la oportunidad de establecerse como democracia, libre del dominio militar o europeo. Un momento de nación-en-potencia donde las posibilidades ofrecidas por el cese de fuego y el neoliberalismo parecían decir que la democratización era ilimitada, que el país se podía rehacer en una imagen utópica y moderna. En los años que siguieron el neoliberalismo se consolidó, se privatizó la banca y los servicios de telecomunicaciones, y el país entró al intento de competir en los mercados transnacionales. En 1998, sin embargo, el aborto fue totalmente penalizado, dejando claro que la política de posguerra continuaría cerrándole el camino a los cambios significativos en los roles de género. A pesar de la desilusión que puede provocar este periodo hoy día, las trans, por necesidad y por convicción, hicieron buen uso de este momento para insertarse como protagonistas de la narrativa nacional. Dialogaron con su papel histórico de víctima excluida solo para afirmarse como gestoras de sus propias luchas. En 1997 sus vivencias y supervivencias lanzarían uno de los movimientos sociales más visibles del país: el movimiento LGBT.

Dentro del olor a paz[9] de la época nunca se terminaba de disipar el olor a sangre de la década anterior. La Ley de Amnistía había sido ratificada en 1993, prohibiendo el procesamiento por crímenes de guerra. Las familias de las víctimas y desaparecidos del conflicto canalizaron su frustración ante la postergación de justicia en esfuerzos por conmemorar sus nombres a través de la construcción del Monumento a la Memoria y la Verdad. Sin embargo, entre estos nombres de las víctimas civiles faltaron los de Kristi, Carolina, Verónica y por lo menos nueve de sus compañeras, todas ellas desaparecidas al inicio de la guerra. Estos eran los nombres por los cuales eran conocidas, no el de sus partidas de nacimiento, sino los nombres con los que habían construido todo un mundo social como trabajadoras del sexo trans.

La historia de esa desaparición a inicios de los 80, en la cual una docena o más de mujeres trans trabajadoras del sexo fueron secuestradas por una camioneta debajo del monumento al patrón de la ciudad, un cristo resucitado conocido como el Divino Salvador del Mundo, marcó inexorablemente a todas las subsecuentes generaciones de mujeres trans en la capital. Aunque se desconoce hasta el día de hoy quiénes fueron los secuestradores, el recuerdo del temor y el dolor a causa de esta súbita pérdida de tantas vidas en tan poco tiempo sigue viviendo en la memoria colectiva de esta población. Más aún porque incluso los organismos a cargo de documentar los crímenes de guerra se reusaron a investigar o siquiera sistematizar esta desaparición.

Curiosamente –y en parte debido a esta falta de documentación– la fecha y los detalles del incidente cambian dependiendo de quien lo cuente. Generalmente se ubica en junio de 1984, aunque las sobrevivientes apuntan que sucedió hacia finales de 1980. A veces los secuestradores fueron del notorio Batallón Bracamonte, a veces de los clandestinos escuadrones de la muerte. Pero estas contradicciones, lejos de poner el incidente en tela de juicio, más bien recalcan lo difícil que es para una población cuyas historias no han quedado inscritas en la historia oficial ubicarse dentro del paso del tiempo que a duras penas han podido sobrevivir.[10]

Los años de «paz» inmediatamente después del conflicto armado fueron los más violentos registrados en el periodo de la democracia del país. Esta violencia impactó a la población trans desmesuradamente. La crisis del SIDA arrasaba el país desde mediados de los 80 sin ninguna ley que garantizara el acceso a los antirretrovirales, exponiendo a miles de salvadoreños y salvadoreñas a la muerte a causa del virus.[11] Además, en este periodo las trans comenzaron a sufrir acribillamientos, secuestros y el acoso de asesinos en serie, como el que casi mató a Karla Avelar en su juventud. Esto provocó el cierre de la histórica zona roja del centro de San Salvador, junto con la única discoteca gay que sobrevivió el conflicto armado. Todo apuntaba a que la nueva visión de país articulada sin guerra y sin dictaduras militares todavía se construiría a costa de los cuerpos transgresivamente feminizados.

La precariedad de la vida trans en los 90 se evidenciaba en las «nuevas» clases de homicidios de la posguerra desvinculados de cualquier fundamento político. La individualización de la violencia[12] permitió que las trans y otros miembros del colectivo de la diversidad sexual y genérica pudieran legitimar sus denuncias de maltrato por primera vez, quizás por el hecho de que sus muertes, antes leídas como no políticas, se sumaban a la avalancha de incertidumbre que experimentaba la nación como colectivo.

Fue por esto que en junio de 1997 un grupo de 200 «locas» y sus simpatizantes decidieron tomarse las calles para reivindicar su derecho al espacio público, convocando la primera marcha del orgullo LGBTI en el Parque Morazán. Aunque la marcha fue organizada principalmente por hombres gay de la organización Entre Amigos, su convocación fue en honor a las trans desaparecidas durante el conflicto armado. Fue la primera vez que las lesbianas, gais y trans, junto con los aliados internacionales de diversos movimientos de solidaridad, se unieron en las calles. Todos en conmemoración pública de la pérdida de vidas trans.

Aunque los medios del momento, por supuesto, descartaron la relevancia de la marcha y la vilipendiaron, fácilmente se puede identificar un momento antes y después de ella. Gracias a esta protesta elaborada y ejecutada desde los de abajo, como dirían los zapatistas, los reclamos de las trans, los gais y las lesbianas serían cada vez más difíciles de ignorar. En ese breve momento, las trans lograron hacer visible su desaparición sistemática. Hoy día no son 200 personas las que acuden a la marcha: cada año son alrededor de cinco mil. Cinco mil personas que agrandan el desfile entre heteroaliados, recién desclosetados, lesbianas feministas, jóvenes queer, gais, queens y bisexuales. El movimiento es algo que ha atraído la atención internacional, situando a El Salvador dentro de un panorama mundial que rápidamente ha adoptado los derechos de las personas LGBTI como una de las principales categorías de derechos humanos en disputa del siglo XXI. Dos de sus grandes aliados, México y Estados Unidos, por ejemplo, ahora permiten el matrimonio igualitario. Sin embargo, a pesar de la nueva visibilidad del movimiento, que incluso alcanza a atraer la atención de las campañas publicitarias, todavía sigue circulando el mismo secreto a voces entre los asistentes de la marcha: cada año después de la marcha ocurre una racha de asesinatos contra las trans.

A pesar de lo mucho que les debe la historia, les seguimos fallando a las mujeres trans en la contemporaneidad. Sin descartar las contribuciones de los valientes hombres gay y las mujeres lesbianas organizados en los 90, han sido las trans quienes, emblemáticamente y sin su consentimiento, dieron sus vidas para que el movimiento LGBT (IQ+)[13] en El Salvador tuviera la visibilidad que tiene hoy día. No obstante, se les sigue asesinando y siguen teniendo que huir.

Según los datos de COMCAVIS Trans, la ONG que fundó Karla Avelar, solo en 2015 se registraron 20 asesinatos de mujeres trans en El Salvador; muchos de sus cuerpos fueron encontrados desnudos y con señales de tortura. De las decenas de trans que han huido, muchas entraron al circuito de migrantes centroamericanos que conduce a México, como lo describe un reportaje de Animal Político y Revista Factum. Otras que han tenido la posibilidad de viajar se han quedado en el extranjero sin papeles o han solicitado asilo, como lo han hecho en los últimos cuatro años las activistas emblemáticas Paty, Mónica, Nicole, Nathaly y, en el caso más reciente, Karla Avelar.

El mismo día que Karla reveló que se iría para siempre, se publicó una nota más sobre el asesinato de una mujer trans en los medios salvadoreños. Ese mismo día, también me enteré de dos gestoras culturales cisgénero[14] de San Salvador que han tenido que auto exiliarse en Europa, escapando de la violencia que asecha el país. Pienso en una amiga que tuvo que huir de su casa de un día para otro a causa del acoso pandilleril. Y pienso que seguimos fracasando al no querer historiar la relación constituyente entre la misoginia y la violencia en nuestro país. Pienso que hay tanto más que hace falta por decirse explícitamente sobre la consolidación de la nación heteropatriacal y que el no decirlo repercute en cada vez más víctimas y en más ausencias.

Viniendo de una nación cuyo imaginario depende de hechos violentos y cuyo lugar en la escena mundial está marcado por la violencia, ¿no será que es hora de repensar las aristas usuales para comprender un fenómeno que se ha vuelto tan cultural como estructural? Creo vehemente en lo que escribe Amaral Palevi Gómez:

 

La construcción cultural del patriarcado en El Salvador está basad[a] en el heterosexismo como fundamento de la diferencia y esencialismos sexuales que idealizan la imagen de hombre blanco […] casado con una mujer. Las manifestaciones de orientaciones sexuales y expresiones de género diferentes de lo hegemónico son invisibles para la cultura dominante.

 

Solo que por el carácter violentamente masculino de la nación esta invisibilización no implica una exclusión ni tácita ni sigilosa, al contrario, es una eliminación de tajo, simbólica y de la vida misma de las mujeres trans y cisgénero.

La violencia es la que sigue modulando las articulaciones identitarias que unen al movimiento de mujeres cisgénero con las reivindicaciones de las trans porque «no hay de otra»: vivimos en una sociedad que se cimienta en ella. ¿Por qué entonces le seguimos huyendo al concepto de la violencia heteropatriarcal como hilo narrativo de los procesos macabros que han construido nuestros estados-nación? ¿Qué tanto daño nos haría pensar otros puntos de partida para relatarnos? No hacerlo, seguir en lo mismo, oscilando entre la desaparición o el daño a los cuerpos femeninos, se me hace francamente insostenible.

 

 

NOTAS

[1] El término se refiere a aquellas personas que no se identifican ni como hombre ni como mujer.

[2] Mi análisis parte de los cuerpos de las mujeres trans por lo mucho que brillan o por su alta visibilidad, o por su espectacular ausencia gore (homicidio, desaparición, exilio). Ofrezco estas observaciones por la falta de inclusión de lo trans en la discusión sobre la violencia en general, considerando que hay muchos/as investigadores/as más que pueden opinar sobre las mujeres cisgénero y hombres gay. Falta mucho trabajo por hacer todavía para analizar el papel de los hombres trans dentro de este marco.

[3] Amaral Palevi Gómez Arévalo, «La Marcha por la diversidad sexual en El Salvador: ¿continuidad o ruptura?», en Realis v.5, n. 02, 2015.

[4]Mo Hume, «Contesting Imagined Communites: Gender, Nation and Violence in El Salvador», en Political Violence and the Construction of National Identity in Latin America.

[5] Rafael Lara-Martínez, Indígena-Cuerpo-Sexualidad.

[6] Carlos Cañas Dinarte, «Sesenta años de homofobia en El Salvador». Disponible en: https://www.facebook.com/notes/carlos-ca%C3%B1as-dinarte/sesenta-a%C3%B1os-de-homofobia-en-el-salvador/1643368392364598/.

[7] Palevi Gómez, ibídem, y Lara-Martínez, ibídem.

[8] Palevi Gómez, ibídem.

[9] Carlos Cortez Tejada, texto sin publicar, «Comunicación personal», septiembre 2015.

[10] La expectativa de vida de una mujer trans en Latinoamérica es de 35 años. Fuente: CIDH, Violencia contra Personas Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex en América 2015.

[11] Entre 2014 y 1984 murieron 15 000 personas en el país a causa del Sida. Fuente: eldiario.es. Disponible en: http://www.eldiario.es/sociedad/Sida-muertes-Salvador-prevencion-OPS_0_330367980.html.

[12] En su libro El Salvador in the Aftermath of Peace [traducción al español próxima a salir por UCA Ediciones], Ellen Moodie argumenta que en época de paz, en el discurso en torno a él, el crimen cambió de ser algo concebido como una experiencia común y politizada, como lo fue durante la guerra, a describirse como compuesto por actos individuales que solo se podían solventar a discreción del individuo. Es decir, el crimen se retrataba como algo separado de las estructuras sociales y económicas, refigurando a cada incidente como un acto de delincuencia individual y separado.

[13] La abreviatura que define a la población de diversidad sexual y genérica está en un estado de cambio constante, tanto dentro como fuera de El Salvador. Aquí la I y la Q se refieren a intersexual y queer respectivamente.

[14] El término cisgénero se refiere a aquellas personas cuyo género corresponde a su sexo de nacimiento, a veces denominado «hombre o mujer así nacidos». Es decir, lo opuesto a lo trans o género no binario. Es decir, la mayoría de la población.

 

 

___________________

Nicola Chávez Courtright es cofundadora del Centro de Estudios de la Diversidad Sexual y Genérica AMATE El Salvador. Está en proceso de posgrado en la Facultad de Estudios Americanos y Etnicidad en la Universidad del Sur de California, Estados Unidos.

 

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *